Maruan Soto Antaki concluyó la trilogía Pensares (Taurus), conformada por Pensar Medio Oriente (2016), Pensar México (2017) y Pensar Occidente (2018). En la trilogía el autor exhorta al diálogo con un lector que participe de la necesidad de reflexionar acerca de lo que parece estar claro en el mundo y en realidad no lo está. En el tercer libro de esta serie, el escritor de origen sirio aborda Occidente desde el proceso con el que ha desarrollado sus prioridades políticas y filosóficas.

Alejandro García Abreu: Afirmas que Pensar Medio Oriente y Pensar México surgieron de las posibilidades de ver lo mediooriental desde el otro lado del Atlántico, y de distinguir lo mexicano desde los confines del Mediterráneo. Entre esos dos extremos encontraste lo que los une, que te llevó a la escritura de Pensar Occidente. ¿Cómo fue el desarrollo de la trilogía?

Maruan Soto Antaki: Sin ninguna intención de hacer una trilogía. Los textos que están en los tres libros son el trabajo de unos cuatro años y medio de ensayos en los que trataba de entender los lugares que habito. Quizá, si desde un principio me hubiera planteado encerrarme para desarrollar lo que al final es un solo tema, no estoy seguro de haberlo hecho. Un libro fue llevando al otro. De Pensar Medio Oriente surgió Pensar México, por los paralelismos y desencuentros ataviados de lugares comunes entre ambos territorios. Ninguno de los dos espacios, ni el mediooriental ni el mexicano, podía explicármelos sin detenerme a pensar en esa presencia absoluta que los enmarca. Occidente es la línea toral de muchas de las virtudes, tragedias, conflictos, diatribas y, sobre todo, de las dudas con las que nos enfrentamos al desarrollo de nuestros modelos de convivencia y gobierno. Es decir, de sociedades. Ahí entró la necesidad de escribir sobre Occidente, porque más allá de la noción de un Occidente ligado al colonialismo o al intervencionismo, a un esquema de capitales y mercados, hay un Occidente mucho más profundo que a menudo damos por hecho hasta olvidar su significado. Cuando hablamos de libertades como se conciben en gran parte del mundo, al hacerlo sobre derechos humanos —cosa que en este país y en Medio Oriente son sujeto de una crisis aterradora—, cuando planteamos una sociedad de igualdad entre géneros y grupos, ya sean étnicos, culturales, etcétera, nos estamos refiriendo a las aspiraciones de un modelo occidental que se ha modificado en el tiempo. Derechos humanos, libertad, democracia, república, son inventos occidentales y forman un muy particular proyecto civilizatorio que ha transitado por los abusos, pero también por las bondades. ¿Qué pasa si revisamos la paradoja en que se sitúa la dualidad de un Occidente, que es ideología, territorio, identidad, arte, economía y filosofía en simultáneo? Nos daremos cuenta de que el modelo occidental está en crisis. Pensar Occidente, como en los otros libros de la trilogía —caray, qué espantosa moda de usar esa palabra en la industria editorial—, es mi intento por entender qué hemos hecho para llegar a donde estamos, para bien y para mal.

AGA: Tras el análisis de los conflictos y la violencia que siguieron en muchos países árabes tras las Primaveras, especialmente en Siria, y después de la disección de la realidad y el porvenir mexicanos, te diste cuenta de que estabas transitando por una línea toral indiscutiblemente occidental. ¿Cuáles son las coincidencias occidentales que comunican los tres libros?

MSA: Las Primaveras sólo tuvieron de árabes su localidad. Fueron un fenómeno de exigencia y protesta occidental, en un entorno mediooriental. Ésa fue la primera falla estratégica. Sus demandas obedecían a una idea tergiversada de ciertos elementos occidentales. En sus diferentes desenlaces, en especial, como dices, el de Siria, convergen los vicios occidentales. La fractura de un modelo de injerencia que ya no sabe actuar en el mundo. Por otro lado, el permanente malentendido de la política y la democracia mexicana descansa en el diálogo que Occidente tiene consigo mismo, del que se ha construido y en el que se refleja profundamente nuestro proceso electoral y cómo nos relacionaremos con su resultado. ¿Cómo iba a acercarme a esos aspectos occidentales que detonan la disfuncionalidad de mis territorios? En un ir y venir a través de una historia breve de unos, por lo menos, 2,500 años.

AGA: En los Pensares apostaste por el lenguaje como hilo conductor. Las palabras y sus construcciones te permiten asomarte a las complejidades de los escenarios: “Es imposible concebir a Occidente sin el lenguaje, porque es, sobre todo, una construcción lingüística”.

MSA: Nos hemos acostumbrado a esas acepciones de las que te hablaba. A entender qué es Occidente, desde lo económico o lo político. Desgraciadamente cada vez menos desde lo filosófico. En esa retórica especializada, surge la desposesión de significados y el vacío de una interpretación que tiende a querer demostrar una razón, en lugar de dar las herramientas para explorarla minuciosamente y debatirla. Los tres Pensares parten de ahí. Su apuesta ha sido intentar compartir los que, desde mi subjetividad presta a errores, sin duda, son los elementos con los que podemos discutir, en este caso, la democracia y la política en la era del nativismo, de Trump, del BREXIT y de la lucha por un nuevo reacomodo geopolítico y cultural, de la libertad frente a la tecnología, de la construcción del discurso como instrumento para definir nuestra realidad y futuros. El lenguaje contiene una dualidad intrínseca, es su condición de mutabilidad e inmutabilidad. Es inmutable para saber que nos referimos a la misma cosa. Es mutable porque conforme pasa el tiempo se amplían y reinterpretan las palabras. Decir Occidente no es mismo hoy que después de la Segunda Guerra, o que en pleno Renacimiento, en la edad cristiana, o con los griegos y los romanos. Occidente es todos ellos en una metamorfosis constante en la que, si generalizamos, no podremos entender una sola de nuestras afecciones ni la solución a sus problemas.

