De unos años para acá, cierto unísono retumba en prácticamente cualquier lugar medianamente inmerso en los procesos políticos y sociales con los que se llega al poder desde la democracia, o lo más parecido que se tenga a ella. Tanto en Europa como en América, quizá también en uno que otro más lejano, ha sido frecuente que los gobernantes, los postulados a cargos altos, así como los analistas, los asesores, los simpatizantes o los politólogos, y una variedad de etcéteras con múltiples afinidades, hagan énfasis en lo que aparentemente se entiende para nuestros días como el momento de hacer una nueva forma de política, de interpretarla y de comunicarse con ella. Temo que en esta nada desdeñable y consecuente perspectiva estemos depositando nuestras esperanzas en una confusión.

A menudo, y en simultáneo, este diagnóstico carga una supuesta solución que quizá, sin darse cuenta, se envuelve en una espiral de la que resulta imposible escapar. La política no es una vía aséptica que dará, eventual e invariablemente, los resultados que se esperan. Sin embargo, el costo de no asumir sus defectos puede ser más alto que evitar los senderos que la componen. De insistir en la creencia que considera posibilidades impolutas, se estarán obviando los costos sociales de aquellos avances con los que quizá estemos satisfechos: las nociones de libertad y los sacrificios que implicaron sus conquistas, las aberraciones cometidas en nombre de causas hoy asimiladas correctas.

Ilustración: Víctor Solís

En la simplificación extrema, los viejos mecanismos políticos se antojan fatalmente exiguos. Su antigüedad no resulta muy clara ni es homogénea, para los europeos serán los instrumentos de la posguerra, para Estados Unidos las cúpulas de políticos profesionales. En México y alguno de sus vecinos insulares, se tratará de los políticos alejados de las estructuras mayoritarias; los que son indiferentes a las necesidades de la población, a los humores y las percepciones sociales. Todas estas variables se sintetizan en el statu quo, en el sistema, en lo tradicional que ha decepcionado y ha hecho daño.

Nadie en su sano juicio defenderá el estado tóxico de las cosas, los abusos o displicencias de las estructuras de gobiernos deficientes. Nadie encontrará virtudes en la corrupción, la violencia, en la inequidad y la desigualdad; en la casi nula movilidad de un individuo que parece condenado a resignarse a una vida llena de injusticias. Estas condiciones dan la impresión de ser causalidades que encuentran su principio en el mal manejo político. Podría pensarse que son la relación entre el mal ejercicio político y la realidad. La solución, entonces, se adivina en el buen manejo del quehacer político. De la administración pública al lenguaje —entendido como una herramienta política—, los caminos para modificar aquello que resulta nocivo parten del mismo lugar: hacer buena política, como si ella pudiera ser buena. Como si la política fuera la administración de las virtudes y los defectos. No, la política es la administración positiva de la mediocridad. Su justo medio.

La paradoja se encierra en la interpretación geométrica de esta asepsia política. Por un lado, se les permite a las sociedades aspirar a que ésta sea pulcra, benevolente, generosa. El cúmulo virtuoso se propone disociado de su cara oscura. Como si las cualidades positivas de la política no se hubieran aplicado en grandes periodos de tiempo por la mera voracidad de los viejos titulares de los poderes, quienes solo veían por sus intereses. Lo que indudablemente encuentra sustento al por mayor. En contraparte y muchas veces con cierto grado de cinismo, esos mismos otrora titulares de poderes, ya sean los políticos, los mediáticos o los culturales, en México, en Estados Unidos, en Brasil o Turquía, también en el Reino Unido y la lista seguramente se presta más extensa, defienden que ante la realidad y sus imposibilidades, fuera de los abundantes ejemplos de evidente mezquindad indefendible y criminal, las decisiones que tomaron y les son reclamadas se supeditaron a los límites que les permitían acercarse a la promesa de la visión puramente positiva. En ambos casos, se recurre a la trampa del convencimiento que se traduce en el mal menor. El epítome de la mediocridad con la que se debate la necesidad de escoger entre los infortunios de las poblaciones, con tal de darle cause al sentido político que le permitirá a los gobernados vivir y no destruirse.

