La confidencialidad es uno de los principios rectores de la ética médica. Los médicos escuchamos múltiples historias, entre ellas, algunas que comprometen o responsabilizan a terceros. La escucha en la “buena medicina” es fundamental. Muchos problemas se resuelven por las sugerencias del galeno después de escuchar. De ahí la necesidad de la confianza por parte del enfermo y la certeza acerca de la confidencialidad del médico como sine qua non de la relación médico-paciente. El galeno tiene acceso a muchos datos corporales y anímicos. Mantener la privacidad es imperativo. Es imperativo pero cada vez es más complejo.

En 1949 George Orwell, en su novela 1984, lo advirtió: el ser humano estará cada vez más vigilado. Sus advertencias han pasado desapercibidas. Tus datos son tóxicos reza el título de un dossier recientemente publicado en la sección Ideas del periódico El País (abril 8, 2018). Copio: “El rastro que un usuario deja a su paso por Internet y la información privada que va cediendo, a menudo sin ser consciente de ello se van acumulando hasta convertirse en un codiciado botín… Cuanta más información se tiene de nosotros, más vulnerables somos, y el problema no es sólo individual, sino que tiene una clara dimensión social y política…”.

Ilustración: Kathia Recio

En el ámbito médico los peligros son similares. La privacidad se encuentra amenazada. Sobresalen los seguros médicos y los empleadores, cuyo leitmotiv siempre es pagar menos; infringir el pacto de confidencialidad entre galeno y enfermo es una de sus herramientas. Los seguros, o buscan pagar menos o no pagar o incrementar los costos de éste. Los empleadores requieren pretextos para despedir a sus empleados antes de tiempo, o bien, urden motivos para no hacerse cargo del seguro médico del trabajador. En la era ciber los seguros médicos y los empleadores son peccata minuta frente a la ciberinseguridad. El reciente escándalo y sus consecuencias debido a la utilización fraudulenta de los datos personales de 87 millones de usuarios de Facebook por la compañía británica Cambridge Analytica en beneficio de la campaña electoral de Trump y a favor del Brexit, podría tener consecuencias negativas, quizás catastróficas, para algunos enfermos, si se revelase su perfil de salud. Al lado de Cambridge Analytica militan otras compañías, como CubeYou, firma estadunidense que también ha utilizado con fines comerciales los datos de usuarios de Facebook.

Las ideas previas cobran importancia en el ámbito de la salud. En los expedientes hospitalarios se anotan infinidad de situaciones, algunas “muy” personales, las cuales, en caso de ser mal utilizadas o robadas, perjudicarían al enfermo. Los expedientes electrónicos incluyen el nombre del paciente, la fecha de nacimiento, los diagnósticos, los números de las pólizas de los seguros y los datos sobre facturación. Los elementos anteriores pueden mal usarse para varios propósitos; sobresalen intimidar al enfermo e invitarlo a comprar nuevas pólizas de seguro médico o de vida, crear documentos de identidad falsos, comprar medicamentos o equipo médico y venderlos en el mercado negro, inventar enfermedades y, por medio de un falso proveedor, cobrar a las compañías aseguradoras.

Los expedientes clínicos son valiosos. De acuerdo al Federal Bureau of Investigation, en Estados Unidos, los números de seguridad social son más valiosos que los de una tarjeta de crédito; de hecho, cada expediente electrónico se vende en el mercado negro por 50 dólares, mientras que por el número de una tarjeta de crédito se paga un dólar. Los precios de los expedientes electrónicos explican las razones por las cuales en algunas naciones han aumentado los ciberataques a las instituciones de salud. En Estados Unidos los sistemas de salud son quienes más ataques reciben. Los gastos fraudulentos de tarjetas de crédito suelen resolverse; en cambio, la falsificación de la identidad médica tarda en corregirse.

En la era de la hiperinformación los enfermos son hiperlábiles. En México, no cuento con datos, pero supongo que ni los hospitales públicos ni los privados cuentan con protección adecuada “antihackers”. Mantener la confidencialidad y proteger a los enfermos es obligación médica. Ya lo dijo Hipócrates hace 25 siglos, “Todo lo que vea y oiga en el ejercicio de mi profesión, y todo lo que supiere acerca de la vida de alguien, si es cosa que no deba ser divulgada, lo callaré y lo guardaré con secreto inviolable”. Lo que ve y escucha el médico es información invaluable.

Preservar el secreto en la —¿buena, mala?— “era Zuckerberg” es obligación médica. Bien lo enfatizó la revista The Lancet en un reciente editorial, “así como Ignaz Semmelweis mostró el beneficio para los enfermos cuando los médicos se lavaban las manos, la ciberhigiene debe ser fundamental en la práctica clínica”. Semmelweis (1818-1865) fue un médico húngaro. Él demostró que si los galenos se lavaban las manos antes de explorar a las madres embarazadas la mortalidad materno infantil disminuía drásticamente. Algo similar debemos hacer los médicos en 2018: maniatar a los Zuckerbergs y presionar a los hospitales para impedir que los expedientes sean hackeados. Antes y después de todo, hospitales y médicos vivimos de los enfermos.

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. Es autor de Dolor de uno, dolor de todos y de Recordar a los difuntos, entre otros libros.