Uno de los saldos interesantes de la elección reciente fue el debate alrededor del concepto y el papel que tiene la sociedad civil mexicana. Hubo un partido político que se cambió el nombre a “movimiento ciudadano” para sugerir distancia de los partidos políticos y cercanía a la sociedad civil. Hubo candidatos presidenciales que se decían independientes a sus partidos. Hubo candidatos independientes que abrazaron retóricas comunes de la sociedad civil para ser electos. Hubo también demandas (y ofertas) de cuotas de representación legislativa (o puestos en la administración pública) para la sociedad civil. Por último, se popularizó la frase “sociedad civil fifí” y sus derivados “socialité civil” o “SC Caviar”.

Como miembro de esta última, los debates que le han seguido me provocan reflexionar sobre el tema.1 Sobre todo porque los derroteros que ha tomado la discusión preocupan y alegran a la vez. Preocupan en dos sentidos: 1) por ciertos usos que se le ha dado, la idea misma de sociedad civil parece estrecharse a unos cuantos en vez de ensancharse a muchos más; y 2) mientras se ha politizado en los hechos, se ha despolitizado en el discurso, producto de asumirse simplemente como “oposición al poder” (porque el poder miente y corrompe) o, en su defecto, como algo que debe quedar esencialmente aislado de lo político. Sin embargo, el debate ha tenido saldos positivos que a mi entender también son dos: 1) al ponerle adjetivos, se problematiza la realidad de la sociedad civil existente, se desdibuja la idea nociva de que es una sola cosa y 2) se cuestiona que tenga representantes que pueden hablar por ella. 

Ilustración: Víctor Solís

Para los que creemos que la existencia de “sociedad civil” es valiosa para la polis en general, siempre hay una triple dimensión que suele prestarse a abusos: la sociedad civil es al mismo tiempo un concepto (muy debatido e irresuelto, por cierto); una hipótesis sobre su función (que es potencialmente democratizadora); y una realidad estructural comunitaria que se refiere a las organizaciones específicas que la conforman. En términos de esta última realidad comunitaria, la constelación de organizaciones que la constituyen es tal que haríamos mejor en llamarles “sociedades civiles organizadas”. En cuanto a su variedad, creo que no debemos tener miedo a que se polemice sobre las desigualdades reales que la aquejan, lo mismo que sobre sus diversidades de opinión. Si los que trabajamos para organizaciones grandes, profesionalizadas y financiadas con generosidad nos quedamos sin ver la diferencia entre unas y otras, creo que perdemos la posibilidad de concentrarnos en lo que importa. Pero a el tema de lo “fifí” volveré al final del texto.

Es importante recordar como el significado de “sociedad civil” es contingente y vinculado a su contexto. Durante el Renacimiento, por ejemplo, se rescató una vieja idea de la Antigüedad clásica para combatir el constante estado de guerra que el feudalismo había heredado. Se argüía que se necesitaba un Estado fuerte y racional para asegurar la existencia de una virtuosa sociedad civil(izada), es decir, menos violenta. La existencia de esa sociedad civil imaginada se explicaba como el resultado de un contrato social. Poco más de un siglo después, se reinventó el concepto, pero esta vez para oponerse a las nociones de “buena comunidad” que sostenían las monarquías absolutas. Tanto el estado feudal como el monárquico, con sus respectivas formas de ordenar la sociedad, tuvieron en la nueva idea de sociedad civil a un adversario político. De ciertas interpretaciones kantianas, se dedujo que los peligros de los que había que protegerse eran el dominio de un solo interés y de controlar la tiranía de la mayoría. Es un dilema clásico que sobrevive hasta nuestros días.

Pero la disyuntiva actual de la sociedad civil, el dilema hegeliano y marxista en muchos sentidos, es que el surgimiento del Estado moderno creó el espacio para un tipo de sociedad civil que reducía la sociedad a intereses privados y en competencia. La sociedad política se había “autonomizado” ya de otras formas de poder social (las dinastías hereditarias o las iglesias, por ejemplo) y se había atrincherado en el Estado. Si Marx le llamaba burgués al Estado de ese tiempo, era porque lo asociaba con una institucionalidad novel que veía capturada por un grupo que, incluso, se reservaba el derecho al voto sólo para sí mismo: los propietarios. Marx quería politizar a la gran masa poblacional para obligar un reencuentro entre la sociedad civil y la sociedad política de una buena vez. Abrir la sociedad política y politizar a la sociedad civil fue, de alguna manera, la receta de Marx, pero también la receta de los millares de movimientos populares, movimientos que podemos llamar “ciudadanizantes”, que lucharon por la universalización del voto y la extensión de otros derechos. La lección de esa era fue que empoderar a la sociedad civil era politizarla; es decir, facilitar que el pueblo se apropiara, aún más, del Estado. La distancia entre sociedad civil y sociedad política era vista como un hecho trágico, no como una aspiración saludable.

