Me encuentro atrapado. Atrapado por dos mentes brillantes. Vladimir Jankélévitch afirma: “La muerte es el absurdo final de una vida absurda”. Robert Nozick escribe: “El rechazo de la muerte debería depender, creo, de lo que hayamos dejado inconcluso, y también de la capacidad que nos queda para hacer cosas”. De lo absurdo de la vida han escrito filósofos, poetas, ensayistas. Por desamor o por exceso de amor se comete suicidio. Han corrido ríos de tinta acerca del suicidio. Hay quienes lo comprenden y algunos lo defienden por considerar que la autonomía es eje rector de la condición humana. Otros lo reprueban: el suicida daña a los seres cercanos. La muerte no es consecuencia del suicidio; es consecuencia de una vida truncada.

La muerte del suicida, regreso de nuevo, abre un universo inagotable: absurda la vida, incoherente existir cuando todo es absurdo. La Tierra, nuestra morada, tiene mucho que decir. ¿Cuántos muertos albergan sus entrañas? No hay respuesta, sólo la Tierra lo sabe y sabe lo que no todos aceptan: entre un muerto y otro no hay diferencia. La muerte no discrimina. Todos somos iguales. Enorme diferencia: la vida sí discrimina. Nozick embelese: la vida sigue cuando existan labores y asuntos pendientes, cuando las palabras sean necesarias y la escucha indispensable. La soledad “patológica”, y sus consecuencias, no hacer, adelanta la muerte. Nozick y Jankélévitch: dos argumentos, dos ideas.

Ilustración: Kathia Recio

 

De la muerte se ha escrito (casi) todo, aunque siempre habrá nuevas palabras. No hay ser humano que no haya escrito o verbalizado algunas ideas al respecto. Desde siempre se han tejido incontables textos y dedicado innumerables páginas al respecto. Se cavila sobre la muerte a partir de la vida: “la filosofía de la muerte es una meditación sobre la vida”, solía decir Jankélévitch. Acercarse a la muerte, durante la vida, y reflexionar acerca de ella, como lo hacen los monjes tibetanos, y disecar, sobre todo cuando se es joven, lo que hay hoy y lo que no habrá cuando llegue el final, permite digerir mejor la existencia, convivir con entereza el proceso final de otros e imaginar la propia muerte con más elementos, y, quizás, llegado el momento, con menos dolor y menos atavismos.

No hay quien no cavile en la muerte. No hay tiempo sin muerte. Médicos, filósofos y religiosos se han empleado a fondo para desentrañar algunos vericuetos. Las ciencias médicas, la ética y la moral se han ocupado de ella para explicar, desde sus trincheras, sus significados; unos se ocupan de las células, otros del alma. Las religiones se abocan al tema por otras razones: consuelo y amor por un lado, granjearse y someter adeptos es otro motivo.

La atracción que produce la muerte es incomparable: siempre está. De ahí una de sus fascinaciones y uno de los retos poéticos, médicos, filosóficos, sociales y varios etcéteras. No hay cultura ni tiempo sin montones de páginas sobre el tema.

 

En Poemas japoneses a la muerte. Escritos por monjes Zen en el umbral de la muerte —DVD ediciones, Barcelona, 2002— se habla del Festival Bon, en el cual “la gente visita su lugar de nacimiento y las tumbas de sus antepasados, y reza por el descanso de sus almas…, se dice que los espíritus de los muertos regresan a sus hogares ancestrales para ver cómo están sus parientes…, los muertos llegan a lomos del caballo y, cuando la fiesta ha terminado, vuelven a su mundo a bordo de pequeñas barcas de madera y papel”. Durante el Festival Bon, en Japón, año tras año, los difuntos abandonan el otro mundo para reunirse con sus familiares. De esa manera se les honra, se les recuerda. En México los difuntos también regresan: el Día de los Muertos comen al lado de los suyos.

En latín difunto significa “el que ha cumplido, el que ha terminado”. Así se evita hablar “del muerto”: difunto es una idea menos cruda. Convivir con los difuntos modifica el concepto de la finitud de la vida.

 

La muerte se apersona y se vuelve real después de la muerte de ambos padres. Tener conciencia de ese fenómeno debería servir. Acercarse a ella no posterga el hecho, lo modifica. Permite vivirla, sobre todo cuando se acompaña a otros durante el proceso final, con otras armas, la de la propia finitud, la de “hoy es hoy”. Acercarse sirve para vivir mejor. Hacerlo no minimiza la brutalidad y lo trágico del hecho pero permite digerirlo mejor. Nunca encontraremos las palabras adecuadas para expresar el fenómeno porque ningún muerto fenece en primera persona.

