Javier Pradera,
Itinerario de un editor,
Trama Editorial,
Madrid, 2017.


Javier Pradera se hizo editor por necesidad.

Su vocación inicial fue la abogacía, carrera en la que logró titularse en 1955, pero su militancia en el Partido Comunista de España —al que ingresó por amistades como la de Federico Sánchez / Jorge Semprún— lo llevó a prisión en dos ocasiones. La primera en 1956, por su participación en las manifestaciones contra la dictadura y de la que logró salir más o menos indemne, y la de 1958 que le costaría su puesto de profesor universitario y la prohibición de ingresar al Colegio de Abogados y ejercer esa profesión.

Gabriel Tortella, ex compañero universitario, le tendió la mano y lo llevó a la editorial Tecnos donde se inició como agente comercial. Gracias a ello conocería a Arnaldo Orfila Reynal, director general del Fondo de Cultura Económica. Don Arnaldo no se arredraba ante nadie y había ido a España para desafiar a la censura dictatorial ofreciendo los libros color naranja del Fondo.

Y, por supuesto, se vendían. El FCE necesitaba, pues, una casa en Madrid, que no sólo distribuyera los libros mexicanos, sino que publicara autores españoles.

Era irónico que el Fondo hubiese nacido gracias a la negativa de Manuel Aguilar de publicar una colección de 50 libros sobre economía propuesta por Daniel Cosío Villegas en un viaje ex profeso a Madrid. Frustrado, Cosío regresó a México, gestionó los apoyos necesarios y fundó la más importante editorial latinoamericana: el Fondo de Cultura Económica.

Ya como gerente del Fondo en España, Pradera se entregó a una inagotable labor de gestión comercial: habla con libreros, con críticos, establece contactos con revistas como Ínsula, Índice, Destino, Triunfo y con diarios como el Abc y La Vanguardia; organiza mesas redondas con Seix Barral para promover la literatura latinoamericana, y pone en marcha un premio para las mejores tesis doctorales de economía. A Pradera también le ocupa mucho tiempo negociar con los censores. Logra introducir la historia del pensamiento socialista, de Cole, y debe pelear duramente para que se distribuyan Alfonso Reyes, Manuel Altolaguirre, El asalto a la razón, de G. Luckács, y algunas obras de E. Fromm y L. Febvre. Pero fracasa con las obras de Max Aub, Moreno Villa o Libertad bajo palabra, de Octavio Paz. “La historia de la censura —escribe— se hace ahora de una forma anecdótica, cómica, satírica, algo así como ese programa de televisión de ‘Cuéntame cómo pasó’. Pero no tuvo ninguna gracia y fue de una brutalidad inusitada.”

En 1963 es aprehendido nuevamente luego de un allanamiento de las oficinas de la editorial y de su propia casa, pero Orfila Reynal lo ratifica en su puesto. Por esas fechas se acentúan las diferencias con la dirigencia del Partido Comunista y en 1964 abandona la militancia junto con sus amigos Jorge Semprún, Fernando Claudín y Fransesc Vicens, acusados de desobediencia e indisciplina.

Pradera trabajaría con Orfila hasta noviembre de 1965 cuando éste es despedido de la dirección del Fondo. El régimen diazordacista ya se había molestado por la aparición de Los condenados de la tierra, de Franz Fanon, con prólogo de J.-P. Sartre, y Escucha yanqui, de Charles Wright Mills. Pero la obra del antropólogo norteamericano Oscar Lewis, Los hijos de Sánchez derramó el vaso de la intolerancia priista.

La relación con Salvador Azuela, sustituto de Orfila, fue tensa, y Pradera saldría de la editorial a finales de 1967. “Mi trabajo en el Fondo —recapitula— fue llegar a una culminación. No he tenido nunca un trabajo que me despertase tanta pasión como el Fondo… era una grandísima editorial.”

Pradera ya es un editor y con José Ortega Spottorno, Jaime Salinas y la familia Vergara establecen los cimientos de Alianza Editorial. Llamó a otro viejo amigo de la militancia comunista, el diseñador gráfico Daniel Gil, quien revolucionaría el mundo del diseño editorial en los años siguientes. Pradera se hace cargo del área de no ficción de la colección de bolsillo, con precios bajos y con tirajes de 10 mil ejemplares. Hasta ese momento no había en el mercado ediciones tan cuidadas de autores como Nietzsche, Freud, Russell, Weber…

Don Javier permanecería casi veinte años en Alianza como director editorial. Fue una época de éxitos y reconocimientos: la aparición de las colecciones Alianza Universidad, Alianza Tres y Alianza Forma —de consumo obligado en las universidades iberoamericanas—, así como los 1 000 títulos de la colección de bolsillo.

