Sin importar quiénes y cuántos sean los que rodean a un individuo, la persona con quien más dialogará éste será consigo mismo. Su debate interno definirá sus dudas. Es una discusión eterna que se tiene a partir de las nociones y modificación de cada concepto. Con todo y la naturaleza cambiante del pensamiento, siempre habrá una línea discursiva que retomará parte del camino andado con la intención de seguir avanzando. En el individuo, esa línea discursiva se puede llamar personalidad. No se trata de una visión intelectual al determinismo, sino del espacio en el que se desarrollan los dilemas. Ahí, para Occidente, no hay eje más relevante que el laicismo. De él se desprenden una serie de lógicas, prácticas, políticas y disposiciones sociales, sobre las que se regresa en busca de adaptar las realidades colectivas a la base del espíritu occidental.

Me arriesgo a usar la palabra espíritu para referirme a la laicidad, el elemento emblemático de la idiosincrasia occidental. La conciencia, personalidad o alma, desde su perspectiva filosófica, permiten una aventura que ha ido entrecruzándose en los debates fundacionales del Occidente moderno. La religiosidad, el laicismo, el liberalismo y el populismo comparten una ruta en la que se contraen y dilatan sus virtudes y defectos. Claramente, ni la religiosidad ni eso que se entiende como populismo son privativos de Occidente, pero, en su origen, el laicismo y el liberalismo, sí. Su relación establece las dicotomías políticas occidentales.


Ilustración: Belén García Monroy

Todas las vías políticas se centran en la ruta que abarca a los tres ismos mencionados en el párrafo anterior: los ismos positivos de Occidente —laicismo, liberalismo y populismo—, que en la segunda década del siglo xxi siguen siendo el centro de diatribas y debates.

¿Se quiere revisar el populismo? Veamos su contraposición con los principios laicos. Cuestionemos por qué el populismo tiene un sustento positivo dentro de la razón. ¿Se quiere denostar el liberalismo? Recordemos su fundamento laico. Defenderlo sin observar la fragilidad de las pasiones humanas sería el fin de cualquier argumento liberal.

Hablar de temas divinos tiene tal complejidad, que simplificarlos en creencias y no creencias sólo puede llevar a abismos de insolutos. Si bien el laicismo es un proyecto que se planteó frente al cristianismo, sus efectos abarcan más que lo meramente doctrinal. Gracias al laicismo se aprendió a tolerar la diferencia. Un paso anterior a la aceptación.

Es probable que tengamos que repasar más de doscientos años de pensamiento laico para entender el advenimiento de los grupos identitarios, el desencanto por la democracia, la frivolidad del discurso político, las fallas de los esquemas políticos hasta ahora tradicionales.

En los dominios occidentales, el cristianismo, como ocurrió con otras religiones en diversas latitudes, fue el regulador social más eficaz con el que contaba la humanidad. La institucionalización de lo económico, lo familiar y lo social, transcurría bajo el amparo y la ley de la Iglesia. Conforme la institución religiosa comenzó a perder control sobre algunos de esos aspectos —a manos del Estado—, se fueron emancipando los intereses públicos de la reglamentación clerical.

En un principio no existía la menor intención de anular la presencia de lo religioso, se sabía que la religión facilitaba la cohesión social. La religión y el gobierno entraron en un proceso secular en el que se buscó la no injerencia de la Iglesia en lo público, pero se mantenía su presencia para resolver las inquietudes morales y no terrenales de los pueblos. Ésa, la línea divisoria que dio lugar al verdadero espíritu laico, contemplaba los dos universos de inquietudes a los que nos subordinamos como especie: lo temporal y lo espiritual. Por más pragmatismo que se presuma, nadie está exento de ellos. Siempre que se descalifiquen las emociones, enojos o humores de las sociedades, sólo se estará anulando la posibilidad de comprender sus motivaciones.

La inserción de lo secular en la vida pública fue mejor recibida por parte de los ideales republicanos que de los eclesiásticos. Resguardar las creencias privadas no podía ser del agrado de la institución que aspiraba a conservar el monopolio de la verdad. Un impasse espantoso puso en riesgo la permanencia del pensamiento laico. La divinización del pensamiento republicano y revolucionario en manos del jacobinismo francés a finales del siglo XVIII propició los horrores de El Terror bajo pretexto de lo antirreligioso. Quizá de estos años, más que de los procesos socialistas del siglo XX, se conserva la idea de que lo antirreligioso es una tendencia ideológica de izquierda.

A este periodo de demencia revolucionaria le sucedió la recuperación de los principios liberales. Sus planteamientos filosóficos se independizaron de la teología, dando lugar a la base del laicismo contemporáneo. Los principios morales sólo podrían establecerse supeditados a los principios de la razón. De esa forma apareció la moral cívica.

La clave para aceptar el laicismo es entender que la base social es el piso común en el que los ciudadanos no puedan ser excluidos por la inclinación, o no inclinación, a la fe. Es decir, el objetivo central del laicismo no es sólo la separación entre las materias de la Iglesia y el Estado, sino la protección de los derechos del individuo por encima de una comunidad, para que ésta no pueda situarse por encima del individuo y segregarlo.

Su intención es lograr su comunión bajo un solo espíritu que los incluya a todos: el espíritu cívico.

