1. De niño, al trepar una colina, vi a un hermoso pájaro que acababa de volar de su escondite debajo de una gran piedra saliente. Bendición del cielo. Allí hay un nido de crines y de finas pajas. Es el primero que yo encuentro, la primera de las alegrías que me dará el pájaro. Y en ese nido hay seis huevos, bonitamente agrupados uno al lado del otro; y esos huevos son de un azul magnífico, como empapados en un tinte de celeste azur. Consternado de dicha, me tiendo sobre el césped y contemplo.

Entretanto la madre, con un pequeño chasquido de garganta, tack, tack, vuela inquieta de una piedra a otra, no lejos del indiscreto. A mi edad se es sin piedad, todavía demasiado bárbaro para comprender las angustias maternas. Un proyecto me da vueltas por la cabeza, proyecto de bestezuela de presa. Volveré dentro de quince días para coger la nidada antes de que parta. Mientras tanto, tomaré uno de estos huevos azules, uno solo, testimonio triunfal de mi descubrimiento. Por temor de aplastarla, la frágil pieza es depositada sobre un poco de musgo en el hueco de la mano. Que me arroje la piedra quien en su infancia no haya conocido la embriaguez del primer nido hallado.

Mi delicada carga, que estropearía un paso en falso, me hace renunciar al resto de la subida. Otro día veré los árboles donde el sol sale. Desciendo ahora la pendiente. Abajo encuentro al señor vicario, paseando y leyendo su breviario. Me ve caminar gravemente como si fuera un portador de reliquias; percibe mi mano que disimula algo detrás de la espalda. “¿Qué tienes allí, pequeño?”, pregunta el abate. Lleno de confusión abro mi mano y muestro mi huevo en su lecho de musgo. “Ah, un huevo de Saxicola”, dice el vicario. “¿Dónde has cogido eso?”. “Allá, arriba, debajo de una piedra”. De pregunta en pregunta mi pecadillo es confesado. El azar me ha dado el encuentro con un nido que yo no buscaba. Había en él seis huevos. He tomado uno, aquí está, y espero que los otros se abran. Volveré por la nidada cuando los pequeños tengan en las alas los cañones de sus plumas mayores. “Mi pequeño amigo”, responde el abate, “tú no harás eso. No robarás a su madre su nidada; respetarás a la inocente familia; la dejarás que crezca y que vuelen del nido los pajarillos del buen Dios. Son la alegría de los campos y expurgan a la tierra de sus piojos. Si eres bueno, ya no tocarás más ese nido”. Lo prometo, y el abate sigue su paseo. Saxicola, había pronunciado el abate al ver mi hallazgo. ¡Toma!, me dije, los animales también tienen nombres, como nosotros. ¿Qué quiere decir la palabra Saxicola? Pasan los años y el latín me enseña que Saxicola significa habitante de las rocas. En efecto, mi pájaro, mientras yo estaba extasiado ante sus huevos, volaba de una a otra punta de las rocas; su casa, su nido, tenía por techo el reborde de una gran piedra.

2. Réamur ha consagrado una de sus memorias a la historia del Calicodomo de las murallas, al cual llama “Abeja albañil”. Calicodomo, es decir, casa de empedrado, de hormigón, de mortero; denominación que no puede ser más acertada, a pesar de su raro giro para quien no está al corriente de la médula del griego. Tal nombre se aplica, en efecto, a himenópteros que construyen sus células con materiales análogos a los que nosotros empleamos para nuestras moradas. La labor de estos insectos es trabajo de albañilería, de albañilería rústica más versada en el adobe que en la piedra sillar. Ajeno a las clasificaciones científicas, lo cual pone oscuridad en varias de sus memorias, Réamur bautizó al obrero según su obra, y llamó a nuestros constructores en adobe abejas albañiles: lo cual las pinta con una palabra.

 

Fuente: Manuel Martínez Báez, La vida maravillosa de los insectos contada por J. H. Fabre, El Colegio Nacional, México, 1982.