Cuando regresé junto a mi madre bronceado y viril, ella fue a buscarme a la estación y en el tranvía que nos llevaba de regreso a casa, le hice el relato de mis aventuras, con arrogancia y sin tomar en cuenta a los restantes pasajeros, que me miraban con asombro, como escandalizados. De pronto, me di cuenta de que mi madre lloraba. Por un instante no comprendí nada; después me di cuenta que le hice mi relato en el crudo lenguaje habitual entre los geólogos, que debía parecer atrozmente grosero a los oídos de los ciudadanos, acostumbrados a un ruso más literario.

Mi madre seguía llorando; le prometí no volver a emplear palabras gruesas. Y efectivamente, no las empleo nunca. Digamos: casi nunca.

Llegado a casa, descosí un bolsillo de mi pantalón, saqué el dinero que había ganado honestamente en Asia, y lo dejé sobre la mesa.

—¿Qué vas a hacer con todo ese dinero? —me preguntó mi madre, asombrada.

—Voy a comprarme una máquina de escribir —le dije—, y el resto será para ti.

A partir del día siguiente, me puse con fervor a escribir y a bombardear las redacciones con mis versos. Pero la máquina de escribir no basta para realizar un milagro. El que mis versos fueran escritos a mano o dactilografiados en nada cambiaba su destino: de cualquier modo no se publicaban.

Tuve otra pasión en la vida: el futbol. En la noche escribía versos; durante el día jugaba futbol en los patios o en los terrenos baldíos. Volvía a casa con los zapatos agujereados, los pantalones rotos y la rodillas sangrantes. Pero el ruido de las patadas contra el balón de cuero me parecía la más embriagadora de las músicas.

El placer de engañar adversarios por dribbles inesperados, antes de marcar un gol al lado de las manos impotentes del portero, era para mí un placer verdaderamente poético. Por extraño que pueda parecer, he creído siempre que el futbol tiene algo en común con la poesía.

El futbol me ha enseñado mucho en la vida. Me convertí en portero y aprendí que lo importante no es solamente saber atacar , sino también seguir con atención los más mínimos movimientos del adversario, saber frustrar sus mañas y adivinar sus intenciones. Todo eso me ayudó mucho, más tarde, en mi lucha literaria.

Se me predecía una brillante carrera de portero. Muchos de mis compañeros de juego de entonces se han convertido en estrellas profesionales. Cada vez que nos encontramos, me dicen que me envidian el ser poeta y yo les respondo que los envidio por ser futbolistas.

Porque me parece que las reglas del futbol son más simples que las de la literatura. Si alguien metió un gol, de ello existe una prueba inmediatamente verificable: el balón quedó en la red. El hecho, como se dice, no es discutible. (Sé que los árbitros niegan de vez en cuando un gol, pero se trata más bien de una excepción que de una regla.)

Si un poeta mete un gol, al contrario, lo único que oye es el ruido de miles de silbatazos, lanzados por los árbitros que se designaron por sí mismos, y que se apresuran a declarar que el gol no era limpio, que el balón pasó de lado, que la obra no merece ninguna recompensa. No es posible probar nada. Y lo que es peor: frecuentemente los tiros que no llegan de ningún modo a ser un gol son proclamados por los árbitros oficiales de la poesía como logradas obras maestras. Cada vez que veo tales injusticias literarias, lamento haber abandonado mi carrera de futbolista.

Sin embargo, estuve muy cerca del éxito en este campo. Un día, durante un encuentro entre dos equipos juniors, me mostré particularmente inspirado: como portero, salvé tres penaltis. Después del encuentro, el entrenador de un equipo me pidió que fuera a su casa, al día siguiente, para una prueba.

Todos mis compañeros de equipo me felicitaron con envidia.
Entre tanto, otro hecho determinó el camino que iba a seguir mi vida.

De tiempo atrás tenía intención de llevar versos al diario El Deporte Soviético, quizá la única publicación a la que no había sometido aún mis obras.

