Cualquier muchacha está por encima del hombre en el orden moral, pues es incomparablemente más pura. La muchacha, después de casarse sigue estando por encima de su marido. En nuestra sociedad, está por encima de él cuando es muchacha, y también lo está al hacerse mujer.

L. Tolstói1

 

I

Enterraban a Fiódor Mijáilovich Dostoievski.2 Hacía un tiempo desapacible y estaba nublado. Aquel día yo no me encontraba bien, y tuve que hacer un gran esfuerzo para acompañar el féretro hasta las puertas del monasterio Aleksander Nevski. La gente se agolpaba a la entrada. Entre el gentío surgían voces y lamentos. El dramaturgo Avérkiev3 se dirigió a gritos a la multitud desde un lugar elevado. Su voz era poderosa, pero resultaba imposible entender una sola palabra. Algunas decían que estaba intentando poner orden, y le alabaron por ello, mientras que otros se enfadaron con él. Yo fui uno de los que no consiguieron acceder al recinto y, viendo que no tenía ningún sentido quedarse allí más tiempo, regresé a casa, me tomé un té tibio y me dormí. Entre el fío y las distintas impresiones recibidas, estaba agotado, así que dormí profundamente, y durante tanto tiempo que se me pasó la hora de comer sin haberme levantado. Lo cierto es que aquel día no tuve ocasión de comer, porque a la suma de impresiones diversas se vino a añadir de forma inesperada una más, la cual me causó una honda conmoción.

En pleno crepúsculo me despertó mi criada, diciéndome que había venido a verme una señora desconocida, y que ésta no estaba dispuesta a marcharse, sino que insistía en que la recibiera. Las visitas femeninas a la casa de este escritor ya entrado en años son relativamente frecuentes. No son pocas las señoras y señoritas que acuden a mí solicitando consejo en sus tentativas literarias o buscando que las ayude de algún modo a colocar sus obras en redacciones desconocidas. Por ese motivo, la llegada de aquella dama, e incluso su insistencia, no me sorprendieron lo más mínimo. Cuando la desgracia es grande, cuando la necesidad es apremiante, nada tiene de raro que nos mostremos insistentes.

Le dije a la muchacha que hiciera pasar a la señora a mi despacho, y yo me levanté y me arreglé. Cuando entré en el despacho, sobre la mesa grande lucía ya mi lámpara de trabajo. La mesa estaba intensamente iluminada, mientras la habitación seguía en penumbra. La dama desconocida que me visitaba en aquella ocasión no iba a dejar de ser desconocida para mí.

Cuando la busqué con la mirada para rogarle que se sentara en el sillón, me dio la impresión de que evitaba las zonas iluminadas de la estancia y se esforzaba por permanecer en la oscuridad. Eso me sorprendió. Hay personas inexpertas, que sin ser tímidas, a veces se andan con excesivos cumplidos y se muestran cohibidas, como hacía ella, pero en aquella ocasión lo que me pareció más sorprendente fue el estado de agitación de la dama, agitación que en cierto modo, yo también sentí y compartí. La mujer iba magníficamente vestida, aunque con discreción; todo lo que llevaba era caro y elegante: un excelente abrigo de felpa, del cual no se había despojado en el recibidor y que no se quitó en todo el tiempo que estuvo hablando conmigo; un elegante sombrero negro, que sin duda era un modelo parisino, no una prenda rusa, y un velo negro, doblado y anudado por detrás , de modo que sólo podía verle la blanca y redonda barbilla y, a veces, el brillo de los ojos a través de la doble red del velo. En lugar de darse a conocer y declarar el objeto de su visita empezó diciéndome:

—¿Puedo dar por sentado que con usted mi buen nombre no corre ningún peligro?

Le respondí que podía estar totalmente tranquila. Entonces me pidió que me sentara en el sillón situado frente a la lámpara, y se tomó la libertad de mover el disco de tafetán verde que hay en la pantalla de la lámpara, haciendo que toda la luz se proyectara sobre mí, mientras su rostro quedaba a oscuras. Se sentó al otro lado de la mesa y me hizo una nueva pregunta:

—¿Es usted soltero?

Le contesté que no se equivocaba: soy soltero.

—¿Puedo hablarle con toda franqueza?

Le contesté que, si tenía confianza en mí, yo no veía ningún impedimento para que ella me hablara como estimara conveniente.

—¿Estamos solos?

—Completamente solos.

La mujer se levantó y dio dos pasos en dirección a la habitación contigua, donde se encontraba mi biblioteca y, tras ella, mi dormitorio. En la biblioteca brillaba en aquel momento un farol mate, cuya luz permitía ver toda la habitación. Yo no me moví del sitio, pero dije, para tranquilizar a la señora que, como podía ver, no había nadie en casa, a excepción de una sirvienta y una huérfana de corta edad, que no podía ser tomada en consideración. Entonces ella se volvió a sentar donde estaba antes, volvió a ajustar la posición del disco verde y dijo:

—Discúlpeme, me encuentro muy agitada… y mi comportamiento puede parecer extraño, pero tiene usted que compadecerme.

