Heberto Castillo, Cuauhtémoc Cárdenas y Andrés Manuel López Obrador, los políticos más importantes que ha producido la izquierda mexicana en el último medio siglo, depositaron en el reconocimiento del territorio nacional buena parte de su tiempo y sus energías. Es como si su voluntad opositora adquiriera sentido en los viajes, en los mítines en plazas públicas, en las reuniones con pobladores a la vera del camino. No digo que hayan desdeñado los auditorios selectos y las reuniones cerradas, pero su educación política arrancaba y volvía a los pliegues y los accidentes de la geografía mexicana.

La saga de Heberto es en este sentido apasionante. Narró un viaje carretero en Campeche, en tiempos del Movimiento de Liberación Nacional, allá en 1967. Una noche Heberto se hundió en una laguna, atrapado en un Volkswagen sedán; murieron ahogados sus tres compañeros de viaje. En la Ciudad de México, Genaro Vázquez Rojas, poco antes de subirse a la sierra, le dijo (en realidad le advirtió): meten un ocote de maíz en el culo de un caballo, para que enloquezca y se lance contra las luces del automóvil. Así los años salvajes de la izquierda mexicana.1

Ilustración: Raquel Moreno

Después de abandonar la cárcel de Lecumberri, en 1971, Heberto se embarcó en el experimento del Comité Nacional de Auscultación y Organización, que llevaría a la constitución del Partido Mexicano de los Trabajadores en 1974. Otra vez el viaje: él y su equipo recorrían carreteras, caminos, y organizaban mítines y asambleas públicas en pueblos y ciudades, tratando de afiliar ciudadanos y organizar comités de base; como decía un amigo, en lugar del circo llegaba el Partido. En reuniones informativas en la Ciudad de México, recuerdo sus historias de las incursiones en la Huasteca, Chiapas, Baja California, Guerrero (yo nunca participé, que conste). Es Heberto, el político que reinventó la esfera pública en México cuando colocó el manejo de la política petrolera del presidente José López Portillo como un tema nacional; es Heberto, que primero en Excélsior, pero sobre todo en Proceso y El Universal, se convirtió literalmente en el interlocutor de López Portillo (quien lo acusaría de mirarse en el espejo negro de Tezcatlipoca, o algo así). Es Heberto, el que ganó la discusión al obligar al gobierno a hacer pública la plataforma de extracción e incluso al posponer la entrada de México al GATT (esto último quizá no fue tan bueno).

Cuauhtémoc Cárdenas se instaló en esa misma tradición, que también era la del general, su padre. Caminar, recorrer el país, “pueblear”, detenerse aquí y allá. En 1988 Cárdenas amenazó las tecnologías de movilización del PRI y de su candidato Salinas de Gortari, cuyo equipo miró con horror y torpeza el regreso de las campañas de a pie. Es obvio que Cárdenas (como Heberto) hacían del pecado virtud: sin apenas acceso a los medios de comunicación, con una prensa en general postrada ante los dictados del oficialismo, la única posibilidad de la política electoral volvía ser el contacto cara a cara. La vieja dicotomía comunidad/sociedad de la sociología alemana clásica se reproducía por las peores razones: el control de los medios. En su última campaña presidencial, la de 2000, con más apertura en los medios, Cárdenas recibió críticas por no haber modernizado sus métodos para llamar al voto a su favor. Más recorridos y más mítines de lo recomendable, decían, que tocaban poblaciones de poca significación electoral. Tal vez; Vicente Fox ganó la presidencia de la República.

¿Repitió López Obrador la veneración por el camino, la plaza, el mitin? A la espera de crónicas y análisis que permitan profundizar en los trayectos, las prioridades, el número de localidades visitadas, etcétera, es probable que el tabasqueño haya logrado en 2018 una feliz síntesis entre el camino, la plaza y las novedades radicales en el quehacer de la política, esto es, el uso sistemático de redes sociales. Según una cronista, en 2018 López Obrador recorrió más de 50 mil kilómetros; con dificultades, ciertamente, la lógica de la plaza pública y la paciencia de los contingentes en la carretera se combinó con el uso intenso de los artilugios tecnológicos de comunicación. La lógica primera complementó virtuosamente con la segunda.2 Sólo por contraste: 97% de las reuniones políticas de José Antonio Meade, el candidato del PRI, fueron a puerta cerrada; los 5.7 millones de spots a disposición del candidato no cerraron el círculo con la comunión callejera y los ánimos del ágora pública.3

