Cayó en mis manos un breve y curioso libro de Leszek Kolakowski, La clave celeste (Melusina [sic], España, 2006). El autor polaco recrea distintas leyendas bíblicas para extraer, de manera juguetona y aguda, diversas moralejas más bien desconcertantes o provocadoras.

Es bien conocida aquella “historia” en la cual Abraham tiene que sacrificar a su hijo por una orden de Dios. Dice L.K. que una aproximación “existencialista” pondría el acento en la pregunta: “¿Cómo puede Abraham estar seguro de que obedece a una orden divina y no a una tentación diabólica, un delirio o una locura?”. Lo que está en duda es la fuente de la orden misma. Puede, en efecto, provenir de Dios, pero puede no serlo, incluso quizá sea una especie de autoengaño, una sugestión, un dictado que nadie ha dictado. “¿De dónde sacar la certeza de que ha interpretado bien la orden?”. Y si entonces Abraham no puede tener la total seguridad ni del origen ni del sentido del mandato, la sola idea de que debe sacrificar a su hijo tiene que producirle miedo, escalofríos, dudas. Escribe Kolakowski: “Abraham aparece como la personificación del temor humano ante una situación que impone la necesidad de elegir entre grandes valores sin que haya razón objetiva alguna para hacerlo”.

Ilustración: Jonathan Rosas

Pero —dice el autor— que trascendiendo esa posible primera lectura o mejor dicho dejándola a un lado, él supondrá “que Abraham no podía dudar de la proveniencia divina de la orden, puesto que disponía de unos cuantos métodos infalibles para comunicarse con su Jefe…”. Y no sólo eso. Sino que también dará por sentado, sin someterlo a ningún cuestionamiento, que el Creador le había hecho una promesa clara e irrecusable: “a saber, que convertiría su estirpe en una gran nación colmada de bendiciones…”. Sólo una condición puso el Todopoderoso: “una obediencia total y absoluta a la autoridad”.

Habla ahora L.K.: “Abraham acusa el peso de la razón de Estado. El futuro de la nación y la grandeza del Estado dependen del cumplimiento riguroso de las órdenes divinas, ¡y de pronto va Dios y le reclama que sacrifique a su propio hijo! Abraham tenía el alma de un sargento y estaba acostumbrado a observar al pie de la letra las instrucciones que venían desde arriba. Sin embargo, no era insensible al sufrimiento de su familia. Al exigirle que inmolara a su hijo en ofrenda, Dios no vio ninguna razón para justificar esta orden. Los autócratas no suelen explicar sus motivos a sus subalternos…”.

El dilema que afronta Abraham es extremo, claro y contundente: ha recibido la orden de su “Superior” y éste no concede posibilidad alguna de desacato ni siquiera de deliberación. Cabe la eventualidad de desobedecer, pero entonces el pacto que propone Dios estallará por los cielos. Así, sumiso, obediente, resignado y confiado, Abraham se decide a cumplir con el dictado del Jefe.

Y todos —bueno, casi todos— conocemos el desenlace. Cuando Abraham iba a descargar la espada contra su hijo Isaac, Dios detuvo su mano, presuntamente satisfecho. “Sonrió con benevolencia y le dio a Abraham unas palmaditas en la espalda. “Te has portado bien… Ahora sé que no dudarás en sacrificar a tu hijo, si yo te lo mando”. Así, la historia termina en una especie de happy ending. Dios probó a su súbdito, éste intentó cumplir y padre e hijo vivieron felices. Dado que el resultado fue bueno, todo parece que también lo fue. Incluso es posible festejar el “incidente” dado que no hubo daños mayores: prueba superada.

Pero, dice Kolakowski, existe otra cara de la moneda. Isaac supo de lo que era capaz su padre. Por ganarse el aprecio de Dios estuvo dispuesto a matarlo. Por “sus esperanzas de construir un gran Estado en el futuro” actuó sin miramiento alguno incluso, contra su propio hijo. Cierto, no consumó el asesinato, pero ello no fue fruto de su decisión, sino de la intervención oportuna y en el límite del propio Dios. Es probable imaginar que a partir de entonces “Isaac se resentía de una ligera dolencia… al ver a su padre, temblaba y tenía náuseas”.

Escribo esto el primero de junio. Dentro de un mes exacto —cuando esta revista empiece a circular— sabremos quién y quiénes ganaron las elecciones. Deberán estar felices. Y no es para menos. Habrán superado una gran y tortuosa prueba. Porque cuando el desenlace es satisfactorio se olvida todo lo demás, lo que incluye lo que se estuvo dispuesto a hacer, lo que se hizo, el recorrido, las alianzas y las cesiones. Es el momento de pasar la página y celebrar. El éxito es el éxito y nada se le parece. No obstante, algunos como Isaac, quizá, no olvidarán lo que sus líderes estuvieron dispuestos a hacer con tal de llegar a la Tierra Prometida.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Cartas a una joven desencantada con la democracia.