Era una mañana temprano, en que el cielo azul resplandecía, lavado por la humedad y el fresco de la breve noche de verano. Una nubecita se movía lentamente y su sombra redonda caía sobre la refulgente agua del estanque, pesada como el mercurio.

Por el estanque nadaba un cisne negro.

Allí había aves de muchas clases, desde el flamenco de rojas alas y largas patas, que le daban un aspecto decadente, hasta los vulgares patos domésticos. Todas ellas se ocupaban de sus asuntos o, simplemente, permanecían agrupadas en la isleta. Tan sólo el cisne negro se movía incansable por el agua; su orgullosa cabeza, con el pico rojo como una brasa y fina como la de la serpiente, aparecía ya en un extremo ya en el otro del estanque.

En la pequeña isleta, no lejos de la orilla, graves y pensativos, estaban los pelícanos. Permanecían contemplando durante largo rato el agua y luego, sin prisa, descendían al líquido y nadaban sin perder la formación. De cuando en cuando, como a la voz de una orden, bajaban las cabezas, abriendo sus enormes picos. Los pececitos distraídos iban a parar derechos a los picos; los pelícanos movían la cabeza como si hiciesen una reverencia y seguían adelante.

En aquella hora temprana no había nadie en el parque zoológico y llegué a pensar, no sin cierta turbación, que los visitantes no le servían de adorno.

Los animales se sentían mucho mejor a solas con el agua, las hojas y la hierba, con la viva y fuerte luz del sol, con la silenciosa y buena naturaleza.

Sólo de vez en cuando pasaban por los caminos del parque las mujeres de la limpieza y los empleados, ya con cubos y escobas, ya con comida para los animales. Y de nuevo sobre la arena de las avenidas sólo quedaban las movedizas sombras y los ardientes y oblicuos rayos del sol.

Un águila grande y vieja, parecida a un águila de blasón, permanecía inmóvil en una gruesa rama, que sus poderosas garras habían pulido hasta dejarla lisa como un espejo. De detrás de una piedra, pisando silenciosamente con sus blandas patas, salió un oso, que se puso a caminar, balanceándose, a lo largo del profundo foso.

Un pequeño y gracioso corzo, al verme, alargó la cabeza con infantil curiosidad, pero acto seguido, asustado, escapó corriendo. Una cebra, rayada como un toldo, pacía en la pradera. Hasta mí llegó un poderoso y amenazador gruñido. ¿Era el tigre? Los animales empezaban un nuevo día y yo era testigo de su despertar.

Por el camino avanzó una mujer de la limpieza, pequeña y gorda, sujetando bajo el brazo un pequeño rastrillo de jardín y entró en el recinto de los elefantes.

Bajo sus bóvedas, retumbantes y grandes como las de una estación de ferrocarril, estaba la elefanta Jenny. A su alrededor correteaba la cría, de inverosímil pequeñez al lado de la madre. En la porosa piel gris del elefantito se veían algunos gruesos pelos negros.

La mujer abrió una puerta metálica y entró en el recinto, separado del resto por una alta verja. Yo la seguí. Jenny me miró con sus pequeños ojos de cerdo, suspiró y su poderoso aliento me envolvió de pies a cabeza en una corriente de aire tibio.

La mujer gorda, gruñendo entre dientes, se dedicó a rastrillar el heno disperso por el suelo, mientras el elefantito daba vueltas a su alrededor.

—¿Quién se comió ayer el gorro de un niño? —dijo la mujer en tono de reproche—. ¿Te parece bien eso de comerse los gorros? ¡Estás tú bueno!

El elefantito trató de apoyarse en ella, pero la mujer le dio un codazo y el animal se detuvo, meneando la cabeza; sus largas orejas grises se ensancharon.

—¿Quieres un bollo? —preguntó, severa, la mujer—. No me mires así; no vengas con arrumacos.

