En su libro A la sombra de los libros, publicado hace diez años, Fernando Escalante explicó cómo la industria editorial ha sido engullida por la industria del espectáculo, con la que se ha integrado de manera vertical, por medio de los tres o cuatro grandes grupos comerciales que han ido copando el mercado de producción del libro. Este proceso se logra a través del control de las instancias que median entre la publicación de un libro y sus potenciales lectores —es decir, los periódicos, las revistas culturales, la publicación de reseñas, el otorgamiento de premios, y el acceso al radio, la televisión y redes sociales. Hoy la industria editorial busca ediciones de tirajes largos, que vendan bien y rápido. No se busca una vida larga en los anaqueles, sino un consumo amplio e inmediato.

Esta economía resulta costosa para los países de habla hispana porque —con raras excepciones— nuestros núcleos de lectores habituales son tan pequeños que sus gustos quedan borrados por una producción de libros que se tiene por fuerza que orientar en primer lugar a los lectores ocasionales, que son los que pueden agotar ediciones de libros que tiran, digamos, diez mil ejemplares, en vez de los consabidos mil ejemplares que antes tiraban editores de prestigio tipo Joaquín Mortiz, Paidós o Siglo XXI. De esa manera se van desatendiendo los apetitos de los lectores más exigentes, que se pierden en los de los lectores ocasionales, cosa que termina afectando el contenido mismo de la producción cultural, que tiende a acariciar la curiosidad de lectores que procuran entradas amables a temas de interés más o menos general. El resultado, también, es que se va extinguiendo el prestigio que antes podía granjear una obra importante, pero de lectura exigente. En el mundo editorial de hoy la democratización del gusto —que tiene tanto de saludable— ha ido de la mano de la decadencia de la producción cultural, digamos, más aristocrática. El efecto cultural de esta dictadura de la medianía termina empobreciendo a la cultura. ¿Qué hacer ante esto? ¿Cómo recuperar espacios de genuino descubrimiento cultural?

Ilustración: Patricio Betteo

De cara al final de las editoriales pequeñas importa repensar el papel que se han asignado a las editoriales universitarias latinoamericanas, porque ellas son, hoy por hoy, las únicas que operan en una economía distinta. Finalmente, el trabajo editorial forma parte de la misión del quehacer universitario, que defiende la diseminación del conocimiento como su razón de ser. Así, las universidades no publican por negocio, sino porque el conocimiento que generan es y debe ser público. Por eso, también, la inversión de las universidades en sus editoriales no viene justificada tanto por niveles de venta, por más que la venta guste, sino, justamente, por el cumplimiento cabal de la misión de la universidad como institución de educación e investigación.

Por esta razón las ediciones universitarias están en situación de recrear el nicho que antes ocupaban las pequeñas editoriales de prestigio, que vivían de estimular los apetitos de los mejores lectores, quienes luego influían y guiaban el interés del gran público, por la sencilla razón de que sabían más.

Sólo que para conseguir esto haría falta, para empezar, terminar con el mal hábito de las coediciones.  Las coediciones entre casas universitarias y grandes editoriales comerciales le venden a los autores el espejuelo de que sus libros circularán como los que publican las casas comerciales, pero es usualmente una promesa vana: si las casas editoriales comerciales pensaran que los libros universitarios se fueran a vender a granel, los contratarían y se evitarían compartir regalías. Lo cierto es que las casas comerciales saben perfectamente que los libros que publican en coedición venderán poco, pero acceden a ellas porque las universidades se las compran de antemano, a cambio de la promesa de conseguir una mejor distribución.

El costo de esta distribución superior —que, dado el desastre de la distribución de las casas universitarias en México, es real— resulta ser, al final, bien elevado, porque las coediciones desdibujan el papel fundamental que debe tener el sello, que es servir de guía y de garantía para el lector. Así, la coedición desdibuja el perfil de los sellos editoriales, no sólo de las casas universitarias, sino también de las casas comerciales, que deben tomar medidas para diferenciar sus propios productos del de las coediciones (por ejemplo, evitando colocar las coediciones en las mesas de novedades de Gandhi, o usando sus periódicos y revistas sólo para publicitar las obras propiamente comerciales).

Un giro en contra de las coediciones tendría que suplementarse con un compromiso altamente selectivo por parte de las editoriales universitarias, para así poder pelear por el nicho que ha sido abandonado por la industria editorial y del espectáculo: el de los lectores habituales, que son, recordemos, los lectores más conocedores y más exigentes. Para esto las editoriales universitarias tendrían que adoptar una política inflexible en contra de publicar textos sin mayor chiste, y comprometerse con un papel responsable que actualmente no asumen, que consiste en guiar a sus lectores a obras que los alimenten, aunque sea en ediciones pequeñísimas.

La edición en español necesita volver a crear espacios de genuino prestigio. Para conseguir esta meta requiere editoriales que estén dispuestas a perder dinero a cambio de cumplir esta misión. Las únicas casas que están en esta situación, hoy, son las editoriales universitarias. Sólo que para desempeñar ese papel tendrán que abandonar el mal hábito de las coediciones, y hacerse del valor de rechazar textos faltos de interés, aunque provengan de la pluma de sus propios investigadores.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.