Cuentos (Lumen, 2018) es una antología personal de Isaac Bashevis Singer realizada en 1981. Eligió 47 piezas, seleccionadas entre más de un centenar. El ganador del Nobel afirma que el relato breve constituye el supremo desafío para el escritor. A diferencia de la novela —dice Singer—, que puede absorber e incluso admitir largas digresiones, escenarios retrospectivos y una estructura dispersa, el cuento debe apuntar directamente a su clímax. Debe caracterizarse por una permanente tensión e intriga. Para el mayor representante de la literatura yiddish, la brevedad del cuento es su esencia misma. Presentamos uno de los portentosos relatos.


I

Entre espesos bosques y hondas marismas, sobre la ladera de una colina coronada por un llano, se encuentra el pueblo de Frampol. Nadie sabría decir quién lo había fundado ni por qué precisamente allí. Las cabras pastaban entre las tumbas del viejo cementerio, cuyas lápidas, por su propio peso, ya se habían hundido en la tierra. Por otra parte, aunque en la casa de la comunidad se guardaba un pergamino con una crónica relativa al pueblo, faltaba la primera página, y la escritura, además, se había descolorido. Entre la gente circulaban leyendas, historias de malvadas intrigas relacionadas con un aristócrata loco, con una dama lasciva, un judío estudioso y un perro salvaje. El verdadero origen del pueblo, sin embargo, se había perdido en el pasado.

Los campesinos que labraban las tierras de los alrededores eran pobres; la tierra era tozuda. Los judíos del pueblo de Frampol también vivían en la pobreza: sus tejados eran de paja; sus suelos, de tierra. En verano muchos de ellos andaban descalzos, y durante el tiempo frío se envolvían los pies en trapos o bien calzaban sandalias hechas de paja.

El rabino Oizer, aunque renombrado por su erudición, recibía un sueldo de tan solo dieciocho groshen a la semana. Su ayudante, además de servir de matarife ritual, también ejercía de maestro, casamentero, encargado de la casa de baños y cuidador en el hospicio. Incluso aquellos vecinos del pueblo que eran tenidos por ricos, poco lujo conocían. Vestían gabanes de algodón atados con una cuerda a la cintura, y solo en el shabbat probaban la carne. Las monedas de oro eran una rareza en Frampol.

Sus habitantes, sin embargo, habían sido bendecidos con hijos agraciados. Los muchachos crecían altos y fuertes, las muchachas hermosas. Esta era una bendición solo a medias, no obstante, ya que los jóvenes se marchaban para casarse con muchachas de otras ciudades mientras sus hermanas, por carencia de dotes, permanecían solteras. Inexplicablemente, y pese a la escasez de comida y a que el agua era infecta, los niños seguían desarrollándose con buena salud.

Sucedió que cierto verano sobrevino una fuerte sequía. Ni siquiera los más viejos campesinos recordaban una calamidad parecida. No llovía. El maíz se resecó y su crecimiento quedó atrofiado. Apenas hubo algo digno de ser cosechado. Para colmo, cuando unas contadas gavillas de trigo ya habían sido segadas y recolectadas, llegaron las lluvias y con ellas el granizo, que acabó destruyendo cualquier cereal que se hubiera salvado de la sequía. Langostas del tamaño de pájaros aparecieron tras la tormenta; se decía que sus gargantas emitían voces humanas. Al volar, golpeaban en los ojos a los campesinos que luchaban por ahuyentarlas. Aquel año no hubo feria, puesto que todo se había perdido. Ni los campesinos ni los judíos de Frampol contaban con suficientes alimentos. Aunque las grandes ciudades disponían de cereales, nadie estaba en condiciones de adquirirlos.

Cuando precisamente habían abandonado toda esperanza y el pueblo entero estaba a punto de echarse a mendigar, ocurrió el milagro. Un carruaje tirado por ocho briosos caballos llegó al pueblo. Los vecinos pensaron que su ocupante sería algún caballero cristiano, pero no fue así. Quien se apeó fue un joven judío, de entre veinte y treinta años, esbelto y pálido, de redondeada barba negra y chispeantes ojos, también negros; lucía un sombrero de marta, zapatos con hebillas de plata y un gabán ribeteado con piel de castor. Un fajín de seda de color verde le ceñía la cintura. Lleno de excitación, todo el pueblo corrió a contemplar al forastero. Y esta es la semblanza que les hizo de sí mismo: era médico, viudo y procedía de Cracovia. Su esposa, hija de un rico comerciante, había muerto de parto junto con el bebé.

Impresionados, los habitantes de Frampol le preguntaron qué razón le había empujado hasta su pueblo. Había seguido el consejo de un rabino milagrero, respondió él; el rabino le había asegurado que la melancolía que se apoderó de él tras el fallecimiento de su esposa se desvanecería en Frampol. Del hospicio comenzaron a salir indigentes que se apiñaron alrededor del médico, mientras él distribuía limosnas: tres groshen, seis groshen, monedas de medio gulden. Sin duda, aquel forastero era un regalo del cielo y el pueblo de Frampol ya no estaba destinado a desaparecer. Los mendigos corrieron al panadero en busca de pan y éste mandó que le enviaran de Zamosc un saco de harina.

—¿Un saco? —preguntó el recién llegado—. Pero si eso no les alcanzará ni para un día. Encargaré una carretada entera, y no solo de harina de trigo, sino de maíz también.

—Pero no disponemos de dinero —explicaron los notables del pueblo.