Le ofreció un bollo, que el elefantito tomó con la trompa y se llevó a la boca. Jenny seguía balanceándose levemente. La mujer no cesaba de gruñir mientras arreglaba la vivienda de los elefantes. El hijo empezó ahora a dar vueltas cerca de mí, apartándome poco a poco de la verja. Corría sacudiendo las orejas, levantando mucho las patas, y  yo me moría de risa al verlo retozar. Antes de darme cuenta, me encontraba lejos de la puerta, y el animal seguía dando vueltas, separándose más y más, hasta que me vi acorralada contra la pared.

En un primer momento no comprendí lo que pasaba.

Sin cesar de reírme, quería acercarme a la puerta, pero el elefante empezó a empujarme de costado. En aquel instante bajé la vista y vi sus patas. No era divertido para quien le pisara alguna de aquellas patazas, aunque fuera jugando. Instintivamente me hice atrás, pero no podía seguir retrocediendo: mi espalda tropezó con la pared. El animal lanzó un fuerte resoplido y se me acercó más todavía.

—¡Fuera! —grité con voz temblorosa—. Vaya.

La mujer gorda se volvió al oír mi voz y acudió en mi ayuda.

—¡Vete de aquí! —gritó, agitando el rastrillo—. Se acabó el juego… Y usted, ciudadana, qué ocurrencias… Se acerca usted al elefante sin darse cuenta de las cosas. Pesa una tonelada, para que lo sepa. Si la apretase contra la pared, la haría papilla. ¿Y a él qué? ¡Como si nada!  Venga, venga, quítate, escandoloso.

Y, enfadada, le dio en el costado un golpe con su puño diminuto y regordete.

El pequeño elefante corrió hacia la madre, que seguía balanceándose sin moverse del sitio. Yo me apresuré a buscar la salida.

En ese momento traspasaba la verja un hombre alto y flaco. El viento echaba a un lado su barbita gris. La cazadora de gamuza, muy usada, conservaba las huellas del tabaco de pipa y de ceniza. Los anchos pantalones le bailaban en una piernas largas y flacas. La cara de aquel hombre estaba surcada de profundas arrugas, pero los ojos miraban astutos y joviales, con un brillo irónico y juvenil.

Lo reconocí: era el profesor Koren. Llevaba muchos años al frente de los trabajos científicos del parque. Vivía allí mismo, en una casita junto a la pradera en la que, tras la cerca, andaban sueltos los ciervos.

—Buenos días —me dijo un tanto seco—. Intuyo lo que la ha traído en una hora tan temprana. Puede resultar interesante.

—¡A ver si no se me escapa! —exclamó inquieta la mujer gorda de la limpieza—. ¿Quién puede ver nada aquí con los elefantes?

—Aún tardará media hora en empezar —dijo Koren, como si se tratase de un espectáculo, y no de un eclipse de sol. Miró el reloj y se acercó a Jenny.

La elefanta fijó en él sus astutos y pequeños ojos y dejó de balancearse. Se contemplaron atentamente largo rato. Luego Koren le hizo cosquillas con el bastón al nivel de la rodilla y el animal se sentó extendiendo las patas hasta dejarlas en línea recta, como una bailarina. El profesor, muy serio, como si hiciese algo de gran importancia, le tiró de la enorme oreja gris y se apartó. Jenny, alargando la trompa, lanzó un suave y cariñoso resoplido.

—¿Damos una vuelta por ahí? —preguntó Koren pensativo, sin dirigirse a nadie.

Se encaminó hacia la salida y yo le seguí. La elefanta se levantó sin prisa. Cuando me volví a mirar seguía en el sitio de antes y de nuevo se balanceaba como un roble azotado por el viento.

La mañana avanzaba, el parque brillaba y se teñía de oro bajo la generosa luz del sol. Al fondo de la avenida cantó indeciso un cuclillo, anunciando a alguien larga vida, y a continuación, ahogando su voz, resonó un estridente grito metálico: eran los papagayos.

