El 1 de septiembre por primera vez en la historia de México el Congreso de la Unión, en sus dos cámaras, tendrá una presencia de hombres y mujeres paritaria (o casi). Por ello, la siguiente nota.

John Keane ha escrito una de las historias de la democracia más ambiciosas y eruditas de los últimos tiempos (Vida y muerte de la democracia, FCE, 2018, 910 pp.). Rescata no sólo las fórmulas y recursos que se han inventado a lo largo del tiempo para hacer posible la idea de que los hombres pueden y deben gobernarse a sí mismos, sino que además su libro está plagado de estampas particulares sobre personajes y situaciones que iluminan el sentido de las invenciones democráticas.

Ilustración: Jonathan Rosas

Una de las líneas constantes en la exposición de Keane va de la exclusión a la inclusión de las mujeres en el mundo de la política, la deliberación y el voto. Ilustra que, a fines del siglo XIX en Australia del Sur, antes que en Europa o los Estados Unidos, se reconoció el derecho al voto de las mujeres incluyendo a las “aborígenes”. Pues bien, Muriel Matters que nació en 1877 en Adelaida viajó de Australia a Inglaterra para seguir luchando por la igualdad entre hombres y mujeres. Escribe Keane: “Los experimentos británicos de gobierno responsable e innovación democrática destacaban la extraña cuestión de que a veces los imperios eran capaces de plantar la semilla de la democracia representativa. Igualmente extraño era que las plántulas a veces volvieran en velero y se trasplantaran a suelo británico…”.

Muriel nació y creció en Australia. Estudió música, fue actriz y profesora de dicción. Leyó Casa de muñecas de Ibsen a los 14 años y la vio representada en Melbourne, cinco años antes de que se presentara en París. Pero, sobre todo, su forma de reivindicar el derecho al voto para las mujeres se alimentaba de la experiencia y legislación aprobada en Australia del Sur en 1894. De tal suerte que cuando se mudó a Inglaterra en 1905 cargaba ese equipaje.

Informa Keane que el traslado tenía como finalidad original continuar con su carrera musical, pero, como suele decirse, el destino es extraño. Muriel se ligó con grupos de reformadores sociales que pululaban por Londres, conoció al príncipe Kropotkin y pronto se integró a la Liga de Libertad para las Mujeres. Viajó por Inglaterra pronunciando discursos demandando jardines de niños gratuitos, tribunales especializados para menores, salario igual para hombres y mujeres y subrayaba invariablemente la necesidad de reconocer el derecho al voto para las mujeres. Trataba de difundir las necesidades y exigencias nuevas, de hacer conciencia de los vientos que sacudían a la sociedad. Era, en ese sentido, heredera de la larga y fructífera tradición que cree que la educación transforma la manera de observar las “cosas” y que ese cambio es el requisito para modificar la realidad.

Muriel además fue una mujer imaginativa. No sólo se colocó a la vanguardia del feminismo, sino que utilizó fórmulas de expresión novedosas y ocurrentes. Tenía que ganar la atención del público, lograr que sus conciudadanos voltearan los ojos hacia sus reclamos, colocarse en el centro del debate. A mediados de febrero de 1909, el día que se abrían las sesiones del Parlamento, “Matters contrató un zepelín rotulado con las palabras “Votos para las mujeres”. Y “conforme lanzaban kilos y kilos de folletos de sufragistas a los residentes de Westminster, unas activistas de la Liga de Libertad para las Mujeres fueron arrastradas en tierra…”.

Pero quizá el episodio que le generó más fama y por supuesto descalificaciones, que incluso la llevaron a prisión, fue cuando se encadenó a “la reja metálica de la galería pública de la Cámara Baja” clamando por el voto para las mujeres. Y para hacer de su encadenamiento un acto contundente, ocultó la llave del candado “en lo más profundo de su ropa interior”. La autoridad se vio entonces ante un embarazoso dilema: o permitir que Muriel Matters siguiera con su protesta o entrometerse en sus calzones para rescatar la codiciada llave del encadenamiento. Y dado que, al parecer, el pudor jugó su papel, los policías se vieron en la necesidad de remover la reja de metal junto con la protestante.

Han pasado más de cien años. Difícilmente hoy alguien defendería la exclusión de las mujeres del ejercicio de los derechos políticos (y del resto), pero la historia de Matters es sólo un botón de muestra para recordar que en materia de derechos todos han sido posibles luego de arduas y complejas luchas. Y que cuando se convierten en sentido común, en rutinas aparentemente insípidas, es cuando realmente se han conquistado y asentado. Hoy es posible que las estampas aquí recreadas arranquen una sonrisa. Y no es para menos: lo que entonces se vivió como un combate hoy puede observarse con un guiño benevolente.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Cartas a una joven desencantada con la democracia.