—Con la ayuda de Dios, ustedes me lo devolverán cuando lleguen mejores tiempos. —Y diciendo esto, el forastero sacó una bolsa repleta de ducados de oro. Frampol disfrutaba viéndole contar una a una las monedas.

Al día siguiente, carros cargados de harina, de trigo rubión, de cebada, de mijo y alubias entraron en Frampol. La noticia de la buena fortuna de sus pobladores llegó a oídos de los campesinos y estos se apresuraron a acudir a los judíos para comprar alimentos, como antaño los egipcios habían acudido a José. Puesto que carecían de dinero, pagaban en especie, y en consecuencia, en el pueblo también hubo carne. De nuevo los hornos estaban encendidos; y las ollas, llenas a rebosar. El humo salía por las chimeneas y dispersaba, en el aire de la tarde, olor a pollos y gansos asados, a cebolla y ajo, a pan y a pasteles frescos. Los vecinos volvieron a sus ocupaciones: los zapateros a remendar zapatos, los sastres a manejar sus oxidadas tijeras y sus planchas.

Las noches eran cálidas y el cielo se presentaba despejado, pese a que la fiesta de Succot ya había pasado. Las estrellas parecían extraordinariamente grandes. Hasta los pájaros permanecían despiertos, gorjeando y trinando como si fuera pleno verano. El forastero de Cracovia había ocupado la mejor habitación de la posada y su cena consistía en pato asado a la parrilla, mazapán y pan trenzado. Albaricoques y vino húngaro eran su postre. Seis velas adornaban la mesa. Una noche, después de cenar, el médico de Cracovia se dirigió a la gran sala pública en la que se habían congregado algunas de las personas más fisgonas de la ciudad y preguntó:

—¿Le gustaría a alguien jugar al dreidl con apuestas?

—Pero si aún no es Janucá —le respondieron sorprendidos.

—¿Por qué esperar hasta Janucá? Yo apostaré un gulden por cada groshen que apuesten.

Algunos de los hombres más lanzados se mostraron dispuestos a probar suerte y acertaron. Cada groshen significaba un gulden y un gulden se convertía en treinta. Jugaba quienquiera que lo deseara. Todos ganaban. El forastero, sin embargo, no parecía alterado. La mesa se cubría de billetes y monedas de plata y oro. La sala se llenó de mujeres y de muchachas, y el brillo del oro que tenían delante parecía reflejarse en sus ojos. Lanzaban ahogados gritos de asombro. Nunca antes había sucedido algo así en Frampol. Las madres instruían a sus hijas para que se esmeraran en arreglarse el cabello, y hasta les permitieron vestirse de gala. La muchacha que lograra caerle en gracia al joven médico sería una afortunada; él no era de los que exigían que se aportara una dote.

II

A la mañana siguiente el caballero recibió la visita de los casamenteros, y cada uno de ellos ensalzó las virtudes de la muchacha que representaba. El médico invitó a todos a tomar asiento y les agasajó con tarta de miel, macarrones dulces, nueces y aguamiel. A continuación les declaró lo siguiente:

—De cada uno de ustedes he oído repetidamente la misma historia: su cliente es bella y lista y posee todas las cualidades imaginables. Pero ¿cómo puedo saber quién de ustedes está diciendo la verdad? Yo deseo tomar por esposa a la más perfecta de todas. He aquí lo que propongo: que se organice un baile al cual sean invitadas todas las jóvenes casaderas. Una vez que yo observe su aspecto y su conducta, podré elegir entre ellas. Entonces se redactará un contrato de matrimonio y se concertará la boda.

Los casamenteros no salían de su sorpresa. El viejo Mendl fue el primero en recuperar el habla:

—¿Un baile? Esa clase de evento está bien para los no judíos ricos. Nosotros los judíos no nos permitimos ese tipo de celebraciones desde la destrucción del Templo, salvo cuando la Ley las hace preceptivas en determinadas fiestas.

—¿Acaso no está obligado cada judío a casar a su hija? —preguntó el médico.

—Pero las muchachas no tienen vestidos apropiados para la ocasión —protestó otro casamentero—. Por causa de la actual sequía, se verían obligadas a acudir al baile en harapos.

—Yo me ocuparé de que todas ellas tengan el atuendo adecuado. Encargaré traer de Zamosc suficiente seda, lana, terciopelo y lino como para engalanar a cada muchacha. Que el baile se celebre. Que sea un acontecimiento que Frampol no olvide jamás.

—Pero ¿dónde podríamos celebrarlo? —preguntó otro casamentero—. La sala donde solíamos festejar las bodas se incendió, y nuestras casas son demasiado pequeñas.

—Tal vez la plaza del mercado —sugirió el caballero de Cracovia.

—Pero si ya estamos en el mes de Jeshván. Cualquier día de estos llegará el frío.

—Elegiremos una cálida noche de luna. No se preocupen por esto.

A cada una de las numerosas dificultades que objetaban los casamenteros, el forastero tenía preparada una respuesta. Finalmente, accedieron a consultar con los notables del pueblo. El médico les dijo que él no tenía prisa, que esperaría su decisión. Mientras mantuvo toda esta larga conversación, no dejó de jugar su partida de ajedrez con uno de los más inteligentes jóvenes del pueblo, al tiempo que masticaba unas pasas.

Los dirigentes comunales se mostraron incrédulos cuando escucharon la propuesta. Las muchachas, por su parte, estaban emocionadas; y los jóvenes también aprobaron la idea. Las madres, aunque fingieron vacilar, finalmente dieron también su consentimiento. Cuando una delegación de los hombres de mayor edad acudió a rabí Oizer en busca de su beneplácito, el rabino se indignó:

—¿Qué clase de embaucador es ese? —exclamó—. Frampol no es Cracovia. ¡Lo único que nos faltaba, un baile! ¡Que Dios nos guarde de provocar una plaga sobre nosotros y que criaturas inocentes paguen por nuestra frivolidad!

