Mark Twain (Florida, Missouri, 1835-Redding, Connecticut, 1910), nombre de pluma de Samuel Langhorne Clemens, pasó su infancia y adolescencia en Hannibal, a orillas del río Mississippi. En 1861 viajó a Nevada como ayudante personal de su hermano, que acababa de ser nombrado secretario del gobernador. Más tarde, en San Francisco, trabajó en The Morning Call. En 1866 realizó un viaje de seis meses por las islas Hawái y al año siguiente embarcó hacia Europa. Resultado de este último viaje fue uno de sus primeros éxitos editoriales, Inocentes en el extranjero, publicado en 1869. En 1876 publicó su segunda obra de gran éxito, Las aventuras de Tom Sawyer, y en 1885 la que los críticos consideran su obra maestra, Las aventuras de Huckleberry Finn. Penguin Random House publicó reunidos los relatos del también cuentista excepcional en un volumen preparado por Charles Neider (1915-2001), escritor y reconocido experto en la obra de Twain, a la que dedicó buena parte de su vida literaria; publicó una biografía del novelista estadunidense y editó varias de su obras. Presentamos un relato incluido en Cuentos completos (introducción de Charles Neider, traducciones de Miguel Temprano García, J. Rius, Fernando Trías Beristain, Pedro Elías, Julián Peiro, Leslie Reader, Vicente García Guijarro, Amando Lázaro Ros y Laura Rins, Ciudad de México, Penguin Clásicos, 2016, 1092 pp.). Esta edición es la más completa de la narrativa breve de Twain. La componen todas sus piezas cortas, 60 textos magníficamente traducidos.


I

En la mañana de la vida, apareció el hada buena con su cesta.

—Aquí tienes los dones —dijo—. Coge uno y deja los demás. Y sé precavido: elige bien, ¡sí, elige bien! Pues solo uno de ellos tiene valor.

Los dones eran cinco: Fama, Amor, Riqueza, Placer y Muerte. El joven, ávido, dijo:

—No necesito pensarlo.

Y eligió el Placer.

Salió al mundo y buscó los placeres que deleitan a la juventud. Pero todos resultaron a su vez breves y frustrantes, vanos y carentes de sentido. Y todos, al partir, se rieron de él. Al fin el joven dijo:

—He perdido el tiempo todos estos años. Si pudiera volver a elegir, elegiría bien.

II

El hada apareció y dijo:

—Quedan cuatro dones. Elige otro; ¡ah!, y recuerda: el tiempo vuela, y solo uno de ellos es valioso.

El hombre lo pensó durante mucho rato. Luego eligió el Amor, y no reparó en las lágrimas que brotaban de los ojos del hada.

Al cabo de muchos, muchos años, el hombre estaba sentado junto a un ataúd, en un hogar desierto. Hablaba consigo mismo, y se decía:

—Uno tras otro se han ido marchando y me han dejado, y ahora es ella quien yace aquí: mi último ser querido, el más querido de todos. Una vez tras otra la desolación se ha abatido sobre mí. Por cada hora de felicidad que me ha vendido el Amor, ese mercader traicionero, he pagado mil horas de aflicción. Desde lo más profundo de mi alma, yo lo maldigo.

III

—Elige de nuevo. —Era el hada quien hablaba—. Los años te habrán dotado de sabiduría, no puede ser de otro modo. Quedan tres dones. Solo uno de ellos vale la pena; recuérdalo, y elige a conciencia.

El hombre lo pensó mucho rato. Al fin eligió la Fama, y el hada exhaló un suspiro y siguió su camino.

Pasaron los años y el hada regresó. Se situó junto al hombre, quien, al inicio del ocaso, estaba sentado en solitario, pensativo. El hada conocía sus pensamientos:

“Mi nombre estaba presente en el mundo entero, todos sin excepción lo cubrían de alabanzas, y durante un breve tiempo creí que eso era mío. ¡Cuán breve fue ese tiempo! Entonces llegó la envidia, después, la descalificación, y la calumnia, y el odio, y la persecución. Y el escarnio, que es el principio del fin. Por último llegó la lástima, que es el cortejo fúnebre de la fama. ¡Ah, la amargura y las miserias de la celebridad!, blanco de injurias en su apogeo, del desprecio y de la compasión en su decadencia”.

IV

—Vuelve a elegir una vez más. —Era la voz del hada—. Quedan dos dones. Y no desesperes. Al principio solo había uno valioso, y sigue estando aquí.

—La Riqueza…, que implica poder. ¡Qué ceguera la mía! —dijo el hombre—. Por fin la vida valdrá la pena. Gastaré, derrocharé, los deslumbraré a todos. Quienes se han reído de mí y me han despreciado morderán el polvo, y yo saciaré mi ávido corazón con su envidia. Tendré todos los lujos, todos los placeres, todo aquello que cautiva el espíritu, todo lo que satisface al cuerpo y que el hombre tiene en mayor aprecio. ¡Compraré, compraré y compraré! Deferencia, respeto, estima, adoración… Todas las falaces gracias de la vida que el mercado de un mundo trivial es capaz de proporcionar sin límites. He perdido mucho tiempo, y hasta ahora siempre he elegido mal, pero dejemos eso: antes era un ignorante, y no podía sino tomar por bueno aquello que más lo parecía.

Pasaron tres breves años, y llegó un día en que el hombre estaba sentado en una humilde buhardilla, tembloroso. Se le veía pálido, demacrado, con los ojos hundidos y las ropas andrajosas. Roía un mendrugo de pan mientras musitaba:

—¡Maldigo todos los dones de este mundo, por su escarnio y sus mentiras de oropel! Son un engaño, todos ellos. No son dones, sino simples préstamos temporales. Placer, Amor, Fama, Riqueza, no son sino disfraces provisionales de su realidad que sí perdura: Dolor, Aflicción, Vergüenza, Pobreza. El hada decía la verdad: solo uno de los dones que tenía era valioso, solo uno no es despreciable en absoluto. Qué vacuos, innobles y nocivos sé ahora que son todos los demás en comparación con ese otro inestimable, ese otro querido, dulce y amable, que sume en un dormir perdurable y sin sueños los dolores que atormentan el cuerpo, y las vergüenzas y las aflicciones que corroen la mente y el corazón. ¡Tráemelo! Estoy cansado. Reposaré.

V

Acudió el hada con cuatro de los dones, pero faltaba la Muerte. Dijo así:

—Se lo he entregado a un niñito a quien su madre adoraba. El pobre era ignorante, pero ha confiado en mí y me ha pedido que eligiera por él. Tú no me pediste que eligiera por ti.

—¡Ah, mísero de mí! ¿Qué me queda, pues?

—Aquello que ni siquiera tú mereces: el absurdo agravio de la Vejez.

1902.

 

Mark Twain
Escritor. Autor de Un yanqui en la corte del Rey Arturo, Guía para viajeros inocentes, Cartas de amor, El pretendiente americano y Discursos, entre otros libros.