La mano que había extendido hacia el disco de tafetán de la lámpara , y que llevaba enfundada en un guante negro de cabritilla, temblaba violentamente. Por toda respuesta, le ofrecí un poco de agua. Ella me detuvo y dijo:

—No, no hace falta, no estoy nerviosa; he venido a verle porque, con este entierro… esas cadenas… ese hombre me causaba una impresión tan demoledora, tan extraordinaria, tan poderosa; ese rostro, y el recuerdo de todo lo que me vi obligada a contar en dos ocasiones; con todo eso, estoy muy confusa. No debe usted extrañarse de mi visita. Ahora le contaré a qué se debe; da lo mismo que no nos conozcamos personalmente: yo he leído muchas cosas de usted, y muchas de ellas me han resultado simpáticas, muy cercanas, tanto que ahora no puedo resistirme a la necesidad de hablar con usted. Probablemente, todo lo que se me ha ocurrido no sea más que una enorme estupidez. Antes de nada, quiero preguntarle una cosa, y usted debe responderme con sinceridad. Lo que usted me aconseje, eso es lo que voy a hacer.

Su voz de contralto vacilaba, y sus manos, que no sabía dónde poner, temblaban.

 

II

Esta clase de visitas y esta clase de preámbulos, sin llegar a ser frecuentes, se habían dado en el curso de mi vida literaria.

Eran propias, sobre todo, de personas con inclinaciones políticas, a las que no es nada fácil tranquilizar y a quienes resulta doblemente arriesgado e ingrato prestar ayuda, teniendo en cuenta, además, que en esos casos apenas puede uno saber con quién está tratando. En aquella ocasión, lo primero que se me pasó por la cabeza fue que también aquella dama estaba dominada por la pasión política, que venía con alguna clase de proyecto que, por desgracia, se le había ocurrido confiarme; los preliminares de su exposición recordaban mucho a todo aquello, y por ese motivo le dije sin ningún entusiasmo:

—No sé de qué me va a hablar usted. No puedo prometerle nada, pero, en cualquier caso, si sus sentimientos personales la han impulsado a venir hasta mí por la confianza que le inspiran mi vida y mi reputación, yo no he de violar el secreto de aquello que usted, según parece, pretende transmitirme.

—Sí —dijo—, se trata de un secreto, un secreto absoluto,  y estoy convencida de que usted lo guardará. No hace falta que le repita por qué es necesario guardar el secreto; yo sé que usted lo comprende, es imposible que me equivoque: su rostro lo expresa mejor que cualquier palabra; pero es que además yo no tengo elección. Se lo repito: estoy decidida a llevar a cabo una acción que tan pronto me parece honesta como la considero brutal; la decisión debe ser tomada ahora mismo, en este preciso momento, y es algo que depende de usted.

No había ninguna duda: a esto le seguiría una revelación de índole política, y dije sin entusiasmo:

—La escucho.

A pesar del velo doble, sentí clavada en mí la penetrante mirada de mi invitada, quien exclamó con rotundidad:

—¡Soy una mujer infiel! Engaño a mi marido.

Debo confesar con vergüenza que aquella declaración me quitó un gran peso de encima: aquello, evidentemente, no tenía ninguna relación con la política.

—engaño —seguía diciendo— a un excelente marido, a un hombre bueno; y esto dura ya seis… ¡Más!… debo decir la verdad; de otro modo, no vale la pena hablar: dura ya ocho años y todavía sigue. Para ser más exactos, la cosa empezó a los tres meses de casarme. No hay nada más vergonzoso en el mundo. No es que yo sea mayor, pero tengo hijos, ¿comprende?

Hice un gesto de asentimiento con la cabeza.

—Usted ya se hace cargo de lo que eso significa. En dos ocasiones fui a ver, igual que he venido hoy aquí, a ese hombre que… que hemos enterrado y cuya muerte me ha conmovido tanto, y le confesé mis sentimientos; una vez, estuvo grosero conmigo; la otra, se mostró cariñoso, como un amigo. Ahora mi situación es tan distinta a como era cuando fui a verle a él; en fin, lo que quiero es que usted me dé el consejo que necesito. Lo peor de la vida es el engaño, eso es lo que yo siento; prefiero confesar mi vileza, sufrir el castigo y ser humillada, repudiada, arrojada a la calle. No sé qué va a ser de mí. Tengo una necesidad irresistible de ir a contárselo todo a mi marido,; tengo esa necesidad desde hace seis años. Habían transcurrido dos años desde que le engañé por primera vez, y en ese tiempo no había vuelto a ver a… a ése; pero después aquello empezó de nuevo y continúa como al principio… Durante seis años he estado decidida a hablar y no he hablado, pero hace un rato, mientras acompañaba al féretro de Dostoievski, he sentido el deseo de acabar con todo esto, de acabar hoy mismo, de la forma que usted me aconseje.

Yo permanecía callado, pues no entendía nada de aquella historia, y estaba claro que no podía dar ninguna clase de consejos; ella lo leyó en mi rostro.

