Desde hace algunas décadas se comenzó a profetizar que América Latina, el subcontinente con más católicos del mundo, se estaba transformando en pentecostal. En los años 90, los sociólogos de la religión advirtieron que este fenómeno estaba generando un gran cambio cultural,1 pero nunca imaginaron su futuro potencial político, porque los pentecostales estaban muy concentrados en las vivencias de reanimación de la fe, en la experiencia sanadora del Espíritu Santo y en renunciar a las tentaciones de este mundo para lograr la salvación eterna. Su discurso tuvo inicialmente un impacto decisivo entre las masas de población marginada, desarrollando un mensaje de y para los pobres.2 La excesiva preocupación por las manifestaciones divinas en sus cultos y su desapego a la materialidad mundana imprimieron un carácter apolítico a estas iglesias. De hecho, se les veía con desconfianza como parte de un programa yanqui para contrarrestar y desactivar las ultra politizadas comunidades Eclesiales de Base, promovidas por los sectores progresistas e izquierdistas del catolicismo latinoamericano.

Las denominaciones evangélicas poco a poco fueron transformándose. Algunas iglesias pentecostales, que hoy marcan la pauta y liderazgo, se interesaron por intensificar su crecimiento retomando elementos de administración de empresas para operar y expandirse como transnacionales, otras decidieron reinventar sus cultos con predicaciones al estilo de los shows de espectáculos televisados, y unas más optaron por ver en la experiencia divina una manera de vender programas de superación económica predicando lo que se conoce como una “teología de la prosperidad”. A ellos se les reconoce como la última ola del pentecostalismo y por esta razón se les llama neopentecostales; éstas son las congregaciones que han logrado mayor crecimiento en Latinoamérica y que incluso se han expandido desde el sur hacia la conquista espiritual de Estados Unidos y Europa.

Su fortalecimiento económico se combina con una gran capacidad de cohesión comunitaria de familias de fe. Esta mezcla convierte a las congregaciones en instituciones ideales para negociaciones clientelares, basadas en asegurar votos a cambio de favores políticos.  No obstante, la decisión de convertirse en una fuerza política autónoma no se tomó hasta que sintieron amenazados los valores sobre los cuales se edifica el orden patriarcal (sostenido en el matrimonio, la familia, la jerarquización de roles y de permisividad diferenciada por sexo y edad). Ante la avanzada de lo que hoy les parece un nuevo enemigo a vencer que ellos llaman “la ideología de género”, que reclama derechos a las libertades y los derechos a la sexualidad, los evangélicos y pentecostales tomaron la decisión de salir de los templos y hacerle frente, ya no con oración y alabanzas, sino contraatacando al maligno mediante la acción política.

Ilustración: Víctor Solís

El activismo político de los evangélicos en América Latina

México es el país de América Latina que menos ha experimentado el crecimiento de población evangélica; la población católica llega a 83%, y si bien ha dejado de ser un credo monopólico, sigue siendo indiscutiblemente mayoritario, aunque ha perdido su capacidad de convocatoria y fuerza comunitaria. En contra parte, las sociedades cristianas no católicas (distribuidas entre cientos de iglesias de signo protestante, evangélico o pentecostal) han ido creciendo, alcanzando alrededor del 5% de la población que, de acuerdo con los datos del último censo nacional, representa una población de poco más de 5 millones de mexicanos (Datos arrojados por el Censo Nacional de Población y Vivienda, INEGI 2010).

Lo minoritario de estas iglesias en México no exime al país de vivir importantes cambios y recomposiciones que, a diferencia del resto del subcontinente, parecen estar impactando menos la cultura y más en la esfera política. Así pues, a pesar de ser una clara minoría, que además está fragmentada internamente en cientos de denominaciones independientes, las iglesias evangélicas mexicanas abrevan de los conocimientos y estrategias políticas que han desarrollado exitosamente en otros países, como Guatemala, Chile, Perú y Colombia (antes reconocidas como naciones católicas), pero sobre todo pueden retomar la reciente experiencia de Brasil, en dónde hoy representan a un tercio de la población y han incursionado en una nueva fase política.

