El alfarismo es un fenómeno político local de alcance nacional más allá de los partidos. Su líder, Enrique Alfaro Ramírez, es un personaje carismático y polémico quien recién ganó las elecciones para gobernador de Jalisco por el partido Movimiento Ciudadano (MC), al cual renunció acto seguido para asumirse como gobernador sin partido. Más allá de siglas, el alfarismo es un movimiento político con denominación de origen que, por la importancia del estado, seguramente incidirá en la política nacional en los años por venir.

Para algunos Alfaro representa el cambio que ni el PAN ni el PRI lograron en Jalisco, mientras que para otros no es más que un político reciclado bajo las siglas de MC. Si bien Alfaro ha estado en la escena política local desde los noventa, cuando militaba en el PRI, su irrupción como un político competitivo fue apenas en 2009 cuando ganó la alcaldía de Tlajomulco de Zúñiga, un municipio de la zona metropolitana de Guadalajara poco relevante hasta entonces. Desde la periferia de la metrópoli construyó su movimiento, que le permitió contender primero por la gubernatura en 2012 —que perdió por un margen muy estrecho frente al PRI— para después ganar la alcaldía de Guadalajara en 2015 con una amplia diferencia, que lo posicionó como el candidato puntero a la gubernatura desde entonces. Incluso, su triunfo como alcalde de la capital del estado lo proyectó nacionalmente, como cuando participó en las conversaciones entre los aspirantes “independientes” a la presidencia de la República.

Alfaro es una especie de político rara avis. Como hijo del ex rector de la Universidad de Guadalajara, Enrique Alfaro Anguiano, desde niño estuvo cerca de la política, pese a que su padre siempre quiso que se dedicara a los negocios familiares. Su madre, Bertha Ramírez, pertenece a una familia acaudalada, por lo que nunca tuvo necesidad económica. Enrique asistió al Franco Mexicano, uno de los mejores colegios particulares de Guadalajara, pero cuando pudo hacerlo se cambió a la preparatoria pública número 5 para hacer política estudiantil sin éxito. Fue entonces que decidió estudiar ingeniería civil en el ITESO, aunque saliendo de la universidad volvió a incursionar en la política sin ejercer su profesión como ingeniero. Inició su carrera en el PRI, partido en el que militaría hasta 2006 cuando se cambió al PRD. Al no haber logrado ningún éxito significativo en sus primeros años como priista decidió estudiar la maestría en estudios urbanos de El Colegio de México. Fue a su regreso de la Ciudad de México cuando despuntó al lograr la candidatura del PRI al gobierno de Tlajomulco en 2003. A pesar de haber sido derrotado adquirió notoriedad política por denunciar la corrupción siendo priista.

Ilustración: Estelí Meza

La trayectoria de Alfaro no se explica sin la carrera política de su principal mentor: Enrique Ibarra Pedroza, un político profesional de larga trayectoria, a quien debe su formación política. Tras su derrota en Tlajomulco, aún bajo las siglas del PRI, Alfaro se acercó al PRD por invitación de Andrés Manuel López Obrador. Su llegada incomodó al ex rector de la Universidad de Guadalajara y líder de facto del partido en Jalisco: Raúl Padilla López. No obstante, en 2006 logaron un acuerdo entre todas las partes: Ibarra Pedroza fue el candidato de sacrificio del Sol Azteca a la gubernatura a cambio de que Alfaro entrara como diputado. Desde el legislativo local Alfaro impulsó la agenda metropolitana, que a la postre le permitiría destacar como alcalde.

En 2009 Alfaro contendió por segunda ocasión a la alcaldía de Tlajomulco, ahora bajo las siglas del PRD. Su triunfo significó para el perredismo un crecimiento inédito al ganar por primera vez un municipio metropolitano. Sin embargo, el acuerdo político entre Raúl Padilla y Alfaro duró pocos meses: tras un conflictivo proceso electoral interno que evidenció las tensiones entre ambos en 2010 rompieron ríspidamente. El gobierno de Alfaro quedó “liberado” del yugo de Padilla López, pero huérfano de partido. El alejamiento entre el grupo político de la Universidad de Guadalajara y el alfarismo se zanjaría años después, de cara a la elección de 2018, cuando ambos personajes se aliaron nuevamente dejando atrás agravios y diferencias “irreconciliables”. Si algo caracteriza a ambos políticos jaliscienses es su pragmatismo político.

A pesar de que apoyó la candidatura de López Obrador a la presidencia en 2012, Alfaro ya tenía acercamientos con Convergencia Democrática en la búsqueda de un registro partidista. Rápidamente se entendió con el dirigente de Convergencia, Dante Delgado. Juntos le cambiaron de nombre al partido, rebautizado como Movimiento Ciudadano, a semejanza de Alianza Ciudadana, la asociación que el alfarismo había formado tiempo antes. Desde entonces Alfaro ya percibía el hartazgo ciudadano hacia la partidocracia, así que en lugar de un partido comenzó a hablar de un movimiento ciudadano que finalmente lo consiguió con registro de partido.

