Durante las peores noches, recurría al loro Alex, muerto desde hacía mucho tiempo, pero vivito y coleando en Internet, y lo veía demostrando sus aptitudes. Adiestrador. “¿De qué color es la bola redonda, Alex?” “¿La bola redonda?”. Alex, con la cabeza ladeada, pensando. “Azul”. Adiestrador. “¡Buen chico!”. Alex: “¡Nuez de corcho! ¡Nuez de corcho!”. Adiestrador: “¡Aquí tienes!”. Y entonces le daban una mazorquita de maíz, que no era lo que él quería, y volvía a pedir una almendra. A Jimmy se le saltaban las lágrimas ante esa imagen.
—Margaret Atwood, Orix y Crake

Hace un siglo se firmó en Estados Unidos el Tratado de Aves Migratorias con el fin de proteger a estas especies al prohibir su caza, captura o venta; para conmemorar la promulgación de esta ley —la de mayor alcance si de evitar la extinción de animales con plumas se trata— más de 150 organizaciones conservacionistas de todo el mundo declararon 2018 como Año de las Aves y, como un pequeño homenaje, este texto está dedicado en particular a una de ellas: un loro llamado Alex, sobre quien en más de una ocasión diferentes medios publicaron cosas como “El loro más inteligente del mundo” o “El Einstein de los papagayos” para resaltar las múltiples revelaciones que su estudio en laboratorio permitió a lo largo de tres décadas.

Encabezados como los citados son, seguramente, injustos si consideramos que, aparte de Alex, ningún otro perico ha contado con una científica a su lado que, entre muchas otras cosas, registrara minuciosamente, día a día, su comportamiento durante décadas, le enseñara en un ambiente rico en estímulos diversos (que en mucho recuerda al de un niño en edad maternal inscrito en un colegio Montessori), diseñara experimentos que permitieran medir sus habilidades cognitivas y descubrir la serendipia que, en no pocas ocasiones, es una llamada de atención para todos los que equívocamente piensan que “un animal (no humano) no debería ser capaz de esto o esto otro”. Peor aún, para los mismos prejuiciosos, si el animal en cuestión tiene un “cerebro de pájaro”, frase que usan como insulto aquellos que, al hacerlo, demuestran que su conocimiento sobre los descendientes de los dinosaurios es de muy bajos vuelos.

Tan cierto como poco probable que Alex represente la excepción o la cumbre de la inteligencia periqueña es que, con cada hallazgo reportado con la más rigurosa metodología por la investigadora Irene Pepperberg durante lo que constituyó un prolongado Experimento de Aprendizaje Aviar (el nombre de tan ilustre loro viene del acrónimo en inglés de Avian Language Experiment: A.L.Ex.), la contribución de este perico al estudio de áreas más allá de la pura cognición aviar —como la evolución del lenguaje, la psicología comparada y el aprendizaje— lo hicieron alcanzar alturas que, para ser igualadas por loros y otras especies aladas, requerirán de un esfuerzo y, posiblemente, de varios años y hasta décadas de entrenamiento.

Pero, para conocer a Alex más allá de los resultados y discusiones presentes en los artículos científicos que protagoniza y en los que, paradójicamente, su personalidad se diluye, tenemos que hablar primero sobre Irene Pepperberg.


Ilustración: Oldemar González

Comunicación con inteligencias extrahumanas: de cómo la serie Nova cambió dos vidas

… los [loros] grises, al igual que los simios, viven un largo tiempo, y sus grupos sociales son grandes y complejos. Se piensa que estos dos factores son al menos en parte responsables de la capacidad intelectual que tan claramente los simios poseen. ¿Por qué no tendrían los [loros] grises una capacidad similar?
—Irene Pepperberg, Alex y yo

En Alex y yo, libro autobiográfico de Irene Pepperberg en el que nos permite compartir y entender un poco más la motivación y el fuerte vínculo entre ella y quien sería su objeto/sujeto de estudio principal (no fue el único: más tarde otros pericos serían incluidos en el proyecto), esta científica nos narra su difícil infancia, criada por una madre amargada por haber sido forzada a abandonar sus estudios para cuidarla, y un padre traumatizado por su participación en la Segunda Guerra Mundial. Inteligente y estudiosa desde muy pequeña, cuando al crecer Irene tuvo que elegir en qué universidad estudiaría, su consejero académico le recomendó una de las mejores de mundo: el Instituto Tecnológico de Massachusetts, en el que se graduó como química. De esa época de exigencias académicas al tope, los pocos recuerdos felices de Irene fueron aquellos en compañía de Charlie Bird II, su perico y mascota en ese entonces.