—Evidentemente, usted debe conocer más detalles; no he venido aquí para jugar a las adivinanzas, sino para contarlo todo. Lo que ocurre, no obstante, es que mentiría descaradamente si tratara de justificarme. Yo jamás he sabido lo que es pasar estrecheces: nací en la abundancia. La naturaleza no me ha privado de raciocinio, me dieron una buena educación, fui libre a la hora de hacer mi elección matrimonial; en consecuencia, no hay nada que objetar al respecto; me casé con un hombre que, hasta el momento presente, jamás ha manchado su reputación, al contrario. Mi posición era inmejorable cuando ese hombre… Lo que quiero decir es que mi marido me había pedido la mano. Yo creía que él me gustaba; pensé que podría amarle y, en cualquier caso, no se me pasó por la cabeza que pudiera engañarle, y mucho menos engañarle del modo más infame, más abyecto, y disfrutar de una reputación de mujer decente y de buena madre, cuando yo no soy decente y tengo que ser, muy probablemente, una mala madre; pero la infidelidad mía fue inspirada por el mismísimo diablo: por si quiere saberlo, yo creo en el diablo. En la vida, muchas cosas dependen de las circunstancias; dicen que las ciudades son inmundas, y que en las aldeas hay más inocencia, pero aquello ocurrió precisamente en una aldea, porque yo me quedé a solas con ese hombre, con ese hombre maldito que mi propio marido había traído para que cuidara de mí. Yo debería estar arrepentida, de no ser por la inutilidad del arrepentimiento, debería estar eternamente arrepentida de aquella acción, que tengo que agradecer a mi marido, pero resulta que no recuerdo aquel momento, tan sólo recuerdo la tormenta, una tormenta terrible, de las que me aterran desde niña. Yo entonces no le amaba, simplemente estaba muerta de miedo, y cuando un relámpago iluminó la enorme sala donde nos encontrábamos, yo me asusté y le cogí de la mano, y no recuerdo nada más; después aquello se prolongó. Más tarde, él se embarcó y recorrió el mundo; regresó, y lo nuestro volvió a empezar. Ahora tengo el propósito de que todo termine, y de que esta vez sea para siempre. No es la primera vez que he tenido este propósito, pero nunca he tenido suficiente fuerza de voluntad para soportarlo. En cuanto él aparecía, en una hora ya se había volatilizado mi resolución, pero lo peor de todo (no quiero ocultar nada) es que él no era el culpable de que las cosas fueran así, sino yo, ¿lo entiende? Era yo la que tomaba la iniciativa, y la que se empeñaba en conseguirlo, y la que se enojaba cuando no alcanzaba fácilmente lo que me proponía. Y, si esta situación se prolonga por más tiempo, si sigo con este engaño, mi humillación no tendrá fin.

—¿Qué se propone usted? —pregunté.

—Quiero confesárselo todo a mi marido, y quiero hacerlo hoy sin falta, en cuanto me marche de aquí y llegue a mi casa.

Le pregunté qué clase de hombre era su marido, qué carácter tenía.

—Mi marido —respondió la señora— goza de una excelente reputación, tiene un buen empleo y recursos suficientes; todo el mundo le considera una persona noble y honrada.

—¿Comparte usted esa opinión? —pregunté.

—No del todo: le atribuyen demasiadas virtudes; es una persona con bastantes dotes y cualidades, y además tiene eso que se ha dado en llamar “corazón”, aunque sea una forma estúpida de llamarlo (algo parecido a lo que ocurre con la llamada “alma de la música”), pero no sé darle otro nombre; los movimientos de su corazón son siempre justos, precisos, exactos y poco variados.

—Y el otro, al que usted ama.

—¿Qué quiere saber de él?

—¿Le inspira a usted respeto?

—¡Oh! —exclamó la dama haciendo un gesto con la mano.

—No estoy muy seguro de cómo debo interpretar ese gesto.

Lo que debe usted interpretar es que se trata de un egoísta integral, de un hombre desalmado que no inspira a nadie el menor respeto y que ni siquiera se preocupa por inspirarlo.

—¿Usted le ama?

Se encogió de hombros y dijo:

—Sí, le amo. Lo cierto es que se trata de una palabra extraña: está en boca de todo el mundo, pero son muy pocos los que la comprenden. Amar es algo así como estar predestinado a la poesía o a la justicia. Es un sentimiento para el que muy pocos están capacitados. Nuestras campesinas, en lugar del verbo “amar”, emplean el verbo “desear”. No dicen: “Él me ama”, sino “Él me desea”. En mi opinión, eso es mucho mejor; y no se trata aquí de una simple cuestión de denominación. Y es que la palabra “amar” normalmente significa “desear”: amar en su sentido más prosaico. O sea, “desear”. Eso es lo que ellas dicen: “Mi deseado, mi querido, mi deseado”. ¿Entiende?, desear.

Se interrumpió; respiraba con dificultad. Le di un vaso de agua, que en esta ocasión sí tomó de mis manos, sin retirarse, y creo que me agradeció mucho que no me fijara detenidamente en ella.

Ambos nos callamos; yo no sabía qué decir, y en ella se había agotado aquel torrente de sinceridad. Estaba claro que ya había manifestado todo lo esencial , y más allá de eso sólo quedaban detalles menores. Como si me estuviera leyendo el pensamiento, dijo en voz baja:

—El caso es que, si usted me dice que debo contárselo a mi marido, lo haré; pero también puede ser, no sé que usted me diga algo distinto. Aparte de la simpatía y la confianza que me inspira, tiene usted sentido práctico; yo soy una atenta lectora suya: nosotras, las mujeres, percibimos cosas que no perciben los críticos profesionales. Si usted quiere, puede decirme sinceramente lo que piensa: si debo o no debo ir a mi marido a confesarle mi pecado, tan largo y tan vergonzoso.