Con la franquicia de MC en Jalisco, Alfaro contendió por la gubernatura en 2012 sin necesidad del emblema del PRD. Para entonces el alfarismo ya representaba una fuerza política que sus rivales buscaban cooptar. Alfaro rechazó la oferta del PAN para ser su candidato a la gubernatura y declinó la oferta del PRI para ser senador. Prefirió ir solo que mal acompañado. Su derrota electoral le dejó un sabor a victoria: había arrasado en la zona metropolitana, hecho que prácticamente le aseguraba el triunfo para la alcaldía de Guadalajara en tres años, como ocurrió en 2015. Sin ser propiamente un candidato independiente, ya que fue postulado por MC, Alfaro captó el voto independiente en Jalisco como Jaime Rodríguez, El Bronco, lo hizo en Nuevo León. Quizá por eso en Jalisco no prosperó la idea de una candidatura independiente, aun cuando algunos empresarios ligados a la Coparmex exploraron esa posibilidad en torno al nombre de José Medina Mora.

El alfarismo combina diversas tradiciones y prácticas políticas. Al PAN le arrebató la bandera del “buen gobierno” tras los escándalos de corrupción de las últimas administraciones blanquiazules que llevaron a este partido a la quiebra moral. La honestidad, que había sido un baluarte de Acción Nacional, ahora es enarbolada por el alfarismo, que se presenta como el partido de la transparencia y la austeridad. Ante la ineficacia de los gobiernos tricolores, al PRI le arrebató la reputación de “saber gobernar” al lograr revertir la creencia de que los gobiernos priistas sabían cómo gobernar aunque fueran corruptos. En poco tiempo el alfarismo logró hacer suyas las banderas de la honestidad y la eficacia sin que necesariamente los gobiernos emecistas estuvieran exentos de señalamientos de corrupción o hubieran resuelto los problemas de la ciudad, como el de la inseguridad, que ha empeorado en los últimos años.

Buena parte de la hazaña de haberle arrebatado sus insignias a panistas y priistas por igual se explica por la capacidad de comunicación de Alfaro. Como alcalde en dos ocasiones supo comunicar tanto sus propuestas en campaña como sus logros en gobierno. Paradójicamente, su habilidad para comunicar no le ha permitido construir una buena relación con los medios de comunicación, particularmente con algunos periódicos con los que ha tenido fuertes desencuentros. Eso explica en parte su apuesta por la comunicación social que básicamente implicó la creación de una serie de empresas privadas encargadas de la publicidad gubernamental. Contrario a la idea de austeridad, los gobiernos de MC han asignado sin licitación muchos millones de pesos a estas empresas. Pese a las críticas Alfaro ha optado por asumir el costo político de privilegiar estas consultoras privadas.

El alfarismo se convirtió en una arca de Noé en pleno diluvio: todos quieren refugiarse en ella. En su interior cohabitan una gran variedad de especies políticas, sobre todo de ex panistas. El crecimiento de la militancia de MC se explica más por el éxodo de políticos de otros partidos que por nuevas afiliaciones. Más que incluyente, el alfarismo es un movimiento ecléctico que —al igual que es ahora Morena y antes el PRI— se aglutina en torno a un liderazgo absoluto. Todos caben en el partido siempre y cuando se plieguen a los mandamientos de su líder moral. Quienes han discrepado terminaron por abandonar las filas de MC. Uno de los principales rasgos del alfarismo es precisamente que carece de otros liderazgos con peso propio, excepto acaso el alcalde de Zapopan, Pablo Lemus, que sin embargo no forma parte del primer círculo. La nomenclatura que comanda el movimiento la integran un pequeño grupo que ocupan posiciones y responsabilidades clave, pero que ninguno representa un contrapeso real al avasallador liderazgo de Enrique Alfaro. El sanedrín naranja lo integran Ismael del Toro, quien también fue alcalde de Tlajomulco, después diputado local y coordinador de los diputados de MC, y ahora es alcalde electo de Guadalajara; Hugo Luna, jefe de gabinete de Tlajomulco, después de Guadalajara y probablemente del estado en la siguiente administración; y Clemente Castañeda, quien fue diputado local, después federal y coordinador de la bancada de MC en San Lázaro, y ahora es senador electo.

La personificación del movimiento alfarista es su principal fuerza al tiempo que su mayor debilidad: la personalidad temperamental de su líder, quien prácticamente toma todas las decisiones, acertadas o equivocadas, de forma vertical. Aunado a esta exacerbada centralización del poder en una sola persona MC es un partido poco institucionalizado. Su incipiente estructura le resulta funcional a Alfaro, pues no tiene que lidiar con una dirigencia del partido fuerte sino para efectos prácticos con un gerente en turno. Las molestias del grupo compacto con Alfaro han ido aflorando con el tiempo. Una muestra es el rompimiento del actual alcalde de Tlajomulco, Alberto Uribe, quien representaba el único contrapeso real al interior del primer círculo, que terminó pasándose a Morena.

