[Este es un pasaje de la cómica novela Las almas muertas. En él aparece Pável Ivánovich Chíchikov, el personaje central, un estafador que compra siervos o “almas” ya muertos pero aún no registrados como tales para pedir tierras que el Estado ruso concedía gratis a quien tuviera gente con que cultivarlas.]


A la vez que animaba a los caballos, (el cochero) daba suaves saltos en el pescante, mientras que la troika ya subía, ya bajaba rápida los repechos de que estaba sembrado el camino real, aunque todo él iba más bien pendiente abajo. Chíchikov sonreía dando ligeros saltitos sobre el cojín de cuero, pues le gustaba la marcha rápida. ¿Qué ruso hay al que no le guste correr? ¿No lo va a amar su alma, esa alma que quiere girar como un remolino y divertirse en el frenesí, que dice a veces: “¡Que se vaya todo al diablo!”? ¿No le va a gustar cuando en ella se percibe algo entusiasta y maravilloso?

Parece que una fuerza desconocida le arrastra a uno con sus alas, que es uno mismo el que vuela, que vuela todo: vuelan los postes militares, vuelan al encuentro de uno los mercaderes sentados en la vara de su tartana, pasa volando a ambos lados del camino el bosque con sus oscuras formaciones de abetos y pinos, con el ruido del hacha y el graznido de los cuervos, vuela el camino todo, no se sabe adónde, hasta perderse a lo lejos, y hay algo peregrino en ese rápido desfile, en el que uno no alcanza a contemplar los objetos antes de que desaparezcan. Lo único que parece inmóvil es el cielo sobre su cabeza, las nubecillas y la luna que se abre paso entre ellas.

¡Oh, troika! ¿Quién te inventó, pájaro troika? Únicamente podrías nacer en el seno de un pueblo diestro, en una tierra que no gusta de bromas y se extiende por medio mundo. ¡Ve a contar las verstas hasta que se te cansen los ojos! Y es un vehículo simple al parecer, que no conoce el hierro del tornillo, hecho y armado, en un dos por tres, a golpe de hacha y de escoplo, por el hábil mujik (campesino) de Yaroslavl. El cochero no es un alemán de botas altas; es un barbudo campesino de gruesas manoplas, y va sentado el diablo sabe cómo. Se incorpora, hace restallar el látigo, entona su dilatada canción y los caballos se lanzan como un torbellino, los rayos de las ruedas se confunden hasta formar un círculo, el camino retiembla y resuena el grito del caminante que se detuvo asustado. La troika pasa volando, vuela… ya está allá lejos, entre una nube de polvo, y hiende el aire.

¿No avanzas tú, Rusia, como una troika a la que nadie puede dar alcance? Se alzan nubes de polvo por donde tú pasas, retiemblan los puentes y todo lo dejas atrás. El espectador se detiene pasmado por ese milagro de Dios. ¿No es un rayo que cayó del cielo? ¿Qué significa ese terrorífico movimiento? ¿Qué ignorada fuerza encierran para el mundo esos desconocidos corceles? Ah, corcelas, corceles. ¿Lleváis un torbellino en vuestras crines? ¿Lleváis un sensible oído en cada una de vuestras fibras? Oyen la familiar canción que les llega de arriba, ponen en tensión al unísono los pechos de bronce y, casi sin rozar el suelo en los cascos, convertidos en una alargada línea, vuelan por el aire y avanza la troika impulsada por el hálito divino… ¿Adónde vas, Rusia? Responde. No contesta. Se oye el portentoso son de la campanilla. Resuena y se convierte en viento el aire rasgado a su paso. Pasa de largo todo cuanto hay en la tierra, miran, se apartan y le ceden el camino otros pueblos y naciones.

 

Fuente: Nikolai V. Gógol, Almas muertas. Introducción de José María Valverde; traducción y notas de José Laín Entralgo. RBA Editores, Barcelona, 1994.

*La troika es una especie de trineo ruso.


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