Tras graduarse, dado que quería dedicarse a la investigación científica, el camino era más o menos claro para Irene: un posgrado en físicoquímica en Harvard. Dos azarosos eventos cambiaron sus planes académicos: primero, el incendio de su casa por un pirómano, lo que la obligó a mudarse temporalmente a la casa del tutor posdoctoral de su novio, donde ella, en reciprocidad, a veces cuidaba por las tardes a los dos hijos de este tutor. Aprovechando que una serie de divulgación llamada Nova acababa de estrenarse en la televisión, Irene decidió que no les vendría mal a los niños —ni a ella— un poco de entretenimiento educativo (o “edutenimiento”)… y esto nos lleva al segundo evento fortuito y al gran momento de epifanía: de entre estos episodios los que más llamaron la atención de Irene fueron aquestos en los que científicos enseñaban a chimpancés a comunicarse por señas y aquellos en los que estudiaban por qué las aves cantan; en breve: comunicación entre individuos de la misma y de distintas especies. Fue entonces cuando Irene decidió que esto era precisamente lo que quería investigar. Y, dado su historial con loros, ¿qué mejor especie para hacerlo?

No sólo nadie estaba haciendo estudios sobre inteligencia aviar en los años en que Jane Goodall y otros (entre ellos, Nikolaas Tingergen, Premio Nobel por sus estudios sobre comportamiento animal, Karl von Frish y, por supuesto, Konrad Lorenz, cuya foto de polluelos siguiéndolo como si de una madre gansa se tratase es un clásico en el álbum de la etología) apenas iniciaban una revolución científica que permitió cambiar la idea de que chimpancés y el resto de los animales no humanos eran mucho más que simples autómatas que respondían mediante una programación heredada de sus ancestros ante la miríada de estímulos visuales, olfativos y del resto de los sentidos con los que cuentan, carentes casi por completo de capacidad de aprender, como no sea limitadamente y mediante condicionamiento vía castigos o recompensas. Ser un animal de laboratorio en estudios sobre comportamiento y habilidades cognitivas nunca ha sido sencillo, pero antes de los años setenta del siglo pasado era mucho peor, pues podías pasarte el resto de tu vida siendo adiestrado “para pasar la prueba” (jalar, estirar, apretar, girar o hacer cosas similares a las pedidas por las distintas versiones del juguete Bop It!) y ganarte un bocadillo extra (en el mejor de los casos).

El azar intervino una vez más para bien en la vida de Irene cuando el dueño de la tienda de mascotas agarró el primer loro gris (Psittacus erithacus) que alcanzó al introducir su mano en una jaula con ocho de ellos. Ese loro desde entonces sería conocido como Alex.

Vocalizaciones y neologismos cotorros: de cómo Alex, al hablar, estaba muy lejos de “repetir como perico”

Algunas veces, sin embargo, Alex elegía mostrarnos su opinión de la aburrida tarea en cuestión al jugar con nuestras mentes. Por ejemplo, le preguntábamos “¿cuál es el color de la llave?” y nos daba todos y cada uno de los colores de su repertorio, saltándose sólo el color correcto. […] Sabíamos perfectamente que no se estaba equivocando porque estadísticamente era casi imposible que pudiese enlistar todas las respuestas excepto la correcta.
—Irene Pepperberg, Alex y yo

Para entrenar a Alex, Irene Pepperberg usó una adaptación del sistema modelo/rival propuesto por el etólogo German Dietmar Todt en 1975, lo que representaba una gran desviación de las técnicas basadas sobre todo en el ya citado condicionamiento operante. Otra herejía no menor fue que, además de esto, la científica responsable de ello proviniese de un campo tan distinto de la etología como es la físicoquímica; quien pretendía entrenara a Alex carecía de entrenamiento previo alguno en comportamiento animal.

En el sistema modelo/rival de Pepperberg el ave usa a otra persona —o, inclusive, a otra ave ya entrenada— como entrenadores principal (A) y secundario (B). El entrenador A pide al entrenador B que responda a una pregunta o ejecute una acción, y recompensa o desaprueba a B, dependiendo de si su respuesta es correcta o errónea. B es el modelo para el ave en entrenamiento, al mismo tiempo que su rival por la atención de A.

