Las influencias te caen del cielo. Llueve pero no hay nubes en lontananza, ni parvadas enloquecidas alborotando el paisaje, ni un viento leve, pero te percatas de que ahora caminas de otra manera, o más erguido, o cabizbajo, o a un ritmo desconocido o no acostumbrado. Y pienso: ojalá que uno pudiera decidir quién influye en sus actos, entonces elegiría con afinado aliño y cuidado las piezas humanas que formarán parte de ese confuso rompecabezas llamado personalidad, o destino. Profesores de plantilla he tenido muchos y todos ayudaron de buena fe a sumar cada vez más decepciones y dudas respecto a mi futuro. No hay que olvidar que quien acude a un profesor da por hecho que posee un futuro, cosa dudosa desde mi punto de vista. Uno también podría valerse del auxilio o de la compasión de un profesor para saber por qué ha fallado, por qué se encuentra uno tan tirado, es decir servirse del profesor para ver qué se pudrió durante el tiempo vivido. La segunda opción me parece la más atractiva ya que la curiosidad legítima no decrece con el tiempo, sino que permanece y al curioso le da lo mismo prepararse para un futuro que para un pasado.


Ilustración: Raquel Moreno

En la escritura, como en la vida, todo comienza en medio. Los pensamientos son nubes —como escribió J-F Lyotard en Peregrinaciones— y nada en ellos posee una forma acabada. Cuando pienso en los profesores que me acompañaron a lo largo de tantas jornadas de penuria escolar, y que pusieron atención en mi persona durante un tiempo que se escurre enfermizo y acobardado en la memoria, me conmuevo hasta un punto en que no me reconozco. Las emociones más difusas saltan como peces fuera de su estanque. Mi maestra en quinto año de primaria, Alicia Medina, fue la primera persona que me obsequió un libro de antología literaria porque descubrió en mí cierto desasosiego que no podría calmar con ninguna pócima enciclopédica ni alguna clase de enseñanza positiva. A ella no le causaba malestar mi concentrada distracción ni mis invenciones verbales con las que intentaba yo remendar mi falta de cumplimiento en las tareas. “A este niño la literatura lo pone en el camino, o lo termina de enfermar”, comentó la profesora Alicia alguna vez a mi preocupada madre.

No obstante mi remembranza nostálgica y lejanísima, fue en la Facultad de Ingeniería donde dos profesores significaron el empuje y el estímulo que necesitaba yo para no naufragar en las ciencias físicas aplicadas. Uno de ellos fue el ingeniero Mario Moreno Flores, a quien le debo entre otras deudas mi acercamiento a la pintura y a la historia del arte cuando me encontraba yo en la resbaladiza cima de mis años salvajes. Sin embargo, no me referiré a él en este escrito, sino al innombrable, quien me dio el empujón definitivo para abandonar los quehaceres inconvenientes de la ingeniería y dedicarme de lleno a la literatura: el ingeniero Alejandro Cadaval. Él fue un profesor en el sentido más genuino de este oficio, como cuestionador, cultivador del talento de sus amigos y amigo del conocimiento humanista. La cátedra que impartía en la Facultad de Ingeniería, en CU, se llamaba Recursos y Necesidades de México y, como el mismo título lo sugiere, en esta clase se podía tratar cualquier asunto. Podríamos habernos dedicado a estudiar zoología o a levantar un ring de boxeo dentro del aula. Tal era la atmósfera de libertad y aparente dispersión que vivíamos en el salón 104 del edificio principal de la Facultad de Ingeniería.

Azuzado por la malicia de mi profesor, cierta mañana me levanté de mi asiento y leí un cuento breve que trataba acerca de un hombre obsesionado por la identidad y que se dedicaba a coleccionar decenas de credenciales como una estrategia extravagante para ser alguien. En su abultada colección había licencias de conducir, gafetes de toda envergadura en los que su rostro acartonado aparecía sin mayor variación, credenciales escolares y una amplia clase de documentos que afirmaban su existencia. En mi relato el personaje terminaba siendo robado y asesinado por delincuentes callejeros, y enterrado luego en una fosa común debido a que las autoridades no encontraron en su cuerpo ninguna identificación, además de que nadie reclamó su cuerpo en la morgue. En cuanto escuchó aquella ficción, Alejandro tuvo noticias de mí y se percató de que mi camino no pasaba por las ciencias de la tecnología. Me alentó a continuar escribiendo y, además, me presentó a varios filósofos y escritores que me abrieron puertas a conversaciones inesperadas (uno de ellos y con quien cultivé una amistad importante fue el filósofo Joaquín Sánchez Macgrégor, integrante del célebre grupo Hiperión). Quizás es esta la primera vez que me refiero a Alejandro Cadaval como detonador de mi rebelión literaria. Su muerte tuvo lugar hace ya incontables años, pero yo continúo escuchando su voz y sus arengas contra la técnica que se aparta cada vez más de la medida humana.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.