 

III

A pesar de que la historia era interesante, yo sentía que mi situación era complicada. Aunque resultaba bastante más sencillo dar una respuesta como la solicitada por mi huésped que tranquilizar a un activista político o prestarle los servicios requeridos, mi conciencia, en cualquier caso, se veía involucrada en un asunto muy serio. Había vivido bastante, y había visto a  bastantes mujeres disimular hábilmente esa clase de pecados, o bien no disimularlos, pero no reconocerlos tampoco. También había conocido a dos o tres mujeres que solían hablar con franqueza, y recordaba que, más que sinceras, siempre me habían parecido crueles y afectadas. Siempre había creído que las mujeres son capaces de frenar las cosas, antes que dar a conocer sus faltas a una persona a la que van a hacer sufrir intensamente con su confesión. Nunca me ha interesado la cuestión de la relación entre la sociedad y la vida interior de un individuo cualquiera. No es la sociedad, sino la persona concreta, lo que valoro, y, si es posible no causar sufrimiento, no veo por qué hay que causarlo. Si la mujer es una persona igual que el hombre, si es un miembro de la sociedad con idénticos derechos, si posee los mismo sentimientos, la misma sensibilidad que el varón, tal y como da a entender Jesucristo, tal y como han dicho los mejores hombres de nuestro tiempo, tal y como dice actualmente Lev Tolstói —cosa que considero una verdad irrefutable—, ¿por qué, entonces, si el hombre que quebranta el precepto de la fidelidad a la mujer guarda después silencio y, siendo consciente de su falta, tiene a veces la oportunidad de reparar los efectos indignos de sus pasiones, no va a poder hacer lo mismo la mujer? Estoy convencido de que ella también tiene derecho a hacerlo. No cabe ninguna duda de que el número de hombres que engañan a las mujeres supera al de mujeres que engañan a los hombres, y las mujeres lo saben; ninguna mujer sensata —o casi ninguna—, tras una separación más o menos larga del marido, confiaría en la fidelidad de éste durante todo ese tiempo. Sin embargo, tras su vuelta, ella le perdona de todo corazón, y su perdón la lleva a no querer saber nada al respecto; si él le hablara con franqueza, no le haría ningún favor, sino que le causaría un pesar. De ser así, le revelaría algo que no quiere saber. En la ignorancia encuentra ella la fuerza para prolongar sus relaciones, como si éstas se hubieran visto interrumpidas de manera fortuita. Reconozco que en mis reflexiones tiene un mayor peso el pragmatismo que la filosofía abstracta o la moral elevada, pero, en cualquier caso, me inclino a pensar de este modo.

Continué en esta dirección el coloquio con mi invitada, y le pregunté:

—Los rasgos negativos del hombre que usted ama ¿hacen que inspire cierto desprecio?

—Un desprecio profundo y constante.

—Pero usted intentará justificarle en ocasiones.

—Por desgracia, eso es algo imposible: no hay forma de justificarle.

—En ese caso, me permito hacerle la siguiente pregunta: la indignación que usted experimenta frente a él ¿es siempre igual o, por el contrario, unas veces se debilita y otras veces crece?

—Crece sin parar.

—Ahora quiero que me diga una cosa, si usted me lo permite.

—Se lo ruego.

—En este preciso momento, mientras usted está aquí sentada, ¿dónde está su marido?

—En casa.

—¿Qué está haciendo?

—Está en su despacho, durmiendo.

—Y después, ¿a qué hora se levanta?

Mi invitada sonrió y dijo:

—Se lava, se pone la chaqueta, se pasa a ver a los niños y juega al bix4 media hora; después traen el samovar y yo le sirvo una taza de té.

—Ya lo ve —dije—: la taza de té, el samovar, la lámpara doméstica; son objetos hermosos, en torno a los cuales solemos reunirnos.

—Hermosas palabras.

—¿Y todo esto transcurre de un modo más o menos agradable?

—Para él, sí; eso creo.

—Discúlpeme, pero es que, en este asunto que usted ha tenido a bien revelarme, en quien hay que pensar es en él: él es el único que tiene derecho; no los niños, que no pueden, que no deben, llegar a saberlo nunca; ni tampoco usted, claro está, porque usted le ha causado el sufrimiento, mientras que él es el sujeto paciente. Por eso es por lo que hay que pensar en él, para evitar que sufra; así que intente imaginarse que él, en lugar de beberse el té y, a lo mejor, besarle a usted respetuosamente la mano…

—¿Y bien?

—O más tarde, cuando se pone a trabajar… o luego, cuando cena y le da a usted tranquilamente las buenas noches… Imagínese que, en lugar de todo eso, escucha su confesión, y descubre que toda su vida, desde el primer mes o incluso desde el primer día de matrimonio, ha transcurrido en un marco desprovisto de todo sentido. Dígame, ¿le va a beneficiar así o le va a perjudicar?