Unas cuantas semanas de entrenamiento con el sistema modelo/rival bastaron para que Alex comenzara a usar vocalizaciones para identificar objetos específicos, sin que se tratase de lo que etólogos y psicólogos denominan mimetismo —mera repetición inconsciente—, y el resto de nosotros, “repetir como perico”, sin comprender nada de lo que decimos. En lugar de ello, lo de Alex era lo que en el área de los estudios cognitivos se conoce como verdadera imitación, que en este caso involucra la reproducción intencional de una vocalización —esto es, una palabra—1 para aplicarla de una nueva forma.

Uno de los primeros ejemplos de imitación exitosa de Alex fue cuando identificó correctamente una llave roja y dijo “key” (“llave”), a pesar de que había sido entrenado sólo con llaves plateadas. Puede parecer modesto, pero antes de Alex esta transferencia (extender a las llaves rojas la categoría de “llaves” sin importar que no sean plateadas) en su habilidad cognitiva vocal no había sido demostrada en ninguna otra especie no humana.

La primera palabra que Alex repitió por su propia iniciativa y sin entrenamiento de por medio, del centenar y medio que aproximadamente aprendió durante su vida, fue “no”, y no tenía mayor reparo en emplearla correctamente para indicar “no quiero hacer esto” y expresar su asertividad cuando estaba cansado y dar por terminada su sesión de entrenamiento. Lo más probable es que Alex aprendiera el significado de “no” tras numerosas veces de ver su efecto al ser pronunciada por Irene y otros entrenadores tanto al habla entre ellos como con él.

El siguiente logro de Alex fue identificar correctamente y nombrar una combinación nueva de objeto y color. Por ejemplo, una llave azul, si previamente usaba la palabra “llave” para identificar llaves de otro color, y “azul” para identificar objetos diferentes de llaves. En lingüística esta habilidad se conoce como segmentación, y es la base para que uno pueda entender que las palabras están formadas por unidades individuales que pueden recombinarse de diversas maneras para crear nuevas palabras. En marzo de 1985 Alex usaría por primera vez dos palabras diferentes —“banana” y “cherry”— para formar una nueva, con la que desde entonces etiquetaría a las manzanas —que nunca antes había visto— como “banerrys” (una posible explicación es que para Alex el sabor de la manzana fuese similar al del plátano, y su forma y color parecidos a los de la cereza).

El escepticismo con el que la comunidad científica recibió al inicio estos hallazgos fue más que evidente por los múltiples rechazos, casi inmediatos y sin ameritar siquiera la lectura y evaluación por parte de un grupo de pares, de las revistas científicas a las que Irene envió sus artículos en los que mostraba sus resultados. Ni hablar de las negativas a aprobar y financiar sus proyectos de investigación y ni siquiera a ofrecerle un trabajo como investigadora de planta en la facultad de alguna universidad. Si, como muestra, consideramos el caso de “banerry”, 20 años después de la creación de Alex de esta etiqueta Irene continuaría diseñando experimentos y aportando más evidencias que permitieran validar y convencer a los expertos de que Alex en verdad comprendía los neologismos cotorros que salían de su pico.2

No obstante, poco a poco la reputación de Irene y la fama de Alex fueron creciendo a medida que se acumulaba la evidencia que respaldaba los descubrimientos sobre su inteligencia. Como una golondrina no hace verano, Irene fundó la Alex Foundation (no confundir con la Fundación Alex de España), una organización sin fines de lucro, para financiar sus proyectos de investigación sobre habilidades cognitivas en loros y comenzó a entrenar a Griffin en 1995, Arthur en 1998 (quien falleció en 2013) y a Athena en 2013.

