Me gustan los proverbios. Arranco con un proverbio africano: “Todo anciano que se muere/ es una biblioteca que se va”. La vida cambia cuando se es joven y se tiene la suerte y el deseo de cobijarse bajo la sombra de un anciano: la mirada de la edad mira con otros ojos, con otras historias, la de los libros de su biblioteca.

Al cumplir sesenta y dos años Marco Tulio Cicerón —106 a. C.-43 a. C.—, escribió De Senectute. Cicerón vivió más que el promedio de sus contemporáneos: con seis décadas a cuestas era viejo. De Senectute, considerada por algunos una apología de la vejez, y por otros un libro que hoy sería agrupado en el rubro autoayuda, sigue siendo, como lo sabía Norberto Bobbio, un texto de referencia —él intituló una de sus últimas obras, De Senectute y otros escritos—. Aunque en ocasiones se inclina “por lo dulce”, De Senectute no ha envejecido del todo. Si bien es cierto que la vejez de Cicerón, me refiero a su edad y a su época, difiere con respecto a la de nuestros tiempos, su aproximación a la edad, y sus reflexiones, siguen ofreciendo argumentos válidos. La trama es sencilla: dos jóvenes, Escipión y Lelio, dialogan con Catón el Viejo, quien a pesar de tener ochenta y cuatro años encuentra razones suficientes para vivir con alegría y no renegar de ella. Los jóvenes se sienten seducidos por la intensa actividad de Catón así como por aceptar su edad “con filosofía”.

Ilustración: Kathia Recio

La fórmula para vivir una vejez apacible, explica Catón, es sencilla: sembrar y construir durante la juventud posibilita envejecer con dignidad. Y agrega: la Naturaleza es sabia: elimina el deseo de los placeres que ya no son posibles en la vejez. La fórmula consiste en nutrirse de lo ganado durante la juventud y aceptar, sin dolor, o con poco dolor, las pérdidas. Una vida plena permite envejecer con dignidad. Si además el viejo posee autoridad —no poder autoritario— su presencia se respeta y su opinión se aprecia.

Al cumplir ochenta es un librito/ensayo entrañable, de Henry Miller. Tras explorar el mundo, su mundo, repara sobre sus pasiones, comparte sus inquietudes e invita a caminar y seguir y cumplir ochenta años (o más). Miller era un ser enamorado del mundo. Algunas ideas entresacadas de su ensayo lo demuestran: “A los ochenta creo que soy una persona mucho más alegre que cuando tenía veinte o treinta años… la curiosidad nunca me ha faltado y hasta el peor pelmazo me puede provocar interés. Con este atributo viene otro que valoro sobre todos los demás: el sentido del asombro. Sin importar qué tan limitado pueda volverse mi mundo, no me lo imagino sin mi capacidad de asombro… tal vez lo más alentador de envejecer con gracia sea la capacidad cada día mayor de no tomar las cosas demasiado en serio”. Miller, amante de la vida, murió joven, a los ochenta y nueve años.

Debido al inmenso poder de la medicina y a la prolongación, muchas veces innecesaria de la vida, el reto, siempre crudo, es terminar a su debido tiempo. El proceso de morir con dignidad debería ser el culmen de una vida plena. Quienes se despiden de ella con entereza son maestros. Bien escribe el filósofo Robert Nozick: “El rechazo de la muerte debería depender, creo, de lo que hayamos dejado inconcluso, y también de la capacidad que nos queda para hacer cosas. Cuantas más realizaciones que consideramos importantes hayamos concretado, y cuanta menos capacidad nos quede, más dispuestos deberíamos estar a enfrentar la muerte”. Y agrega: “Los procesos de envejecimiento, al reducir la capacidad para realizar cosas, reducen la lamentación por morir en ese momento”.

La vejez no es sinónimo de derrota. Es un episodio más de la vida. En contra de lo que comúnmente se piensa, quienes llegan a la vejez suelen ser menos depresivos que los jóvenes muertos a temprana edad víctimas de ansiedad y problemas irresueltos. Innumerables ancianos, sencillos algunos, creadores otros, iluminan. Y al hacerlo aceptan que tras las décadas acumuladas la continuación de la vida es la muerte. La cercanía del final iluminó a Cicerón: “Si no vamos a ser inmortales, es deseable, por lo menos, que el hombre deje de existir a su debido tiempo. Pues la naturaleza tiene un límite para la vida, como para todas las demás cosas”.

Miller, Nozick y Cicerón arropan. Y asombran. Y motivan. Los libros de sus bibliotecas, como los viejos del proverbio africano, no fenecen del todo. Leer la vida a través de los años, y entender y aceptar el peso y el sabor de las décadas, permite vivir con dignidad y decir adiós cuando no haya más que decir.

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. Es autor de Dolor de uno, dolor de todos y de Recordar a los difuntos, entre otros libros.