Históricamente el liberalismo no ha sido única, ni primariamente, una manifestación del escepticismo. Ha sido una manera de entender el poder, de crearlo y de limitarlo. El liberalismo no sólo duda, combate. La ola de populismo antiliberal que barre el mundo ha obligado a los liberales a cuestionar muchas de sus premisas. Ese es un ejercicio muy saludable, sin embargo la necesaria autocrítica a veces ha llevado a conceder a sus enemigos razones que no les asisten. Eso encuentro, por ejemplo, en una conferencia dictada por el historiador y periodista Timothy Garton Ash hace un par de años: “¿Qué salió mal con el liberalismo?”.1

Ash aduce que en los países desarrollados el liberalismo, entendido como una forma de finanzas globalizadas, ha beneficiado desproporcionadamente a los capitalistas. El tema distributivo, y los agravios que un reparto inequitativo produce, son temas ciertamente importantes. El liberalismo, discurso crítico del poder, acabó por convertirse en la ideología de las elites, la ideología de “los privilegiados, del privilegio”. Así, Ash cita aprobatoriamente a Michael Ignatieff cuando el fallido político canadiense afirma que la “moderación liberal es el llamado natural de apareamiento de los cosmopolitas elitistas”. Esta es pura mala conciencia. El corolario del argumento es que la “captura” del liberalismo por los catrines del mundo produjo una corriente de pensamiento de narices paradas, opuesta a la vulgar y plebeya democracia. El liberalismo se volvió así antidemocrático. Los liberales le dejaron la democracia a los populistas. El liberalismo, arguye también Ash, claudicó de otras maneras cruciales. Hizo oídos sordos a los reclamos de igualdad, de reconocimiento y de pertenencia. Ignoró el papel de la emoción en la política.

Ilustración: Belén García Monroy

Hay muchas cosas atendibles en esta jeremiada. Sin embargo, me parece que el diagnóstico parte de un diagnóstico equivocado. La hybris de los triunfadores indudablemente conduce a la arrogancia. Los liberales, diría Tocqueville, tuvieron la mala fortuna de tener suerte. El liberalismo, es cierto, ha estado siempre en tensión con la democracia. El liberalismo democrático la acepta como mecanismo ineludible de transferencia del poder y como origen único de la legitimidad política. Con todo, la función política del liberalismo es mantenerse a distancia, distinto, de la democracia. Sólo así puede funcionar como un elemento moderador y crítico. Para que la democracia sea tal debe respetar los derechos y las libertades de las personas. El liberalismo no puede desempeñar ese papel de contrapeso indispensable si ha caído rendido a los pies del demos. Los liberales jamás comulgarán con la máxima vox populi, vox dei. Tiene por ello una chocante, pero vital, función epistemológica. Criticar la voluntad general con las armas de la razón es su función pública y los liberales no deberían sentirse avergonzados por desafiar las querencias populares. Tampoco deberían evitar someter sus creencias a ese mismo ácido.

De forma similar, la forma de conversación pública del liberalismo depende críticamente de la razón y por ello renuncia deliberadamente a apelar a la emoción. Los liberales han abdicado de accionar ese poderoso resorte. Pero ésa es también su virtud. Es poco probable que el liberalismo igualitario —que ha estado en el discurso público por mucho tiempo— compita exitosamente con el populismo en la tribuna del sentimiento. Como señala Claudio López-Guerra: “no ha habido mejor articulación y defensa teórica de la igualdad en lo político y lo económico que la edificada sobre la base del liberalismo. La tradición liberal protagonizó el acontecimiento intelectual más importante del siglo pasado en materia política: el nacimiento del liberalismo igualitario. El núcleo de ideas que comparten los liberales igualitarios es fácil de comprender. Todas las personas tenemos el mismo derecho a concebir y llevar a cabo un cierto proyecto de vida. Por la finitud de recursos materiales y la diversidad de proyectos personales no es posible que todas las personas vivan la vida que idealmente quisieran vivir. Necesitamos entonces una distribución de libertades y recursos que se ajuste a la premisa fundamental de que todas las personas merecen igual consideración y respeto. La respuesta del liberalismo igualitario es que una distribución justa es aquella que otorga oportunidades iguales a todos”.2 Con todo, haríamos bien en reconocer que el ideal de igual trato palidece frente a las promesas de igualdad sustantiva del populismo. Es muy posible que los liberales a menudo no hayan estado a la altura de ese ideal, pero lo cierto es que las exigencias de sus adversarios van mucho más allá del trato igualitario. A ratos la autocrítica de Ash y otros liberales parece una versión rebajada y titubeante de argumentos antiliberales más francos y explícitos. Los críticos abiertos los formulan mejor.

La comprensión, y la humildad que resulta de ésta, son necesarias para el liberalismo, al igual que lo es la autocrítica, porque de otra manera los liberales simplemente no entenderían el mundo que habitan, pero la autoflagelación y la confusión lastran la voluntad de combatir, que le es esencial al liberalismo como proyecto político y filosófico. Si en el pasado los liberales se autoengañaron creyendo que eran marginales cuando sus opciones de futuro en realidad habían limitado el horizonte de lo posible, ahora, en cambio, tienen frente a sí, en el mejor de los casos, una restauración votada del poder presidencial predemocrático. Están, otra vez, en el conocido terreno de la oposición; lugar donde históricamente han dado lo mejor de sí.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 https://www.youtube.com/watch?v=FtV0VXJTzow

2 Claudio López-Guerra, “Hacia el liberalismo igualitario”, nexos, febrero, 2014.

 

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