Los movimientos sociales han jugado un papel importante en el surgimiento de las izquierdas emergentes. A Podemos, en España, la Francia insumisa, de Mélenchon, o la precandidatura de Bernie Sanders, del Partido Demócrata, les precedieron protestas públicas contra las políticas que endosaron a las clases populares los costos de la Gran Recesión (2008-2011), esto es, una batería de medidas de ajuste para equilibrar las finanzas públicas a costa de las pensiones, el aumento de la edad de jubilación, la flexibilización del mercado laboral y la mengua salarial. También afloró el descontento con la fusión del dinero y la política, fundamento de una oligarquía que, sin rubor, transitaba de la política a los negocios en una suerte de privatización de lo público.

La concesión del agua a una transnacional (Bolivia), la corrupción política (Venezuela) y la crisis económica (Brasil) proporcionaron el carburante de los movimientos sociales que contribuyeron a la victoria electoral de las izquierdas emergentes. En 2006 la izquierda mexicana estuvo a un tris de subirse a la ola del progresismo latinoamericano, si bien llegó al poder 12 años después, cuando en el subcontinente esta fuerza política iba en retirada y con un contexto internacional radicalmente distinto. Aquí también los movimientos sociales la impulsaron, aunque de una manera algo distinta de las izquierdas sudamericanas. Veamos cómo ocurrió esto antes de adentrarnos en la naturaleza anfibia de Morena, un movimiento/partido que acaso por ello sorteó mejor la crisis de los partidos tradicionales.

Ilustraciones: Estelí Meza

La construcción desde arriba. La trayectoria política de Andrés Manuel López Obrador documenta su perfil de líder social. Ya fuera en el priismo de antiguo cuño, la Corriente Democrática o el PRD, el político de Macuspana conectó con la gente común desde los cargos partidarios y públicos de su juventud, permitiéndole acumular un capital político suficiente para contender por la gubernatura de su estado natal en 1994, si bien una elección desaseada lo dejó en el umbral de la Quinta Grijalva. A pesar del revés, el reservorio tabasqueño permitió a López Obrador saltar a la dirección perredista. Entregó buenas cuentas a su partido de tal manera que logró posicionarse como el sucesor de Cuauhtémoc Cárdenas —tras el interregno de Rosario Robles— en la jefatura de gobierno del entonces Distrito Federal.

La base social que construyó AMLO en la Ciudad de México le sirvió de plataforma para contender por la presidencia 2006, nada más que a diferencia de la experiencia tabasqueña en esta ocasión disponía de mayor poder y recursos. Los comités de apoyo a su candidatura serían el germen de Morena. De esta manera, en origen el posteriormente llamado Movimiento de Regeneración Nacional tuvo una vertebración política que hizo inescindible la dupla movimiento/partido. Esta singularidad es importante si pensamos que las izquierdas emergentes articularon movimientos sociales preexistentes que contaron con liderazgos propios (aunque después se incorporaran a los partidos).

Mientras ocurría la gestación de Morena, la protesta pública crecía en los gobiernos de la transición. A Fox le estalló Atenco, Pasta de Conchos y Oaxaca. La guerra calderonista retrajo temporalmente la movilización social. Sin embargo, ésta arreció cuando Calderón Hinojosa dejó entrever lo que serían las reformas estructurales y se hizo público el saldo que la población civil pagaba por la guerra contra el crimen organizado. Y Peña Nieto sumó #Yosoy132, el movimiento magisterial y Ayotzinapa. En los movimientos sociales participaron militantes de la vieja izquierda, adscritos o no al PRD, algunos de los cuales se incorporaron a Morena. Pero incluso en ese caso, aquéllos se desenvolvieron con autonomía de las estructuras partidarias formales.

Morena se constituyó como asociación civil el 2 de octubre de 2011 con el propósito explícito de respaldar la carrera presidencial de AMLO, fecha simbólica del movimiento estudiantil y de la transición democrática. Un año más adelante, en el emblemático 20 de noviembre, la organización celebró su primer congreso nacional donde decidió transformarse de movimiento en partido, por lo que adoptó una estructura distinta y nombró a representantes y dirigentes, con López Obrador a la cabeza. El 9 de julio de 2014 Morena obtuvo el registro como partido político nacional, sin abandonar sus raíces como movimiento, con lo que mantuvo la flexibilidad en sus mecanismos de reclutamiento.