Apenas terminado el encuentro, aún vestido con mi camiseta azul y mi pantalón corto, llevé a la redacción un poema consagrado a las costumbres de los deportistas soviéticos y norteamericanos. Estaba escrito en un estilo “inspirado en Maiakovski”.

Las oficinas del Deporte Soviético constaban de una sola pieza, en la cual se distinguían, a través del humo del tabaco, algunas siluetas de hombres escribiendo a máquina o con la pluma estilográfica.

Pedí en voz alta hablar con el jefe de la sección poética. Una silueta me gritó desde el interior de una nube de humo: “esa sección no existe”.

Pero, instantáneamente, una mano salió de la nube para posarse sobre mi hombro y oí una voz amistosa que me decía:

—¿Poemas? Muéstramelos, por favor.

De inmediato tuve confianza en esta mano y esta voz y no me equivoqué.

Me encontré ante un hombre de unos treinta años, cabellos negros, con bellos ojos un poco orientales. Se llamaba Nikolai Alexándrovich Tarasov, y se ocupaba de cuatro secciones a la vez: información internacional, asuntos del partido, futbol y literatura.

Tarasov me hizo sentar, y rápidamente leyó mi poema. Reflexionó un instante y me preguntó.

—¿Tienes otros versos?

—Sí, contesté, pero no de deportes…

—Tanto mejor —dijo Tarasov sonriendo.

Tomó el cuaderno desgarrado en el que había copiado mis poemas y se puso a leerlos en voz alta, sin prestar ninguna atención al ruido de las máquinas de escribir; llamó a una mujer y sin preguntarme nada, le mostró un pasaje en el que comparaba los racimos de uvas con los balones de los niños.

Después comenzó a leer en voz alta, algunos periodistas, fotógrafos y dactilógrafas vinieron a reunirse alrededor de él. Escuchaban.

Tarasov les hizo una pregunta:

—Entonces, ¿qué piensan ustedes, será poeta?

—¡Sí, lo será! —respondieron los otros a coro.

Alguien me palmeó el hombro y repitió para mi uso personal: “¡Serás poeta!”. Tarasov estaba de acuerdo: “Pienso como ustedes”, dijo muy contento.

No he sabido, hasta hoy, cómo esos hombres habían adivinado en mí al poeta. Se aprovechaban probablemente del hecho de que la literatura no era su profesión y que su cabeza no estaba sobrecargada por obras de todas clases.

Cuando Tarasov estuvo nuevamente a solas conmigo, tomó mi poema Los dos deportes y me dijo:

—Es lo más malo de todos los que has escrito, pero es el que mejor pega para nosotros.

Después escribió en el margen esas dos palabras mágicas esperadas desde hacía largo tiempo: “Al linotipo”. Y mi poema voló no sé a donde.

[…]

***

Caminamos toda la noche. Al alba, Tarasov miró su reloj y me dijo gentilmente:

—Dentro de una hora el periódico saldrá con su poema. Sepa que a partir de ese momento ya no se pertenece solo a usted.

Pero no presté ninguna atención a esas palabras alarmantes. No esperaba sino el momento en que los kioscos de periódicos se abrieran, como los borrachos esperan la apertura de los bares.

A las siete de la mañana arranqué de manos de un vendedor el primer ejemplar de Deporte Soviético y pude ver, al fin, mi nombre impreso bajo un poema.

La tierra tembló bajo mis pies. Me sentí genial.

Compré cincuenta ejemplares en el kiosko, y blandiéndolos triunfalmente, me precipité a casa. Cuando le mostré mi obra, mamá no encontró más que este cumplido: “Mi pobre hijo, ahora estás perdido definitivamente…”.

¿Tuvo acaso razón?

Fuente: Evgeni Evtushenko, Autobiografía precoz. Traducción de Pedro Durán Gil. Ediciones Era, México, 1969.


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