—No lo sé; si yo lo supiera, si fuera capaz de tomar esa decisión, no estaría aquí hablando de esto. Le estoy pidiendo un consejo. ¿qué cree que debo hacer?

—Yo no puedo aconsejarla; lo que sí puedo hacer es exponerle la opinión que está madurando en mi interior. Sin embargo, para que adquiera una forma clara y definida, me permito plantearle una pregunta más. Los sentimientos de una persona nunca son inalterables. ¿Su animadversión a aquel hombre se va debilitando?

—¡No, se está agudizando!

La mujer exclamó esto con dolor de corazón, dio incluso la impresión de estar dispuesta a levantarse, como si quisiera apartarse de algo que yo había visto en mi imaginación. A pesar de que no podía ver su rostro, sentí que estaba sufriendo terriblemente y que su sufrimiento había alcanzado tal grado que estaba a punto de estallar.

—Por consiguiente —dije—, usted le condena cada vez con más decisión.

—Sí, cada vez más a menudo.

—Muy bien —dije—, ahora me permito decirle que lo sensato, en mi opinión, sería que usted, al volver a casa, se sentara a tomar el té, tal y como ha venido haciendo hasta ahora.

Me escuchó en silencio; tenía los ojos fijos en mí, y pude verlos brillar a través del velo; escuché el latido, fuerte y acelerado, de su corazón.

_¿Me aconseja usted que siga con el secreto?

—No le aconsejo nada, sino que pienso que eso sería lo mejor para usted, para él y para sus hijos, que, pase lo que pase, son sus hijos.

—¿Y por qué es mejor así? O sea, que ha de durar eternamente.

—Es mejor así, porque si usted confesara, todo iría peor; y esa eternidad de la que usted habla resultaría aún más triste de lo que imagina.

—Mi alma se purificaría con el sufrimiento.

Me pareció ver su alma: era un alma viva, impetuosa, pero no era una de esas almas que purifica el sufrimiento. Por eso no respondí nada acerca de su alma, y volvía mencionar a los hijos.

Ella se retorció ambas manos, sus dedos crujieron y agachó la cabeza en silencio.

—¿Y cómo va a terminar mi epopeya?

—Bien.

—¿En qué confía usted?

—Confío en que el hombre a quien ama, o a quien no ama, según ha dicho, sino que se ha habituado a él, se le haga cada día más odioso.

—¡Ay! Me resulta ya tan odioso.

—Le resultará aún más, y entonces…

—Le entiendo.

—Me alegro mucho.

—¿Usted quiere que le deje y que no diga nada?

—Creo que ésa sería la solución más feliz para su desgracia.

—Sí, y después…

—Y después usted… devolverá…

—No es posible devolver lo que no se tiene…

—Disculpe; lo que quise decir es que usted redoblará sus atenciones con su marido y su familia; eso le dará la fuerza para no olvidar, para preservar el recuerdo del pasado y encontrar motivos suficientes para vivir entregada a los demás.

Entonces, se levantó; se puso en pie de forma inesperada, se bajó un poco más el velo, me tendió la mano y dijo:

—Le estoy agradecida; me alegro de haber obedecido el impulso interior que me dijo que viniera a verle, tras la conmoción recibida por la tremenda impresión del entierro; al marcharme de allí era como si hubiera enloquecido, afortunadamente no he hecho todo lo que me proponía hacer. Adiós.

Me volvió a tender la mano y estrechó la mía con fuerza, haciéndome ver que no hacía falta que me moviera de mi sitio. Después hizo una inclinación y salió.

 

IV

Insisto en que no llegué a verle el rostro a aquella mujer; resultaba difícil juzgarlo sólo por su barbilla y por lo que se intuía tras el velo, como bajo una máscara, pero sí pude hacerme una idea de la gracia de su tipo, a pesar del abrigo de felpa y del sombrero. Tenía, como digo, un tipo elegante, grácil y de una viveza excepcional, que ha quedado grabado en mi memoria con una fuerza insólita.

Nunca hasta entonces me había encontrado en ninguna parte con aquella dama, y creo, basándome en su voz, que no era conocida mía. Hablaba en un tono sincero, con una voz suave y profunda de contralto que resultaba muy agradable; sus modales eran refinados, y podía tomarse por una mujer de mundo o, más exactamente, perteneciente al círculo de altos cargos: podía ser la mujer de un director o un vicedirector de departamento o algo por el estilo; en resumidas cuentas, era una señora desconocida para mí, y siguió siendo desconocida.

Habían transcurrido tres años desde el entierro de Dostoievski y los acontecimientos que he relatado. Durante el invierno había caído enfermo, y en la primavera me dirigí al extranjero a tomar las aguas; fui hasta la estación de ferrocarril en compañía de un amigo y de una mujer de mi familia; íbamos en un coche; llevábamos con nosotros mi equipaje. Cuando recorríamos una de las calles que desembocan en la Avenida Nevski, en una curva, junto a la entrada de un gran edificio oficial, me fijé en una señora; inmediatamente, y pese a mi miopía, la identifiqué con mi desconocida. No estaba en absoluto preparado para eso, no había vuelto a pensar en ella, y por eso el asombroso parecido me dejó atónito; por un momento, tuve la estúpida idea de bajarme, acercarme a ella, abordarla y preguntarle cualquier cosa, pero, como iba en compañía de otras personas, afortunadamente no hice nada de esto, y exclamé:

—¡Dios mío, es ella! —Cosa que arrancó una sonrisa de mis acompañantes.

