Electoralmente el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) es una fenómeno sorprendente. Hay pocos ejemplos en nuestra historia, si es que alguno, de la construcción tan veloz a nivel nacional de un aparato electoral, de un movimiento masivo, y de un partido político. La mejor evidencia que tenemos a la mano de este fenómeno es la expansión territorial de Morena del centro y sur del país hacia el norte como aparato electoral. El año 2006 fue el mejor año en términos electorales para las izquierdas desde 1988. En aquel año la coalición encabezada por el Partido de la Revolución Democrática (PRD) ganó las elecciones presidenciales en poco menos de 150 distritos del país, algunos de ellos más al norte que el estado de Hidalgo. En contraste en 2018 la coalición encabezada por Morena ganó menos de 300 distritos, incluyendo casi todos los del norte del país.

Históricamente, los resultados electorales y organizativos de las izquierdas mexicanas en el norte del país siempre fueron limitados. Hubo excepciones basadas en movilizaciones campesinas y en los márgenes urbanos que resultaron en la creación de algunas organizaciones duraderas. Los casos más notables de esta tradición de izquierda en el norte están en la periferia urbana de Durango y Monterrey, donde las organizaciones populares que nutren al Partido del Trabajo (PT) existen desde hace ya varias décadas. Sin embargo, la expansión de Morena en el norte (y no sólo en el norte) siguió una lógica organizacional que tuvo como objetivo hacer más eficiente su forma de obtener votos. Una lógica que a la vez que incrementaba el apoyo a Morena, reconocía también la diversidad de intereses y dinámicas políticas que existen a nivel regional. De esta manera, lo viejos y nuevos militantes y simpatizantes de Morena no se dedicaron a conseguir votos sólo para que el partido a nivel nacional creciera y llevara a López Obrador a la presidencia, sino que los intereses más cercanos, en términos territoriales, también estuvieran representados en las candidaturas del partido.

Ilustración: Raquel Moreno

Aunque parezca una obviedad, la lógica que domina la organización electoral de Morena es la eficiencia en maximizar la obtención de votos. Uno pensaría que todos los partidos políticos en nuestro país tienen organizaciones dominadas por esta lógica. Al fin y al cabo las elecciones se tratan de ganar más votos. Pero no es así. Algunos partidos quieren ser eficientes en términos de allegarse de recursos económicos, otros quieren garantizar el acceso de sus dirigentes a listas plurinominales, y unos más quieren asegurar el monopolio de ciertos discursos políticos, entre muchos otros objetivos. En contraste, la estrategia de crecimiento electoral de Morena parece haber estado basado en tres tácticas que le permitieron enfocar los esfuerzos organizacionales directamente a obtener el mayor número de votos posibles: 1) militantes de base con la posibilidad real de ser candidatos a distintos puestos de elección popular; 2) la selección vía encuestas de candidaturas que cuentan con reconocimiento público previo al proceso electoral; 3) la inclusión de liderazgos regionales (políticos, económicos y sociales) que estén al margen de los otros partidos políticos.

De estas tres tácticas sólo la primera contiene realmente una innovación en nuestro sistema político. La selección de candidaturas vía encuestas las empezó a usar el PRD cuando López Obrador fue su presidente a finales de los años noventa. La encuesta como método de selección tiene la ventaja de engarzarse fácilmente con la inclusión de liderazgos locales y regionales ignorados por otros partidos políticos, o incluso integrantes de estos otros partidos que salen de ellos justo porque se les niega una candidatura. En términos de las consecuencias de la combinación de estas dos tácticas la virtud es doble. Por un lado, abre el partido a candidaturas más competitivas que las que generaría exclusivamente entre sus militantes y las demuestra competitivas al hacer la encuesta. Por el otro lado, palia los conflictos internos dentro del partido pues establece un método de selección que, más allá de los intereses personales por obtener una candidatura, impone como criterio interno lo que al final es el criterio más importante en una carrera dentro de la política electoral: la posibilidad de ganar la elección. De aquellas épocas es el establecimiento de Zacatecas y Baja California Sur como bastiones norteños del perredismo.