Pero los hombres más prácticos razonaron con el rabino, argumentando:

—Nuestras hijas van ahora descalzas y en andrajos. Él les va a proporcionar zapatos y ropa. Si una de ellas le agradara, se casaría con ella y se establecería aquí. No cabe duda de que esto resultaría ventajoso para todos nosotros. La sinagoga necesita un tejado nuevo. Las ventanas de la casa de estudio están rotas y en el baño urge una reparación. En el hospicio los pobres duermen sobre fardos de paja podrida.

—Todo esto es verdad. Pero, ¿y si estuviéramos cometiendo un pecado?

—Cada cosa se hará de acuerdo con la Ley, rebbe. Puede confiar en nosotros.

El rabino Oizer bajó del estante el libro de la Ley y lo hojeó. De vez en cuando se detenía para examinar alguna página; tras suspirar y vacilar, finalmente asintió. ¿Acaso tenía alternativa? En su propio caso, hacía seis meses que no recibía el sueldo.

En cuanto el rabino dio su consentimiento, se produjo un gran despliegue de actividad. Los comerciantes de tejidos se desplazaron inmediatamente a Zamosc y Yanev, y regresaron con telas y cueros, todos ellos sufragados por el caballero de Cracovia. Los sastres y las modistas trabajaron día y noche; los zapateros solo abandonaban sus bancos de trabajo para ir a rezar. Las jóvenes, ansiosas a la espera del evento, entraron en un estado febril. Probaban pasos de baile que apenas recordaban; horneaban tartas y otros dulces, utilizando toda la reserva de confituras y conservas que tenían guardadas para casos de enfermedad. Igualmente activos se mostraron los músicos de Frampol. Címbalos, violines y gaitas, unos instrumentos largo tiempo olvidados y descuidados, hubieron de ser desempolvados y afinados. El regocijo contagió incluso a los más ancianos, pues corrió el rumor de que el elegante médico proyectaba dar un banquete para los necesitados durante el cual se repartirían dádivas.

Las muchachas casaderas se entregaron por completo a mejorar su aspecto, cuidando la limpieza del cutis y el arreglo del cabello; algunas incluso acudieron al baño ritual, como lo hacían las mujeres casadas. Por las tardes se reunían, con rostros ruborizados y ojos chispeantes, en casa de alguna de ellas, para contarse chismes e intercambiar acertijos. Les resultaba difícil, a ellas y a sus madres, conciliar el sueño. Los padres suspiraban mientras dormían. De repente, las muchachas de Frampol se habían vuelto tan atractivas que los jóvenes que preveían casarse con otras de los pueblos vecinos se enamoraban de ellas. Continuaban sentándose en la casa de estudio, enfrascados en el Talmud, pero esa sabiduría ya no penetraba en sus mentes. Solo el baile programado predominaba en sus conversaciones, solo el baile ocupaba sus pensamientos.

El médico de Cracovia también se divertía. Cambiaba de ropa varias veces al día. Primero se ponía una bata de seda y zapatillas con pompones; luego, una túnica de lana con botas altas. Para una comida vestía una capa corta ribeteada por delante con colas de castor y para la siguiente, una capa larga ribeteada con flores y hojas. Desayunaba pichón asado rociado con vino seco. Para el almuerzo encargaba fideos con huevo y blintses, y tuvo la osadía de comer el pudín de shabbat a mediados de semana. Nunca asistía a los servicios religiosos y, en su lugar, organizaba toda clase de juegos: de naipes, de cabras y lobos, de monedas a cara o cruz. Al terminar el almuerzo, el cochero lo llevaba en su carruaje a pasear por la vecindad. Los campesinos se quitaban el sombrero al verlo pasar y se inclinaban hasta casi tocar el suelo. En cierta ocasión, paseó por Frampol luciendo un bastón con empuñadura de oro. Las mujeres se aglomeraban en las ventanas para verlo pasar y los niños le seguían por detrás, recogiendo los caramelos de colores que él les arrojaba. Por las noches, junto con otros acompañantes, jóvenes alegres, bebían vino hasta las tantas.

El rabino Oizer no cesaba de prevenir a su grey, advirtiéndoles que caminaban cuesta abajo conducidos por el Maligno, pero ellos no le hacían caso. Sus mentes y sus corazones estaban totalmente poseídos por el baile que se celebraría en la plaza del mercado a mediados de aquel mes, en una noche de luna llena.

III

En el límite del pueblo, en un pequeño valle cerca del pantano, había una choza no más grande que un gallinero. El suelo enlodado, la ventana cerrada con tablas y el tejado cubierto de musgo verde y amarillo hacían pensar en un abandonado nido de pájaros. Montones de basura se acumulaban delante de la choza, y cárcavas de cal surcaban la empapada tierra. Entre los desechos, se podía ver alguna que otra silla sin asiento, una jarra que carecía de asa, una mesa sin patas. Toda clase de escobas, huesos y harapos parecían estar pudriéndose allí. En ese nauseabundo lugar habitaba Lippe el trapero con su hija Hodl. Cuando su primera esposa aún vivía, Lippe era un comerciante respetado en Frampol, y en la sinagoga ocupaba un asiento junto a la pared este. Sin embargo, después de que su mujer se suicidara tirándose al río, su condición se deterioró rápidamente. Se dio a la bebida, se relacionó con los peores sujetos del pueblo y no tardó en acabar en la bancarrota.

