No miento al decir que Netflix, en mi caso, ha sido una herramienta eficaz para poner cierto orden en mis trastabillantes y dislocadas ideas. El streaming y la práctica del binge-watching (Luis Javier Plata Rosas ha escrito un claro artículo al respecto en el número anterior de nexos) no se han sumado a ninguna de mis queridas adicciones, ni tampoco me han empujado a abandonar la lectura de libros, revistas y periódicos. Al contrario, le han otorgado la gravedad debida a las obras de ficción y al montón de ensayos que aguardan en mi librero o a un lado de mi cama. Quiero decir que la gran diferencia que existe entre mirar desbocadamente series o historias en internet y leer novelas o libros de crítica y teoría se ha tornado, para mí, cada vez más evidente y palpable. Ya no confundo los patos con los faisanes. Ni tampoco confundo la risa franca con la sonrisa del hipócrita. No obstante esta declaración, debo confesar que es muy probable que yo no represente un buen ejemplo del espectador de series o historias por internet. Acudo a Netflix cuando estoy crudo o cansado, pero no sé poner la debida atención a las series, olvido los nombres de los personajes y la mayor parte de las veces descubro que uno o dos capítulos enteros han pasado inadvertidos para mí. Si bien existe un puñado de series que me han dominado y amansado —por fortuna— y de cuya trama no deseo perderme ningún detalle, la mayoría poseen estructuras predecibles, inocentes y carentes de poder inventivo. De manera que no es necesario otorgarles demasiada atención. A veces me entretengo haciendo apuestas conmigo mismo y me reto: “¿Cuánto tardará en aparecer la joven rubia misteriosa?”. “¿En qué momento el personaje insignificante tomará el escenario para contarnos su gran tragedia?”. “¿Dentro de cuántos capítulos los detectives encontrarán la prueba del asesinato que obligará a la serie a extenderse una vez más?”. No hay casi nada nuevo bajo el sol; más bien a lo que uno recurre con el propósito de evitar el desasosiego es a la repetición de emociones y a la maniática cita con lo mismo. El miedo a cambiar (es decir, a morir) se oculta detrás de esta incesante repetición de motivos. Ahora bien, el hecho de hacer acompañar la atención telemática de una distracción metódica o de una displicencia extrema a la hora de ver series de internet me ayuda a concentrarme en mis preocupaciones literarias y en la especulación de ciertos temas. En cualquier momento me levanto de la cama o del sillón y me pongo a escribir o a revolotear en mi librero. Horas después recuerdo que estaba yo mirando tal serie en la pantalla y regreso sólo para hacer lo mismo y largarme de nuevo algunos minutos u horas más tarde. Me revelo como un fraude o fracaso absoluto para seguir las líneas del drama o el misterio en la mayoría de historias que se expanden como metástasis en la oferta de Netflix y similares.

Ilustración: Raquel Moreno

Hace ya casi dos décadas Samuel Arriarán y Mauricio Beuchot (Filosofía, neobarroco y multiculturalismo) relacionaron la erosión del humanismo y el agrietamiento de los fundamentos éticos en las sociedades posmodernas con la tendencia histórica del periodo barroco y su ruptura con el ideal renacentista: “Hay en el barroco una desesperanza que preludia la desesperación del romanticismo o el desencanto nihilista de esta nuestra época posmoderna”. Y también: “Es la crisis del hombre universal, caído ahora como hombre fragmentario”. Es verdad que ese hombre fragmentario, inconcluso y complejo prefiere el horizonte visual churrigueresco que le ofrece la pantalla, al mundo literario que exige su participación y que requiere de la gravedad propia y singular de su imaginación. Sin embargo, ni la literatura ni la imaginación se agotan en los libros, ni tampoco el ser fragmentario es una calamidad. Baste decir que cualquier desertor del absoluto, cualquier persona inmune a los totalitarismos de cualquier clase es bienvenida a la hora de oponerse al dogma y al terror. (Fue nada menos que a Thomas Carlyle a quien le leí esta odiosa sentencia: “El hombre no puede saber, si no adora de algún modo”.) Concluyo, dado el hombre fragmentario que soy, lo siguiente: el streaming y el binge-watching no son nocivos siempre y cuando no nos devoren tal como acontecía en aquella vieja cinta popular: Poltergeist (1982); ni transformen a las personas en menesterosas intelectuales, o moscas atrapadas en la telaraña. Y ello pese a que, como forma de suicidio, semejante glotonería no suene nada, nada mal.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.