Efectivamente, era ella. He aquí como lo descubrí.

Como suelen hacer todos los rusos, o la mayoría de ellos, di algunos rodeos en mi viaje. En primera instancia pasé por París, y en julio estuve tomando las aguas; tan sólo en agosto me presenté en el lugar donde se suponía que estaría ya en junio. Pronto entré en contacto con la mayoría de los rusos que estaban tratándose allí; como conocía a casi todo el mundo, la presencia de un nuevo rostro no me pasaba desapercibida.

Un buen día, mientras estaba sentado en un banco en el parque situado junto al camino de la estación, vi pasar un coche en el que iban un hombre con un abrigo claro y sombrero y una señora con velo, y enfrente de ellos un niño de unos nueve años.

Y otra vez me volvió a ocurrir lo mismo que me ocurrió al marcharme de San Petersburgo:

—¡Dios mío, es ella!

En efecto, era ella.

Al día siguiente, en el restaurante del parque, distinguí en una mesita al marido, de aspecto agradable, aunque excesivamente delgado, y al hijo, de una belleza extraordinaria. El niño tenía cierto aire agitanado: de piel morena, con el pelo negro y rizado y unos grandes ojos profundamente azules.

Me permití una pequeña vileza: soborné a un camarero para que me preparase una mesa cercana a la de la señora; quería verle bien la cara.

Era una mujer guapa, con una expresión agradable y dulce, aunque algo anodina. Ella me reconoció, sin duda alguna, pues en dos o tres ocasiones se esforzó por girarse en su silla para dificultarme la observación; pero después se levantó, se dirigió a una señora conocida mía, habló un momento con ella, se apartó y volvió con el marido.

Aquella tarde, después del café, en uno de los conciertos en que solíamos reunirnos, la conocida mía a la que se había dirigido la nueva huéspeda me dijo que quería presentarme a la señora N., que pasaba por allí cerca en aquel preciso instante. Inmediatamente, nos presentó. Yo le dije alguna frase trivial, y ella me respondió con palabras igualmente triviales; pero en aquellas palabras, en aquella voz, en aquellos modales, yo la reconocí. Era ella, no había ninguna duda, y era lo bastante lista para darse cuenta de que la había reconocido, y decidió no intentar evitarme, sino frecuentarme. Podía contar con mi honradez con relación a lo que en aquella ocasión me había dicho…

Desde aquel momento empezamos a vernos, e incluso hicimos varias excursiones en compañía de otras damas conocidas y sus hijos. A su marido no parecían gustarle mucho tales excursiones: le dolía una rodilla y cojeaba levemente; aparte de eso, no acabo de entender lo que le ocurría: no sé si estaba cansado de su mujer, o si deseaba ser libre y cortejaba a alguna, o incluso más de una, de las damas de dudosa reputación que allí se habían congregado. En todos nuestros encuentros y conversaciones, ella nunca manifestó ni dio a entender que hubiera estado en mi casa o que nos hubiéramos visto con anterioridad; pero yo sentía claramente que ambos dábamos por descontado que nos entendíamos. Y de pronto, estando así las cosas, se produjo un acontecimiento totalmente imprevisible.

Una deliciosa mañana, ella no apareció acompañando al marido en el paseo hasta el manantial: él se presentó solo a tomar el café y dijo que su Anatoli se encontraba mal y que la madre estaba fuera de sí a causa del pesar.

Aquella tarde, a las ocho, mi portero me informó de que en cierto hotel había muerto un niño de difteria; se trataba, evidentemente, del hijo de mi desconocida.

Yo no me incluyo entre las personas demasiado prudentes y por eso cogí sin demora mi sombrero y me dirigí a ese hotel. Por alguna razón creía que el marido iba a reaccionar con cierta apatía en aquella situación; si la víctima de  la difteria era efectivamente su hijo, tal vez mi ayuda o colaboración podrían ser convenientes.

Nunca olvidaré lo que vi al entrar en el apartamento que ocupaban en el hotel. Constaba únicamente de dos cuartos: en el primero, un recibidor con muebles tapizados en terciopelo rojo, se hallaba mi desconocida, con el cabello alborotado y la mirada perdida; tenía los dedos de ambas manos extendidos, en actitud de proteger un diván donde yacía un bulto cubierto por una sábana; por debajo de la sábana asomaba una pierna pequeña y azulada: era él, el difunto Anatoli. Al lado de la puerta estaban dos hombres, a los que yo no conocía, con abrigos grises, y a sus pies había un cajón: no un féretro, sino un cajón, algo así como un arcón para guardar velas, de unos arshines de profundidad, y lleno hasta media altura de una sustancia blanca, que al principio me pareció leche o almidón.  Delante de ellos estaban el comisario de policía y un civil con un distintivo. Hablaban a gritos. Ausente el marido, la mujer estaba allí sola, sin parar de discutir, tratando de defenderse; al verme, exclamó;

—¡Dios mío! ¡Ayúdeme, protéjame! Quieren llevarse a mi hijo, no nos permiten enterrarlo; acaba de morir.