Su segunda esposa, una mujer que vivía de la mendicidad en Yanev, le había dado una hija, a quien después había abandonado, al separarse de él porque no podía mantenerla. Indiferente a la marcha de su esposa, Lippe dejó que la niña se las arreglara por sí sola. Él dedicaba unos días por semana a recoger trapos de la basura. El resto del tiempo lo pasaba en la taberna. Cuando la esposa del tabernero lo reprendía, solo le contestaba con malos modos. Entre los hombres, Lippe era celebrado como cuenta-cuentos. Con sus historias acerca de brujas y molinos de viento, demonios y duendes, atraía negocio para la taberna. Sabía también recitar rimas polacas y ucranianas y tenía don para contar chistes. El tabernero le permitía ocupar un lugar al lado de la estufa, y de vez en cuando le servían un cuenco de sopa con un mendrugo de pan. Algunos viejos amigos, que recordaban la antigua prosperidad de Lippe, le entregaban en ocasiones un par de pantalones, un abrigo gastado o una camisa. Él lo aceptaba, pero con descortesía. Incluso sacaba la lengua a sus benefactores cuando le daban la espalda.

Tal como establece el dicho “De tal palo tal astilla”, Hodl heredó los vicios de ambos progenitores, de su padre borracho y de su madre mendiga. Cuando llegó a la edad de seis años, ya había adquirido fama de glotona y de ladrona. Descalza y a medio vestir, deambulaba por el pueblo. Entraba en las casas y tomaba por asalto las despensas de los propietarios ausentes. Se alimentaba de gallinas y patos. Les rajaba los cuellos con trozos de vidrio y esa era su comida. Aunque los habitantes de Frampol a menudo advertían al padre de que estaba criando a una depravada, la noticia no parecía inquietarlo. Rara vez hablaba con la niña y ella ni siquiera lo llamaba padre. Después de cumplir los doce años, su lascivia se convirtió en tema de cotilleo entre las mujeres. En la choza recibía a cíngaros; además se decía de ella que devoraba la carne de gatos y perros, y de hecho, la carne de cualquier animal muerto. Alta y esbelta, pelirroja y con ojos verdes, caminaba descalza, tanto en invierno como en verano, y con retales estampados que las modistas desechaban se cosía alguna falda. Era temida por las madres, pues decían de ella que mediante hechizos malograba a los muchachos. Cuando los notables del pueblo la reprendían, recibían de ella respuestas descaradas. Con la astucia de una bastarda y la lengua de una víbora, cuando la atacaban los golfos de la calle, no dudaba en devolverles el golpe. Su especial habilidad en proferir maldiciones contaba con un ilimitado repertorio de ellas: “Que se te ulcere la lengua y se gangrenen tus ojos”. Algo así como: “Que te pudras hasta que las mofetas huyan de tu hedor”, era típico de ella.

A veces estas maldiciones eran eficaces y la gente se cuidaba de no provocar su ira. A medida que fue madurando, sin embargo, tendió a evitar su entrada en el pueblo, y llegó un momento en que casi se habían olvidado de ella. No obstante, precisamente el día en que los comerciantes de Frampol distribuían telas y pieles entre las jóvenes, como preparación para el baile, Hodl hizo acto de presencia. Rondaba los diecisiete años y a pesar de estar totalmente desarrollada seguía vistiendo falda corta; tenía el rostro pecoso y el cabello desordenado. Un collar de cuentas, como los que suelen llevar las cíngaras, colgaba de su cuello, y en las muñecas lucía unos brazaletes de dientes de lobo. Abriéndose paso entre el gentío exigió su parte. No quedaban nada más que unos pocos retales y se los entregaron a ella. Furiosa con lo que le había correspondido, se lo llevó a casa a toda prisa. Quienes presenciaron lo ocurrido se burlaban: “¡Mira quién piensa asistir al baile! ¡Menudo espectáculo va a dar ésta!”.

Finalmente, los zapateros y los sastres terminaron su trabajo: cada vestido había quedado perfecto, cada zapato encajaba como debía. Los días eran milagrosamente cálidos y las noches tan luminosas como las tardes de Shavuot. Al llegar el día del baile, todo el pueblo se despertó con el lucero del alba. A un lado de la plaza del mercado se alineaban las mesas y los bancos. Los cocineros habían asado carne de ternera y cordero, de cabra y de ganso, de pato y de gallina, y habían horneado bizcochos y tartas de pasas, pan trenzado y bollos, panecillos de cebolla y galletas de jengibre. Para beber, había aguamiel, cerveza y un barril de vino húngaro que proporcionó el tabernero. Los niños sacaron los arcos y flechas que les servían para jugar en la fiesta de Lag ba’Omer, así como las carracas de Purim y las banderas que colgaban en la fiesta de Simjat Torá sobre pequeños rollos de la Ley. Hasta los caballos del médico fueron decorados con ramas de sauce y flores de otoño y el cochero los exhibió en un paseo por el pueblo. Los aprendices descansaron de su trabajo y los estudiantes de yeshive hicieron lo mismo con sus tomos del Talmud. Pese a que el rabino Oizer había prohibido asistir al baile a las jóvenes casadas, estas acudieron ataviadas con sus vestidos de boda y acompañadas por muchachas que también vestían de blanco y llevaban en la mano una vela, como si fueran damas de honor. La banda ya había comenzado a tocar y la música era festiva. El rabino Oizer fue la única persona que no se presentó, pues se encerró en su estudio. Incluso su criada le dejó solo para acudir también al baile. El rabino sabía que nada bueno saldría de tal comportamiento, pero nada podía hacer para impedirlo.