En la avenida, con las piernas muy separadas, estaba un hombre fuerte, musculoso. Vestía una camisa azul claro con dos pequeños bolsillos y pantalones de lienzo. Unas gafas oscuras le protegían los ojos del sol, y yo pensé, lamentándolo, que no había traído gafas ahumadas y que sin ellas me resultaría muy difícil observar el eclipse. Con la cabeza levantada, aquel hombre miraba directamente al sol.

—Es mi hijo, Nikolai Evguénievich Koren —dijo el profesor, señalando hacia él con una mano flaca y curtida—. Mi único vástago, como suele decirse. Se lo presentaré.

El único vástago volvió la cabeza hacia nosotros y dejó ver una bondadosa sonrisa. Aparentaba unos treinta años. No se parecía al padre: era más ancho de hombros, macizo, de fuertes y musculosas piernas. Calzaba zapatillas deportivas. Pero la arruga irónica de la comisura de los labios, el firme mentón y las cejas, espesas e inquietas, eran del padre.

Permanecimos unos instantes en silencio.

—¿Ha seguido su hijo la misma especialidad que usted, Evgueni Petróvich? —pregunté, carraspeando, sin saber cómo entrar en conversación.

—Es matemático —suspiró el padre—. Está preparando la tesis doctoral. Un tema que, sin una copa de vodka, me es difícil pronunciar… —Sonrió irónicamente, y esta sonrisa, rápida y traviesa, infundió un aspecto juvenil a su rostro—. He de confesar que esta ciencia nunca fue mi fuerte —añadió en tono confidencial—. No sé cuántos años lleva tratando de convencerme de que las matemáticas rebosan poesía, pero no acabo de creerlo.

—Viejas discrepancias familiares —rió bonachonamente el hijo—. A tu acompañante, papá, eso no le interesa en absoluto.

—Todo lo contrario —repliqué con exagerada vehemencia, pues, lo mismo que el profesor, era sorda para las matemáticas—. ¿De qué se trata su trabajo?

—Sería una conversación larga y aburrida —dijo Koren hijo. Pero en su cara vi la turbación y la velada y tímida inquietud que siempre se despiertan en alguien cuando la conversación se refiere a un tema que para él es de la mayor importancia, a lo más íntimo, y teme que lo que para él es tan caro pueda parecer a otro falto de interés, insustancial—. Será mejor que demos un paseo por el parque —añadió.

No supe qué decir. El hijo tomó del brazo al padre y ambos echaron a andar por la avenida, muy juntos el uno al otro.

Muchachos y muchachas de camisa blanca y pañuelos de pionero, cada vez más numerosos, venían a nuestro encuentro. Se les veía preocupados y serios. A cada paso miraban el reloj. Algunos muchachos lo traían puesto en la muñeca, y, por lo grande de la correa, que les bailaba en el fino y soleado brazo, lleno de arañazos, se podía deducir sin esfuerzo alguno que los relojes eran de los padresy se los habían dejado sólo para ese día. Otros metían gravemente la mano en el bolsillo para sacar de él redondos relojes planos y abrir y cerrar satisfechos las tapas. Pero la mayoría lucía unos despertadores ordinarios, que llevaban colgando del cuello con un cordón o una cinta. Al andar, los despertadores se balanceaban de un lado y otro, a veces daban un sonoro golpe en las costillas del propietario.

—Son jóvenes naturalistas… —gruñó Evgueni Petróvich—. Pudiera decirse que están aquí en cumplimiento de los deberes propios de su cargo. Lo anotan con verdadero frenesí: cómo se rasca un ciervo, cómo estornuda un mono… —El profesor meneó la cabeza—. Pero a veces, créame, esos alevines observan detalles que le dejan a uno pasmado.

—¿Recuerdas cuando yo era joven naturalista? —preguntó pensativo Koren hijo. El padre lo miró de soslayo, de una manera extraña, sin contestar.