Laicismo y liberalismo se han engendrado mutuamente. Sitúan al individuo por encima de Dios, otorgándole autonomía y libertad de pensamiento, religioso o político. Establecen una ruta de valores compartidos que permiten convivir a las diferencias. Su herramienta es la discusión y el intercambio, en aras de no contar con una verdad absoluta, que un día fue divina y ahora es política o social.

El laicismo y el liberalismo creyeron que sus ideales terrenales iban a ser suficientes para crear un tejido social común en el campo espiritual. Se equivocaron. Una serie de mitologías buscaron reemplazar las doctrinas santas: capitalismo, socialismo, comunismo, liberalismo económico, etcétera.

Para desgracia de quienes nos consideramos liberales, no hemos logrado sustentar un pensamiento secular que resuelva las necesidades de pertenencia a la colectividad pública. Tampoco de trascendencia espiritual, de esperanza, de aspiración a la justicia, de la más pura humanidad.

Como todo concepto amplio —y, en ocasiones, impreciso—, el liberalismo no cuenta con una sola definición. Decir liberalismo no siempre significa lo mismo, ni en el tiempo ni en el espacio.

Algunos lo considerarán un negativo. Otros más intentamos entenderlo desde sus aspiraciones y fallas, recordando que, como la democracia, su hija más brillante, no es un fin alcanzable, sino un camino en el cual se puede construir una sociedad decente. Una sociedad llena de dudas que, para su desgracia, y a pesar de su vocación pragmática, no tendrá siempre respuestas contundentes, pero que para su fortuna intelectual encontrará la respuesta en nuevas preguntas.

Sin importar la interpretación que se tenga del liberalismo, su tótem es la negación de una verdad absoluta. De ahí su defensa de la cultura del diálogo y el debate; también, paradójicamente, su incapacidad de entender lo que se escapa de su idea de racionalidad, por lo que su legado antagónico pareciera ser el populismo. Otro impreciso.

Para gran parte del mundo, es un peyorativo que atenta contra el liberalismo y se opone a él. Por más esfuerzos que hago, me cuesta ponerlos en la misma balanza. Si bien pueden resultar contradictorios en muchos aspectos, no son opuestos exactos. Aunque, debido a la presencia antidogmática del liberalismo, no es posible tener un liberalismo populista, no han faltado los liberales que proclaman sus ideas como cura universal. Su real oposición no se encuentra en el populismo, sino en sus manifestaciones. Por vago que suene, el populismo no es el enemigo del liberalismo. Lo son las políticas y expresiones populistas.

Si el liberalismo no ha sido capaz de generar la empatía suficiente con las necesidades más inmediatas de las comunidades, el populismo es una lógica sustentada sin los instrumentos de la racionalidad, pero sí con los de la racionalización —aquella que, en lugar de buscar una respuesta, esgrime argumentos para justificar una respuesta preconcebida—. Su virtud es detectar las precariedades, decepciones y esperanzas que el liberalismo llega a colocar por debajo de su planteamiento filosófico. El terrible efecto de esa lógica es su abuso al exacerbar en lo conceptual, una división que existe en la realidad. Alimenta el integrismo que promueve el divorcio de los elementos sociales que aún se conservaban pese a la división. Es decir, se arriesga a violentar la disparidad social en lugar de resolverla.

Los promotores del populismo dirán que dicha división es evidente en la disparidad de cualquier condición en una sociedad moderna. Por eso insisto en que lo antagónico al liberalismo no es el populismo, sino sus expresiones. La división social, desde la óptica del populismo, que depende de la aprobación mayoritaria, requiere para esa aprobación de la separación en extremos positivos y negativos que rechazan matices. Busca el favor de una mayoría subordinada, aprovechando esa subordinación para beneficio de quien encabece la lógica populista. Por eso el recorrido desde la laicidad. Quien se coloca al frente de la lógica populista se atavía de un papel que el liberalismo ha combatido: el portador de la verdad absoluta.

Hay un marco político en el que se ubican tanto el liberalismo como el populismo: la democracia. El liberalismo se ha decantado por la democracia representativa. Unos pocos escogidos por los muchos. El populismo hace lo propio con la democracia directa, la de todos representados por sí mismos, y que resulta contraria a la representativa, por fuerza, desde su origen etimológico, elitista positivamente. La perspectiva populista puede parecer seductora, sólo que se enfrenta a una imposibilidad que resolvió el esquema de democracia representativa: el acuerdo cívico con el que uno cuenta con el respaldo legítimo de sus semejantes. Me queda claro que en países como México, o varios a los que les dedico la mayor parte de mi tiempo, este ejercicio ha dado frutos cuestionables, pero es el camino que permite, idílicamente, evitar el resultado de la imposibilidad anterior: el riesgo de la democracia directa es situar la voz que esgrima la de todos en un personaje autoritario. El de la política de la verdad absoluta que se da en el lugar que le es propio a la creencia, la que aparece cuando fracasan los modelos políticos liberales.

Nadie podrá negar la urgencia de resolver las precariedades que, en parte, ha ocasionado la erosión del modelo liberal, pero me niego a caer en el reduccionismo que implica la lógica populista de cubrir esas necesidades explotándolas para el beneficio de una conciencia divisora. Es ese el nivel más burdo de la política. Legítimo, pero es el más bajo. Es la dualidad de Occidente en su mejor y peor expresión: ni el liberalismo ni el populismo actual representan una respuesta real a lo inmediato. Tal vez valga la pena pensar más allá de eso.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, Pensar Medio Oriente, El jardín del honor y Pensar México.
Twitter: @_Maruan.