No diré su nombre. No me da la gana. Y no es porque tema comprometerlo, pues el bato ya está muerto, ignoro en qué circunstancias, nunca lo quise saber. O tal vez sí me lo contaron y lo olvidé, no importa ya. No diré su nombre porque en uno de los únicos recuerdos que me quedan de él, una carta de su puño y letra que me entregó sin decir palabra —una apretada misiva escrita con aquella letra menuda que sus alumnos sufríamos a la hora de descifrar sobre el pizarrón— no aparece su nombre sino apenas un escueto “Hasta siempre” garabateado en el borde inferior.


Ilustración: Estelí Meza

Se decía que era el mejor maestro de esa pequeña preparatoria de paga en donde terminé de cursar el último año del bachillerato, después de haber huido del infame colegio de escolapios en donde cursé los estudios medios, en un ambiente cargado de hipocresía y mediocridad al que jamás pude adaptarme. Mi nuevo profesor de filosofía y de literatura, en cambio, era todo lo que yo había soñado en un maestro: una persona generosa y entusiasta que no se limitaba a embutirnos los nombres de los insignes protagonistas de la historia de la filosofía occidental, sino que nos impulsaba —con un estilo desenfadado que hoy no vacilaría en calificar de chavorruquesco— a cuestionar la estructura aparente del mundo y a estimar, por sobre todas las cosas, la búsqueda incesante de la verdad y la libertad como finalidades de la existencia. Y lo mismo ocurría en su clase de literatura: en cada semestre sus alumnos debíamos leer al menos una docena de obras seleccionadas: novelas y cuentos de José Rubén Moreno, Sergio Galindo, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Rosario Castellanos, entre muchos otros autores que debíamos discutir en clase. Yo era una lectora voraz, en aquel entonces, profundamente ñoña y pedante y ansiosa de complacer a mi nuevo maestro y también, es cierto, de comprender los mecanismos de la ficción, que me apasionaba como pocas cosas, así que durante dos semestres leí tres veces más libros de los que el profesor exigía, añadiendo más variedad al menú: José Agustín y Parménides García Saldaña; Ibargüengoitia, Fadanelli, Puig, Borges, Kundera, Eco. Preparaba mis ensayos con ahínco y nunca dudaba en contradecir al profesor para ganarme su respeto. Pronto empecé a abordarlo en los pasillos de la escuela para preguntarle qué pensaba sobre tal o cual escritor o cineasta. Incluso me atreví a mostrarle el único cuento que había logrado escribir: una historia oscura y más bien barroca, protagonizada por un adolescente que se inmolaba prendiéndole fuego a la casa de sus padres, y en donde mi maestro encontraría un lenguaje y una estructura sobresalientes que, según él, demostraban que estaba en camino de convertirme en una verdadera escritora. Yo tenía talento, insistió desde entonces, sólo necesitaba nutrirlo, aprender a ser paciente; seguir leyendo, seguir viviendo, seguir escribiendo, pasara lo que pasara.

Yo estaba enamorada de él, aunque no me parecía en absoluto atractivo. Era un hombre desgarbado de 45 años, cuyo aliento frecuentemente despedía un tufo a ron metabolizado a mitad de la mañana, y a mí me gustaban los muchachos con piercings. Pero lo amaba, con la indefensa ternura de una chica de 17 con profundas carencias afectivas que trataba de paliar su confusión y su soledad escribiendo cuentos, consumiendo drogas y cogiéndose a todos los batos que podía. Estaba enamorada del único adulto que me trataba como persona; el único que me acunaba entre sus brazos cuando yo llegaba a la escuela enferma de angustia y le confesaba que quería morirme. Un hombre que no juzgaba mis sentimientos, que nunca dudó de las cosas que yo le contaba. Que se ofreció a guardar mis libros en su casa —mis amados libros, lo único que me importaba en el mundo— después de aquel episodio en que mi padre rompió furioso mis cedés y amenazó con quemar mis libreros.

Pero entonces llegó el final de la primavera y con él mi cumpleaños número 18. Ilusamente había pensado que aquella nueva cifra me haría sentirme más en control de mi propia vida, pero era una ilusión: yo estaba más deprimida que nunca. El último día de clases salimos todos en bola del colegio y nos lanzamos a festejar a la playa más cercana. Bebimos cerveza, fumamos mota y nos pusimos hasta la madre, felices de haber terminado con el trámite de la preparatoria. Y él estaba ahí, festejando con nosotros, conmigo. En un momento de euforia me saqué el uniforme y corrí a meterme al agua en calzones; algunos compañeros se desnudaron también y me siguieron el juego. Desde el mar llamamos a gritos a nuestro maestro, pero él se negó a entrar con nosotros. Se quedó en la orilla, bebiendo y fumando y mirándonos retozar entre las olas.

De regreso a la civilización, mientras viajábamos apretujados en el interior del auto de uno de mis compañeros, sentada sobre las piernas de mi maestro para ahorrar espacio, sentí cómo una de sus manos se posaba sobre mi muslo, y al volverme para mirarlo, él me pidió un beso. Yo me incliné para darle un pico rápido —era una broma pensé, un mero chiste— pero enseguida sentí su lengua sobre mis labios, abriéndose camino para acariciar la mía, y me eché para atrás, desconcertada. Me bajé del auto en el primer semáforo y durante los siguientes días me dediqué a evitar las llamadas telefónicas de mi maestro, presa de una congoja terrible, de un sentimiento de culpa avasallante que no me dejaba dormir. Todo había sido culpa mía, pensaba yo, obsesivamente. Yo le había dado alas, yo lo había seducido y ahora no sabía qué hacer con eso que yo misma había provocado.

Al final decidí faltar a la fiesta de graduación, para no verlo. No le conté nada a mis padres porque intuí que encontrarían la manera de confirmar mi vergonzosa responsabilidad en el asunto. Pero no pude evitar asistir a la ceremonia de entrega de certificados. Traté de ignorar su presencia pero él se las arregló para acercarse a mí discretamente y entregarme su carta, una misiva en donde me confesaba la insoportable magnitud de su dolor y frustración ante mi súbito e incomprensible rechazo. Una carta escrita en la lengua de la pasión que él había decidido ofrecerme en vez de la ternura que yo realmente necesitaba.

Aún ahora me siento culpable, a veces, por lo que pasó entre nosotros. Una culpa necia que se resiste a desvanecerse a pesar de que ahora sé que no fui la única: que hubo otras chicas, otras alumnas y otros besos que finalmente ocasionaron su despido de la prepa, a pesar de sus notables virtudes pedagógicas. Y esa culpa inveterada, y un par de libros que me regaló —Una vuelta de tuerca y La obediencia nocturna—, y esta carta arrugada que yace ahora sobre la mesa en donde escribo estas líneas, y, sobre todo, la consigna de seguir viviendo y seguir leyendo y seguir escribiendo, pasara lo que pasara, es lo único que ha sobrevivido de aquel amor confuso.

 

Fernanda Melchor
Escritora y periodista. Ha publicado: Temporada de huracanes, Falsa liebre, Aquí no es Miami y Mi Veracruz.

 

2 comentarios en “El profesor de filosofía y literatura

  1. Querida Fernanda, yo tuve una historia parecida pero mucho más larga y tortuosa, a mis 19. Me identifiqué con lo que escribiste y es increíble ver las cosas en retrospectiva y comprender muchas cosas. Te leo con mucho gusto, como siempre. ¡Saludos!