[El Perro Vagabundo fue un café, cantina y cabaret, asentado en San Petesburgo entre 1911 y 1915. Mitad refugio, mitad centro creativo, entre sus muros fluyeron las felices noches a las que se entregaron autores como Anna Ajmátova, Nikolai Gumiliov, Vladimir Maiakovski, Osip Mandelstam, entre otros.]


El Perro Vagabundo abría tres veces a la semana: lunes, miércoles y sábado. Los visitantes frecuentes llegaban tarde, después de la medianoche. Hacia las once de la noche, la hora oficial de la apertura, arribaban sólo los “farmacéuticos”. En el argot del Perro…, se llamaba así a todos los visitantes casuales, desde los ayudantes de la familia real hasta los veterinarios. Ellos pagaban tres rublos por la entrada, bebían champaña y se asombraban de todo.

Para entrar la Perro…, era necesario despertar al portero somnoliento, atravesar dos patios llenos de nieve, en un tercer patio voltear a la izquierda, bajar diez escalones y empujar una puerta revestida de hule. De inmediato te atolondraban la música, el sopor y el abigarramiento de las paredes, el rumor del ventilador eléctrico, que sonaba como un aeroplano.

[…] El director del Perro…, Boris Pronin, “doctor honoris causa en estética”, como se indicaba en sus tarjetas de presentación, recibía a los visitantes con un abrazo: “¿Pero a quién veo? ¡Cuántos años, cuántos inviernos! ¿En dónde te habías metido? Pasa —señalaba hacia algún lugar—, todos los nuestros están allá”. Y se lanzaba despacio hacia algún otro visitante. Era una persona fresca, clara, que desconcertaba con estos recibimientos amistosos. ¿Acaso él no se tomaba a sí mismo de esa manera? ¡Absolutamente! Le podías preguntar a Pronin a quién acababa de abrazar, dando golpecitos en la espalda, y casi seguro, él respondería: “¿Cómo diablos voy a saberlo?”.

[…]

En el Perro Vagabundo había sólo tres estancias. Una servía de bar, otra era grande, y la tercera, realmente diminuta. Las paredes estaban cubiertas con pinturas abigarradas de Sudeikin, Belkin y Kulbin. En la sala principal, junto a la lucerna, había un aro teñido de oropel. Una gran chimenea de ladrillo ardía. En una de las paredes colgaba un gran espejo ovalado, y bajo él, un largo sillón: era el lugar de honor de las visitas especiales. Las mesas eran bajitas. Los taburetes, de paja. Mucho después, cuando el Perro… dejó de existir, todo esto fue recordado con jocosa ternura por Anna Ajmátova:

Sí, yo amé esos agolpamientos nocturnos,
los vasos helados, las pequeñas mesitas,
el café negro de vapor azuloso
el pesado bochorno de la chimenea invernal
las bromas literarias de corrosiva alegría…

Hay un cuarteto de Kuzmín que, me parece, no ha sido publicado en ninguna parte:

Aquí muchas cadenas se rompieron
este antro subterráneo todo lo ha conservado.
Aquellas palabras dichas en la noche,
que ya nadie en la mañana podría repetir.

Realmente, los cuartos abovedados del Perro…, cubiertos de humo de cigarro, se volvían casi mágicos hacia el amanecer, como en un “cuento de Hoffmann”. En el tablado alguien leía versos, el piano, la música lo interrumpían. Alguien reñía, alguien declaraba su amor. Pronin, en chaleco (por lo regular se quitaba el saco hacia las cuatro de la madrugada), miraba tristemente a su querida Mushka, una perrita peluda y brava: “Ay, Mushka, Mushka, ¿por qué te comiste a tus crías?”. Un festivo Maiakoski le ganaba a alguien un volado. O. A. Sudeikina, parecida a una muñeca, con gracia seductora bailaba una polca, su número preferido. El propio “maestro Sudeikin”, cruzando los brazos a la manera de Napoleón, se paraba sombrío en un rincón con una pipa entre los labios. Su rostro de lechuza era impasible e impenetrable. Podría estar totalmente sobrio, o quizás borracho, sería difícil saberlo. […] En alguna mesa “poética”, se ejercitaban en la escritura de bromas en verso. Todos se devanaban los sesos para lograr inventar algo al respecto. Al final, se proponía algo verdaderamente sin novedad: cada quien debía componer un poema, donde, en cada línea, debía haber la combinación de la sílaba “ton”. Los lápices rechinaban, las frentes se fruncían. […]

Los aplausos se reservaban para el autor cuyo “ton” fuera reconocido como el mejor para escribirse en el “libro del Perro”, un libro en folio que medía un arshín1 por cada lado, forrado en piel de distintos colores. Ahí había de todo: versos, dibujos, quejas, declaraciones de amor, incluso recetas para embriagarse, especialmente para el “conde O’Kontrer”. Piotr Potemkin, Jovanskaya, Boris Romanov y algunos más, expulsando del estrado al poeta Mandelstam, quien intentaba cantar “Las crisantemas” (¡por Dios, con una voz horrible!), comenzaban a actuar como si estuvieran dentro de una película muda. Tsibulski los acompañaba desgarradamente. Haciendo el papel de los textos en el telón . Tairov anunciaba: “Primera parte. Encuentro de los enamorados en el jardín ante la estatua de Cupido…”. (A cupido lo representaba Potemkin, largo y flaco, como una vara.) “Segunda parte. Vikont sospecha… Tercera parte…”.

Poco a poco el Perro… iba quedando vacío. Los poetas, por supuesto, se iban después de los demás.

 

Fuente: Jorge Bustamante García. El Perro Vagabundo y otras memorias de escritores rusos. Traducción del ruso de Jorge Bustamante García. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes-Dirección General de Publicaciones, segunda edición 2015.


1 Antigua medida rusa que equivale a 71,1 cm.


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