A últimas horas de la tarde, todas las muchachas ya se habían reunido en la plaza del mercado, rodeadas por los vecinos del pueblo. Sonaron los tambores. Actuaron los bufones. Las muchachas bailaron: primero un rigodón, luego una danza de tijera; a continuación, el cosachok y finalmente la danza del enfado. Aunque el sol aún no se había puesto, en el cielo ya se divisaba la luna. Llegó la hora del caballero de Cracovia. Entró en la plaza montado sobre una yegua blanca, flanqueado por guardaespaldas y por su padrino; con un gran sombrero de plumas y botones de plata que resplandecían en su abrigo verde. A un lado le colgaba una espada, y sus relucientes botas se apoyaban en los estribos. Su aspecto era el de un caballero que partía a la guerra con su séquito. En silencio, sentado sobre la silla de montar, observaba a las muchachas mientras bailaban. ¡Qué gráciles eran, con qué encanto se movían! Solo había una que no bailaba: era la hija de Lippe el trapero. En pie a un lado de la plaza, nadie hacía caso de ella.

IV

El sol poniente, inusualmente grande, presenciaba iracundo, como un ojo celestial, la plaza del mercado de Frampol. Nunca antes había visto el pueblo una puesta de sol como esa. Nubes encendidas cruzaban el cielo, cual ríos de azufre ardiente, y adoptaban formas de elefantes, de leones, de serpientes y de monstruos. Se diría que libraban una batalla en el firmamento, devorándose unas a otras, escupiendo y exhalando llamas. A todos les parecía estar contemplando el río de fuego, en el que los demonios torturaban a los malhechores entre candentes brasas y collados de cenizas. La luna se infló, se hizo inmensa, roja como la sangre y a la vez moteada, marcada por cicatrices y difundiendo escasa luz. La tarde se volvió muy oscura e incluso se disiparon las estrellas. Los jóvenes corrieron en busca de antorchas y se acondicionó un barril de brea ardiente. Las sombras parecían danzar de un extremo al otro, como si vivieran su propio baile. Alrededor de la plaza del mercado las casas parecían vibrar, temblaban los tejados, las chimeneas se tambaleaban. Tanto alborozo y enajenación jamás había conocido Frampol. Por primera vez en muchos meses, cada cual comió y bebió hasta saciarse. Incluso los animales se asociaban al jolgorio. Los caballos relinchaban, las vacas mugían y los pocos gallos que habían sobrevivido al sacrificio de aves para la fiesta cacareaban. Bandadas de cuervos y otros pájaros extraños se abalanzaban a picotear en su vuelo los desperdicios. Las luciérnagas destacaban en la oscuridad mientras en el horizonte refulgían los relámpagos, aunque no se oían truenos. De repente, un extraño destello circular brilló en el cielo durante unos instantes y cayó en picado hacia el horizonte, dejando atrás una estela carmesí, semejante a una vara ardiente. En aquel momento, cuando todos, maravillados, contemplaban el cielo, el caballero de Cracovia tomó la palabra:

—Escuchadme. Tengo cosas prodigiosas que contaros, pero que nadie se deje embargar por la alegría. Hombres: sujetad bien a vuestras esposas. Jóvenes: cuidad de vuestras novias. Estáis viendo en mí al hombre más rico del mundo entero. El dinero es arena para mí y los diamantes, guijarros. Vengo de la tierra de Ofir, donde el rey Salomón encontró el oro para su templo. Habito en el palacio de la reina de Saba. Mi carruaje es de oro macizo, sus ruedas llevan incrustaciones de zafiro, los ejes son de marfil, los reflectores tachonados de rubíes y esmeraldas, ópalos y amatistas. El soberano de las diez tribus perdidas de Israel conoce vuestro sufrimiento y me envió para que yo fuera vuestro benefactor. Pero hay una condición. Esta noche, toda virgen debe casarse. Yo proveeré para cada doncella una dote de diez mil ducados, así como un collar de perlas que le llegará hasta las rodillas. Pero daos prisa. Cada muchacha debe tener su esposo antes de que el reloj marque la medianoche.

El silencio se apoderó de la muchedumbre. Tan mudos como en el día de Año Nuevo antes de escuchar el sonido del shofar. Se podía oír el zumbido de una mosca. Un anciano gritó de pronto:

—¡Pero eso es imposible! ¡Las muchachas no están ni siquiera apalabradas!

—Que se apalabren.

—¿Con quién?

—Podemos echarlo a suertes —respondió el caballero de Cracovia—. Cada uno y una de los que van a casarse tendrá su nombre escrito en una tarjeta. El mío también estará. Y a continuación, las iremos sacando para ver quién está destinado a quién.

—Pero una joven debe esperar siete días. Debe acudir antes al baño ritual.

—Que el pecado caiga sobre mí. Ninguna necesita esperar.

A pesar de las protestas de los ancianos y de sus esposas, se prepararon unos trozos de hojas de papel y en cada uno de ellos un escribiente apuntó el nombre de un joven o de una joven. El conserje de la sinagoga, ahora al servicio del caballero de Cracovia, fue extrayendo de un yármulke las tarjetas con los nombres de los jóvenes, por un lado, y de las jóvenes, por otro, al tiempo que canturreaba los nombres con el mismo sonsonete que utilizaba para llamar a los fieles a la lectura de la Torá.

