Compadezco a las abejas. Han sido martirizadas por los ejércitos contendientes. Ya no hay abejas en el Volin.

Nosotros hemos profanado sus colmenas. Las fumigamos con azufre, las destruimo con pólvora. Los trapos chamuscados van a exhalar su hedor en las sagradas repúblicas de las abejas. Moribundas, vuelan con lentitud y zumban casi imperceptiblemente. Faltos de pan, nos procuramos miel con el sable. En el Volin ya no hay abejas.

La crónica de estas fechorías habituales me oprime incansablemente, como una afección cardiaca. Ayer fue el día del primer combate junto a Brodi. Perdidos en aquella tierra azul, ni yo ni mi amigo Afonka Vida lo sospechamos. Los caballos habían recibido su pienso por la mañana. El centeno era alto, el sol maravilloso, y el alma no merecía aquellos cielos resplandecientes y en vuelo, el alma tenía sed de lentos dolores.

—Las mujeres de las aldeas cuentan de las abejas y de su cordialidad —empezó mi amigo, el jefe del pelotón—, y cuentan toda clase de cosas. Que los hombres afrentaran a Cristo o que tal afrenta no haya existido, eso es cosa que se llegará a saber en el curso de los tiempos. Mas he aquí —cuentan las mujeres de las aldeas— que Cristo sufrió en la cruz. Y toda clase de moscas se acercaban a Cristo para atormentarlo. Él les dirigía una mirada y se descorazonaba. Pero lo único que no veían sus ojos era aquella infinidad de insectos. Y también volaba alrededor de Cristo una abeja. “Pícalo —gritó un mosquito a la abeja—. Pícalo bajo nuestra responsabilidad”. “No sabría —respondió la abeja levantando las alas sobre Cristo—, no sabría: Es del gremio de los carpinteros”. Hay que comprender a las abejas —concluyó Afonka, mi jefe del pelotón—. Quizá las abejas sobrevivan. A lo mejor estamos luchando también por ellas.

Y con gesto de abandono, Afonka entonó una canción. Era la canción del potro overo. Los ocho cosacos —el pelotón de Afonka— iniciaron el acompañamiento.

—Un potro overo, llamado Dzhiguit, pertenecía a un capitán que se embriagó con vodka el día de la Decapitación de Juan. —Así cantaba Afonka tensando la voz como una cuerda y haciéndola languidecer después—. Dzhiguit era un caballo fiel, y el capitán, los días festivos, no conocía límites a sus deseos. Tenía cinco chtof1 para el día de la Decapitación de Juan. Después de la cuarta botella, el capitán montó a caballo y dirigió al animal hacia el cielo. La ascención fue larga, pero Dzhiguit era un caballo fiel. Llegaron al cielo y el capitán fue a echar mano de la quinta botella. Sin embargo, esta última botella se había quedado en tierra. Entonces, el capitán se echó a llorar ante la inutilidad de sus esfuerzos. El hombre lloraba, y Dzhiguit movía las orejas con el ojo puesto en el amo.

Así cantaba Afonka, ora sonoramente, ora languideciendo. La canción flotaba como el humo. Avanzábamos al encuentro del crepúsculo. Sus hirvientes ríos discurrían por los bordados lienzos de los llanos campestres. La calma tomaba tintes rosados. La tierra se extendía cual lomo de gato, cubierta con las centelleantes pieles de los trigales. Al pie de la montaña se agazapaba Klekótov, una aldehuela de arcilla. Al otro lado del puerto nos aguardaba el panorama de un Brodi almenado y muerto. Pero en Klekótov, frente a nosotros, restalló sonoramente un tiro. Por entre las casas asomaron dos soldados polacos. Sus caballos estaban atados a unos postes. Una batería enemiga se aproximó con diligencia al pie de la montaña. Las balas se extendieron como hilos por la carretera.

—A escape —ordenó Afonka.

Y corrimos.

Oh, Brodi. Las momias de tus pasiones aplastadas me arrojaban el hálito de un veneno imposible de contrarrestar. Sentía ya el frío mortal de aquellos ojos llenos de lágrimas heladas. Pero ya el zarandeante galope me aleja de las agrietadas piedras de tus sinagogas.

 

Fuente: Isaac Babel, Caballería roja. Traducción de José Laín Entralgo. Editorial Bruguera, Barcelona, 1982.


1 Medida de capacidad equivalente a 1.54 litros. Botella de la mencionada capacidad. (N. del T.)


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