Dentro del PRD la imposición de estos dos métodos de construcción del aparato electoral tuvieron buena dosis de controversia. Las corrientes internas del PRD vivían la inclusión de liderazgos regionales que no pertenecían a la tradición de izquierdas como una “traición” (ideológica) al partido, y veían en las encuestas una forma de imponer a estos liderazgos por encima del mérito histórico de integrantes de las corrientes del partido. Sin embargo, incluso en los momentos en los que López Obrador logró establecer estas dos tácticas dentro del PRD, las corrientes se mantenían cohesionadas dentro del partido porque a través de sus órganos internos se elegían las candidaturas locales y federales a cargos de representación proporcional. Es decir, incluso en los momentos de mayor apertura del PRD las corrientes se repartían las listas plurinominales como parte de las cuotas que negociaban en las disputas por el control del aparato partidista.

Cuando los liderazgos de un partido político están abocados a la conquista de espacios en las listas de representación plurinominal, su tiempo, sus recursos materiales y humanos están tornados hacia adentro. Sus adversarios son internos. La ciudadanía y militantes que no son parte de los órganos partidistas son irrelevantes en el camino para obtener una candidatura en la lista plurinominal. Los otros partidos son potenciales aliados, o adversarios sólo en la medida en que afectan el control del partido. El efecto de esta perenne disputa interna, como es sabido, resulta en liderazgos burocráticos duraderos que se aíslan cada vez más de los votantes y que dedican cada ciclo electoral a capturar los espacios de la lista plurinominal. De esta forma, los dirigentes del partido y sus militantes más activos pierden su capacidad para persuadir, movilizar votantes, y diferenciarse políticamente de otros partidos, aunque mejoren su capacidad para ganar asambleas cerradas y casos jurídicos ante tribunales.

Morena parece haber encontrado una solución posible a este problema con el establecimiento de la tercera táctica que mencioné arriba: la posibilidad real de que militantes (no dirigentes) sean candidatos a puestos de elección popular. En la página electrónica de nexos hace unos años José Antonio Aguilar Rivera y Claudio López Guerra discutieron los riesgos y beneficios, en términos democráticos, de usar el sorteo como método de selección de candidaturas. No obstante, una de las consecuencias más importantes del método de sorteo para seleccionar candidaturas de representación proporcional es que saca del aparato partidista la fuente de presión que suele generar los intentos de captura de estos espacios. A ello se le suma el interés de los militantes de mantenerse activos como militantes, pues el sorteo les da una posibilidad real de volverse diputados o senadores sin pertenecer a un grupo político interno con mayor peso que el hiperlocal.1

Considerando estas tres tácticas, si vemos la historia reciente de Morena, podemos ver con nitidez cómo se desarrolló su expansión electoral. Primero, la dirigencia del partido envió a delegados a principios de 2017 (con vínculos directos a la dirigencia nacional) a todos los estados con el objetivo de sumar a actores políticos locales a Morena quienes no tenían que volverse militantes de Morena, sino sólo hacer público su apoyo a López Obrador en eventos masivos que se hicieron en la capital de cada estado llamados “Acuerdo político de la unidad por la prosperidad”. Entre los firmantes de estos “acuerdos” se encontraban actores de suficiente peso local (algunos militantes de otros partidos) que podrían competir por las candidaturas de Morena a la gubernatura, a presidencias municipales o a una senaduría. En el caso de que hubiera más de un liderazgo político interesado en la candidatura, entonces se hacía una encuesta donde el “mejor posicionado” sería nombrado “coordinador territorial” con el objetivo principal de construir su candidatura a nivel estatal. Este fue el caso, por ejemplo, de Carlos Lomelí y Antonio Pérez en Jalisco, Rutilio Escandón, Plácido Morales, Zoé Robledo y Óscar Gurría en Chiapas, y Claudia Sheinbaum y Ricardo Monreal en la Ciudad de México.

De esta forma, los nuevos aliados de Morena a nivel local sólo ganan un puesto si hacen el trabajo electoral y territorial que requiere su propia candidatura. Es decir, un aliado político local no puede simplemente esperar ser premiado con una candidatura plurinominal e irse a casa hasta el día después de la elección, ya que la mayoría de las candidaturas plurinominales están reservadas para los militantes seleccionados mediante sorteo. Algunas de las candidaturas de las listas plurinominales las “reservó” la dirigencia nacional para hacer acuerdos políticos de relevancia nacional. Este es el caso de las candidaturas, por ejemplo, de Olga Sánchez Cordero, Napoleón Gómez Urrutia y Nestora Salgado para el Senado. Pero sólo una tercera parte de todas las candidaturas pueden estar reservadas por la dirigencia nacional.