Pero Pradera tenía una energía inagotable. Por supuesto que siguió de cerca la fundación de Siglo XXI Editores, gracias a la solidaridad de un amplio grupo de intelectuales, artistas y científicos que apoyaron a Orfila y compraron acciones de la nueva editorial. Y desde luego aceptó la propuesta de don Arnaldo para abrir una sede de Siglo XXI en España. Tiempo después, en 2003 le dijo al periodista Jesús Ruiz Mantilla con cierto tono burlón: “queríamos hacer una editorial marxista-leninista, drástica y ortodoxa a ultranza”.

Además, en 1976 ya se había incorporado al recién fundado diario El País como jefe de Opinión y editorialista estrella. El hombre principal del diario ya era Jesús Polanco, también fundador de la Editorial Santillana y socio de Taurus, la editorial más importante de ensayo en la época. En 1984 Pradera recibió el premio Francisco Cerecedo que otorga la Asociación de Periodistas Europeos en España para reconocer a quienes se hayan distinguido por su trabajo en defensa de la libertad de expresión.

Y por si fuera poco en la primavera de 1990, junto con Fernando Savater, publica la revista Claves de la Razón Práctica, un clásico del mundo cultural español de fin de siglo. Nada falta en las páginas de la revista: la reforma de la Constitución, el aborto, las uniones homosexuales, la eutanasia, los nacionalismos, la clonación y la ingeniería genética, la violencia doméstica, la emigración, el multiculturalismo, la xenofobia, la corrupción política, la legalización de las drogas, el terrorismo, el futuro de la democracia y la globalización económica, las crisis internacionales, etcétera.

Colofones

La muerte de José Vergara en 1983 inició un proceso de cambios profundos en Alianza. Muy pronto se hicieron evidentes las diferencias entre Diego Hidalgo y Javier Pradera y Daniel Gil, que a la postre obligaría a su salida de la editorial. En los informes que presenta al Consejo de Administración Pradera establece las bases de la edición cultural y sus diferencias con la visión comercial: “Editoriales como Alianza son el resultado de otra forma de entender las relaciones entre cultura y negocio, entre proyecto cultural y rentabilidad empresarial, entre creatividad y comercio. Con su propio modelo, Alianza ha sobrevivido durante más de veinte años y se vende ahora a nueve veces su valor nominal.”

La correspondencia con Orfila es detallada y metódica. Con el tiempo, la relación entre ambos se va enfriando ya por los normales conflictos y problemas cotidianos en la dinámica “intersiglos”, como llamaban a la triangulación entre las casas de México, Argentina y España; ya por las discrepancias políticas en torno a la revolución cubana, ya por las diferencias de edad. Sin embargo, nunca hubo un rompimiento definitivo.

Pradera continuó en El País hasta su retiro. El diario sigue siendo el más importante de todos los editados en Hispanoamérica. Los propietarios originales optaron por vender sus acciones y pese a pertenecer todavía a Prisa, el grupo mediático más importante de España, ahora el principal accionista es, a partir de 2010, el grupo estadounidense Liberty Acquisition Holding.

Y finalmente, Fernando Savater continuó con la edición de Claves de la Razón Práctica.

Pradera conocería detalladamente el mundo de la edición mundial. Por supuesto, su amistad con Daniel Gil, quien realizó más de 4 mil portadas para Alianza, y muchísimos editores españoles. Pradera tenía un enorme respeto por los editores de Latinoamérica pues ellos dieron a conocer obras en España, pese a la censura. Conoció a Daniel Cosío Villegas, Joaquín Díez-Canedo —“uno de los tipos más divertidos que he conocido en mi vida”—, Vicente Rojo, Neus Espresate, Luis Rius —el librero favorito de muchos escritores de prestigio—, Pancho Aricó, Alberto Díaz, Gonzalo Losada, Mario Muchnik…

Itinerario de un editor ofrece mucho más que lo anotado en esta breve reseña. El ensayo “El editor ante el espejo” es buen ejemplo, así como sus consideraciones sobre el “editor-monarca absoluto” y el “editor-presidente de la república”, y su diferenciación entre “edición-sí” y “edición-no”. 

Para Gabriel García Márquez el periodismo es el mejor oficio del mundo. “Me permito discrepar del premio Nobel —escribe Pradera— y decir que el mejor oficio del mundo es el de editor.” Fue un tipo afortunado: vivió los dos mejores mundos.

 

Hugo Vargas