Llegamos a la pradera.

Por delante se veían unas jaulas enormes. En la primera, cerca de nosotros, había un tigre. Estaba dormitando, con la cabeza entre las patas estiradas. Por un segundo entreabrió los ojos. En el fondo de sus rojizas pupilas vi una fuerza tan fría y salvaje, una angustia tan huraña, que sentí un escalofrío en la espalda.

—No me agradan los tigres, lo confieso —balbuceé turbada, sin venir a cuento.

Padre e hijo callaron discretamente.

De todas partes nos llegaban bufidos, el chillar de los monos, el arrullo de las tórtolas. Pasábamos junto a las pajareras y jaulas, junto a praderas por las que los animales corrían libremente. El día era claro, limpio, sin el menor soplo de viento.

De pronto se levantó una brisa húmeda; era como si el aire saliera de un sótano.

Los rayos del sol que se filtraban por entre los árboles y caían sobre los caminos, se oscurecieron levemente. Dos jóvenes naturalistas, que montaban guardia ante la jaula del tigre, miraron como hechizados sus despertadores y se pusieron a tomar apuntes con febril entusiasmo. Koren hijo levantó la cabeza e hizo una profunda inspiración con verdadero placer.

—¡Hola! —dijo jovial—. Parece que empieza.

Comenzó a oscurecer.

Aquello no se parecía a la oscuridad que se produce cuando los nubarrones cubren el cielo. No era tampoco la cerrazón del otoño, con su húmeda negrura plomiza. Era más bien el azul oscuro del crepúsculo. Al mismo tiempo, no se percibía la tímida sensación de sosiego que la naturaleza trae cuando se dispone a entregarse al sueño de la noche. Algo inquietante y sombrío emanaba del denso azul que se arrastraba por las avenidas del parque. Todo quedó apagado, el agua del estanque se había hecho gris y muerta y había desaparecido el brillo de las jóvenes hojas.

Una ráfaga de viento sopló, sacudiendo las ramas de los árboles. En su frescor, tan inesperado, también se advertía algo que producía angustia.

Los pavos reales, que apenas abiertas las colas se paseaban con sus pavas por la verde hierba, se subieron a las ramas con el evidente deseo de volver al sueño. Tras ellos, convencidos de la llegada de la noche, las gallinas de Guinea, en fila india y bajando las estúpidas cabezas, corrieron hacia los árboles. En el estanque ya no se veía al inquieto cisne negro: seguramente también había vuelto a su nido.

—¿Y el puerco espín? —pregunté en voz baja, sin que supiera explicar la causa.

—La jaula del puerco espín, a la que nos habíamos acercado, estaba vacía. De pronto se oyeron unas leves y tímidas pisadas, un suave resoplido. De la casita salió su propietario. Varias hojas secas se habían clavado, como mariposas, en sus largas y fuertes púas; las hojas susurraban lentamente al moverse el animal. De seguro que el puerco espían, ser de vida nocturna, pensando que el día había terminado, salía a dar un recorrido por sus posesiones.

—¿Qué les parece? —preguntó Koren hijo asombrado. Se mantenía vuelto de lado hacia la jaula del puerco espín, escuchando—. ¿También este noctívago ha creído que viene la noche y se acerca al comedero?

El padre no contestó. Su rostro estaba cada vez más sombrío. Era evidente que algo le disgustaba.

A lo lejos se oyó un ruido amenazador y majestuoso. Largo, con bruscas subidas y bajadas, crecía y se hacía más intenso. Luego se convirtió en un solo gruñido.

Los leones empezaban su concierto vespertino.

La oscuridad se había hecho muy densa.

Un cielo negro y pesado pendía sobre los mismos árboles. No anunciaba la lluvia que deja el aire fresco y oloroso. No anunciaba relámpagos ni el fragor del trueno. Era un cielo estéril y desierto, sordo, que sólo traía tinieblas.