Algo de amoralidad carga todo lo anterior y bajo su amparo se han cometido un sinfín de atrocidades. El ideario de la Revolución Francesa se impone sobre la memoria de la Época del Terror, múltiples dictaduras han justificado sus acciones en pos de estabilidad o prosperidad económica, el jacobinismo mexicano llega a restarle importancia a la guerra de los Cristeros para sustentar la mal lograda laicidad nacional. Incluso ante temas sobre los que soy más sensible, como la guerra en Siria, no han faltado voces que, frente a la absoluta aniquilación del país, consideran que la dictadura de Assad representaba una opción considerablemente mejor que el estado actual de la tragedia. Reconozco que en este último extremo la respuesta contraria no me resulta sencilla.

La Historia con mayúscula es vasta para darnos cuenta de que la política juega y se hace entre confusiones y contradicciones, es su más profunda naturaleza. El balance entre la aceptación de la injusticia inevitable y de la discriminación de prioridades, entre la capacidad de maniobrar bajo la consciencia de que una verdad única es una mentira, dará las posibilidades de hacer política de la forma más decente. No nueva ni vieja, y mucho menos buena. Decente acorde a las circunstancias.

Autócratas, dictadores, corruptos y perversos han manipulado la noción del mal menor para engendrar la barbarie. Ingenuos esgrimen artilugios para no hacerse responsables de la misma noción.

La política es una virtud moral alejada de ella, imposibilitada a ejercer desde sus cánones.

Maquiavelo entendió las complejidades de esta desgracia hace medio siglo. Desde El príncipe, no se ha escrito un tratado más honesto sobre política. Todas las líneas que le siguieron se pervirtieron, tomaron el libro del florentino como un manual de autoayuda para empresas y administradores públicos. Cuánta falta les haría a nuestros políticos y analistas intentar entenderlo. No se trata de monarquía o de república, tampoco de instrucciones para hacer el mal o diferenciarlo del bien, sino de la más cruda aceptación de nuestras miserias a través de la observación del desorden de las pasiones.

Gobernar, estudiar política y sus menesteres, así como la asesoría y el papel del funcionario, son en realidad disciplinas para darle orden a esas pasiones con tal de sacarles algún provecho que controle la facilidad con la que nos hacemos daño.

No soy capaz de recordar un gobernante que haya entendido la totalidad de los errores de sus predecesores. Si la nueva forma de hacer política busca ese absoluto, caerá en la más arriesgada interpretación aséptica de la historia, se prestará al error frecuente de querer definir las circunstancias de su gobierno en lugar de sobreponerse a ellas.

La mirada de muchos viejos políticos se centró en el presente y lo inmediato, la historia se les presentó como un eludible. Si la nueva forma de hacer política cree que la historia es algo que uno puede definir, habrá entendido poco de sus fines, nunca racionales, pero tampoco amarrados a la suerte. La única medida para entrar en las páginas de la posteridad será la eficacia, desde Maquiavelo a nuestros días la baraja no ha cambiado de cartas. Si la urgencia de cambio no se inicia con la mirada puesta en el orden que requiere pensar en los relevos, los nuevos príncipes serán viejos con canas.

El punto medio siempre será injusto.

Maquiavelo defendía la creencia en algo a pesar de ser consciente de su falsedad, siempre y cuando esa creencia fuera unificadora. En muchos lugares veo que se defienden creencias que separan a las sociedades hasta llegar a puntos irreconciliables. Esto es lo que no debe hacer en buen príncipe.

De esto intenté escribir en una nueva novela: El mal menor.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado las novelas Casa Damasco, La carta del verdugo, Clandestino, El jardín del honor y El mal menor, y los ensayos Reserva del vacío, Pensar Medio Oriente, Pensar México y Pensar Occidente.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.