Pasado el tiempo, los liberales del siglo XX le volvieron a encontrar uso al término, pero esta vez, para combatir los fascismos de izquierda y derecha que asolaron Europa. En particular, en su última iteración, el término se normalizó a fines del siglo pasado entre los movimientos anticomunistas del centro de Europa. Es decir, una reacción a la guerra fría, montada a caballo entre nociones de desconfianza al Estado totalitario y al mercado totalizante, con un interesante giro gramsciano de resistencia simbólica y cultural a las hegemonías dominantes. Este último giro los llamó a no olvidar que la relación con el poder no sólo estaba hecha de apoyar, distinguirse, oponerse o cabildear a los poderosos, sino de trabajar en las grandes superestructuras culturales, hechas de valores, de emociones, de categorías, que sostenían a la sociedad civil hegemonizada tal cual era. Frente a la imposibilidad política de fomentar la movilización popular en un Estado totalitario, se concentraban las energías en lo mental y en lo cultural.

Una consecuencia de la re-politización de la sociedad civil durante la post-guerra fría ––un contexto de profesionalización de muchas organizaciones y de transnacionalización acelerada de las redes de solidaridad no gubernamental–, fue precisamente sublimar su deber de no ser cómplice ni del Estado ni del mercado y, así, se popularizó el término de “tercer sector”. Paradójicamente, es un término gremial y bastante empírico, que hacía eco de algunas nociones medievales de estructuración societal. Con esta lógica, el “tercer sector” buscó ciertos tipos de representación en foros locales, y sobre todo, en foros internacionales. Creo que entender así a la sociedad civil, es un acierto y un error. El acierto está en el acto profundamente político de distinguirse de otros poderes organizados como el estatal y el mercantil (las alas seculares insisten que hoy sigue siendo necesario distinguirse también de otro sector histórico: el religioso): ver a la sociedad civil como un sector diferenciado es una contribución relevante al mundo actual en tanto se reconoce, de manera realista, como un gremio que busca tener impacto público. El error está, más bien, en asumir que eso siempre debe ser así, que necesariamente merece algún tipo de representación sectorial, y que su calidad de sector lo vuelve en automático un actor coordinado.

Bajo cualquiera de sus definiciones, la sociedad civil es un intento de definir un conjunto amplísimo de personas, asociaciones, ideas e intereses. Asumir que merece representación es asumir que, al igual que el “pueblo”, es un factotum que no debe negociar el principio de su “representabilidad”. Discrepo en que sean, siquiera, comparables. La “representabilidad” de la sociedad civil entendida como gremio, como “tercer sector”, no depende de su esencia, sino de los procesos con los que resuelve su pluralidad. Aceptando sin conceder que esta conceptualización gremial de la sociedad civil tenga alguna esencia, entonces estaría cifrada en cómo soluciona el dilema sobre su diferenciación o su participación en las estructuras de poder estatal o mercantil, así como su condición de pluralidad y las debilidades o fortalezas de sus métodos de organización. Si los que participamos profesionalmente de ella, este gremio moderno, nos queremos acaso dar un deber, que sea el de pensar de forma crítica su autonomía (o su heteronomía), así como definir los mejores modos de relacionarse y organizarse socialmente. La “representabilidad” depende de otras cosas, a saber, de articular demandas colectivas no representadas y de las necesidades que defina la polis, en general, para sí misma: necesidades y prioridades que se dirimen, no en la sociedad civil, sino en el sistema de representación ciudadana que llamamos democracia.

Entonces, si no se trata de ser representada, ¿cuál es la contribución que la sociedad civil puede tener en la democracia presente? A estas alturas, espero que la respuesta que me doy, vaya quedando clara. Su contribución está en solucionar de forma útil un doble dilema: resolver su pluralismo con organización y definir los caminos más adecuados para relacionarse con otros actores, especialmente los más poderosos. Esos son los retos y las contribuciones principales que la sociedad civil puede tener en este contexto.

De alguna manera, estas son derivaciones de una lección liberal y de una lección socialista. En términos normativos y funcionales, el deber de pluralidad y organización es un antídoto liberal a la concentración de poder y su existencia un marcador de salud democrática. El deber de preguntarse por la autonomía radical, o por la heteronomía y la colaboración como método, es una lección que el pensamiento socialista le ha dejado a las organizaciones sociales que buscan construir acuerdos más amplios de ciudadanización. Ambas son lecciones difíciles de reconciliar para el gremio moderno. La clave está en cómo fomentar la pluralidad, a la vez que ser vehículo de organización social. A final de cuentas la pluralidad suele afirmar diferencias y la organización desaparecerlas. Sin embargo, las dos son (y han sido) contribuciones útiles a la democracia.

Utilizando ideas similares a estas, se ha explicado cómo el fascismo italiano le heredó a la democracia de posguerra una sociedad civil anti-fascista, politizada, movilizada, organizada, fuerte, pero poco autónoma del Estado y sus autoridades (hecha de sindicatos, cooperativas, asociaciones de estudiantes, pequeños comerciantes, etc…). En cambio, en España, la sociedad civil que heredó la experiencia autoritaria no fue ya ni anti-fascista, ni bien organizada. Con el paso del tiempo, para los años setenta, era más bien débil, estaba poco interesada en el anti-fascismo, mal organizada y poco capacitada para la movilización democrática. Sin embargo, era muy autónoma de las autoridades estatales, concentrada en el anti-franquismo —más bien interesada en un cambio de élites, y en una transición pactada y pacífica. Esto no es bueno ni malo. Ambos casos fueron definitorios en los arreglos y en el tipo de democracia (de modelos de organización, de conceptos de partido y de legitimidad) que les siguieron. Su contribución a la democracia fue innegable.

