Doce estampas componen Usos rudimentarios de la selva (Alfaguara, 2018), el más reciente libro de Jordi Soler (La Portuguesa, Veracruz, 1963). En ellas, el caballero de la irlandesa Orden del Finnegans hilvana la historia de una familia española afincada en la plantación de café La Portuguesa: un universo primitivo, natural. El relato que presentamos es protagonizado por dos hermanos desbocados, dispuestos a todo. La selva recapitulada es testimonio de exotismo y frenesí.


Si cabe la cabeza, cabe el cuerpo. Esta era la teoría. Todos se habían ido al circo menos mi hermano y yo. No había nadie más en las casas de la plantación. El portón tenía echado el cerrojo, pero había un hueco en el centro, más o menos amplio, por donde el caporal metía los brazos para manipular la cerradura. Nos habían castigado, por eso estábamos encerrados, del otro lado del portón estaba la selva, y la vereda que llevaba hasta las afueras de Galatea, hasta el terreno donde se instalaba el Circo Frank Brown. No sé por qué se llamaba Frank Brown un circo que solo viajaba por Veracruz, de un pueblo a otro, aunque no se me escapa que un nombre en inglés debe haber tenido gancho en aquella selva inmunda y dejada de la mano de dios. Si cabe la cabeza, cabe el cuerpo, dije yo recordando algo que había oído, algo que alguien había dicho, mirando con insistencia el hueco que estaba en el centro del portón por el que acababan de salir mis padres, el caporal y su mujer, las criadas y el Chubeto, un niño de nuestra edad que ayudaba en el establo y andaba siempre envuelto en un halo de caca de caballo. ¿Por qué no te bañas, pinche Chubeto?, le preguntábamos todo el tiempo y él se encogía de hombros y luego se nos quedaba mirando con mucha seriedad, como si estuviera calibrando si decirnos o no los motivos de su tolerancia a la pestilencia. Pero nunca nos decía nada, después de esa mirada seria se daba la vuelta y se iba. No podíamos escapar inmediatamente de la plantación porque iban a sorprendernos, mis padres iban apenas camino al circo, pero era imperativo hacerlo en los próximos minutos, porque no queríamos ver la función despuntada, queríamos verlo todo de principio a fin para que luego no viniera el pinche Chubeto a decirnos que nos habíamos perdido el chiste de los payasos, al domador metiendo la cabeza en la boca del león, a la mujer de goma o a la barbuda. Sobre todo no queríamos que nos dijera que nos habíamos perdido el número de Rosarito, una niña de la plantación que tenía un raro talento y que actuaría ese día. Cuando calculamos que ya iban a una distancia suficiente, metí la cabeza por el hueco y, al comprobar que cabía a la perfección, la saqué para meterme por el otro extremo, por los pies, y luego irme escurriendo hasta que toqué el suelo. Miré a mi hermano desde afuera, del otro lado del portón, y él me devolvió un gesto de asombro, por lo fácil que había sido escapar de casa, por lo suelto y disponible que me veía yo del otro lado, listo para ir al circo y ver la función completa. Vas tú, le dije, prueba primero con la cabeza, y mi hermano, que ya sentía la urgencia de estar del otro lado, la metió por el hueco y a la hora de recular, cuando yo le decía vamos, que se hace tarde, notó que la cabeza se le había atorado. Se me atoró la cabeza, dijo, y luego soltó una risa nerviosa. Me acerqué a ayudarlo, traté de orientarlo de una manera y luego de otra, pero en una topaba con la barbilla y en la otra con la oreja, no había forma de liberarlo, la cabeza ya estaba fuera mientras el resto del cuerpo, doblado a la altura del hueco, permanecía dentro de la plantación. Pensando qué hacer, porque debíamos resolver cuanto antes el contratiempo, recordamos un episodio reciente que podía servirnos de inspiración para salir de ese lío. Hacía unos días a mamá se le había quedado atorado el anillo, no se lo había quitado para dormir y había amanecido con el dedo hinchado, y justamente cuando le estaba pidiendo al caporal una segueta, doña Julia, la cocinera, había sugerido otro método menos destructivo y en menos de un