Casi la mitad de los brasileños que emitieron un voto válido ayer en las elecciones presidenciales lo hicieron por Jair Bolsonaro, el congresista de extrema derecha y excapitán del Ejército que elogia las dictaduras militares, cuestiona los derechos de las minorías y promete una represión dura contra el crimen y la corrupción.

Con un resultado superior a lo que anticipaban las encuestas, Bolsonaro obtuvo este domingo el 46% de los votos, con el 99% de las mesas escrutadas, por lo que competirá en la segunda vuelta el próximo 28 de octubre con su principal opositor, el candidato del Partido de los Trabajadores (PT), el exministro de Educación y exalcalde de Sao Paulo, Fernando Haddad, quien recibió 29.3% de apoyo. Con 47.9 millones de votos, muy por encima de Haddad, que obtuvo 29.2 millones, Bolsonaro estuvo cerca de lograr la victoria en la primera vuelta.

Ilustración: Víctor Solís

Hoy inician 20 días de división e incertidumbre en Brasil, antes de llegar a la segunda vuelta, en la que probablemente será la elección más polarizada desde el final del gobierno militar en 1985. Esta elección se definirá más por el anti-voto (anti-PT o anti-Bolsonaro), y no tanto por la convicción o apoyo a favor de un proyecto que convenga al país, algo que Brasil necesita desesperadamente para enfrentar sus crisis.

Sin respaldo de los principales partidos y con poco financiamiento, Bolsonaro confió en su uso hábil de las redes sociales durante la campaña y ganó impulso después de un ataque casi fatal en un mitin hace un mes que le impidió hacer campaña. Este peligroso giro a la extrema derecha ha estado avivado por el enojo de los votantes contra la clase política y partidos políticos tradicionales involucrados en escándalos de corrupción. Bolsonaro subió en las encuestas de opinión en la semana anterior a la elección, montado en una ola de antipatía hacia el PT, partido de Haddad, cuyo líder –el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva- está en la cárcel por corrupción.

Los partidarios de Bolsonaro culpan al PT —que gobernó a Brasil durante 13 de los últimos 15 años— de uno de los mayores escándalos de corrupción del mundo, revelado por la Operación Lava Jato; de la creciente delincuencia y de las políticas económicas que contribuyeron a la peor recesión del país. Bolsonaro atrae a una parte de la población que es completamente anti-PT y votaría, literalmente, por quien sea antes que por un candidato del PT. Algunos por ideología contraria, pero muchos otros porque antes apoyaron al PT y no pueden perdonarles a sus dirigentes que ascendieron al poder prometiendo cambios, para después corromperse y mantenerse al margen de los cambios profundos que se necesitan en el país.

Este sentimiento anti-PT se reflejó en las urnas donde el partido sufrió un duro golpe en los estados más importantes del país. La derrota más resonante fue la de la expresidente Dilma Rousseff, quien quedó en cuarto lugar en los comicios para senadores por el estado de Minas Gerais, sin posibilidades de obtener un escaño.

Pero no sólo lo apoyan los votantes anti-PT, Bolsonaro tiene el respaldo de tres grupos que ya han sido poderosos en el Congreso brasileño, conocidos popularmente como las bancadas del buey (ruralistas), de la Biblia (evangélicos o católicos fundamentalistas) y de la bala (que agrupan a integrantes de las fuerzas de seguridad o promotores del uso de armas). Esto le garantizó el voto de los grileiros (acaparadores de tierras públicas) y los grandes agricultores; de los líderes de los imperios religiosos evangélicos y sus millones de seguidores; y de los grupos de policías, militares y otros simpatizantes que abogan públicamente incluso por la intervención militar si continúa la corrupción. Su compañero de fórmula para la vicepresidencia, el general retirado Hamilton Mourão, ha hecho declaraciones públicas que, de ser electo, el presidente podría lanzar un “auto-golpe de Estado respaldado por los militares”.

