Hace veinte años (el autor escribe en 1984), se desarrolló la siguiente escena en uno de los numerosos patios carcelarios del norte de Rusia. A las siete de la mañana, se abrió de par en par la puerta de una celda y en su umbral se plantó uno de los guardianes de la prisión, que se dirigió a los presos con estas palabras: “¡Ciudadanos! El colectivo de los guardianes de esta prisión desafía a ustedes, los reclusos, a una competencia socialista para astillar la leña acumulada en nuestro patio”. En esos lugares no hay calefacción central y la policía local, por así decirlo, aplica a todas las empresas madereras cercanas un impuesto equivalente a una décima parte de su producción. En la época que describo, el patio de la cárcel parecía en realidad un almacén de leña, pues las pilas de madera llegaban a una altura de unos o tres pisos, empequeñeciendo el cuadrilátero de una sola planta de la prisión propiamente dicha.  La necesidad de convertir aquella madera en astilla era evidente, aunque antes ya se habían dado competencias socialistas de esta índole.

—Y si me niego a tomar parte en ella?— inquirió uno de los huéspedes.

—Pues bien, en este caso no habrá comida para ti— contestó el guardián.

Se proporcionaron hachas a los reclusos y comenzó la operación. Tanto presos como guardianes trabajaron de firme y al mediodía todos ellos, sobre todo los siempre desnutridos reclusos, estaban exhaustos. Se anunció un descanso y todos se sentaron para comer, excepto el individuo que había hecho aquella pregunta, que siguió manejando su hacha. Presos y guardianes intercambiaron bromas a su costa, con referencias a que generalmente se consideraba a los judíos como gente lista, en tanto que aquel hombre… y así sucesivamente. Luego del descanso reanudaron la tarea, aunque con un ritmo más pausado. A las cuatro, los guardianes lo dejaron, puesto que para ellos había llegado el final de su turno, y algo más tarde pararon también los reclusos. El hacha de aquel hombre siguió funcionando. Varias veces se le pidió que parase, desde ambos bandos, pero él no hizo caso. Parecía como si hubiera adquirido un cierto ritmo que no estuviera dispuesto a quebrar. ¿O era, acaso, un ritmo que se había apoderado de él?

A los demás les hacía el efecto de ser un autómata. A las cinco, a las seis, el hacha seguía subiendo y bajando. Guardianes y presos a la vez lo miraban ahora con fijeza y la expresión burlona de sus caras se trocó gradualmente, primero en una de asombro y después en otra de terror. A las siete y media, el hombre dejó de trabajar, se dirigió tambaléandose a su celda y se quedó dormido. Durante el resto de su estancia en aquella prisión, no volvió a convocarse ninguna otra competencia socialista entre guardianes y presos, a pesar de que la madera siguió acumulándose.

Supongo que aquel individuo pudo hacer esto —doce horas seguidas cortando leña— porque en aquel entonces era bastante joven. De hecho, tenía entonces veinticuatro años. No obstante, yo creo que pudo haber otra razón para explicar su conducta aquel día. Es muy posible que el joven —precisamente porque era joven— recordara el texto del Sermón de la Montaña mejor que Tolstoi o que Gandhi. Puesto que el Hijo del Hombre tenía la costumbre de hablar por tríadas, puede que el joven se acordase de que el versículo relevante no se detiene en

pero si alguno te abofetea en la mejilla derecha
dale también la otra

sino que continúa sin punto ni coma:

Y si un hombre quiere litigar contigo para quitarte la túnica,
déjale también tu manto.
Y si alguno te requisara para caminar una milla,
vete con él dos.

Citados en su totalidad, estos versículos tienen en realidad muy poco que ver con la resistencia no violenta o pasiva, con los principios de no responder del mismo modo y devolver bien por mal. El significado de estas líneas lo es todo menos pasivo, pues sugiere que el mal puede llegar a ser absurdo a través del exceso; sugiere reducir el mal al absurdo empequeñeciendo sus exigencias con el volumen de nuestra obediencia, que devalúa el daño. Esto coloca a la víctima en una posición muy activa, en la posición de un agresor mental. La victoria que aquí es posible no es una victoria moral, sino existencial. Aquí, la otra mejilla no activa el sentimiento de culpabilidad del enemigo (que él es perfectamente capaz de reprimir), sino que expone sus sentidos y facultades a la insensatez de toda la empresa, tal como lo hace toda forma de producción masiva.