Quise intervenir, pero habría sido completamente inútil, aun en el supuesto de que hubiésemos tenido fuerza suficiente para doblegar a los cuatro hombres. Éstos, sin ninguna consideración y con bastante rudeza, metieron a la mujer en el otro cuarto y cerraron la puerta, y ella empezó a dar golpes con el puño, acompañados de lamentos estremecedores, todo ello sin ningún resultado. Entre tanto, cogieron al niño muerto en la flor de la vida, lo introdujeron en la solución de cal, agarraron rápidamente el cajón y se alejaron a toda prisa.

 

V

En las pequeñas ciudades con establecimientos de baños y en los balnearios, los fallecimientos ocasionan un enorme malestar. Los propietarios de hoteles y apartamentos evitan por todos los medios a los huéspedes cuyo estado de salud hace temer una muerte repentina.

En ninguna de estas localidades se autorizan los cortejos fúnebres y, si se produce una defunción, la ocultan al resto de la gente y, sin vacilar, trasladan al finado en ferrocarril, sin ritos ni ceremonias.

Las enfermedades contagiosas con desenlace mortal son muy poco frecuentes ;en la localidad donde murió el hijo de aquella dama se trataba del primer caso, y la noticia se extendió entre el público  con una celeridad increíble, originando un miedo terrible, sobre todo en las mujeres. Los médicos locales, que en tales lugares constituyen la clase dirigente, se afanaron por aplacar los espíritus excitados y, rivalizando en celo unos con otros, se enemistaron y se dividieron en dos bandos. Unos, entre los que figuraban los dos médicos que habían tratado al niño, no negaban que la causa de la muerte de la criatura hubiera sido una auténtica difteria, aunque aseguraban que se habían adoptado todas las medidas para prevenir el contagio: en sus visitas al paciente habían llevado un traje especial y, al salir, se habían desinfectado escrupulosamente; estos dos médicos se habían afeitado incluso, para demostrar que se tomaban la cosa muy en serio. Los otros, muchísimo más numerosos, decían que el caso era muy dudoso y presentaba numerosos datos contradictorios, y acusaban a sus colegas de exagerar imprudentemente la enfermedad del niño, despertando con ello una gran alarma que sólo había servido para acabar con la tranquilidad de los enfermos y, sobre todo, para amenazar los intereses económicos locales. Esta segunda fracción de los médicos desaprobaba la actuación de los representantes del poder local, quienes se habían comportado de forma especialmente brutal y descortés con la señora N., arrebatándole al hijo con una violencia propia de bandoleros poco menos que en el momento mismo de su muerte, y sumergiéndolo en cal tal vez antes incluso de que los últimos rescoldos de vida se hubieran apagado en él. Denunciando esa brutalidad,  los médicos pretendían apartar de sí la atención del público, desviándola hacia otras personas, cuya conducta, ciertamente, había constituido una grave descortesía; pero no lo lograron. Cuando llega la hora de ponerse a salvo, el egoísmo humano se vuelve especialmente execrable, y entre el público no había nadie dispuesto a prestar la suficiente atención al estado de la desdichada madre. Al contrario, si se trataba de difteria, no había que andarse con miramientos, y cuanto mayores fueran la resolución y firmeza de las autoridades, tanto mejor. No se podía, en efecto, exponer a otras personas a ese peligro. Lo único que les interesaba era adónde habían enviado el cajón con el peligroso cadáver.  Y las noticias que recibieron a este respecto eran bastante tranquilizadoras. El cajón lo habían transportado hasta un negro cenagal, del que antes extraían lodo medicinal para los baños. Habían hundido el cajón en ese cenagal, sumergiéndolo en una de las profundas hoyas que allí había, cargado con piedras y tras haberlo cubierto una vez más con cal viva. No parecía posible ocuparse del cadáver infectado con mayor decisión y rigor. Tras esto, empezaron las dificultades para el hotel, del que habían huido casi todos sus ocupantes; sólo se quedaron los más modestos, que no podían permitirse el lujo de dejar una habitación que tenían pagada con un mes de antelación. Era preciso desinfectar todo el hotel o, al menos, las habitaciones que había ocupado la familia N., así como las estancias contiguas; también era preciso desinfectar el pasillo, por el que había correteado el niño, y el rincón del comedor en el que comía junta la familia N. Todo ello representaba una suma muy estimable de dinero, más de trescientos florines, si no me equivoco, pues se consideraba imprescindible reducir a cenizas todo el mobiliario ligero de tres apartamentos y sustituir las cortinas, alfombras y guardapuertas de los demás aposentos por unas nuevas. Por ese motivo, el dueño del hotel le planteó al señor N. sus exigencias económicas, y los representantes municipales apoyaron el derecho del dueño, quien, incluso contando con la indemnización exigida, sufriría de todos modos pérdidas por lo ocurrido, pues la mayor parte de sus habitaciones se quedarían vacías durante toda la temporada, y en el futuro se arriesgaba a perder la clientela, dado el gran número de visitantes a quienes había llegado la noticia del caso de difteria.