El sol se ocultó casi por completo. Tratando de evadirse de la pesada sombra, como una estrecha hoz calentada hasta el rojo blanco, brillaba cuanto había quedado del astro del día.

Pero también esto se extinguió.

Los pavos reales dormían profundamente con la cabeza bajo el ala; sus colas pendían de las ramas como espléndidos abanicos. También las gallinas de Guinea dormían subidas a los árboles.

El profesor las miró con desprecio.

—Lo comprendo, son gallináceas —dijo, encogiéndose de hombros—. A esas estúpidas es fácil engañarlas. Esconden la cabeza bajo el ala, y a dormir. —El profesor hizo una pausa—. Pero los solípedos —siguió, mirando indignado hacia la cebra— también han creído que llegaba la noche. Nunca habría esperado semejante comportamiento en la cebra.

Y le volvió la espalda, irritado.

Al pie del árbol de los pavos había un muchacho. Sacudía rabioso su despertador, se lo acercaba al oído y volvía a sacudirlo, pero el despertador seguía mudo y parado. Perdidas las esperanzas, el joven naturalista abandonó la desigual lucha y el despertador quedó colgando del cordón. El muchacho volvió la vista hacia los pavos, a la vez que empezaba a escribir con prisa.

Pero apretaba el lápiz con tanta fuerza, que acabó por romper la punta.

Los ojos del joven naturalista se llenaron de lágrimas. Sin pestañear siquiera, miraba el cuaderno, empeñado en escribir con el lápiz roto.

Una muchacha pelirroja y vivaracha, de piernas largas y movimientos torpes —como sólo se pueden observar en niñas de doce años—, se acercó también al árbol de los pavos reales.

—Mitia —dijo con timidez— no te disgustes. Puedes mirar mi reloj; me pondré a tu lado. ¿Te parece bien?

Mitia lanzó un gruñido y le volvió la espalda. Con la terquedad de la desesperación, seguía arañando el papel con el lápiz roto, pero en el cuaderno quedaban sólo arrugas torcidas y rasgadas.

—Toma mi lápiz, Mitia —dijo la muchacha, dispuesta al sacrificio. Lo miraba con ojos rebosantes de admiración y amor. Se había transfigurado por completo. Estaba más guapa, sus mejillas pecosas se habían cubierto de rubor—. Toma, por favor —repitió, radiante—. No lo necesito; me acordaré. ¿Quieres?

Mitia, sin mirarla, tomó el lápiz de la mano de la muchacha.

—Está bien —dijo enfadado—. Ponte junto a mí, pero no me molestes. ¿Has oído? Y no muevas la cabeza, que me distraigo.

—No te molestaré, Mitia —dijo la muchacha con un hilo de voz.

Se puso a su lado al pie del árbol y se quedó quieta, contemplando feliz cómo Mitia, con la frente arrugada, concentrado en su labor, tomaba nota de sus observaciones.

Algo más lejos, junto a una mata de jazmín, se hallaba otro muchacho.

Este no miraba el reloj ni escribía nada. Seguramente ni siquiera había oído lo que hablaban Mitia y su amiga. Con los ojos muy abiertos y brillantes, contemplaba aquel mundo en transformación, sumido por completo en los majestuosos e insólitos acontecimientos que ante él se producían. Escuchaba el ruido del viento, el rumor de las hierbas, el crujido de la arena; aspiraba el aire húmedo y fresco, su alma se había conmovido a la vista de las inquietantes e inusitadas tinieblas, del cielo desierto, de la sombra que se había tragado el sol. Rígido, pálido de emoción, permanecía fascinado junto a las flores.

—Tiene alma de poeta —dijo a media voz Evgueni Petróvich.

—¿A qué te refieres, padre? —preguntó Koren hijo. Su voz no denotaba la menor emoción—. ¿De qué hablas?

Por el rostro del padre cruzó una sombra. Lanzó una rápida mirada a su hijo y se volvió de espaldas, sin contestar.