No es momento aún de una sociología política de la victoria de López Obrador. En realidad apenas comenzamos a entrever los grandes agregados de su votación, la distribución geográfica de sus apoyadores en las urnas, las cifras más gruesas de género, edad y escolaridad de sus sufragantes, la redistribución radical de los territorios del poder en México. Pero sí quisiera subrayar algunos puntos para una discusión posterior de la jornada del 1 de julio que podrían servir, incluso, para modificar nuestras preguntas sobre el pasado mexicano de los últimos 50 años, esa historia que está por escribirse.

1. López Obrador se inscribe en una tradición reconocible de la organización política y de la militancia electoral en México: caminar exhaustivamente el territorio. Como Heberto Castillo desde los tiempos del Movimiento de Liberación Nacional y Cuauhtémoc Cárdenas en 1988, 1994 y 2000, el candidato triunfante optó por ocupar espacios abiertos y plazas, “puebleando”, sin contraponer esa táctica con una campaña intensa en medios y redes sociales. Superpuso ambas dimensiones. No sé cuántos votos le dio cada una, pero sumaron para alcanzar más de la mitad de los votos emitidos en el país. Y a su manera, López Obrador conectó, así sea con fugacidad, esos dos Méxicos. Uno podría pensar que Meade y Ricardo Anaya desdeñaron la carretera, quizá porque imaginaron que la suya era una campaña en medios y redes, con discursos presenciales ante notables y públicos selectos. López Obrador hizo dos campañas, y las reunió cada vez.

2. Las implicaciones no sólo electorales sino sociológicas de ese México de los 46 millones de habitantes en localidades menores de 15 mil habitantes toca un aspecto relevante de la crisis de seguridad y de autoridad del México contemporáneo. Quizá tal es el lugar de nuestra tragedia contemporánea. Obnubilados por el poderoso fenómeno de la urbanización, que efectivamente es la historia estelar de México en la segunda mitad del siglo XX, hemos dejado de lado ese peculiar proceso de fragmentación de las localidades y dispersión de la población. Si el próximo gobierno alcanza la paz del reino tendrá mucho que ver con políticas públicas dirigidas a resarcir no sé si a la invertebración o sólo a la invisibilidad de 46 millones de mexicanos: esta cifra es igual o mayor a la población de España, Argentina, Canadá, Polonia, Arabia Saudita, Perú, Venezuela o Australia.

3. Ya sería tiempo de que el análisis del “populismo” de López Obrador redirija sus afanes no ya al emisor del discurso sino a sus destinatarios y sus geografías. No son sólo los pobres y las clases medias depauperadas de las urbes los sujetos relevantes del candidato electo y su futuro gobierno. ¿Cómo llamar a los jóvenes, y a los viejos, y a las mujeres, que habitan un pueblo de 10 mil habitantes? ¿Cómo a las seis decenas de mexicanos que habitan un caserío que se divisa desde la autopista? ¿Cómo a los que habitan dos localidades divididas por un barranco? ¿Tenemos un nombre, ya no digamos una categoría, para esos mexicanos? No, sugiero; y lo que no se nombra, no existe. Aunque suene desmesurado, todo indica la urgente necesidad de refundar el Estado, no en aquellas dimensiones donde las instituciones políticas, mal que bien, funcionan. Lo que está rota es la capacidad del Estado para administrar el territorio. Tal vez me equivoque, pero el próximo gobierno de la República estará obligado a pueblear.

 

Ariel Rodríguez Kuri
Historiador. Profesor-investigador de El Colegio de México. Entre sus libros: Historia del desasosiego. La revolución en la ciudad de México 1911-1922 y La experiencia olvidada. El ayuntamiento de México: política y gobierno, 1876-1912.


1 Heberto Castillo, “El principio”, en Si te agarran te van a matar, Proceso, Fundación Heberto Castillo, 1998.

2 Ver la crónica de la campaña de López Obrador de Neldy San Martín en https://www.nexos.com.mx/?p=38458.

3 Israel Navarro, “José Antonio Meade:
regreso a casa”, en https://www.nexos.com.mx/?p=38488.

 

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