En el caso mexicano, de manera algo similar al caso español, se ha argumentado que mientras que el PRI, durante sus primeras décadas, fue acicate de la formación de una vibrante sociedad civil, la última época del PRI fue una en que el régimen asfixió lo mismo que había creado. Dejó un México con una sociedad civil muy débil que, eventualmente (desde 1985 dicen algunos) se autonomizaría para oponérsele, pero sin mayor proyecto del tipo de sociedad civil, del tipo de articulación social que se quería construir. Este momento ha visto renacer la pregunta sobre qué sociedad civil debemos crear, qué formas de organización intentar. Sin embargo, su contexto difiere en el hecho de que ya no estamos frente a un régimen hegemónico que haya que cuestionar con autonomía radical, estamos más bien frente a una democracia limitada, bastante controlada desde arriba, a la que no le haría mal expandirse, ampliarse, alimentarse de una red más rica de interconexiones sociales a lo largo y ancho de la pirámide social.

Quiero terminar volviendo al término “fifí” y conectarlo con esta última idea. Pretender que en las sociedades civiles no hay diferencia en capacidad de voz y de organización es en sí una barrera para consumar su vocación de pluralidad. Por eso, que se diga que existe la sociedad civil “fifí” es denunciar lo obvio y por tanto no debe escandalizar a nadie. Yo tomo ese dicho, más bien, como un reto saludable para abrazar un proyecto de sociedad civil que le entre a dirimir su pluralidad y sus desigualdades manteniendo su saludable autonomía, y también para que logre promover procesos organizativos más amplios, más grandes, más de arriba y abajo, más “ciudadanizadores”. Experimentos de organización que si no aspiran a movilizar a la sociedad toda, al menos intenten integrar a los varios estamentos del gremio. Ya ha habido ejemplos de coaliciones amplias en los años recientes sobre las que se puede construir.

Por último, en cuanto a la “politización” de algunos miembros particulares de la sociedad civil (y de los partidos que se quieren acercar a sus organizaciones), es importante no olvidar la obviedad de que una cosa son las organizaciones y otra los individuos que las forman. Creo, sin embargo, que la afirmación discursiva de la autonomía pura vis a vis la sociedad política, está siendo ya un antídoto insuficiente para explicar una realidad que la contradice. Los partidos que se acercan a las organizaciones, las organizaciones que apuestan por candidatos, o las organizaciones de activistas que se vuelven partido, hablan del surgimiento de una novedosa heteronomía de la sociedad civil. Será interesante revisarla críticamente, pero ya no tiene caso negarla. En cuanto a los individuos que quieren ser parte de la política partidista o de participar en sus mecanismos de representación electoral: hacen bien. No está peleado su trabajo en el gremio del “tercer sector” con su actividad partidista. Yo mismo creo en la participación holística de los individuos que se la pueden permitir. Finalmente, ciudadanos representables somos todos y un sistema de partidos fuerte y saludable nos necesita a todos. Pero sociedad civil organizada sólo somos ciertas asociaciones y colectivos, y deberíamos incluir a más en los procesos de organización. Sobre todo, a aquellos cuya voz esté más silenciada por las desigualdades y a quienes solemos olvidar cuando hablamos así, en singular, de la sociedad civil gremializada del día de hoy.

 

Mario Arriagada Cuadriello
Internacionalista por El Colegio de México y Oficial de Programa de la Fundación Open Society.


1 Estas opiniones no representan las del conjunto, mi empleador o los colectivos en los que participo.

 

3 comentarios en “Reflexiones desde la sociedad civil fifí

  1. El gran reto de la democracia es precisamente escuchar el llamado de la sociedad civil organizada o no, crear los mecanismos incluyentes para aquellos sectores que históricamente no se han escuchado o silenciado premeditadamente, el continuar con un régimen excluyente, solo da voz a grupos de interés, autonombrados representantes de la sociedad civil. Me gustó su artículo Don Mario, saludos.

  2. Muy buen artículo; deja en claro la permeabilidad de las organizaciones de la sociedad civil y que sus tensiones e intercambios con el poder político formal son parte de su propia naturaleza, por no hablar de los “caminos de la vida”, que llevan a los individuos por rumbos no esperados. Me gustó el estilo libre y seguro del autor…

  3. El vato que escribe el artículo ha hecho un “Chumelazo”: “Marx quería politizar a la gran masa poblacional para obligar un reencuentro entre la sociedad civil y la sociedad política de una buena vez. Abrir la sociedad política y politizar a la sociedad civil fue, de alguna manera, la receta de Marx, pero también la receta de los millares de movimientos populares, movimientos que podemos llamar “ciudadanizantes”, que lucharon por la universalización del voto y la extensión de otros derechos. ”
    ¿En que obra Marx menciona tal ridiculez?

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