Todo muy familiar,
el aire de otoño, claro y sobrio,
la casita, la puerta a medio abrir,
el salado sabor de nuestras manzanas,

pero un extraño rastrilla el jardín.
Dice que es ya el propietario legítimo,
y me dice que entre. El piso de ladrillos, la mancha
blanca donde estaba el reloj, ese rayo de luz,

mis pasos apretados, inciertos,
mis ojos que vieron, y nada vieron,
las tiernas voces de ustedes. Pero la esposa del jardinero
está ahí parada, a la espera.

“Qué nublado está aquí. Yo viví aquí también,
una vez, hace cien años.
Está igual, ese mismo olor
a ahumado en el jardín,

la pelambre del perro húmeda aún entre mis dedos…”
“No me digas”, responde el jardinero,
inclinando la cabeza, acercándose.
Luego sonríe y pregunta:

“¿Qué no eres tú la de esa pintura
en el desván? ¿Ésa, la de los rizos
tan largos y anticuados?
Pero tus ojos han cambiado

desde aquellos viejos días terribles
hace cien años,
cuando moriste, a solas aquí en la casa,
en la pobreza, sin trabajo o amigos”.

Fuente: Olga Carlisle, Poets on Street Corners. Portraits of Fifteen Russian Poets. Vintage Books, New York, 1970.


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