Ilusiones y cuentas de pericos: de cómo Alex sobrestimó longitudes, calculó y descubrió el cero

Alex me enseñó a creer que su pequeño cerebro de pájaro era consciente de alguna manera, esto es, capaz de intención. Por extrapolación, Alex me enseñó que vivimos en un mundo poblado por criaturas pensantes, conscientes…
—Irene Pepperberg, Alex y yo

Por desgracia tanto para la ciencia como, a un nivel más íntimo, para Irene, los estudios sobre los dos logros más recientes de Alex no pudieron continuarse a causa del deceso de este último, debido posiblemente a un infarto, en 2007. Un año después de la muerte de Alex, Irene reportó que esta ave, al igual que nosotros y aunque su cerebro y su sistema visual difieren bastante en estructura del nuestro, era confundida por la ilusión óptica de Müller-Lyer, en la que sobrestimamos o subestimamos la longitud de una línea con flechas en sus extremos apuntando hacia afuera < > o hacia adentro > <, respectivamente.3

Tanto humanos que crecen en un ambiente repleto de líneas paralelas y ángulos rectos como Alex, que creció en un ambiente de laboratorio similar, experimentan esta ilusión, pero hay evidencia de que niños y adultos que crecen en ambientes en los que no predominan estas líneas y ángulos no perciben esta ilusión, por lo que es posible que no se trate de una percepción innata, sino de mecanismos de un mayor nivel cognitivo que tienen ver con el aprendizaje, pero para obtener evidencia conclusiva es necesario repetir el experimento con pericos salvajes (ornitólogos, ¿qué esperan?).

Más impresionante aún es que Alex, quien había aprendido los números del uno al seis, pero no en ese orden, y que usaba correctamente estas etiquetas para, por ejemplo, indicar correctamente ante la pregunta “¿De qué color hay cuatro?”, “azul” si ante él había dos llaves verdes, cuatro azules y seis rojas, sin ningún entrenamiento era capaz de sumar hasta siete y ocho y —algo que, tengámoslo presente, representa un concepto bastante abstracto— aprendió por su cuenta, sin que nadie se lo enseñara, a usar la palabra “none” (“ninguno”) para indicar “cero”, la ausencia de la existencia de algo, como, siguiendo con el ejemplo de las llaves, ante la pregunta “¿De qué color hay cinco?”.4

Si hemos conseguido aprender tanto con tan sólo un loro, en condiciones tan limitadas como las de un laboratorio, ¿qué tendrán bajo sus alas las miles de aves que en parvadas cruzan los cielos del mundo? Este es un buen año para empezar a averiguarlo.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 Palabra y vocalización no son estrictamente sinónimos, como con razón podrían objetar los lingüistas, pero en este texto nosotros podemos tomarlas como equivalentes con esta advertencia.

2 Pepperberg, I.M., “Grey parrots do not always ‘parrot’: the roles of imitation and phonological awareness in the creation of new labels from existing vocalizations”, Language Sciences, 29, 2007, pp. 1-13.

3 Pepperberg, I.M., J. Vicinay y P. Cavanagh, “Processing of the Müller-Lyer illusion by a Grey parrot (Psittacus erithacus)”, Perception, 37, 2008, pp. 765-781.

4 Pepperberg, I.M., “Grey parrot (Psittacus erithacus) numerical abilities: Addition and further experiments on a zero-like concept”, Journal of Comparative Psychology, 120(1), 2006, pp. 1-11.

 

2 comentarios en “Alex, una historia de pericos

  1. Excelente artículo, me gustó mucho la forma en la que está redactado, solo un pequeño detalle. Aunque aún es parte del debate, recientes estudios han llegado a la conclusión que diferencias en la percepción de la ilusón Müller-Lyer tienen que ver más con la pigmentación en los ojos que con sesgos urbano-rurales. ¿De pura casualidad no mencionará Irene en su libro de qué color eran los ojos de Alex?

    • Muchas gracias por tus amables comentarios, Marcos. Sí, es verdad que hay experimentos en humanos que señalan que “la magnitud de la ilusión varía como una función de la pigmentación” del iris (Core y Porac, 1978) y que otro estudio (Berry, 1971) concluyó que la hipótesis con mayor confirmación fue la de la pigmentación, por encima de la ecológica y de la cultural pero, por un lado, estos artículos son ya bastante viejos y limitados, y por otro varios estudios más recientes, como el de Brovic et al. (2002) apoyan que la percepción de esta ilusión depende de la interacción con el ambiente. Ni en su libro ni en sus artículos sobre el tema de 2008 y 2017 hace Irene Pepperberg mención al color de los ojos de Alex (aunque puedes ver fotos y videos de él en varias partes de la red) o al papel de la pigmentación de su iris, pero sí reconoce que es necesario comparar sus resultados con los de loros que han vivido en estado salvaje para poder concluir al respecto. Saludos cordiales.