Es así como estas tres tácticas de construcción electoral que usa Morena alinea los intereses de los militantes, de los liderazgos políticos locales y regionales, y de los dirigentes del partidos hacia la obtención de más votos. La lógica más importante dentro del partido es una lógica de organización territorial, incluso para los militantes que quieren entrar a las listas de representación proporcional, pero que a la vez deben estar listos para aceptar a actores externos como candidatos en elecciones de mayoría. Es decir, pareciera que la dirigencia de Morena tiene claro que el partido que gana es el que gana más votos, no el que prioriza la coherencia ideológica ni posiciones para sus dirigentes.

Uno imaginaría que desde la transición a la democracia todos los partidos políticos en nuestro país operarían bajo lógicas parecidas a las de Morena. Sin embargo, paradójicamente, los partidos que más se parecen a Morena no son ni el PAN, ni el PRI, ni el PRD, sino Movimiento Ciudadano (MC) y el Partido Verde (PVEM). Estos dos últimos partidos no se parecen en términos ni de liderazgo, ni de contenido, ni de estructura organizativa. Se parecen, más bien, en el sentido de que al igual que Morena sus mecanismos internos están alineados directamente al éxito electoral. En el caso de MC, Dante Delgado, quien controla el aparato central del partido, subroga con franquicias el trabajo electoral a nivel estatal a grupos políticos locales excluidos por los partidos grandes. Esta subrogación implica un amplio margen ideológico de maniobra para los dirigentes locales, pero un único criterio de éxito: los resultados electorales. Si estos dirigentes locales suben la votación de MC en su estado, entonces se les premia renovando la franquicia, pero si pierden, la franquicia local se le entrega a otro grupo político. En el caso del PVEM, el pequeño grupo que controla el partido y las prerrogativas tiene como objetivo central meter diputados (federales y locales) y senadores plurinominales a las cámaras. Para lograrlo, su táctica central es el uso de encuestas nacionales donde evalúan dos o tres propuestas muy básicas de políticas públicas sin importar su origen ideológico ni sus consecuencias reales. Su único criterio es que se muestren populares en encuestas. Es con estas propuestas que hacen su campaña en medios, y aunque ganan pocos espacios a nivel local, garantizan el promedio de votación que les da acceso a la representación plurinominal estatal y federal.

Con la descripción que intento hacer aquí de la lógica política que logro observar en la construcción del aparato electoral de Morena no pretendo hacer un juicio sobre lo que son o lo que deben ser los partidos políticos. Lo que sí intento hacer es explicar la lógica que ha llevado a un partido relativamente nuevo a una sorprendente victoria electoral. Imagino que para muchas personas la idea de partidos políticos guiados por el mosaico de intereses políticos locales y la maximización de la obtención de votos es la evidencia de la “degradación” de la política o de la desaparición de “las ideologías”. Yo veo algo distinto. Veo más bien partidos políticos producidos en un contexto de alta competencia electoral, que en vez de centrar sus esfuerzos en las construcción de organizaciones y militantes homogéneos en todo el país reconoce que la política es distinta en cada estado y región. Al mismo tiempo, creo que el reconocimiento y la diversificación de lo local va acompañada de procesos de construcción de identidades políticas más amplias que los partidos políticos, pero que electoralmente serán canalizadas a estos partidos políticos. Así imagino que tal vez en el futuro seremos menos panistas, priistas y morenistas, y más de centro, izquierda y derecha, pero votaremos según el partido y candidato que signifique eso donde más nos importa, ya sea a nivel municipal, estatal o federal.2

 

Andrés Lajous
Estudiante de doctorado en la Universidad de Princeton.


1 Para participar en el sorteo de candidaturas los militantes de Morena primero deben presentarse en asambleas distritales en las que puede participar cualquier militante. En estas asambleas se eligen las candidaturas de mayoría según distintos procedimientos, y se elige también a 10 militantes que a su vez participan en el sorteo de las candidaturas plurinominales.

2 Alejandro Moreno en “El cambio electoral”, El Financiero, 06/07/2018, describe cómo a lo largo del tiempo las encuestas han registrado la despartidización de los votantes, al mismo tiempo que ha registrado su ideologización.