minuto, había embadurnado de manteca el dedo de mamá y le había sacado el anillo con una asombrosa facilidad. Inspirado por aquel episodio volví adentro, me metí apretujado y corrí hasta la cocina para buscar el frasco de manteca que doña Julia tenía siempre a mano, junto a los fogones, en una bandeja donde había sal, aceite, ramitas nervudas de canela y orégano, cilantro y epazote. Trataba de hacerlo todo rápidamente. Corrí con el frasco entre las manos, que estaba medio lleno de esa sustancia grisácea, ¿de qué es la manteca?, le había preguntado, intrigado, a doña Julia el día que había liberado a mi madre del anillo, y ella me había dicho, mostrándome el mazacote que había dentro del frasco, que era grasa de ballena, y había agregado que la compraba en el puerto, a los arponeros de Mandinga que por la noche, después de haber cumplido con su faena en altamar, vendían sus productos en la playa y bebían ron y cantaban alrededor de una fogata. ¿Con este calor?, había preguntado yo, porque la información me parecía dudosa, digamos que demasiado colorida, y ella había respondido, casi ofendida por el tono de escepticismo que había detectado en mis palabras, que el fuego era para ahuyentar a los zancudos y a los chaquistes, y también para complacer a Mamadú, y en ese punto ya no pregunté nada porque sabía que cuando el santo Mamadú hacía su aparición doña Julia no toleraba dudas ni titubeos, ni mucho menos la mofa, porque en Mamadú se creía y si no el mismo Mamadú te castigaba. Llegué hasta donde estaba mi hermano pensando en Mamadú, y puede ser que hasta encomendándome a él para que me socorriera en ese desastroso imprevisto, que me ayudara a actuar rápidamente para que pudiéramos llegar a tiempo al circo. Si no escapábamos por el hueco, no había otra manera de salir de la plantación, porque si lo hacíamos por el vallado, caíamos a la manigua, a la selva espesa, donde no había veredas y para avanzar era necesario ir abriéndose paso con el machete, y entonces no teníamos ni la fuerza, pues éramos unos niños, ni el tiempo para ponernos a abrir camino a machetazo limpio en esa maraña verde e inexpugnable de la que podía surgir un perro, un tigrillo, un guerrillero de los de Lucio Cabañas, de manera que nuestra única opción era el portón y hasta ahí llegué con el frasco entre las manos. Comencé a untarle primero el cuello con esa manteca grisácea que olía a sebo, a desecho de criatura viva, a resto de animal. Mi hermano se quejaba del olor y yo le untaba, encomendado a Mamadú, el cuello y la nuca y después volví a colarme apretujándome por el hueco hacia el exterior para untarle detrás de la oreja y del otro lado de la barbilla. Pensando en la asombrosa facilidad con que doña Julia había quitado el anillo a mamá, comencé a empujar la cabeza de mi hermano hacia adentro de la plantación, en un sentido y en otro, pero en cuanto llegaba a la oreja o a la barbilla mi hermano se quejaba, me decía que le hacía daño, que quizá había que untar más manteca, poner un trozo gordo detrás de la oreja, por ejemplo. Cinco minutos más tarde, luego de una serie de bruscos forcejeos, concluimos que la asombrosa facilidad con que había salido el anillo de mamá era un asunto exclusivo de doña Julia. Empezaba a hacerse de noche pero el calor era todavía salvaje y la manteca, en mis intentonas por liberarle la cabeza, se le había esparcido por la cara y por una zona del pelo. Como llamados por una señal luminosa comenzaron a llegar mosquitos, mayates y marimbolas, a tratar de posarse en el festín de manteca que le cubría la cabeza. La función de circo debía estar empezando y yo pensaba, en lo que trataba de espantarle los insectos de la cara, en la burla que nos haría al día siguiente el pinche Chubeto, en las cosas que nos contaría del circo, de todos esos actos maravillosos que nos habíamos perdido y de la actuación de Rosarito, que no volvería a repetirse. No vamos a poder ir, le dije desolado a mi hermano y él me dijo que le limpiara la cara porque empezaba a picarle, así que volví a meterme a la plantación por el hueco