Cuando votó a favor del impeachment que destituyó a Dilma Rousseff del poder, Bolsonaro homenajeó al represor que torturó a la expresidente cuando fue presa política de la dictadura militar. Así las cosas, una persona que reivindica el golpe de Estado de 1964 y la represión ilegal es hoy el candidato favorito para gobernar Brasil. Una explicación es que el fenómeno Bolsonaro es, en parte, consecuencia del estado de la memoria histórica colectiva sobre la dictadura brasileña. O más bien de la desmemoria.

En este contexto, Haddad intentará utilizar el argumento de que la democracia está en riesgo para catapultar los votos de los demás candidatos minoritarios. Al darse a conocer los resultados que lo colocan en la competencia en segunda vuelta Haddad llamó “a la unión de los demócratas de Brasil”. Pero dados los resultados de la primera vuelta, se necesitaría una coalición muy amplia para aumentar el número de apoyos y poder derrotar a Bolsonaro en la segunda vuelta. Haddad declaró que buscará fortalecer y ampliar su alianza más allá de los partidos con los que ya comparte coalición: “queremos llegar a todos los brasileños que, independientemente de sus partidos, quieran contribuir a la reconstrucción democrática del país”.

Haddad, cuyo principal apoyo estuvo concentrado en los estados más pobres del noreste del país, necesitará atraer a los adherentes del laborista Ciro Gomes del PDT, candidatura que el PT activamente afectó pero que tuvo casi 13 millones de sufragios. Por cercanía política, probablemente será más fácil sumar el apoyo de Guilherme Boulos del PSOL con sólo 1% de los votos, y de Marina Silva de REDE también con apenas 1%. Pero, sobre todo, deberá concentrarse en sumar fracciones de los electores de centro que votaron por el candidato del PSDB (el partido del expresidente Fernando Henrique Cardoso), Geraldo Alckmin, quien terminó esta contienda electoral en un lejano cuarto lugar con casi 5% de votos; y de João Amoedo, otro centrista que obtuvo 2.5%.  Aunque Bolsonaro también podría atraer el apoyo del centro político por su agenda nacionalista y sus promesas anti-establishment.

El fenómeno bolsonarista parece imparable, incluso con todas las posturas públicas del candidato que demuestran su carácter y plataforma profundamente intolerante, misógina, homofóbica, racista y violenta. Las mujeres –o mejor dicho, algunos sectores femeninos- han sido las más activas en contra de Bolsonaro, pues lograron convocar a la mayor manifestación organizada por mujeres en la historia de Brasil bajo la consigna #EleNão (“Él no”), una semana antes de las elecciones. También han desarrollado una intensa campaña explicando por qué no conviene al país tener un presidente con las posturas peligrosas de Bolsonaro; una explicación que podría parecer innecesaria ante las evidencias, pero que se vuelve indispensable y, tristemente, a veces inútil en un mundo post-verdad.

Ahora bien, Eliane Blum describe a Bolsonaro no tanto como un fenómeno de posverdad, sino como un fenómeno “de verdad propia”.  Es decir, “el contenido de lo que dice no importa: lo que importa es el acto de decirlo. La estética ha sustituido a la ética. Al decir todo y cualquier cosa, no importa cuán violento sea, sus votantes lo califican de sincero en un momento en que los políticos son rechazados como fraudes y mentirosos”. La verdad se ha convertido en una elección absoluta y personal.

Independientemente de la estrategia que sigan Haddad y el PT –respaldados por el peso que Lula todavía tiene en algunos sectores del país- para aumentar sus votos en estos 20 días, resulta evidente que Bolsonaro tiene todas las posibilidades de su lado: Brasil, sumido en una compleja crisis política y social por los escándalos de corrupción y el aumento significativo de la violencia, con graves problemas como desempleo, desigualdad y pobreza nuevamente en aumento, va a las urnas dividido por el odio “al otro”, resultado de una narrativa que asocia ciegamente el combate a la corrupción y a la inseguridad a un candidato, sin importar los medios ni los demás fines. Un ambiente perfecto –como ya lo ha mostrado la historia en otras ocasiones – para que líderes como Bolsonaro crezcan, se multipliquen y tomen el control.

 

Bárbara Magaña Martínez

 

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