En las salas de juego entré con un sentimiento desagradabilísimo. A primera vista me disgustó todo. No puedo sufrir este espíritu servil de las crónicas de todo el mundo, y muy particularmente de nuestros periódicos rusos, en los que casi todas las semanas se habla de dos cosas: primero, de la extraordinaria magnificencia y el lujo de las salas de juego en las ciudades del Rin, y segundo, de los montones de oro que se ven en las mesas. Porque no pagan a los autores para esto; ellos lo cuentan, simplemente, movidos por un desinteresado espíritu de servilismo. En esas miserables salas no hay magnificencia alguna, y el oro, lejos de amontonarse en las mesas, más bien brilla por su ausencia. Cierto, en contadas ocasiones, a lo largo de la temporada, surge de pronto un tipo raro, un inglés, un asiático o un turco, como ocurrió este verano, que pierde o gana grandes cantidades; todos los demás hacen apuestas pequeñas y, por término medio, en la mesa hay siempre muy poco dinero. Pasó cierto tiempo antes de que me decidiese a jugar luego de que entré a la sala de juego por primera vez en mi vida. Además, me molestaban los empujones de la gente. Si hubiese estado solo, creo que me habría ido sin jugar. Lo confieso, el corazón me palpitaba y había perdido la serenidad; pero estaba seguro —lo tenía más que decidido— de que no iba a irme de Ruletenburg así, simplemente; en mi destino tenía que producirse algo radical y definitivo. Así debía ser y así sería. Por ridícula que pareciese esta idea de esperar tanto de la ruleta, todavía más ridícula es la opinión vulgar, tan generalizada, de que esperar algo del juego es estúpido y absurdo. ¿Por qué el juego es peor que cualquier otro modo de adquirir dinero, que el comercio, por ejemplo? Es verdad, de cien gana uno; pero ¿qué me importa a mí?

En todo caso, decidí orientarme al principio y no empezar nada serio aquella tarde. Aquella tarde, si ocurría algo, sería sin quererlo y a la ligera: así lo había decidido. Además, debía aprender las reglas del mismo juego; porque, a pesar de las mil descripciones de la ruleta que yo había leído siempre con tanta avidez, no llegué a entender nada en absoluto hasta que no lo vi con mis propios ojos.

En primer lugar, todo aquello me parecía sucio, algo moralmente sucio y repulsivo. No me refiero de ningún modo a esas caras ávidas e inquietas que a docenas e incluso a centenares rodean las mesas de juego. No veo en absoluto nada sucio en el deseo de ganar lo antes posible y todo lo que se pueda. Siempre me pareció muy estúpida la idea de cierto materialista, un hombre gordo y con el riñón cubierto, que, a la justificación de que “las puestas son pequeñas”, repuso: “Tanto peor, porque así el interés que despierta es menor”. Como si no fuese lo mismo el interés pequeño que el grande. Es algo proporcional. Lo que para el banquero Rothschild es poco, para mí es mucho; y, por lo que se refiere a la ganancia, la gente, lo mismo en la ruleta que en todas partes, lo único que hace es quitar a otros lo que considera su ganancia. Si el afán de enriquecerse y de ganar es algo repugnante en general, esto es otra cuestión. Pero aquí no me refiero a eso. Como también yo estaba entonces poseído en el más alto grado del deseo de ganar, todo este interés y toda esta sucia avidez, si se quiere, al entrar en la sala me resultaron algo cómodo y familiar. Lo mejor es cuando la gente no se anda con miramientos y se conduce abiertamente. Además, ¿para qué engañarse a sí mismo? Es la ocupación más vacía e imprevisora. A primera vista, lo particularmente feo en toda esta canalla de la ruleta era el respeto hacia lo que estaban haciendo, la seriedad y hasta la devoción con que todos rodeaban las mesas. Por eso aquí se marca tan definidamente la diferencia entre el juego mauvais genre y el que puede permitirse un hombre digno. Hay dos juegos: uno de caballeros y otro plebeyo, interesado, el juego de la chusma. Aquí se marca muy bien la diferencia, pero qué infame es esta diferencia en el fondo. El caballero, por ejemplo, puede apostar cinco o diez luises, en contadas ocasiones más, aunque si es muy rico puede hacer apuestas de mil francos, pero sólo como un simple juego, como diversión; en realidad, para seguir el proceso de la ganancia o la pérdida; pero la ganancia misma no debe interesarle en lo absoluto. Si gana, puede, por ejemplo, solar la risa, hacer una observación a alguno de los que le rodean; puede incluso doblar una y otra vez la apuesta, pero únicamente por curiosidad, para calcular sus posibilidades, y no movido por el plebeyo deseo de ganar. En una palabra, a todas estas mesas de juego, a la ruleta y al trente et quarante, las debe mirar como un entretenimiento que sólo puede procurarle satisfacciones. El interés y las trampas en que se basa y descansa la banca, no debe sospecharlos siquiera. Estaría muy bien incluso que, por ejemplo, todos los demás jugadores —toda esa basura que tiembla por un florín— pareciesen otros tantos caballeros ricos como él que jugaban únicamente para distraerse y divertirse. Esta ignorancia completa de la realidad y esta ingenua visión de la gente serían, sin duda, muy aristocráticas. He sido testigo de cómo muchas mamás empujaban a sus hijas, ingenuas y elegantes misses de quince y dieciséis años, y les ponían en las manos unas monedas de oro, enseñándoles a jugar. La señorita, ganase o perdiese, siempre sonreía contenta y se retiraba la mar de satisfecha.

 

Fuente: Fedor Dostoievski, El jugador. Traducción de José Laín Entralgo. Salvat Editores, Navarra, 1970.


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