—Najum, hijo de Katriel, comprometido con Yentl, hija de Natan. Solomon, hijo de Cov Baer, comprometido con Traine, hija de Jonás Leib.

Se producían extrañas combinaciones, pero de noche todos los gatos son pardos y los emparejamientos parecieron bastante razonables. Después de cada tarjeta extraída, los jóvenes recién emparejados, agarrados de la mano, se acercaban al caballero de Cracovia a fin de recoger la dote y el regalo de bodas. Tal como lo había prometido, el caballero entregó a cada pareja la cantidad estipulada en ducados y colgó en el cuello de cada novia un collar de perlas. Las madres, incapaces de contener su alegría, comenzaron a bailar y a dar gritos de júbilo. Los padres se mantenían al margen, desconcertados. Las muchachas levantaban la falda para atrapar las monedas de oro que el médico les lanzaba, y ponían al descubierto sus piernas y ropa interior, lo que produjo paroxismos de lujuria entre los hombres. Los violines chirriaban, los tambores redoblaban, las trompetas atronaban. El tumulto era ensordecedor. Chicos de doce años se encontraron emparejados con “solteronas” de diecinueve. Hijos de ciudadanos pudientes recibieron como novias a hijas de indigentes; muchachas enanas fueron apareadas con gigantes, bellezas con lisiados. Las últimas dos tarjetas llevaban los nombres del caballero de Cracovia y de Hodl, la hija de Lippe el trapero. El mismo anciano que antes había intervenido, gritó:

—¡Ay de nosotros! ¡La muchacha es una ramera!

—Ven hacia mí, Hodl, ven a tu novio —la llamó el caballero.

Hodl, con el cabello recogido en dos largas trenzas, una falda estampada de algodón y sandalias en los pies, no esperó a que se lo pidieran dos veces. En cuanto oyó mencionar su nombre se encaminó hacia el lugar donde el caballero de Cracovia continuaba montado en su yegua, y cayó de rodillas. Siete veces se postró ante él.

—¿Es verdad lo que dice ese viejo majadero? —le preguntó su futuro marido.

—Sí, señor. Así es.

—¿Has pecado solo con judíos o también con no judíos?

—Con ambos.

—¿Lo hiciste para conseguir pan?

—No. Por puro placer.

—¿Qué edad tenías cuando comenzaste?

—Menos de diez años.

—¿Te arrepientes por lo que has hecho?

—No.

—¿Por qué no?

—¿Por qué debería arrepentirme? —replicó con desvergüenza.

—¿No temes las torturas del infierno?

—No temo a nada, ni siquiera a Dios. Dios no existe.

De nuevo el anciano comenzó a gritar:

—¡Ay de nosotros, ay de nosotros, los judíos! Un fuego nos ha caído encima, un fuego que abrasa, el fuego de Satanás. ¡Salvad vuestras almas, judíos! ¡Huid, antes de que sea demasiado tarde!

—¡Amordazadlo! —ordenó el caballero de Cracovia.

Los guardias ataron al anciano y lo amordazaron. El joven médico tomó a Hodl de la mano y empezó a bailar con ella. En ese momento, como si los poderes de la oscuridad hubiesen sido convocados, la lluvia y el granizo comenzaron a caer con furia; los relámpagos iban acompañados de fortísimos truenos. Pese a ello, haciendo caso omiso de la tormenta, devotos hombres y mujeres se abrazaban desvergonzadamente, bailaban y gritaban como posesos. Hasta los ancianos se sintieron arrastrados. En plena algarabía, se rasgaban vestidos, se quitaban zapatos; sombreros, pelucas y yármulkes eran pisoteados en el lodo. Los fajines caídos en el suelo se enroscaban como serpientes. De súbito, se escuchó un tremendo estrépito. Un poderoso rayo había alcanzado simultáneamente la sinagoga, la casa de estudio y la casa de baños. El pueblo entero se incendió.

Al fin, aquella descarriada plebe se dio cuenta de que no era una causa natural la que había desencadenado esos acontecimientos. El incendio no se extinguía, pese a que la lluvia continuaba incluso con mayor intensidad. Una luz espectral iluminaba la plaza del mercado. Las escasas personas prudentes que quisieron despegarse de la masa enloquecida acabaron empujadas a tierra, aplastadas y pisoteadas.

Fue entonces cuando el caballero de Cracovia reveló su verdadera identidad. Ya no era el joven que los habitantes del pueblo habían acogido, sino un ser cubierto de escamas, con un ojo en el pecho y en la frente un cuerno que giraba a toda velocidad. Sus brazos estaban cubiertos de pelos, de espinas y de rizos de elfo, y el rabo era un gran enredo de serpientes vivas, pues no se trataba de otro más que de Ketev Mriri, el jefe de los diablos.

Brujos, hombres lobo, gnomos, demonios y duendes se abalanzaron desde el cielo, unos montados en escobas, otros en aros y aún otros sobre arañas. Osnát, la hija de Majlát, con su refulgente cabellera desparramada al viento, los pechos desnudos y los muslos al descubierto, saltaba de una chimenea a otra y patinaba sobre los aleros. Nama, Hurmiza, la hija de Aff y otras muchas diablesas realizaban toda clase de volteretas. El mismísimo Satanás consagró el matrimonio del novio, mientras cuatro espíritus malignos sostenían los báculos del palio nupcial, convertidos en serpientes pitón que se retorcían. Cuatro perros acompañaban al novio. El vestido de Hodl cayó al suelo y quedó desnuda. Los pechos le colgaban hasta el ombligo y sus pies se asemejaban a los de un ave palmípeda. Su cabellera era una selva de gusanos y orugas. El novio le hizo entrega de un anillo triangular y en lugar de decir “Mediante este anillo me has sido consagrada según la Ley de Moisés e Israel”, gritó “Mediante este anillo me has sido profanada según la blasfemia de Kóraj e Ismael”. En lugar de desear a la pareja buena suerte, los espíritus malignos gritaron: “¡Suerte funesta!” y comenzaron a salmodiar:

       De Eva la maldición, de Caín la marca,
       la astucia de la serpiente a los dos abarca.

