A principios del siglo XIX Vincenzo Cuoco recordaba efusivamente la rebelión de Masaniello. No tenía nuestras luces, decía, pero tampoco nuestros vicios, y nunca quiso otra cosa más que servir a la nación. Por eso pudo enfrentarse a la inmensa fuerza del imperio español. Por supuesto, el modelo cultural bajo el que se entiende la historia de Masaniello es el de David contra Goliat, que siempre es igual de conmovedor. Y sirve de patrón para imaginar héroes populares. La historia es mucho más interesante.

El 7 de julio de 1647 el pueblo de Nápoles se amotinó para protestar por los nuevos impuestos sobre la fruta y la harina. Surgió de inmediato como jefe un pescador analfabeta de 27 años, Tommaso Aniello D’Amalfi, llamado por apócope Masaniello. Algunos testimonios dan a entender que hubo alguna clase de organización los días anteriores. Los vendedores habían prendido fuego a la barraca en que se cobraban los impuestos en la plaza del mercado. El día 7 decidieron no pagar y el motín comenzó como casi todos, confusamente. Se prendió fuego a las casas de algunos ministros. El virrey, Rodrigo Ponce de León, Duque de Arcos, anunció que se retiraba el impuesto sobre la fruta, y se reducía el de la harina: el resultado fue peor. La multitud se dirigió a la cárcel, arrancó las puertas, quemó todos los expedientes, y puso en libertad a los presos. Masaniello mandaba en Nápoles.

Ilustración: Estelí Meza

Al día siguiente se elaboró una lista de 60 casas de ministros, antiguos ministros y cobradores de impuestos, de quienes se habían enriquecido con la sangre del pueblo, y Masaniello anunció una justa venganza, ejemplo memorable para los siglos por venir. Una por una las casas fueron asaltadas. Algo notable: Masaniello ordenó, bajo amenaza de muerte, que nadie se apropiase de nada. Muebles, cortinas, alfombras, vestidos, todo se arrojó al fuego.

El virrey estaba sitiado en su palacio. Ofreció eliminar los nuevos impuestos por completo, pero ya no era suficiente. Masaniello exigió que se restituyesen todas las exenciones que había concedido a Nápoles el emperador Carlos V.

Desde el tercer día Masaniello da audiencia pública en la plaza del mercado. Allí recibe toda clase de peticiones, imparte órdenes, dicta sentencia en asuntos civiles, criminales, militares. Está todo resuelto, porque el virrey lo concede todo. Sólo falta la proclamación solemne en la iglesia de Santa María del Carmine. Pero en ese momento llega a la ciudad una cuadrilla de bandidos, hasta 500, aliados de la nobleza para acabar con la insurrección —una alianza que sorprende a primera vista, pero que era común y corriente. La violencia aumenta. Masaniello ordena que se levanten barricadas en todas las calles, que se cierren todas las entradas, el puerto, y que todas las casas mantengan iluminadas las ventanas durante toda la noche. Al terminar el día hay 150 cabezas de bandidos exhibidas en picas en la plaza del mercado.

Nadie puede decir en qué se basa la autoridad de Masaniello: una autoridad absoluta, incontestada, literalmente sin límites. Desde luego importa que Masaniello sabe qué hacer en cada momento, y pone orden en el motín, decide qué casas asaltar, decide a quién perseguir —da una dirección a la gente. Importa también que puede explicar lo que sucede: la oposición entre la patria humillada, las mujeres dolientes, los niños hambrientos, y la avaricia de los nobles. E importa que en ese envión los malos han sido derrotados. Pero no es sólo eso. Está el entusiasmo, contagioso, de tal intensidad que inspira miedo.

En los días siguientes se multiplican los decretos de Masaniello. Prohíbe a los hombres llevar capa, a las mujeres usar verdugado o guardainfantes, y a los religiosos les exige que lleven levantada la sotana hasta los muslos, de modo que pueda verse que no llevan armas. Fija el precio de los alimentos en el mercado, exige que se entreguen todas las reservas de grano. El jueves ordena que se persiga a todos los que roban y extorsionan y amenazan a la gente, y por la noche hay 100 cabezas más empaladas en el mercado. A un panadero que vendía el pan mermado lo condena a ser quemado vivo en su propio horno. Y se queja ante el virrey de que el cardenal Trivulzio no haya ido a saludarlo, le dice que es una afrenta para el leal pueblo de Nápoles.

Al parecer, no dormía. Se cuenta que se levantaba a media noche gritando: “¿Cómo podemos dormir? Somos los dueños de Nápoles, ¿y nos quedamos dormidos? ¡Vamos! ¡Arriba! ¡Ejerzamos nuestra autoridad!”. No se veía a sí mismo como David, sino como Moisés, liberador del pueblo de Israel, y Pedro, otro pescador. La gente estaba fascinada, entusiasmada, aterrada. El décimo día cuatro de los suyos lo arcabucearon, un carnicero le cortó la cabeza.

La atención se ha fijado siempre en el personaje, en su inexplicable autoridad. El secreto es que no hay secreto, Masaniello no tiene nada de particular. Lo fascinante es el pueblo de Nápoles, ese arranque de ira, entusiasmo, esperanza y terror que se materializa en un hombre. Lo fascinante es la sociedad que oculta su propia monstruosidad señalando al monstruo.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.