Alexis de Tocqueville bien podría considerarse como el pensador de las consecuencias no intencionadas en la política. El francés estaba obsesionado con el fenómeno. La paradoja de que a menudo los políticos fracasan porque triunfan ocupó con frecuencia su mente. Esta reflexión es el resultado de su breve paso por la política parlamentaria en Francia a finales de los 1840. Como diputado Tocqueville observó de primera mano la caída de la monarquía de Luis Felipe de Orleans a consecuencia de la insurrección popular de 1848. En la crisis previa a la caída del régimen Tocqueville pudo constatar cómo el éxito político de los moderados y de los socialistas radicales causó su propia ruina. No hay momento más peligroso para un político que cuando triunfa. También se percató de que el peligro es una inesperada tabla de salvación. Esta dinámica ha sido analizada por Stephen Holmes.1 

En sus Souvenirs de la revolución de 1848 Tocqueville describe cómo los individuos y los grupos fueron arrastrados por fuerzas que ellos mismos habían puesto en movimiento. Los reformadores, impulsados por una ola de su propia creación, lograron un triunfo momentáneo, pero esas mismas fuerzas acabaron por destruirlos. Como señala Holmes, los reformadores tal vez puedan lograr sus objetivos desatando un movimiento social, pero ese mismo movimiento, al adquirir vida propia, acaba por arruinarlos. Los triunfadores ven horrorizados cómo son devorados por sus propios éxitos. En parte esto se debe al efecto del discurso público. Los políticos son prisioneros de sus propias palabras. Las palabras son una caja de Pandora: una vez pronunciadas generan inevitablemente expectativas y compromisos. No pueden borrarse. Como dice Holmes, “los políticos no controlan a las palabras, las palabras los controlan a ellos”. En Francia esto se pudo observar con nitidez. En febrero de 1848, a resultas de la movilización popular, el Parlamento decretó una radical reforma electoral. El padrón pasó, de la noche a la mañana, de 250 mil a nueve millones. Sin embargo, el sufragio universal acabó por ser una fuerza antirradical porque la Iglesia y los notables eran enormemente influyentes en la provincia. El Congreso producto de las elecciones más democráticas en Francia fue notoriamente aristocrático. Así, los revolucionarios en París, comprometidos con la expansión de la franquicia, ayudaron a construir la máquina política que los destruyó.

Ilustración: Belén García Monroy

Los éxitos a menudo tienen consecuencias imprevistas e indeseadas. De ahí que Tocqueville en 1849 reflexionara: “habríamos sido más fuertes si hubiéramos sido menos exitosos”. Usualmente es después de un gran triunfo que los más grandes peligros emergen. Antes de la victoria los políticos sólo tienen que enfrentar a sus enemigos declarados. Después, sin embargo, se vuelven orgullosos y temerarios. Y los aliados se vuelven obstinados, imposibles de controlar y poco cooperativos. El éxito es un bien ambiguo debido a dos efectos secundarios, previsibles, pero que con frecuencia pasan desapercibidos: “debilita el carácter y disuelve las alianzas”. El rey Luis Felipe había tenido la mala fortuna de tener buena suerte. Como su reinado fue tranquilo no estaba preparado para enfrentar la crisis que lo derrocó. Ni siquiera la vio venir porque estaba desprevenido. Así, lo que parece bueno es en realidad malo: el triunfo nubla el juicio y la perspectiva de los actores políticos.

El peligro, curiosamente, a menudo tiene efectos saludables. Los políticos a veces son salvados por las amenazas que enfrentan. La percepción del peligro fortalece el carácter. Los riesgos menores son los más peligrosos de todos. La amenaza de desaparecer de la escena política obliga a los actores a retomar el control y a enfocarse en lo esencial. Si los riesgos no son muy serios no tienen el efecto de un electroshock en el paciente. La percepción afecta tanto el carácter como las perspectivas de cooperación. Cuando la amenaza es palpable e inmediata logramos concretar alianzas políticas de manera más fácilmente que en tiempos seguros. La mezquindad cede por un momento ante un bien superior. En política, afirmaba Tocqueville, “los odios compartidos son casi siempre la base de la amistad”. La solidaridad ante el peligro contuvo la revolución de 1848. Un gran peligro es mejor que uno pequeño porque produce una reacción defensiva más inteligente. El actor puede ver la situación con claridad: se acaba el pajareo y la distracción. Este estado de alerta le permite ver los nubarrones a la distancia. Un peligro inminente hace que nuestra mente se concentre en la posibilidad de la destrucción.

 

El 1 de julio produjo, nadie puede negarlo, un monumental triunfo político. Las elecciones dejaron indiscutibles vencedores y perdedores. Por ello, como nunca, los triunfadores son prisioneros de sus palabras y de las enormes expectativas que han engendrado en una sociedad frustrada e iracunda. Su éxito bien podría significar la derrota de su proyecto y de su líder. Tienen la mala suerte de haber ganado como ganaron. Los perdedores, por su parte, se enfrentan al fantasma de la extinción política. Gozan de la buena fortuna de haber fracasado.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 Stephen Holmes, “Saved by danger, destroyed by success. The argument of Tocqueville’s Souvenirs”, European Journal of Sociology, vol. 50, núm. 2, 2009, pp. 171-199.

 

2 comentarios en “Derrotados por el triunfo

  1. Si se fracasa no es por el éxito, se fracasa cuando se gana sin fundamentos, sin preparación, sin honestidad, sin un proyecto y sin un propósito,, y ya se sabe que todo cae por su propio peso.

    En cambio, cuando se está realmente preparado, cuando se es transparente, cuando no hay ineptitud ni corrupción, cuando se hacen las cosas bien, no hay espacio para la derrota.

    En cuánto al PRIAN no se enfrentan a ninguna extinción política, simplemente se trasladaron a Morena. López Obrador, Bertlett, etc. Fueron encubados en el PRI, de modo que todo sigue igual, todo es otra farsa más de la misma escoria política de siempre, pero lo bueno es que está basura sí que tiene los días contados, a estos, tarde o temprano su propia maldad les explotara en las manos. Estos si se van a morir de éxito.

  2. Me parece lógico su comentario y creo que tiene razón. Towueville fue un filisofo que estableció las reglas del juego político de aquel entonces que siguen vigentes hoy.