Conocí a Huberto de la manera más típica: fue mi maestro en la Universidad Iberoamericana, donde entré porque los cursos de la UNAM estaban a medio semestre y era imposible presentar el examen de admisión. En piloto automático escogí algunas materias dejándome llevar al azar por sus títulos (más que por sus grandilocuentes “contenidos”). El de la suya, “Investigaciones literarias”, me llamó la atención desde un principio más que ningún otro: ofrecía justo lo que yo buscaba, llenar huecos de lectura, ahondar, hurgar. Cuando comencé a asistir mis compañeros ya habían tomado tres o cuatro clases, suficientes para temerle y enmudecer. Claro, la edad promedio del grupo no pasaba de los 20, así que la natural irascibilidad del maestro se notaba más que en cualquier otro contexto. A mí no me asustaba en lo más mínimo. Sus clases me fascinaban por su originalidad, sobre todo por su manera de aproximarse a la literatura. No había programa establecido, ni entrega de trabajos, ni bibliografía obligatoria… Eso sí: las sesiones podían comenzar a una hora fija, pero nadie sabía cuándo terminarían. Pobre de aquel que se levantara antes que él (por razones justificadas incluso, otra clase, por ejemplo): mínimamente recibía una mirada flamígera. Y es que Huberto se clavaba a fondo en los libros que decidía tratar, se adentraba en ese universo que para él carecía de límites académicos o esquemas preestablecidos de investigación. Según su criterio, había que improvisar de una manera absolutamente creativa, casi jazzística. Se trataba de leer, leer, leer a profundidad, e ir sacando hilos, atando cabos interpretativos sobre la marcha, no de cubrir requisitos o cumplir por cumplir. Ejercía una verdadera libertad de cátedra como ningún otro maestro, al menos en esa universidad.


Ilustración: José María Martínez

Recuerdo verlo llegar portafolio en mano, y libros bajo el brazo además. Disponía los tomos sobre el escritorio, se sentaba, y disparaba su primer tiro al blanco: “¿Han leído a Robert Graves?”. Creo haber sido la única en responder afirmativamente en aquella ocasión, no por méritos especiales, sino porque era mucho mayor que el resto del grupo y, por circunstancias particulares, una rata de biblioteca que por suerte había estado rodeada de literatura anglosajona. Esa vez el texto protagonista era Los mitos griegos. Con eso teníamos no nada más para el semestre, sino para una vida. Después de algún intercambio breve, unas frases apenas entre él y yo, volvió la vista al libro y se puso a leer en voz alta. Este era su procedimiento: del párrafo o página en cuestión, brincaba a la pregunta, y si el supuesto diálogo no daba para más, asignaba una tarea de investigación al mejor postor. Nos enviaba a otras fuentes (no siempre le creía a Graves), a buscar los afluentes del río principal: Ulises y sus viajes, Joyce y los suyos, las modificaciones del mito, sus reinterpretaciones, su presencia en la literatura mexicana o en otras; las mujeres dominantes, las inspiradoras; la definición heroica… Y una vez entrados en materia, todos ya instalados en la lectura, creyendo que apenas daría tiempo para eso y lo que de ahí se derivara de manera inmediata, sacaba otras obras a colación (esperando que las leyéramos a la de ya):  “De aquí hay que ir a La diosa blanca, a los dos Claudios, a Belisario, al Rey Jesús… Todo está relacionado, aunque no lo parezca, todo”. Dirigía también una revista loquísima, Punto Cero, en la que se daba el gusto de publicar todo lo que le parecía tanto literario como antisolemne.

Un buen día, caminando rumbo al estacionamiento, me preguntó: “¿Y tú qué haces aquí? Para estudiar Letras hay que ir a la UNAM”. Le hice caso, en realidad, para llevar las materias que daba allá. Y he aquí que, en aquel emblemático lugar de la Facultad de Filosofía y Letras conocido como “El Aeropuerto”, me contó que iba a trabajar con Fernando Benítez en el suplemento de un nuevo periódico, unomásuno. “¿Y tienes asistentes, Huberto?”, le dije. “No, porque el presupuesto no alcanza para eso. Ahora que, si quieres, ven a ayudarme cuando puedas”. Ni tarda ni perezosa comencé a ir un par de veces por semana a seguir escuchándolo leer textos en voz alta, ahora en las enormes planas de sábado, mientras yo corroboraba el texto-testigo. Al verlo recortar imágenes juguetonamente, pegarlas aquí y allá a escondidas de la ilustradora; coleccionar frases azarosas de justicia poética; emocionarse hasta las lágrimas al corregir textos de sus amigos más queridos y respetados, o gruñir ante otros “impuestos desde arriba”, pomposos o hasta elementalmente mal escritos, supe de mi enorme privilegio (esa época fue mejor que un doctorado). Durante aquellos años, finales de los setenta, principios de los ochenta, me publicó poemas, ensayos, traducciones. Me abrió los ojos, despertó en mí un profundo espíritu crítico justamente al ejercerlo conmigo. Me dio confianza en la vocación poética: un tesoro de significado múltiple e inexorable; un mundo sin fin a las afueras de la feria de vanidades.

 

Pura López Colomé
Poeta y traductora. Le otrorgaron el Premio Xavier Villaurrutia (2007). En 2013 publicó sus Poemas reunidos. 1985-2012.