La muerte siempre será inimaginable e inefable. Por eso sigue valiendo la pena escribir acerca de ella. Aunque no nos escuche.

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. Es autor de Dolor de uno, dolor de todos y de Recordar a los difuntos, entre otros libros.

 

11 comentarios en “Muerte: Paréntesis

  1. Caramba Dr que difícil es entrar, y salir de este tema, verdad. Los eruditos autores que cita son ejemplos de el equilibrio entre la muerte y la vida. Un “puente”…donde inicia y termina
    Como explicar al médico sobre esto. Preparase, leer o más bien vivirlo en carne propia. Sentir, palpar, llorar…y luego? Seguir el camino. Continuar hasta donde el dios de cada persona, la moral de todos y la incertidumbre nos abarca. Efectivamente tanto y tanto se ha escrito.que hasta fecha nos sigue acompañado..a todos.
    Y en este país en donde la violencia e inseguridad están presentes cada minuto, cada hora, cada día. Con un voy pero cuídate y ojalá regresemos con bien, a la morada…la muerte hasta compañera..y en muchos casos mejor pasamos desapercibida..
    Verdad.
    Lo felicito Dr por abordar de esa manera el tema. Saludos.

    • Lenin, eres muy amable. Aprecio mucho tu comentario. Es lamentable que el tema o no se trate o casi no se hablé al respecto en nuestras Facultades. Cada vez pienso que es más urgente abrir el tema. Nos corresponde hacerlo a los médicos.
      Saludos,
      Arnoldo

    • Lenin:
      Eres muy amable, aprecio mucho tu comentario. Nos corresponde a los médicos abrir el tema, hacerlo público, invitar a la comunidad laica o religiosa no fanárica a abrir el tema.
      Saludos afectuosos,
      Arnoldo

    • Mil gracias querida Angeles por leerme. Y mñas por comentar. Mucho lo aprecio.
      Abrazote,
      Arnoldo

  2. Como siempre lo leo y casi siempre coincido con usted. Ahora sólo quisiera añadir, teniendo a Camus en la oreja (con eso de que el suicido es la única pregunta filosófica que merece la pena), que el suicidio es una muerte mayor, sobre todo, cuando es muy reflexionado, no un arrebato emocional. Efectivamente cuando los padres mueren, todos morimos un poco y más cuando se fueron porque así lo decidieron, y los que huérfanos así quedamos, encontramos en la muerte una gran consejera.
    Un abrazo respetuoso.

    • Maresme;
      Agradezco su comentario. Son incontables los problemas del suicidio, tanto para quien lo comete, como para quienes lo viven, Aceparlo como un acto de liberación y como la máxima expresión de autonomía y libertad requiere muchas agallas e inmenso valor. Creo que pocos lo logran. Así leo su comentario, el cual agradezco.
      Saludos afectuosos,
      Arnoldo

  3. como muchos otros temas que no enfrentamos abiertamente, hablar de la muerta ciertamente causa mucho temor, pero bien dices Doctor, acercarse a ella sirve para vivir mejor.

    • Gracias Olivia, suscribo tu comentario: es indispensable “abrir” temas complicados. Quizás así se logre confrontarlos e incluso comprenderlos con más instrumentos. Leer las experiencias de los monjes tibetanos es buen ejercicio.
      Abrazo,
      Arnoldo

  4. Toda la vida le tuve miedo a la muerte.. ese tema tan aterrador desde mi niñez y tan oculto desde mi adolescencia.

    Hoy creo firmemente que deberíamos estar más familiarizados con ella para que la muerte no desgarrara el alma como lo hace cuando alguien amado parte y te queda esa sensación de vacío, y mil preguntas sin respuestas..

    Gracias por todo

    • Marichu,
      En efecto, como repito con frecuencia, en Oriente se mira y se considera a la muerte como un proceso normal, como la continuación de la vida, la incorporan a la cotidianidad y asá la viven el proceso final, mejor. En Occidente a la muerte se le teme y se busca ignorar tanto como se puede. La idea es hablar sobre el tema desde temprano e incorporarlo a los placeres de la vida. Se vive mejor cuando se entiende que la muerte es parte de la vida y cuando se comprende que para que otros nazcas, unos deben morir.
      Abrazo Marichu,
      Arnoldo