El anciano al que antes habían amordazado, soltando un último chillido, se llevó las manos a la cabeza y expiró. Ketev Mriri inició su panegírico:

       Boñiga del diablo, maleficio de Satanás,
       así llegue tu espíritu al infierno, donde te asarás.

V

El rabino Oizer se despertó en mitad de aquella noche. Como santo varón que era, el incendio que consumía el pueblo no ejerció poder sobre su casa. Al incorporarse, miró en torno suyo y se preguntó si ya habría despuntado el día. En el exterior no era ni de día ni de noche. Vio el cielo teñido de rojo y oyó a lo lejos un estruendo de gritos y cantos que parecían aullidos de bestias salvajes. Al principio, sin recordar nada, el anciano se preguntó qué estaría sucediendo. “¿Acaso habrá llegado el fin del mundo y yo no he oído el shofar anunciando la llegada del Mesías? ¿Habrá llegado ya?” Tras lavarse las manos, se enfundó las zapatillas y el abrigo y salió a la calle.

El pueblo era irreconocible. Donde antes había casas, solo se veían las chimeneas. Aquí y allá ardían montículos de carbón. Llamó al conserje de la sinagoga, mas no hubo respuesta. Bastón en mano, el rabino corrió en busca de su grey.

—¿Dónde estáis, judíos, dónde estáis? —gritaba con voz lastimera.

La tierra le quemaba los pies, pero no aflojó el paso. Perros rabiosos y seres extraños lo atacaron, pero él blandía su bastón contra ellos. Su pena era tan grande que no sentía temor. En el lugar donde antes se hallaba la plaza del mercado encontró un horripilante panorama. No había nada más que un ancho pantano, lleno de lodo y cenizas. Una multitud de personas desnudas hacían movimientos de danza, mientras luchaban por mantenerse a flote en el barro, que a algunos les llegaba hasta las rodillas, a otros hasta la cintura y a otros hasta los hombros. Al principio, el rabino tomó por demonios a esas insólitas figuras de raros movimientos y, para conjurarlos, estuvo a punto de recurrir a la oración: “Sea la gracia del Señor nuestro Dios sobre nosotros”1 y otros versículos y expresiones relativas a exorcismos, cuando reconoció a la gente de su pueblo. Solo en ese momento se acordó del médico de Cracovia y gritó con amargura:

—¡Judíos, por el amor de Dios, salvad vuestras almas! ¡Estáis en manos de Satanás!

Los vecinos del pueblo, sin embargo, demasiado enfervorizados como para prestar atención a su exhortación, continuaron con sus frenéticos movimientos durante largo tiempo, saltando como ranas, temblando como dominados por la fiebre. Con los cabellos al aire y los senos al desnudo, las mujeres reían, chillaban, se contoneaban. Una muchacha agarró a un estudiante de yeshive por los tirabuzones y lo arrastró hacia su regazo. Una mujer tiró de la barba a un desconocido. Ancianos y ancianas se hundían en el cieno hasta la cintura. Apenas parecían seres vivos.

Sin descanso, el rabino seguía instando a todos a que resistieran al mal. Al fin, después de invocar varios pasajes de la Torá y de otros libros sacros, así como algunos conjuros y los diversos nombres de Dios, logró espabilar a algunos. Otros respondieron a continuación. El rabino ayudó al primero a salir del fango, luego este asistió al siguiente y así sucesivamente. Al aparecer el lucero de la mañana, la mayoría de ellos se había restablecido. Tal vez los espíritus de sus antepasados habrían intercedido en su favor; aunque muchos habían pecado, solo un hombre había muerto esa noche en la plaza del mercado.

Los hombres, horrorizados al darse cuenta de que el demonio los había embrujado y arrastrado al fango, rompieron a llorar. Las jóvenes se lamentaban:

—¿Dónde está nuestro dinero? ¿Dónde nuestro oro y las joyas? ¿Dónde está nuestra ropa? ¿Adónde fueron a parar el vino, el aguamiel y los regalos de boda?

Todo se había convertido en lodo; el pueblo de Frampol, saqueado y en ruinas, se había transformado en un pantano; y sus habitantes, salpicados de cieno, despojados de sus ropas, en seres monstruosos. Por un momento, olvidando su dolor, no podían evitar reírse los unos de los otros. Las cabelleras de las muchachas se habían enmarañado y en ellas había murciélagos enredados. Si a los jóvenes se les había encanecido el pelo y arrugado la piel, los más viejos se habían vuelto amarillos como cadáveres. El anciano que había muerto yacía en el suelo.

Teñido de rojo por la vergüenza, salió el sol en el horizonte.

—Rasguémonos las vestiduras en señal de duelo —gritó un hombre, pero sus palabras solo provocaron la risa, ya que todos habían quedado desnudos.

—Estamos todas condenadas, hermanas —se lamentó una mujer.

—Ahoguémonos en el río —chilló una muchacha—. ¿Para qué seguir viviendo?