y fui a buscar a la casa una toalla y un balde de agua para quitarle toda esa porquería. También fui corriendo al galerón donde el caporal guardaba las herramientas, para ver si encontraba la segueta con la que pretendía cortar el anillo de mamá, o una más grande para hacer una abertura en el portón. Mientras miraba las herramientas del caporal, tratando de encontrar una segueta, pensé que ya no me importaban ni el circo ni las burlas del pinche Chubeto, todo lo que quería era liberar a mi hermano de esa horrible posición, doblado como haciendo una reverencia a nadie, a la selva, al Circo Frank Brown, cuyas luces, como la tarde iba ya en picada, empezaban a relampaguear a lo lejos. Antes de que pudiera dar con la segueta del caporal, mientras murmuraba Mamadú, ayúdame, por favor, santo Mamadú, oí un grito de mi hermano, y después otro. Gritaba mi nombre con desesperación y pedía ayuda. Salí corriendo, arrepentido de haberlo dejado solo e indefenso, con el cuerpo atrapado y la cabeza a la intemperie, corría con dificultad porque ya estaba oscuro y no podía ver los agujeros que había en el sendero, ni las raíces, ni las ramas, ni la greñura que se desbordaba más allá de sus dominios e interrumpía todo el tiempo mi carrera. Cuando llegué al claro donde estaba la casa, vi a lo lejos el portón y a mi hermano, que seguía gritando amenazado por algo que desde ahí no alcanzaba a ver pero que lo hacía mover los brazos de una forma alarmante, al tiempo que gritaba mi nombre y pedía desesperadamente ayuda. Cuando estuve cerca de él vi una vaca que le lamía la cara, le pasaba su lengua enorme y rosácea por el cuello, la frente y las orejas, le barría de arriba abajo las facciones y le dejaba en el pelo espumarajos de baba blanca. Me escurrí hacia afuera por el hueco y cogí un palo que había ahí tirado y comencé a pegarle a la vaca, a gritarle furibundo que se largara y que dejara a mi hermano en paz, le pegaba y le gritaba con una rabia que todavía me escuece de manera muy vívida, y cada vez que le pegaba, cada vez que el palo golpeaba su cuerpo, sentía que vengaba a mi hermano, pero también que me quitaba de encima la frustración de no haber podido ir al circo y las burlas que nos haría al día siguiente el pinche Chubeto, golpeaba y golpeaba a la vaca con una rabia desproporcionada y el animal se quejaba, mugía, se alejaba de mí y yo seguía golpeándola con una saña incontrolable. Todavía hoy no puedo explicarme aquello, mi hermano me miraba atónito desde el hueco de la puerta, pero se perdía trozos de lo que yo hacía porque tenía la cabeza atrapada en una sola posición y yo iba neciamente detrás de la vaca, que se movía de un lado a otro tratando de escapar de mi violencia descontrolada, y mi hermano gritaba déjala ya, vas a hacerle daño, y yo efectivamente sentía que le hacía daño, que la lastimaba y además sabía que la vaca no tenía la culpa de lo que nos pasaba, y en eso mi hermano gritó voy a decírselo a papá y yo me detuve en seco, me quedé con el palo en la mano, suspendido a punto de asestarle otro golpe, y la vaca se fue, se escabulló entre la selva mugiendo de una forma lastimera y yo encaré a mi hermano, que me veía asustado desde el hueco, con la cabeza ladeada y la cara brillosa de grasa y de la saliva del animal que en el pelo se condensaba en tres o cuatro espumarajos blancos. Iba a decirle que todo aquello lo había hecho por él, la manteca y la paliza a la vaca, y que no entendía por qué quería acusarme con papá y él me miró con unos ojos donde había incomprensión pero, sobre todo, mucho miedo, un miedo que me hizo soltar el palo y mirarme las manos y luego las ropas cubiertas de sangre, ahí estaba yo mirando a mi hermano, y mirando el punto por donde había escapado la vaca, un punto entre la selva que se fue haciendo pequeño y oscuro, muy oscuro.

 

Jordi Soler
Escritor. Ha publicado La mujer que tenía los pies feos, Los rojos de ultramar, Diles que son cadáveres, La fiesta del oso y Ese príncipe que fui, entre otros libros.

 

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