El año pasado, en la edición en rústica de la biografía de Juan Rulfo que escribió Alberto Vital, encontré, en la sección de los anexos, una entrevista al autor de El llano en llamas y Pedro Páramo que venía antecedida por una nota que comenzaba así: “En el decenio de 1970 Máximo Simpson, periodista argentino, radicado entonces en México, entregó un cuestionario mecanuscrito a Juan Rulfo, cuyas primeras preguntas el escritor contestó a mano, en hojas desprendidas de una libreta. Pero nunca envió sus respuestas a Simpson y las conservó con el cuestionario”.

Rulfo respondió a nueve o diez de las preguntas… pero de esto no se enteró Simpson. Y pienso ahora en él y no en Rulfo. Y lo imagino esperando esas respuestas.

Habré conocido a Máximo Simpson a comienzos de los ochenta en las oficinas de Punto de Partida (el Departamento de Talleres y Conferencias de la Dirección de Difusión Cultural de la UNAM), en el Centro Cultural Universitario, en donde impartía, los miércoles de seis a ocho de la noche, un taller de crónica periodística.


Ilustración: Daniela Martín del Campo

Tendría yo unos 20 años y llevaba tiempo de asistir a distintos talleres literarios y periodísticos, donde mostraba mis escritos y recibía, como es natural, buenas y malas críticas. Con Simpson fue distinto, pues no sólo leía en voz alta mi texto; al tiempo, lo iba coloreando con plumines o lápices, no recuerdo bien, con los que marcaba, por ejemplo en rojo, las cacofonías, en azul las repeticiones de palabras… Cada falla ameritaba un color. A la vez afinaba el estilo, aunque la mayor parte de las veces el texto resultara irrescatable, y lo colorido de la página era una demostración plástica de que la prosa era sucia, no fluía, y había que trabajar en ello. Ante esos arcoíris en que se transformaban las cuartillas quedaba uno avergonzado.

Quizá tengo, en una bodega, parte de esos papeles; acaso se fue todo en una caja de cartón que estaba en la cajuela de mi Tsuru, robado en Coyoacán hace algunos años. Creo que le presenté, entre otros materiales, la crónica de una conferencia de Octavio Paz en El Colegio Nacional; también un relato del Día del Grito cuando López Portillo nacionalizó la banca… Lo que me da una fecha posible: septiembre de 1982. Tenía yo 19 años. Lo confirmo al recordar, ahora, otra costumbre mía de entonces: ir a la Cineteca, que se incendió un miércoles, el 24 de marzo de 1982, y yo no estuve ahí porque me tocaba taller con Máximo Simpson. Había ese mes un ciclo dedicado al cineasta polaco Andrzej Wajda. Las llamas de las fábricas que se incendian en La tierra de la gran promesa salieron, literalmente, de la pantalla.

En ese tiempo no había en los cursos universitarios la consigna de que si no se conseguía el cupo mínimo el taller se cancelaba. Luego de esos tropiezos con mis crónicas y supongo que un poco cansado de colorear tantos escritos míos y de los otros participantes, a Simpson se le ocurrió convertir el taller en una suerte de seminario dedicado a la crónica, y revisar ahí, con lectura en voz alta, página por página, un par de títulos: el México insurgente de John Reed y A ustedes les consta, la antología de la crónica en México de Carlos Monsiváis. Lo hicimos semana a semana, los miércoles de seis a ocho, por más de un año… pero los permanentes éramos sólo tres. O dos, sin contar al maestro. El otro era Rodrigo Farías Bárcenas, dedicado a la crónica rockera.

Eso ahora, un taller de cupo tan reducido, no sería permitido en la UNAM. Lo considerarían incosteable. Creo que se ha perdido la mística de la difusión cultural. Se quiere sumar en todo. Muchos buenos cursos no han arrancado por ese afán de lucro. En esas lecturas comentadas de Reed y la antología de Monsiváis aprendí las virtudes y las exigencias de un género que he practicado de modo intermitente.

Era difícil, para un joven casi veinteañero avecindado en la Unidad San Juan de Aragón, al noreste del Distrito Federal, llegar al Centro Cultural Universitario. Me parece que la Línea 3 del Metro estaba en construcción; y no había en el campus, claro, Pumabús. Hacía el largo viaje semana a semana por Máximo Simpson, porque su conocimiento de la crónica era profundo. Necesitaba estar ahí. Con él aprendí a leer con rigor y a corregir mis textos, para dejarlos más o menos presentables.

Esto lo recordé el año pasado cuando me topé, al final de la biografía de Rulfo, con la mención fría de Máximo Simpson, “periodista argentino, radicado entonces en México”. Y me pregunto por qué Rulfo, que contestó parte del cuestionario, no le hizo llegar a mi maestro sus respuestas. El diálogo quedó interrumpido.

¿Qué fue de él? No lo sé. Máximo Simpson dejó la Ciudad de México, regresó a Argentina. Leo en internet que nació en Buenos Aires en 1929; en 2019 cumplirá 90 años. Y veo que se le valora sobre todo por su poesía. Cierro con estos versos suyos, del poema “To be or not to be”, que vienen muy a cuento: “Yo quise ser un rojo violín desorbitado,/ un ex abrupto eterno,/ un jardín de magnolias o una tromba,/ y sólo soy ahora profesor de nostalgias,/ edecán del otoño pesaroso”.

 

Alejandro Toledo
Coautor del volumen Literatura de la historia ilustrada de México que coordina Enrique Florescano; autor de Universo Francisco Tario.