Tan provocador y sarcástico como su prosa resulta el Philip Roth de carne y hueso, como lo relata la siguiente viñeta de una cena casual en Londres.

“Si puedes venir a Londres esta noche, vamos a cenar con Philip Roth”, me dijo Angela Carter cuando llamó temprano esa mañana. “Apunta” me dijo de prisa y me dio el nombre del restaurante y la hora del encuentro. Colgué pensando en la cantidad de cosas que como becaria del Consejo Británico tiene una que hacer y en las dificultades de escapar a mis deberes ese día para viajar de Norwich a Londres. Me extrañó la invitación, pero sin duda, me sentí muy halagada.

Porqué me invitó Angela Carter es asunto de otro escrito. Baste decir que nos hicimos amigas en una de sus visitas a la Universidad de East Anglia en Norwich, en donde yo era una becaria atípica tanto por la edad como porque ya era profesora de la UNAM. Yo tenía 31 años (un poco tarde para estudiar una maestría según los estándares ingleses) y Angela Carter se estaba consolidando como escritora en el ámbito cultural inglés a sus 41 años. Philip Roth era el mayor con solo 48 años de edad y para mí, joven profesora de Letras Inglesas, era ya un gigante de la literatura estadounidense del momento junto con Saul Bellow y Bernard Malamud.

En el viaje en tren de Norwich a Londres recordé otro fragmento de la conversación de esa mañana e, insegura como soy, empecé a titubear frente a la innegable oportunidad de conocer al escritor judío que más me había impresionado unos cuantos años atrás cuando leí El lamento de Portnoy.

“Le dije a Philip que invitaría a una estudiante judía mexicana a nuestra cena”.

Estas palabras de Carter me retumbaron y, por alguna extraña razón, no me gustaba la idea de llegar a la cena en calidad de “estudiante judía mexicana”.  Estas cosas, entre otras, pensaba mientras decidía si acudir o no a la cita. Por supuesto llegué tarde pues me costó trabajo decidir entrar al restaurante a departir con ellos.

Cuando finalmente vencí mis inseguridades y logré entrar, estaban ya sentados Angela Carter, Lorna Sage y un amigo suyo del que nunca supe su nombre, Philip Roth y una silla vacía junto a él. Recuerdo retazos de la conversación y la impresión que hizo en mí el recurso a un “humor judío” tremendamente ácido. Repasaron varios artículos del Times Literary Supplement, en donde Lorna escribía regularmente, y yo francamente me sentía como una provinciana en un ambiente cosmopolita y en un Londres al que apenas atinaba a conocer. Trataba de absorberlo todo con una tremenda avidez y estaba —lo confieso— encantada de no participar en la conversación cuando se hizo un silencio y Roth me interpeló en un tono sarcástico y me dijo: “¿Y qué hace aquí una linda joven judía mexicana?”. Tímida y sonrojada le dije que no entendía su pregunta. “Sí”, añadió, “aquí, sentada en una mesa con un escritor judío antisemita.” Solté la carcajada y le dije: “ Quizá estoy aquí porque me gusta el escritor judío antisemita”. Todos rieron al unísono y la respuesta fue mi pasaporte de entrada a la conversación y la aceptación de mi presencia, no como una estudiante incómoda, sino como una joven que no se dejaba intimidar por una ironía punzante como la que me acababa de lanzar Philip Roth.

Por lo mismo, me atreví a preguntarle si esperaba el éxito de ventas que habían tenido sus novelas. Me refería, sobre todo, a El lamento de Portnoy, y su respuesta fue totalmente inesperada para mí: “Bueno Raquel, hay seis millones de judíos en América y todos saben leer, así que, ¿qué se puede esperar?”. Todos soltaron otra carcajada en la mesa y la conversación se centró, incitada por mí, en las acusaciones de antisemitismo que la comunidad judía de Manhattan le había hecho por la descripción de escenas sexuales que escandalizaban a un buen trecho de la población neoyorkina. Hay una que recuerdo que a mí me impresionó mucho y es cuando el personaje Alexander Portnoy toma prestado el hígado de ternera que la madre había comprado para la comida familiar, se masturba con él y lo devuelve al refrigerador para que su madre lo cocine después. Escribir esas cosas en aquel entonces resultaba entre fascinante y repugnante y todavía me lo parece hoy día. Conversamos mucho también sobre el personaje de la madre que, en esa novela, resulta opresivo y omnipresente. Quizá en éste se inspiró Woddy Allen para crear en una de sus películas al personaje de una madre judía que sobrevuela Manhattan para llevarle un suéter a su hijo, no sea que se vaya a enfriar. Pero, lo que en Woody Allen es cómico, en Roth resulta de un humor ácido que genera una atmosfera oscura y deprimente.

Angela Carter y Lorna Sage, que eran feministas militantes, lanzaron unas cuantas ironías dándole la razón a los rabinos y a la comunidad judía de Manhattan que calificaban a Roth de ser un “judío que se odia a sí mismo”, especialmente por la creación de un personaje tan bien logrado en términos literarios como la madre de Alexander Portnoy.

Inevitablemente el tiempo pasó y la cena terminó. Roth amablemente me dijo que si pasaba por Nueva York alguna vez le llamara. Cada vez que aparecía un libro nuevo suyo pensaba en que sería bueno hacerle una entrevista extensa. Lo cierto es que nunca lo volví a ver y ayer, lamentablemente para la literatura en lengua inglesa, esa oportunidad se canceló para siempre.

 

Raquel Serur
Investigadora y profesora de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.