Morena pertenece a la izquierda nacionalista, una de las tres ramas del árbol de la izquierda mexicana. En su declaración de principios se solidariza “con las luchas del pueblo mexicano, en particular en contra la exclusión, la explotación y la humillación”. Propone ser una organización plural e incluyente que, a decir de su programa, “lucha por el cambio de régimen por la vía electoral pero también convoca al pueblo de México a movilizarse para resistir las reformas neoliberales y las políticas antipopulares, apoyar las demandas populares e impulsar el cambio verdadero”. Éste consiste en la transformación del régimen político a fin de democratizar la democracia, separar el dinero de la política y atajar la degradación de las instituciones públicas y de la convivencia nacional con la organización popular para “decir basta a quienes, movidos por la ambición al dinero y al poder, mantienen secuestradas a las instituciones públicas, sin importarles el sufrimiento de la gente y el destino de la nación”. Lograr esto supondría una revolución de las conciencias que, en una ética de lo común, se basará “en la solidaridad, el apoyo mutuo, el respeto a la diversidad religiosa, étnica, cultural, sexual, que promueva el respeto a los derechos humanos, reconozca el sentido de comunidad, el amor al prójimo y el cuidado del medio ambiente”.

Sería reduccionista quedarnos únicamente con el componente ético del programa de Morena. El documento destaca también la necesidad de reforzar el Estado laico, el respeto a la diversidad (sexual, cultural, ideológica), el derecho a la autonomía de los pueblos originarios (si bien no postula un Estado plurinacional), la intención de acabar con los monopolios privados (económicos, de los medios de comunicación), la libertad gremial, la inserción en la globalización con base en el fortalecimiento del mercado interno y la promoción del interés nacional, la justicia social y la reducción de la desigualdad, el acceso universal a internet como parte de los derechos ciudadanos, la cancelación de los privilegios fiscales, la plena vigencia de los derechos sociales (trabajo educación, salud, cultura y esparcimiento) dado que “las libertades civiles y políticas no pueden ejercerse a plenitud si no son atendidos los derechos colectivos”, además de la observancia de los derechos humanos pues “una equivocada política de combate al narcotráfico… ha costado al país decenas de miles de muertes, sobre todo de jóvenes a quienes se les han negado los derechos sociales y una esperanza de vida digna. Las víctimas de la violencia son cientos de miles de mujeres, hombres, niños y niñas a quienes no sólo no se hace justicia, sino se les mantiene en el olvido”.

La maquinaria política morenista pasó la prueba en la elección intermedia de 2015 en la que obtuvo tres millones 346 mil 303 votos (8.4% del total), y ganó en la Ciudad de México, bastión histórico de la izquierda. De ahí en adelante el nuevo partido no haría más que crecer: primero a expensas del hermano/enemigo perredista, después captando a los desprendimientos de fuerzas distintas de la izquierda y a simpatizantes sin afiliación política previa. Y en 2018 al lograr concentrar en un solo polo la expectativa de cambio de una sociedad exasperada. De todos modos conviene ser cautos a la hora de distinguir a los militantes de Morena de quienes se agregaron a la alianza que permitió a AMLO ganar la presidencia de la República sin integrarse a las filas partidarias.

La presión desde abajo. Dijimos que el ascenso de AMLO se benefició de los movimientos sociales del periodo de la transición, pero también señalamos que Morena no surgió de éstos, antes bien fue la conformación de un movimiento/partido bajo el influjo del líder. Ello le plantea cuando menos tres problemas a la hora de convertirse en gobierno: 1) determinar si Morena será la bisagra entre el régimen y los movimientos sociales de manera tal de expresar en la sociedad política las demandas de la sociedad civil; 2) cómo actuará frente a los demás partidos, en particular los aliados, por ejemplo en las cámaras; 3) qué actitud asumirá frente al presidente: cierta autonomía que permita que las demandas sociales fluyan de abajo hacia arriba o la obsecuencia de la tradición priista.

Las experiencias de la izquierda internacional documentan las posibles rutas. Lula se alejó de los movimientos sociales que lo respaldaron y acabó sometido por los poderes fácticos. Syriza (Grecia) sacrificó la voluntad popular expresada en un referéndum sometiéndose a Bruselas y, en realidad, a Berlín. Los aliados conspiraron contra el gobierno de Dilma Rousseff hasta destituirla. El Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) funciona como un apéndice político del régimen bolivariano. Y se podrían multiplicar los ejemplos, lo cierto es que la manera cómo Morena se perfile en el nuevo escenario político dependerá en mucho el curso de la transformación que López Obrador convoca a emprender y, más aún, la que esperan el segmento de electores colocados en la izquierda del espectro político que votaron por él.

