Sobre la vejez, la soledad, el estoicismo y la posibilidad de esbozar una sonrisa ante la muerte, trata Lucky, la película de John Carroll Lynch.

En un pequeño poblado rodeado de aridez, quizá en la frontera de Texas con México, transcurre la vida de Lucky. Maquinalmente, todas las mañanas realiza sus ejercicios, escucha viejas canciones mexicanas, desayuna un poco de leche, sale al café, se esmera en resolver crucigramas, ve programas de concurso en la televisión, fuma un cigarro tras otro, y por las noches se asoma al bar en donde toma un Bloody Mary y platica con los parroquianos habituales. Es un viejo rancio, veterano de la guerra, delgado, como aquellos que fueron flacos correosos y ahora son como un perchero de donde cuelga el cuerpo. No tiene dolencias físicas pero un día por un repentino desvanecimiento acude al médico, y luego de las auscultaciones del caso, éste le dice la nítida y categórica verdad: no tiene nada, sólo lo acompaña la vejez, que por supuesto es irreversible y contundente.

Ilustración: Jonathan Rosas

Vive solo. Nunca se casó, no tiene hijos y ni siquiera una mascota. Su casa es pequeña, decorosa, austera. No es un hombre huraño, menos un ermitaño, por el contrario, todos los días cumple con una costumbre reiterada que lo pone en contacto con aquellos que atienden la cafetería, la pequeña tiendita o el bar. Con todos mantiene relaciones cordiales.

Se trata de una rutina circular. Es un viejo al que los otros ven y tratan con aprecio. Lucky es parte del paisaje, una figura conocida, quizá respetada, quizá hasta querida. Un hombre apacible pero capaz de enfurecer y reaccionar incluso con amenazas de violencia (que nadie cree de verdad), cuando piensa que un abogado está tratando de abusar de un viejo amigo que pretende dejar su patrimonio a la tortuga que lo acompañó (y abandonó) a lo largo de los años. Es autosuficiente. No pide nada a nadie. No depende de terceros. Pero en un rapto de franqueza, luego de fumarse juntos un porro y ver la televisión, le confiesa a la mesera que preocupada por él lo visita en su casa, que tiene miedo. Sólo eso: miedo. Ese anciano independiente; orgulloso sin ostentación; solitario, pero no triste, es un estoico. Alguien, al parecer, imperturbable, con el carácter suficiente para afrontar sin estridencias ni gestos grotescos la vacuidad de la existencia, templado frente a las penalidades y la soledad. Al balbucear tímidamente que tiene miedo devela su fragilidad, pero al mismo tiempo su capacidad para enfrentar, sin innecesarios guiños lacrimosos, la vida. Al miedo se lo traga, quizá lo supera.

Sabe valorar las conversaciones casuales, parcas; los encuentros fortuitos, los buenos momentos. Acude a una fiesta de cumpleaños de una familia mexicana y con un remedo de mariachi (sólo tres músicos) canta en un español entrañable y cascado “Volver, volver, a tus brazos otra vez”. Valora los buenos momentos, los disfruta sin aspavientos innecesarios. Un día encuentra en la cafetería a otro ex combatiente que le narra un episodio de su historia: cuando desembarcaron las tropas en una isla del Pacífico, los japoneses, que habían huido, les “informaron” a los nativos que los norteamericanos iban a violarlos y asesinarlos. Eso dio paso a que algunos lanzaran a sus hijos por los acantilados. En esa circunstancia terrorífica, el batallón encontró a una pequeña niña como de siete años, en andrajos, con una enorme y luminosa sonrisa. Nadie comprendía esa disonancia: en circunstancias ominosas una expresión plena y radiante. Hasta que un compañero los ilustró: se trata de la sonrisa que, según el budismo, debe recibir a la muerte. Dado que nada pervivirá, dada la vacuidad de la experiencia, sonreír ante la inminencia del final resulta una fórmula natural, pulcra, eficiente. Porque Lucky sabe y se lo dice a sus compañeros del bar que todos ellos, sus hábitos, ilusiones, riñas y convicciones al final serán nada. Nada en sentido literal. 

La película de Carroll Lynch logra construir un clima anímico cálido sin ser meloso, aparentemente frío y distante como recurso para no deslizarse en el impúdico melodrama. Se trata de una mirada tierna y al mismo tiempo lejana, una fórmula para encarar situaciones aciagas (la vejez, la soledad, el sinsentido de la vida), sin recurrir a tremendismos o a subrayados esperpénticos. Un lenguaje sosegado, maduro, comprensivo.

La película es un homenaje a Harry Dean Stanton que es o representa un Lucky inolvidable. Y como si así hubiese sido pensado, unas semanas después de terminar la filmación de la película el actor murió a los 91 años el 15 de septiembre de 2017 en Los Ángeles, California. Entro a Wikipedia para informarme de las razones de su muerte y sólo dice: causas naturales. La vida se acabó y quiero pensar que recibió a la muerte con una sonrisa tranquila. FIN.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Cartas a una joven desencantada con la democracia.

 

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