Esa clase de reclamaciones eran algo nuevo para los visitantes, y todos tenían interés en saber cómo acabaría aquello. Algunos encontraban mezquinas tales demandas, mientras que a otros les parecían legítimas, aunque excesivas. En todas partes se hablaba de esto, y el señor N. se convirtió en un personaje interesante. Sorprendentemente, a nadie le inquietaba su compañía. No temían acercarse a él, porque sabían que, por ser un hombre enfermo, había abandonado su habitación nada más manifestarse la enfermedad de su hijo y no había regresado hasta después de su muerte. No le preguntaban por su mujer, a la que nadie había visto en los últimos días. Pensaban que se habría marchado a otro lugar, o que ella también estaría enferma. El señor N. se bastaba por sí solo para satisfacer la curiosidad de quienes estaban interesados en los asuntos de los forasteros. Cada día, el señor N. les comentaba las exigencias que le formulaban, y cómo respondía a ellas. Reconocía que el dueño del hotel había sufrido pérdidas y que sin duda la muerte de su hijo había sido la causa de tales pérdidas, pero negaba que tuvieran derecho a imponerle arbitrariamente aquel pago, y no quería pagar nada sin un juicio.

—Supongamos —decía— que yo tengo la obligación de pagar; pero eso no me lo puede exigir un comisario cualquiera acompañado por tres burgueses, sino que es algo que tiene que ser estipulado a través de un juicio formal, al que yo me pueda someter. Pero, además, eso conlleva una sentencia: la de pagar. De acuerdo, siempre que yo tenga con qué hacerlo. Que se queden con mi maleta, y asunto concluido. Si estuviera en mi lugar un pobre infeliz, estoy seguro de que ni siquiera se habría planteado la discusión.

Todos estaban entretenidos colocando las piezas de este mosaico, de manera que siempre había gente alrededor del señor N., discutiendo de sus derechos y de las contrariedades que le sobrevenían. Pronto, sin embargo, el caso se fue resolviendo de forma pacífica: el municipio no quería llevar la cuestión a los tribunales, ya que entonces el debate sobre el caso de difteria habría tenido mayor repercusión, y decidieron zanjar el asunto con un acuerdo amistoso, según el cual el señor N. pagaría la factura que le presentasen los encargados de la desinfección.

Así podría haber acabado todo, pero de pronto se produjo un nuevo suceso: la señora N., que llevaba ocho días en la habitación grande del hotel, se acercaba a diario al cenagal donde habían arrojado el cajón con el cadáver de su niño, pero al noveno día no regresó de ese desplazamiento. La buscaron en vano: nadie la había visto ni en el bosque ni en el parque, no había visitado a ninguno de sus conocidos, no había estado tomando el té en ningún restaurante; sencillamente, había desaparecido, y con ella habían desaparecido unas pesas de hierro con las que su marido hacía gimnasia en la habitación. La buscaron infructuosamente tres o cuatro días, y luego empezó a extenderse la sospecha de que, muy probablemente, se había ahogado en aquel mismo cenagal. Aquella sospecha, según dicen, se vio confirmada más adelante, aunque a su cuerpo, después de ascender hasta la superficie, se lo tragó nuevamente el cenagal. El caso es que había muerto.

Fueron unos acontecimientos notables por su carácter trágico y por el silencio que los rodeó: la desaparecida señora N. no dejó una nota ni ninguna otra señal de su decisión de acabar con su vida. El señor N. despertó la compasión de mucha gente; él, por su parte, se mostró muy discreto y guardó un silencio frío y distante; decía: «Lo mejor que puedo hacer es marcharme de aquí», pero no se marchaba, porque su propia salud estaba muy debilitada y necesitaba completar el período de tratamiento en aquellas aguas.

Mi relación con él no era nada cordial: estaba claro que éramos dos personas con un carácter muy diferente. A pesar de que yo conocía un secreto de familia que debería haberme hecho sentir compasión por ese hombre, me resultaba mucho más antipático que su mujer, que era la que había traído la deshonra al matrimonio. Yo no tenía ningún motivo para desear intimar con él, pero, por alguna razón que se me escapa, de pronto empezó a juzgarme digno de su atención y, en las conversaciones que teníamos, solía evocar, con mucha frecuencia y de muy buena gana, el recuerdo de su difunta esposa.

 

Traducción de Fernando Otero Macías.

Fuente: V.V. A.A., Un siglo de cuentos rusos. De Pushkin a Chéjov. Barcelona, Alba, 2012.


1 La cita no procede de la versión definitiva de la Sonata a Kreutzer de Lev N. Tolstói, la cual no fue publicada hasta 1891 (el presente relato fue escrito en 1890, si bien apareció en 1899, muerto ya Leskov), sino de una redacción anterior, ampliamente difundida y debatida en los círculos intelectuales y periodísticos rusos. Concretamente, estas palabras de Pozdnyshev, protagonista de la narración de Tolstói, no figuran en la redacción final.

2 Dostoievski falleció el 27 de enero de 1881, en San Petesburgo, y fue enterrado el día 31; al entierro acudieron unas treinta mil personas.

3 El escritor Dmitri Vasílievich Avérkiev (1836-1905) cultivó sobre todo el drama histórico.

4 Especie de billar pequeño e inclinado.


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