Llegamos a una alta cerca tras la que corrían inquietos algunos perros grandes. Ya se detenían y, levantando la cabeza, husmeaban inquietos, ya empezaban a correr de nuevo de un extremo a otro del cercado. La naturaleza al parecer había transmitido su inquietud y los perros, grandes y de hundidos flancos, iban de un lado a otro de la cerca, entre constantes empujones.

El profesor abrió con su llave el portillo y entró en el recinto, apoyándose en el brazo de su hijo. Yo quise seguirlos: los perros no me habían mordido nunca y no les tenía miedo.

—Son lobos —dijo el doctor secamente—. No le aconsejo que entre.

Me hice atrás y quedé junto a la cerca. Un lobo grande, de pecho ancho y robusto, se acercó al profesor, dio un salto, le puso las patas en los hombros y le miró a la cara con ojos oscuros y ardientes, como si esperase de él, del hombre, la explicación de la zozobra que lo dominaba y de la inquietud que se había apoderado de la naturaleza. El profesor miró muy serio al lobo, me pareció que hasta con respeto, y pronunció unas palabras en voz baja.

—Eh, cálmate —pude oír—. Qué hermoso eres, qué cariñoso.

—Te has enternecido, padre —exclamó riendo Koren hijo—. Entre todos los animales puestos a tu cuidado, has encontrado por fin un ser que se da cuenta de las cosas. Los lobos han comprendido que se trata de un eclipse de sol: son inteligentes como unos diablos.

Estaba en medio del cercado, mordisqueando una hierba. Los lobos, al parecer acostumbrados a su presencia, no le hacían caso, pero tampoco se acercaban a él como a Evgueni Petróvich. Con las orejas tiesas y la cola baja, seguían olfateando inquietos el aire. Sólo el más grande de todos ellos se mantenía tranquilo, acercándose a las piernas del profesor.

El viento se calmó, pero el repentino silencio que entonces se produjo pareció aún más penoso.

Los colores de la naturaleza se apagaron, era como si todo hubiera quedado cubierto de ceniza. Desapareció todo cuanto la naturaleza nos ofrecía tan generosa y jovial: el piar de los pájaros, las inquietas sombras de los caminos, el oro de los rayos del sol, el alto azul del cielo.

Una neblina apagada y gris lo cubría todo. En ella había algo que parecía muerto y sin esperanza. El miedo a la muerte rozó mi alma. Me pareció de pronto que jamás volvería a ver el sol.

Dominada por la turbación, miré a Nikolai Koren.

Él había quedado pensativo, con la hierba entre los dientes. Su rostro, de acusados rasgos, permanecía atento y tranquilo: escuchaba la voz de la naturaleza. Su robusta figura, sus grandes y fuertes manos, la manera como percibía el hálito de la vida me infundieron tal seguridad, tanta fuerza triunfante, que me sentí avergonzada de mi debilidad espiritual.

Lancé un profundo suspiro y me puse también a escuchar.

Me pareció que en lo hondo de las ramas percibía una tímida y suave agitación, cierto rumor, un gorjeo somnoliento.

Tras las copas de los árboles apareció un tono azul perceptible. Se fue extendiendo como si borrase la pátina de ceniza y de muerte. El agua del estanque despidió leves reflejos, por el follaje se deslizó un leve resplandor. El sol seguía cubierto por la sombra, pero en las ramas de los árboles aumentaba el susurro, la suave agitación: los pájaros intuían la vuelta de la luz.

Un fino rayo, algo así como un alambre de oro, se abrió paso a través de las ramas hasta la avenida. De entre la sombra fue apareciendo, poco a poco, la estrecha hoz incandescente. Con cautela, como si probase sus fuerzas, por el cielo se extendió un calor sonrosado.

Ante nosotros se producía el gran portento de la vida.