Más allá de las caracterizaciones fáciles del populismo —concepto vacuo que confunde más que explica la política fuera del consenso neoliberal— está por verse si AMLO apelará la movilización permanente de los grupos organizados que lo apoyaron o a un consenso pasivo a fin de sacar adelante la agenda reformista. En uno y otro caso Morena constituirá un instrumento fundamental, sea para pactar y evitar la confrontación con el régimen o activar a los movimientos sociales de forma acotada para evitar que lo desborden. Morena se ha probado en la movilización política pero escasamente en la movilización social, que obedece a otros ritmos, instrumentos y reivindicaciones, por tanto, su eficacia está por verse. En la negociación el partido posee mayor experiencia, lo que le puede augurar resultados positivos si opta por el consenso pasivo de sus bases.

Aunque el discurso de López Obrador tomó como blanco las elites que cedieron a la tentación de fundir la política con los negocios —sentido primordial de su concepto de corrupción— el programa de Morena enlista entre sus demandas la libertad gremial que precisa la descorporativización de los sindicatos. Si AMLO toma esto en serio, y no recicla el corporativismo como hicieron los gobiernos de la transición precedentes, la medida incluiría a una porción de los sectores organizados que lo respaldan y también a segmentos de los movimientos sociales que marchan por cuenta propia, independientemente que estén en desacuerdo con las reformas estructurales. ¿Convocará Morena a las bases trabajadoras para democratizar los sindicatos o pactará con sus dirigencias para cumplir otros puntos de su agenda política? Me gustaría lo primero, pero lo veo difícil, al menos que haya una profunda reforma del Estado acordada con las fuerzas políticas principales.

Esto nos lleva a la segunda cuestión: la relación de Morena con los aliados. Por ocuparnos únicamente de un caso muy comentado: existe una contradicción obvia entre el programa de Morena y el del Partido Encuentro Social (PES), aunque la alianza electoral la justifique AMLO en términos de la pluralidad pues, en rigor, ésta sólo existe en el polo morenista, quien permite la afiliación de individuos de cualquier credo religioso o sin creencia alguna, no así del lado de un partido confesional como el PES. Ya no digamos los problemas prácticos que habrá en la Asamblea de Representantes de la Ciudad de México, donde sin duda colisionarían sus perspectivas de manera recurrente. ¿Conservarán la alianza en las cámaras o Morena construirá otras nuevas a partir de la recomposición del tablero político producto de la elección? Presumo que el partido se moverá en ambas pistas de acuerdo con asuntos puntuales, lo cual podría introducir en los órganos de representación popular una dinámica distinta de la habitual.

Hasta ahora Morena se ha sometido obedientemente a las decisiones estratégicas de López Obrador (la designación de dirigentes, la política de alianzas) pero no sabemos si ésa será la tónica cuando se transforme en el partido en el gobierno. No obstante que AMLO logró una legitimidad incuestionada en la elección de 2018 con un 53% de la votación (30 millones de sufragios), el porcentaje más alto desde que hay elecciones democráticas en México, la interacción de Morena con los movimientos sociales y la operación política en las cámaras abrirá un espacio que hasta entonces no había tenido el movimiento/partido. En consecuencia, la capacidad de maniobra de sus representantes será no sólo mayor, sino también crucial para la realización del proyecto obradorista. Esto, aunado a los candidatos procedentes de sus filas electos en los distintos niveles de gobierno, compondrá la masa crítica de donde saldrán los liderazgos, hasta ahora ausentes o poco visibles, pero indispensables para la continuidad del nuevo bloque en el poder. Que éste se consolide, o sea un paréntesis en la hegemonía neoliberal tal como la hemos conocido en nuestro país, es lo que estará por dirimirse en los próximos años.

 

Carlos Illades
Historiador. Profesor titular de la UAM-Cuajimalpa. Sus libros más recientes son: Camaradas. Nueva historia del comunismo en México (2017), El futuro es nuestro. Historia de la izquierda en México (2018) y El marxismo en México. Una historia intelectual (2018).

 

2 comentarios en “Del movimiento al partido

  1. Una precisión; En lugar de que el artículo se llamara “del movimiento al partido” el titulo debió ser “del movimiento a la secta”,