Otro de los rasgos distintivos del alfarismo es su ambigüedad ideológica, que le ha permitido navegar en la indefinición. En lo personal, Alfaro es liberal, pero políticamente es amorfo. Consciente de que la mayoría del electorado jalisciense es conservadora, Alfaro prefiere no abrir frentes que considera innecesarios. Sin embargo, tras el escándalo que suscitó la colocación de una escultura pública titulada “Sincretismo” —que conjuga elementos religiosos e indigenistas considerados por algunos católicos como ofensivos— Alfaro defendió su instalación como parte de un programa de arte urbano. Se sostuvo pese al embate de la iglesia católica y del propio PAN, su aliado incómodo en las elecciones. Pero sobre todo Alfaro es pragmático: si algo le conviene, busca la manera de acomodarlo sin reparar demasiado en principios políticos o ideológicos.

El alfarismo rompió el bipartidismo PRI-PAN que prevaleció durante dos décadas, desde que ocurrió la primera alternancia en Jalisco para la gubernatura en 1995. Alfaro se abrió paso súbitamente en 2012 cuando estuvo cerca de ganarle al PRI y, tres años después en 2015, desplazó a los partidos tradicionales cuando MC consiguió la mayoría en el Congreso local. Sin embargo, la hegemonía alfarista tiene hoy dos flancos abiertos. Por un lado, con el insólito crecimiento de Morena, resultado del efecto arrastre de López Obrador. Por el otro, con Wikipolítica, la agrupación política que lidera el diputado independiente Pedro Kumamoto. Si bien esta nueva formación no logró ningún curul, los “wikis”, como se les llama a los jóvenes candidatos, podrían ser una oposición, más simbólica que real.

El alfarismo está fincado en un partido que se presenta como un movimiento antipartidos. Consciente del repudio a la partidocracia, Alfaro ha sabido capitalizar el descontento hacia el establishment político del que él mismo es uno de sus máximos representantes. Alfaro aprovecha toda oportunidad para reiterar que nunca ha militado en MC aunque en los hechos sea el líder indiscutible del partido. Tras ganar la elección Alfaro anunció su renuncia a MC, partido al que formalmente nunca perteneció. Esta “sana distancia” es una forma de deslindarse del fallido Frente por México y sus aliados, PAN y PRD, al tiempo que mandar un mensaje de distensión al presidente electo al presentarse como un gobernador sin partido.

El movimiento alfarista no es reformista ni rupturista. No pretende sólo reformar el statu quo pero tampoco plantea romper con el orden establecido. Alfaro ha propuesto una tercera ruta —acaso más retórica que práctica— que le permite una salida intermedia: la refundación de Jalisco. No están claros los alcances ni contenidos de la llamada refundación del estado, pero discursivamente es un concepto paraguas suficientemente amplio para que nada de lo que propone quede a la intemperie. Todo cabe en ese eslogan de campaña que, todo apunta, será el mantra de su gobierno.

Alfaro sabe que no puede reinventar Jalisco en un sexenio: hay inercias que pueden más que la voluntad y lastres que inhiben el cambio. Alfaro va a heredar un estado de contrastes: sectores con buenos resultados y otros con pésimos indicadores. Necesariamente tendrá que darle continuidad a lo que sí funciona y cambiar radicalmente lo que no ha funcionado, pues no habría recursos ni tiempo que alcancen para rehacerlo todo. El desencanto con los gobiernos es cada vez más rápido: el PAN gobernó 18 años y el PRI apenas logró regresar seis años. Como reza el propio eslogan de los gobiernos emanados de MC, el de Alfaro sería un “gobierno a prueba”, que se sometería a la ratificación de mandato como lo hizo antes, pero ahora con mayores riesgos de no obtener una buena calificación.

El alfarismo será la corriente dominante de MC, aunque no necesariamente tendrá el control del partido. Dante Delgado, su fundador y líder moral, difícilmente le cederá el control. Pero Alfaro aspira más a construir un auténtico movimiento ciudadano, ya no con mayúsculas, como el partido, sino en minúsculas. Tendrá seis años para entregar buenas cuentas a los jaliscienses y proyectarse nacionalmente.

Aunque es pronto para pensar en 2024, Alfaro sería naturalmente un aspirante a la presidencia. A pesar de su “retiro anticipado” al anunciar que ya no piensa volver a contender por un cargo de elección popular, Alfaro es consciente de que para aspirar a un cargo mayor primero tiene que entregar buenas cuentas como gobernador. Su relación con López Obrador durante la campaña fue ríspida, de modo que la relación con la presidencia seguramente no será tersa. Sin embargo, su capacidad de gestión le permitirá destacar entre los gobernadores y podría rápidamente lograr un acuerdo con el gobierno federal. En el nuevo federalismo político mexicano el alfarismo podría convertirse en un movimiento político —¿y acaso ciudadano?— al margen de los partidos y de carácter regional, pero de alcance nacional.

 

David Gómez-Álvarez
Académico de la Universidad de Guadalajara y director de Transversal.