El castrado era alto, medía no menos de dos arshinas y tres vershoks.1 Su pelaje era pío negro. O más bien había sido pío negro, porque ahora las manchas negras se habían vuelto de un color bayo percudido. Tenía tres manchas: una en la cabeza que llegaba hasta la mitad del cuello, con un trozo que no tenía ni forma ni pelo a un lado de la nariz. La larga crin envedijada y revuelta con bardana era blanca por aquí y castaña por allá. Otra de las manchas se extendía a todo lo largo del flanco derecho y llegaba hasta la mitad del vientre. La tercera estaba en la grupa y cubría la parte alta de la cola y la mitad de las ancas. El resto de la cola era blancuzca, mezclada.

Su cabeza grande y huesuda, de cuencas hundidas, y su belfo, antaño negro y hoy caído y agrietado desde quién sabe cuándo, colgaba pesadamente, como si fuera de madera, del vencido de tan flaco cuello. Detrás del caído belfo se podía vislumbrar la lengua negruzca, mordisqueada en uno de sus lados, y los restos amarillentos y podridos de los dientes inferiores. Las orejas, una de las cuales estaba mocha, caían a los lados y sólo de vez en cuando se movían perezosamente para ahuyentar a las moscas que se le pegaban. Un mechón aún largo del copete colgaba detrás de una de las orejas. La frente descubierta era áspera y estaba hundida. La piel colgaba formando bolsas encima de las amplias quijadas. Sobre el cuello y la cara, gruesas venas dibujaban nudos que se estremecían y temblaban cada vez que una mosca lo rozaba. La expresión de su cara era grave, meditabunda y dolorosa.

Las patas delanteras, a la altura de las rodillas, estaban arqueadas; en ambos cascos había excrecencias, y una de las patas, aquella en la que la mancha llegaba hasta la mitad del muslo, tenía un bulto del tamaño de un puño junto a la rodilla. Las patas traseras daban la impresión de estar menos fastidiadas, pero habían perdido el pelo en las ancas, al parecer desde hacía mucho tiempo, y éste ya no volvería a crecer en esos lugares. Las cuatro patas parecían desmesuradamente grandes a causa de la flacura del cuerpo. Las costillas, aunque fuertes, estaban tan separadas y tan salidas, que la piel parecía adherida a los intersticios que las separaban. La cruz y el lomo estaban surcados por las marcas de antiguas tundas, y en la grupa llevaba una llaga reciente, que se había inflamado y supuraba. El negro maslo de la cola, en el que se marcaba cada vértebra, se mostraba largo y casi pelado. Sobre la grupa color castaño, cerca de la cola, se veía una herida grande como la palma de una mano, cubierta de pelos blancos y que parecía una mordida. Otra herida, ya cicatrizada, lucía en una de las escápulas anteriores. Las corvas traseras y la cola estaban sucias debido a los frecuentes trastornos estomacales del animal. El pelo de todo el cuerpo, aunque corto, era hirsuto. Y, sin emabargo, pese a la repugnante vejez de este caballo, al verlo, uno involuntariamente pensaba —y un conocedor sin duda de inmediato habría afirmado— que en sus buenos tiempos, aquél debió haber sido un ejemplar espléndido.

Un conocedor incluso habría dicho que en Rusia sólo hay una raza capaz de dar una osamenta tan ancha, unos omóplatos tan grandes, unos cascos tan fuertes, una delicadeza tan destacada en los huesos de las patas, un cuello tan bien plantado y, sobre todo, un cráneo como ése, unos ojos tan grandes, negros y luminosos, esa tersura del pelo y de la piel esos nudos de venas cerca de la cabeza y del cuello, signo indiscutible de buena raza.

Sí, efectivamente había algo majestuoso en la figura de este caballo, y en la terrible combinación de los repelentes signos de decrepitud que el pelaje manchado acentuaba, con la actitud serena y segura de un animal consciente de su fuerza y su belleza.

 

Fuente: Lev Tolstói, Historia de un caballo. Traducción de Selma Ancira. Secretaría de Cultura-Dirección General de Publicaciones, México, 2016.


1 Vershok  es una antigua medida rusa de longitud equivalente a 4.4 centímetros.


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