Como lo explica Ari Pedro Oro: “el hecho más visible de aproximación entre religión y política consiste en la presencia significativa de iglesias evangélicas, sobre todo pentecostales, en la política, y en la formación de las llamadas ‘bancadas evangélicas”.3 Las iglesias evangélicas han acumulado experiencia organizativa en la realización de mega eventos, la cual les ha permitido participar socialmente en marchas y cruzadas exitosas en pro de la familia y de los valores conservadores y en contra de las libertades sexuales encabezadas por los movimientos de género. En este espacio, han hecho las primeras alianzas con los católicos, llegando a conformar un movimiento conservador cristiano que tiene en la mira a un mismo enemigo: “la ideología de género”. Pero, además, se apoyan en la experiencia de convocatoria, organización y animación de eventos públicos para constituirse en agentes cívico políticos capaces de conquistar las calles para exigir y reclamar derechos.

En Porto Alegre, en la primavera de 2013, me tocó asistir a una gran marcha juvenil en contra de las adicciones, en la cual el contingente evangélico desfilaba vestido de Zombis llevando pancartas y mantas para pronunciarse en contra del problema de las drogas y las adicciones. Era casi imposible identificar que era una expresión pública de una iglesia pentecostal. Al final, se congregaron en un mega evento musical, en el cual miles de evangélicos bailaban coreografías pop con letras cristianas; era como asistir a un performance de Thriller de Michael Jackson, pero con mensajes cristianos, donde todos bailaban combinando ritmo de zamba y emoción de un concierto, pero a la vez manteniendo el orden y la disciplina.  Esto es sin duda uno de los rasgos que caracteriza a los neo pentecostales, pues logran conjuntar la fe con la moda, la disciplina con la cultura del consumo.

En estos espacios compiten católicos y evangélicos por la fe y por su visibilidad social, pero también de manera sorpresiva e inusitada han logrado dejar atrás sus disputas doctrinaria, establecido alianzas políticas para emprender cruzadas morales que se oponen a leyes que sustentan libertades laicas, como han sido la despenalización del aborto, el reconocimiento jurídico del matrimonio entre sexos iguales y la despenalización de las drogas. Por una parte, esta competencia se refuerza con su acceso a las cámaras o bancadas políticas, con lo que garantizan la acción directa en decisiones gubernamentales vía la formación de cuadros de creyentes que manejan conceptos jurídicos para colocar los preceptos de la fe cristiana en los distintos niveles del poder legislativo. Por otra parte, resulta importante atender su manera de recomponer las fronteras entre religión y política recordando el papel contundente que las bancadas políticas evangélicas brasileñas tuvieron en el derrocamiento en 2016 de la presidenta Dilma Rousseff, y la manera en que con sus alabanzas y cantos han convertido los recintos oficiales en templos cristianos (un caso significativo fue de la toma del cabildo de Rio de Janeiro, cuyo alcalde es evangélico, en noviembre de 2017).

La acción política de los cristianos parece desafiar los pilares modernos de la laicidad, desconociendo las fronteras entre el ámbito religioso y el político. Ya no basta con recibir favores, ni con votar en contra de quienes promueven leyes liberales. La nueva meta de las bancadas evangélicas, que se saben empoderadas en Brasil como en otros países de América latina, ha sido reescribir la Constitución, como un ejercicio hermenéutico que anuncia una nueva constitución moral como si ésta fuera una extensión de la Biblia en el espacio del Cesar. Para muestra el mejor botón: el año pasado actuaron desde las instituciones del Estado para aprobar una ley que habilita la educación confesional en las escuelas públicas, a la vez que la nueva ley de educación prohíbe que los maestros hablen en los salones de manifestaciones políticas y sanciona con expulsión a quien desde el aula hable de cuestiones de género.

¿Es posible que el escenario brasileño de replique de alguna manera en México?

El PES y su avanzada política en México

Desde el arranque de la campaña política de Andrés Manuel López Obrador pudimos reconocer a un nuevo agente de la política nacional: el Partido Encuentro Social (PES), un partido confesional cuya “militancia radica principalmente en agrupaciones cristianas evangélicas, aunque defienden el carácter laico del Estado” según se anuncia en su página web.  La razón principal de este impulso es hacer de la vía política un contrapeso para visibilizar sus derechos como minoría religiosa frente a la religión mayoritaria:  la católica. Pero además se proponen como el “partido de la familia” para formar una ofensiva hacia lo que consideran el más grande de los enemigos a vencer: la ideología de género que amenaza con legalizar el matrimonio del mismo sexo y la despenalizar del aborto.

El PES logró negociar una gananciosa alianza con López Obrador, el candidato a la presidencia de la coalición Juntos Haremos Historia. Ofrecieron 15 millones de votantes, argumentando que los evangélicos estaban mal representados en las estadísticas nacionales, y aunque no contribuyeron ni siquiera con tres millones de votos para poder alcanzar su registro, obtuvieron 75 curules en la Cámara de diputados y 16 en la de Senadores, por encima incluso del PRI.

