Encender fuego, armar casas con ramas y piedras, tallar flechas, cubrirse con ropas de animales no es ciencia. No lo es, pero de una u otra forma esas actividades son simientes de ella y de la investigación. Comportarse “correctamente” con seres humanos y con animales con-forman la base de principios éticos y/o morales. En los últimos siglos ciencia y tecnología han crecido sin coto y en las últimas décadas se han reproducido en forma inimaginable. Cualquier científico fallecido hace 20 o 30 años se quedaría estupefacto ante los nuevos avances. La ética y sus bases —solidaridad, otredad, compasión, justicia, libertad—, no ha logrado alcanzar el lugar que debería tener. Hoy el reto es enorme. Mañana será mayor. En este pequeño texto me refiero exclusivamente a la necesaria balanza entre ética y ciencia. “La otra”, la de la situación que tiene sumida en pobreza y desesperanza a miles de millones de seres humanos merece reflexiones y escritos diarios.

Ética para la ciencia, intitulé estas reflexiones. Ética para la tecnología podría ser otro título. Al lado de ambos, tres reflexiones. Todas “empujan” y cuestionan. Todas, y esto agrava el problema, son “muy viejas”. Karl Jaspers (1883-1969), médico y filósofo, planteó, en La práctica médica en la era tecnológica (Gedisa, Barcelona, 1988), al cavilar sobre el ejercicio médico, “Existen hoy en día auténticas y grandiosas concepciones biológicas… En todo el mundo se educa gente que sabe mucho, que ha adquirido particular destreza, pero cuyo juicio autónomo… es escaso… Por todas partes la técnica da origen a grandes empresas… [y] los hombres se convierten en piezas de una maquinaria. La aparatización agosta la facultad del juicio, la riqueza del poder ver, la espontaneidad personal”. Resumo uno de sus agobios. Jaspers, al igual que años antes Henry David Thoreau (1817-1862), temía que el ser humano se convirtiese en “la herramienta de sus herramientas”.


Ilustración: Kathia Recio

En 1998 John Ziman (1925-2005), físico británico, publicó en la afamada revista Science: Why must scientists become more ethically sensitive than they used to be? Resumo su respuesta: los científicos deben ser socialmente responsables.

Como parte de esa amplia gama de pensadores cuyo leitmotiv fue/es apostar y buscar la felicidad del ser humano en sus congéneres y en la Tierra, y no en la técnica, las premoniciones de Friedrich George Jünger (1898-1977), poeta, eco- logista, crítico cultural y de ciencia, son vitales. Lo resumo: la tecnología no sabe de felicidad y, además, su imparable crecimiento depreda y destruye la Tierra.

Aunque son incontables, desde la ciencia hasta la ciencia ficción —imposible no recordar al Frankenstein de Shelley y sus intentos por rivalizar con Dios—, las narraciones en busca de modificar la condición humana, en la actualidad nos acercamos más que nunca a la transformación del ser humano, de nuestro ser humano. Lo que hoy es papel, probablemente en el futuro será realidad. Me refiero al transhumanismo, término acuñado en 1947 por el biólogo Julian Huxley, hermano de Aldous.

El transhumanismo es un “Movimiento cultural, intelectual y científico que busca mejorar por medio de nuevas tecnologías las capacidades físicas, psicológicas y cognitivas de la especie humana”. Dentro de sus metas pretende erradicar el sufrimiento y el dolor y eliminar la mayoría de las enfermedades del mundo, atenuar las mermas de la vejez, y ¿por qué no?, eliminar la mortalidad. La pregunta fundamental es si es o no ético cambiar la biología humana para generar seres diferentes a nosotros.

Reflexionar en estos dilemas es vital. En ciencia, en ocasiones, se sabe cuándo y cómo se inician algunos cambios pero no cómo finalizan (bomba atómica, eugenesia). De ahí la obligación de dialogar con principios éticos antes de aprobar algunos proyectos científicos. No es lo mismo utilizar la ciencia para crear “bebés de diseño” o usufructuar las bondades de la ingeniería genética para tratar enfermedades específicas que transformar a la especie humana. ¿Cómo serán los seres humanos transhumanos? ¿Serán humanos? No se sabe. Se sabe, en cambio, que esas alteraciones podrían modificar los valores humanos y las bases del humanismo. No en balde Francis Fukuyama considera esta nueva tendencia como la “idea más peligrosa del mundo”.

Seres humanos sin dolor. Tierra sin enfermedades. Personas sin límite de vida. Panteones sin nuevos muertos. ¿El ser humano transhumano será humano?, o ¿será un habitante del Mundo Feliz? ¿Qué sucederá con el arte, con la nostalgia, con el amor, con la creatividad, con las preocupaciones, con las obligaciones? Aparatizar el amor, vivir sin miedo, sin culpa, vivir sin cavilar en la muerte y esforzarse por luchar son algunas de las amenazas del transhumanismo.

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. Es autor de Dolor de uno, dolor de todos (Debate) y de Recordar a los difuntos (Sexto Piso), entre otros libros.