AGA: Concluyes: “En medio y a causa de las luchas de Occidente, es difícil enumerar la cantidad de desgracias y tragedias cometidas en su nombre. Sin relativizar, poniendo sobre la balanza las posibilidades que ha planteado la evolución de 2,500 años de historia, gracias a su falta de una geografía específica, Occidente es el proyecto civilizatorio más ambicioso de nuestra especie”. ¿Percibes un fracaso en esa área?

MSA: Absolutamente todas las ambiciones y proyectos occidentales contienen un gigantesco fracaso que convive, en dualidad, a lo largo de la historia, con algunas virtudes que dejan aspectos positivos y nada desdeñables. Esa condición dual, no bipolar, como recuerdo mencionamos al referirnos a México el año pasado, es el principal rasgo de Occidente. Aquí siempre insisto en el cuidado que se debe tener al usar el término “civilizatorio”. En el Occidente contemporáneo, se trata del desarrollo de las vías políticas para resolver a través de ellas los conflictos, sin hacer uso de las vías armadas. Es evidente que en lo inmediato hay un fracaso excelso, pero en realidad no lo es tanto. El final del siglo XX y lo que llevamos del XXI son ejemplo de barbarie. Sólo que si uno hace un recuento de la historia, no exclusivamente la occidental —a pesar de que su amplitud la coloca fuera de una geografía exacta—, tendremos que reconocer que hay menos guerras que siglos atrás. Te lo digo en plena conciencia de las páginas que llevo metiendo en esta revista desde hace no sé cuántos años acerca de los conflictos de Medio Oriente. Con ellos presentes en mi vida y con su peso de loza, sí es un mundo menos violento. ¿Por qué ese proyecto civilizatorio está en riesgo y debe preocuparnos? Veamos los efectos de la política de Tolerancia Cero en Estados Unidos y su salida del Consejo de Derechos Humanos para la ONU. Ojalá tenga esa discusión con el lector del libro.

AGA: “Laicismo y liberalismo se han engendrado mutuamente. Sitúan al individuo por encima de Dios, otorgándole autonomía y libertad de pensamiento, religioso o político. Establecen una ruta de valores compartidos que permiten convivir a las diferencias”, escribiste en “La virtud del que no cree”. ¿De qué manera distingues el laicismo frente al cristianismo?

MSA: Occidente es imposible de comprender sin su vocación religiosa y sin su animadversión a lo religioso. El laicismo es el elemento idiosincrático del espíritu occidental. El aspecto religioso de Occidente se construyó a través de la adecuación de distintas identidades y creencias, como sucedió en otras latitudes, pero el laicismo se planteó frente al cristianismo, y en un inicio sólo frente a él. Nuestra concepción de la universidad —del lugar donde se estudia— tiene un principio religioso. Su universalidad tiene uno laico. Entre los dos fenómenos se encuentra el diálogo permanente de lo occidental, el valor del individuo capaz de formar su destino sin injerencia de Dios o divinidad. Entonces sin una entidad superior —ya sea política, democrática o autocrática— que puede surgir desde las trampas de la misma democracia. Desde lo más occidental. Es decir, el individuo en libertad es otra dualidad y contradicción en la vida de Occidente.

AGA: En el epílogo expones: “El pesimista duda de la posibilidad de esperanza, pero en la duda mantiene su posibilidad. El optimista ni siquiera la contempla porque se siente bien con su realidad. Esta realidad cruzada es la que mi generación y las siguientes debemos repensar”. ¿En qué fenómenos piensas?

MSA: No se puede disociar Occidente de fenómenos como la migración involuntaria a gran escala, distintas crisis sanitarias y alimentarias, inestabilidad social, Estados fallidos, políticas internacionales fallidas, fallas institucionales, consecuencias negativas del uso de la tecnología. Del terrorismo o la injerencia extranjera, de la responsabilidad de reconstrucción de países afectados. De colapsos políticos o conflictos entre Estados, del uso de armas de destrucción masiva, comercio ilegal, comercio de personas, crisis de derechos humanos. Un malentendido de Occidente, dentro y fuera de él, lleva todo lo anterior a un modelo geométrico de dispares ideológicos, económicos o beligerantes. El leitmotiv del debate nacional en los últimos meses, entre populismo y liberalismo, no es una originalidad mexicana, sino una discusión en la raíz de lo occidental. Incluso la preocupación por el medio ambiente, que trato de explicar por qué debería situarse en nuestras primeras angustias, se ha permeado por esa estructura de dos polos cuando parecía que Occidente había encontrado una nueva ideología desideologizada. Pensar estos pendientes, que contienen una inmensa carga occidental, es antipático y obliga a sacarlas del sobreentendido, del lugar cómodo, de las ganas de caer bien. Si quisiera caer bien, no me habría acercado a la literatura. Desde ella espero compartir las dudas de un modelo que embiste con sus fracasos y virtudes.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.