La presencia de un nuevo agente religioso con protagonismo en la arena política plantea fuertes desafíos a la laicidad en México. Primero ya no podemos pensarla sólo como la separación de la Iglesia católica con el Estado, porque están en juego otras iglesias que tienen diferentes modelos de organización institucional. Segundo, los artículos contenidos en la Constitución estaban pensados para contener la interferencia de la Iglesia católica en los asuntos públicos, pero resultan una coladera excelente para la participación de agentes religiosos de otras doctrinas que no corresponden a la estructura vertical de la iglesia de roma. Por ejemplo, Hugo Eric Flores, el presidente del PES, puede actuar en política partidista porque no es pastor, aunque es un miembro activo y predicador de la Casa sobre la Roca.  Segundo, si bien es cierto que el porcentaje de población evangélica en México es mucho menor que en el resto de América Latina, podemos imaginar que su presencia en las cámaras tendrá un impacto similar al que han tenido en Brasil en años recientes donde la táctica de conquistar “bancadas evangélicas” les brindó acceso directo a la toma de decisiones en las cámaras de diputados y de senadores, para desde ahí librar la guerra contra el maligno, misma que debilita la acción política del reclamos de los derechos y libertades sexuales. Varios elementos similares a los que observamos en Brasil se hicieron visibles durante la campaña presidencial del PES al lado de López Obrador. Una de las más claras evidencias de permeabilidad de los evangélicos en la campaña política fue la famosa Constitución Moral, que ha sido una demanda de las sociedades evangélicas desde hace tiempo, y no tienen otro sentido que el de cerrar filas por la defensa de los valores conservadores.

El riesgo de este modelo partidista con bases confesionales es el voto clientelar bajo la consigna de “hermano vota por hermano”, como hemos visto en otros países de Latinoamérica. También han recurrido a presentar a muchos de sus candidatos y candidatas como la mejor opción electoral simplemente porque son evangélicos, y no porque sean competentes o tengan una experiencia profesional para ejercer dicho cargo, sino porque se consideran moralmente consistentes.

La democracia desafiada por la acción política de los evangélicos

El actuar de algunos grupos evangélicos en la esfera política es inquietante por tres razones. En primer lugar, porque es desde esta trinchera se está desarrollando una nueva forma de populismo que, encabezada por líderes pentecostales, reinventa la forma clásica del populismo latinoamericano. (Corrales 2018). En segundo lugar, como observó Roberto Blancarte, la avanzada política de los evangélicos están yendo contra el principio de laicidad basado en la separación entre asuntos religiosos y políticos y es un precedente para que las diferentes iglesias emprendan una reconfesionalización del espacio público, “abren así una caja de Pandora, dejando escapar muchos males que creíamos ya superados. Como el de la religión interviniendo en la vida pública” (Blancarte 2014). En tercer lugar, y más importante, es que su presencia en las cámaras puede incidir en el debilitamiento de la tradición democrática de la política y de los valores de laicidad nacional.

Si bien una sociedad moderna requiere respetar las creencias religiosas y sus manifestaciones, debe también respetar la libertad de conciencia, no sólo de los creyentes, sino de todos los ciudadanos, creyentes o no. La imposición de una moral religiosa (como lo sugiere la idea de una Constitución moral) por encima de los razonamientos que velan por legislar para conseguir el bien común, previendo las consecuencias y no siguiendo convicciones religiosas, va en contra del principio de laicidad.

El ascenso de los grupos evangélicos nos debe llevar a plantearnos la urgencia de revalorar nuestra tradición laica. Pero es también cierto que tenemos el reto de cuestionar si la constitución presente es suficiente o si tenemos que repensar un nuevo equilibrio que garantice la separación especializada de los asuntos políticos con respecto a lo religioso, pero que a la vez sea capaz de reconocer la libertad religiosa de múltiples confesiones con credos diferentes, así como fomentar una nueva cultura basada en valores pluralistas.