Los colores cambiaban: el cierlo era ya color de rosa, los caminos eran azules y los árboles se hicieron de oro. Una suave brisa matinal rozó las hojas, que respondieron con un rumor confiado. Sonoro y feliz, se oyó el canto del primer pájaro. Las sombras azules de los caminos se desvanecían. La luz se iba adueñando del cielo.

Y de pronto, por fin, cayó de las alturas un poderoso y reluciente chorro de luz.

Todo revivió al momento.

En los caminos las sombras se dibujaron con contornos netos, el estanque se encendió al reflejar los rayos del sol. Un abejorro pasó volando con su aterciopelado zumbido. Los pavos reales, que habían bajado pesadamente de las ramas, se acercaron a la pradera, como si nada hubiese ocurrido. El inquieto cisne negro volvió a su ir y venir por el agua rutilante.

Leves rayos de sol, que parecían desprender humo, cayeron hasta los troncos de los árboles. La mañana empezaba sobre la tierra, respirando calor y fragancia.

El profesor estaba con la cabeza levantada, mirando al cielo. nunca me habría imaginado ver en aquel rostro seco y un tanto duro una admiración tan tierna, casi infantil.

Su hijo seguía escuchando la voz de la naturaleza. Miraba al sol a través de sus gafas. Su cara estaba bañada de luz.

—¿Qué es lo que ve? —le pregunté impaciente—. ¿Ya se terminó el eclipse? ¡Qué lástima, no tengo gafas ahumadas! Dígame: ¿qué ve?

Nikolai Karen callaba. Repetí la pregunta, mirándolo con enfado, y de pronto me quedé cortada.

Me asombró la extraña movilidad de su rostro.

El sol no le hacía cerrar los ojos; nada en los rasgos de su cara hacía eco al juego de los rayos de luz. Era la cara de un hombre que no veía el sol, únicamente sentís su calor.

Quedé petrificada, incapaz de dar crédito a mi sospecha. La mano seca y ardiente de Evgueni Petróvich me tomó del brazo y me llevó aparte.

—Verá —me dijo en voz baja, mirando a un lado y quedándose cortado.

Ante nosotros pasó Mitia, triunfante, con su cuaderno lleno de notas. Un pajarillo, moviendo la cabeza, se alisaba las plumas. Una ardilla echó a correr dentro de su jaula. Sobre el estanque se deslizó lenta una nube repleta de luz.

Era la vida con todo su cálido encanto, con los detalles ordinarios que nos son infinitamente queridos.

Yo miraba al hombre que no podía ver nada de esto: ni las tonalidades del cielo, ni los colores de las hojas, ni el dibujo de las sombras, ni el volumen de las nubes. No había visto la vuelta del sol, cómo sus rayos, resplandecientes, lo habían inundado todo. Y mi corazón se estremeció al comprenderlo.

—Perdió la vista el año cuarenta y cuatro, a consecuencia de una herida —dijo torpemente Evgueni Petróvich, que seguía sin mirarme—. Ya era ciego cuando reanudó los estudios en la Universidad. Ahora, según ha oído, va a defender la tesis de doctorado. No quiere renunciar a nada: va a la piscina, en invierno patina sobre el hielo. En fin, es admirable —dijo carraspeando.

Se había vuelto y miraba a su hijo.

Este seguía con la cara expuesta al calor del sol. Sus mejillas se habían coloreado y parecía más joven. Evgueni Petróvich lo miró con cariño y orgullo. El hijo se pasó la mano por la cara, como si se lavara con el sol, y echó a andar con precaución.

El padre seguía mirándolo, sin apartar de él la vista. Parecía como si quisiera absorber la luz clara y pura de la fuerza espiritual que se desprendía del hijo, la gran luz que puede iluminar el camino del hombre incluso cuando ha perdido para siempre el inmortal color del día soleado y triunfante.

1955

 

Fuente: Cuentos rusos. Selección y traducción de José Laín Entralgo. Prólogo de Augusto Vidal. Salvat Editores, Navarra, 1971.


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