Permítaseme recordar que aquí no estamos hablando de una situación que implique una pelea limpia. Estamos hablando de situaciones en las que uno se encuentra en una situación desesperadamente inferior desde un buen principio, donde uno no tiene posibilidad de repeler la agresión y en la que las probabilidades gravitan abrumadoramente contra él. En otras palabras, estamos hablando de las horas más negras en la vida, cuando el sentido de la superioridad moral sobre el enemigo no aporta el menor alivio, cuando este enemigo ha llegado ya demasiado lejos como para avergonzarse o sentir nostalgia respecto a unos escrúpulos ya abandonados, cuando uno tiene a su disposición tan sólo una cara, una túnica, un manto y un par de pies todavía capaces de caminar una o dos millas.

En esta situación, queda muy poco espacio para la maniobra táctica. Por lo tanto, dar la otra mejilla debe ser una decisión propia, consciente, fría y deliberada. Sus posibilidades de victoria, por tenues que puedan ser, dependen todas ellas de si ustedes saben o no lo que están haciendo. Al ofrecer la cara, con la mejilla vuelta hacia el enemigo,uno debería saber que esto es tan sólo el comienzo de su ordalía así como del versículo; y uno debería ser capaz de verse a sí mismo a través de toda la secuencia, a través de los tres versículos del Sermón de la Montaña. De lo contrario, una línea fuera del contexto puede dejarlos baldados.

Basar la ética en un versículo citado con deficiencia es invitar al desastre, o bien acabar por convertirse en un burgués mental que disfruta de la última comodidad: la de sus convicciones. En cualquiera de estos dos casos (entre los cuales el último, con su afiliación a movimiento bien intencionados y organizaciones no lucrativas, es el menos apetecible) el resultado es ceder terreno al Mal, demorar el conocimiento de sus debilidades. Pues el Mal, si me permiten que se los recuerde, sólo es humano.

La ética basada en ese versículo citadon con deficiencia nada ha cambiado en la India posterior a Gandhi, excepto el color de su administración. Desde el punto de vista del hambriento, sin embargo, poco importa quién le haga pasar hambre. Supongo que incluso puede preferir que sea un blanco el responsable de su lamentable estado, aunque sólo sea porque con eso el mal social puede parecer procedente de otra parte y acaso resulte menos eficiente que el sufrimiento a manos de los de su propia especie. Con un extranjero en el poder, siempre queda lugar para la esperanza, para la fantasía.

De modo similar, en la Rusia posterior a Tolstoi, la ética basada en este versículo mal citado socavó gran parte de la resolución nacional en cuanto a enfrentarse al Estado policía. Lo que siguió es harto conocido: seis décadas de ofrecer la otra mejilla transformaron la faz de la nación en un gran hematoma, de modo que hoy el Estado, hastiado de su violencia, se limita a escupir sobre esta cara. Así como en la cara del mundo. En otras palabras, si ustedes quieren secularizar el cristianismo, si quieren traducir las enseñanzas de Cristo en términos políticos, necesitan algo más que el moderno galimatías político: necesitan tener el original; al menos, en su mente, si no ha encontrado lugar en su corazón. Puesto que Él no era tanto un hombre bueno como un espíritu divino, es fatal porfiar en Su bondad a expensas de Su metafísica.

Debo admitir que me siento un tanto inquieto al hablar de estas cosas, puesto que, después de todo, ofrecer o no ofrecer esa otra mejilla es un asunto extremadamente íntimo. El encuentro siempre se produce bajo la base del uno a uno. Siempre se trata de nuestra piel, de nuestra túnica y nuestra capa, y son nuestras piernas las que tendrán que efectuar la caminata. Aconsejar a otro —y no digamos apremiarlo— sobre el uso de estas propiedades es, si no totalmente erróneo, indecente. Todo lo que yo aspiro a hacer aquí es a borrar de sus mentes un cliché que ha perjudicado a tantos y que ha rendido tan poco. También me gustaría instilar en ustedes la idea de que, mientras tengan su piel, su túnica, su capa y sus piernas, todavía no están vencidos, cualesquiera que sean las probabilidades en contra.

Sin embargo, hay una razón máz poderosa para que uno se sienta inquieto al comentar estas cuestiones en público, y no se trata tan sólo de su lógica desgana en cuanto a considerar sus jóvenes personalidades como víctimas potenciales. No, se trata más bien de mera sobriedad, que le mueve a uno a prever entre ustedes potenciales villanos, y es mala estrategia divulgar los secretos de la resistencia frente a un enemigo potencial. Lo que tal vez descargue a uno de la acusación de traición o, lo que es todavía peor, de proyectar el status quo táctico en el futuro, es la esperanza de que la víctima siempre será más inventiva, más original en su pensamiento, más emprendedora que el villano. De ahí la posibilidad de que la víctima consiga triunfar. (Parte de la conferencia pronunciada ante los graduados del Williams College, Estados Unidos, en 1984.)

 

Fuente: Joseph Brodsky, La canción del péndulo. Traducción de Esteban Riambau Saurí. Ediciones Versal, Barcelona, 1988.


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