En una sociedad como la mexicana, donde el catolicismo sigue siendo hegemónico y algunas iglesias pentecostales actúan bajo modelos corporativos, habrá que revalorar el Estado laico, pero repensarlo de acuerdo con las nuevos dilemas y demandas que requiere nuestro país.  El Estado debe mantener su papel de moderador del pluralismo y las libertades religiosas, pues el panorama de mayoría católica con minorías cristianas activas y clientelares no permite imaginar que pueda funcionar de manera similar al libre mercado. Se requiere también de un Estado firmemente laico (que no antirreligioso) que se comprometa a acompañar el crecimiento de la diversidad religiosa, garantizando su libertad de expresión, pero que vaya acompañado de una gestión institucional de una cultura política que promueva valores que fomenten el pluralismo religioso basado en los valores de respeto, equidad, e igualdad de reconocimientos ciudadanos, sin privilegios.

La diversidad exige una cultura que anteponga los derechos a la discriminación de las minorías creyentes, pero que mantenga la autonomía del Estado frente a los diversos cultos, eso pues que tanto nos costó a los mexicanos conquistar.

 

Renée de la Torre
Doctora en antropología, estudiosa del fenómeno religioso en México y América Latina. Investigadora de Ciesas-Occidente.


1 Hasta 1960, 90% de la población de Latinoamérica era Católica, pero a partir de 2014 se redujo a 69%.  La población evangélica creció de 9% a 19% (Pew Research Center. (2014) “Religion in Latin America. Widespread Change in a Historically Catholic Region.” (Ver mapa 1.)

2 Miguel Mansilla, La cruz y la esperanza. La cultura del pentecostalismo chileno en la primera mitad del siglo XX., Iquique editorial manda/Universidad Arturo Prat (segunda edición), Chile 2014.

3 Ari Pedro Oro, Religão e Política no Brasil, en A. Oro (ed.), Religião e política no Cone Sul, Attar editorial, Sao Paulo, 2006, pp. 75-156p. 75.

 

4 comentarios en “Evangélicos: un nuevo protagonista en la política latinoamericana y un desafío para la laicidad

  1. Si establecer el estado laico ha costado mucho, es necesario que los nuevos diputados y senadores ratifiquen los valores de la pluralidad, tolerancia y respecto entre seres humanos, valores que deben prevalecer en nuestro país en todas las leyes que se generen. Saludos

  2. Excelente articulo, aunque difícil será mezclar religión y política -en un país con todavía un alto grado de ignorancia- sin caer en fanatismos o posturas radicales, como las que se están generando en este momento en brasil con la llegada del -conservador, fascista, clasista, racista, xenófobo, etc.- candidato a la presidencia -Bolsonaro- quien además es militar, lo cual duplica el temor de caer en un régimen autoritario o totalitario, muy parecido al de la Alemania Nazi de Hitler.

    En España también ha irrumpido un nuevo partido de ultraderecha -VOX- lo cual debería ponernos en guardia sobre el grave problema que representan estas ideologías conservadoras, muy ligadas a la religión y que amenazan con extenderse sobre todo el planeta.

    Por otro lado, no veo por qué tenemos que seguir anclados a una constitución que se escribió el siglo pasado y mucho menos veo por qué tendríamos que basarnos en una biblia que se escribio hace mas de 2000 años. Es necesario reescribir una constitución política basada en el tiempo presente en que estamos viviendo y con miras a un futuro más civilizado.
    Saludos.

  3. Esclarecedor artículo. Parece que nos enfrentamos a un nuevo paradigma que pone en riesgo la laicidad de la vida política nacional, con todo lo que ello implica. La experiencia en territorios y países donde un grupo religioso toma el poder, suele ser devastadora, pues ese grupo hará todo lo posible por tratar de hacer leyes e imponer códigos de comportamiento social a partir de creencias, prejuicios y convicciones dogmáticas que probablemente satisfacen a sus propios creyentes, mas no a quienes disienten de esas creencias. Lo paradójico es que al tratar de imponerse como poder hegemónico, los grupos religiosos no vislumbran que esa misma actitud pone en riesgo su propia legitimidad confesional. Solo un estado laico puede garantizar la libre expresión religiosa de sus habitantes y promover el respeto hacia cualquier manifestación religiosa, pero también, desde posiciones laicas, es posible frenar excesos cuando se cometen abusos o ataques bajo argumentos religiosos.

  4. ¡Muy buen artículo! Creo que se necesita modernizar los sistemas de gobierno en el país con la colaboración de todos los que puedan sumar sin caer en fanatismos ni excluir a otros pero debemos considerar que las bases que se establecieron para el desarrollo y convivencia en una sociedad en la constitución o en la biblia pueden ser un buen punto de partida para buscar y establecer la modernización en las sociedades actuales.

    Saludos.

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