—Ahorquémonos con nuestros fajines —exclamó uno de los estudiantes de yeshive.

—Hermanos, estamos perdidos. Blasfememos de Dios —dijo un tratante de caballos.

—¿Habéis perdido la razón, judíos? —gritó el rabí Oizer—. Arrepentíos antes de que sea demasiado tarde. Caísteis en la trampa del diablo, pero la culpa es mía. Que el pecado recaiga sobre mí. Yo soy el culpable. Yo seré vuestro chivo expiatorio y vosotros quedaréis limpios de pecado y culpa.

—¡Eso es una locura! —protestó uno de los estudiosos de la Torá—. ¡No quiera Dios que pesen tantos pecados sobre su santa cabeza!

—No te preocupes por eso. Mis hombros son anchos. Debí haber mostrado más previsión. He estado ciego al no darme cuenta de que el médico de Cracovia era el Maligno. Y cuando el pastor es ciego, el rebaño se descarría. Soy yo el que merece los castigos, las maldiciones.

—Rebbe, ¿qué haremos? Nos hemos quedado sin hogares, sin nuestra ropa de cama, sin nada. ¡Ay de nosotros, de nuestros cuerpos y de nuestras almas!

—¡Nuestros bebés! —gritaron las jóvenes mujeres casadas—. ¡Corramos a buscarlos!

Pero esas criaturas fueron las verdaderas víctimas de la pasión por el oro que indujo a los habitantes de Frampol a transgredir la Ley. Sus cunas se habían incendiado y los pequeños huesos aparecieron calcinados. Las madres se agacharon a recoger pequeños pies, manos, cráneos. Los lamentos y los llantos se prolongaron largo tiempo, pero ¿cuánto puede plañir un pueblo entero? El sepulturero reunió los huesos y los llevó al cementerio. La mitad de los vecinos se dispuso a guardar los siete días de luto según prescribe la Ley. Todo el pueblo hizo ayuno, ya que no había alimentos en ningún lugar.

La compasión de los judíos, sin embargo, es bien conocida, y cuando la noticia de lo sucedido llegó al vecino pueblo de Yanev, sus habitantes recaudaron ropa de cama y, en general, pan, queso, vajillas y lo enviaron todo a Frampol. Los madereros llevaron troncos para la construcción. Un hombre rico ofreció créditos. El mismo día siguiente comenzó la reconstrucción del pueblo. A pesar de la prohibición de trabajar durante los siete días de luto, el rabino Oizer decretó que ese era un caso excepcional: la vida de las personas corría peligro. Milagrosamente, el tiempo se mantuvo suave; no nevó. Nunca antes había conocido Frampol tanta dedicación. Los vecinos construían y rezaban, mezclaban la cal y la arena y recitaban salmos. Las mujeres trabajaban codo a codo con los hombres, y las muchachas, olvidando sus remilgos, echaban una mano. También ayudaron los estudiosos de la Torá y los notables del pueblo. Los campesinos de las aldeas de los alrededores, al conocer la catástrofe, acogieron en sus hogares a ancianos y enfermos. También ellos llevaron al pueblo leña, patatas, cabezas de repollo, cebollas y otros alimentos.

Los sacerdotes y obispos de Lublin, al enterarse de unos acontecimientos que hacían pensar en brujería, viajaron a Frampol con objeto de interrogar a los testigos. Mientras el escriba iba anotando los nombres de los habitantes del pueblo, estos de pronto se acordaron de Hodl, la hija de Lippe el trapero. Sin embargo, cuando acudieron al lugar donde se hallaba su choza, encontraron la colina cubierta de hierbajos y zarzas, y un silencio solo interrumpido por el graznido de los cuervos y el maullido de los gatos. No había indicio alguno de que seres humanos hubieran morado allí alguna vez.

En ese momento comprendieron que Hodl era realmente Lilit y que el huésped de los infiernos se había presentado en Frampol a causa de ella. Tras sus investigaciones, los clérigos de Lublin, atónitos ante lo que habían visto y oído, regresaron a sus casas. Unos días más tarde, en vísperas de un shabbat, el rabino Oizer falleció. El pueblo entero asistió al entierro y el predicador de la sinagoga pronunció el panegírico.

Pasado algún tiempo, un nuevo rabino ocupó su puesto en la comunidad y un pueblo renovado se alzó. Los ancianos murieron, los montículos del cementerio se allanaron y las lápidas poco a poco se hundieron en la tierra. La historia, no obstante, firmada por testigos fidedignos y manuscrita sobre pergamino, aún puede leerse en la crónica del pueblo.

Los acontecimientos que en dicha crónica se describen produjeron su epílogo: la codicia por el oro había sido ahogada en Frampol; nunca más volvió a despertar. De generación en generación, sus habitantes siempre continuaron siendo pobres. Una moneda de oro era abominación en Frampol; incluso la moneda de plata era vista con recelo. Cada vez que un zapatero o un sastre exigía por su trabajo un precio demasiado elevado, le decían: “Puedes acudir al caballero de Cracovia y él te dará jarrones llenos de oro”.

En el sepulcro del rabino Oizer, en el mausoleo, llamea permanentemente una vela. Una paloma blanca se deja ver a menudo sobre el tejado: es el santo espíritu de rabí Oizer.

 

Isaac Bashevis Singer
Escritor. Autor de Gólem. El coloso de barro, Sombras sobre el Hudson y El mago de Lublin, entre otros libros.

Traducción de Rhoda Henelde y Jacob Abecassis.


1 Libro de los Salmos 90, 17. (N. de los t.)