En 1963 entré al primer año de prepa en la Escuela Secundaria y Preparatoria de la Ciudad de México, una escuela laica, ubicada en Polanco, fundada por republicanos españoles, donde varios de los maestros eran refugiados de la guerra civil. Maestros maravillosos, cultos, encantadores. Pero ninguno con el fuego interno de Francisco Carmona Nenclares. Él fue quien dejó en mí la mayor huella y fue quien potenció mi transformación política. George Steiner, en Elogio de la transmisión, al hablar de los maestros, subraya el “misterioso intercambio que se establece cuando hay confianza entre una persona mayor y un joven” (2005, p. 133). Tuve la fortuna de que eso me ocurriera con el maestro Carmona. No obstante él era una figura imponente, que inhibía a muchos de mis compañeros por una cierta rispidez, a mí me atrajo con una fuerza especial. Ahora me doy cuenta de que su atractivo radicó no sólo en su inteligencia sino en su perspectiva política.

Carmona Nenclares impartía en ese primer año la materia de lógica y en segundo la de doctrinas filosóficas (era la época en que la prepa era sólo de dos años). Y aunque supuestamente la clase era de lógica, en realidad era de filosofía política. Carmona nos hablaba acerca de la desigualdad humana y la injusticia, pero también de la esperanza y la solidaridad. Yo tenía 15 años cuando lo conocí, y ya andaba con los cables cruzados: la migración de mis padres argentinos a México me había vuelto una extranjera aquí, pero también en Buenos Aires; tener una madre feminista e intelectual y un padre banquero que discrepaban políticamente tampoco ayudaba mucho. Leía mucho, a una velocidad impresionante y lo digería mal. Mi revoltijo sentimental era brutal, y encontré un faro en “mi” maestro Carmona.


Ilustración: Kathia Recio

Muy rápido me convertí en su favorita. Todavía guardo la lista del salón, que me entregó para que yo apuntara las asistencias de mis compañeros en clase. En su materia saqué 10 todos los meses, y jamás hubo un asomo de nada impropio. Bueno, lo único clandestino que ocurrió entre nosotros fue un intercambio de libros a espaldas de los demás compañeros. Como “mi” maestro Carmona era amante de la literatura, establecimos una rutina donde nos intercambiábamos libros. Yo le sustraía a mi madre los libros de Borges que venían de Buenos Aires y él me pasaba todo tipo de novelas. En mi cumpleaños me regaló Laura o la soledad sin remedio, de Pío Baroja, que fue el libro que más lamenté haber perdido cuando me separé de mi primer marido.

Pero lo fundamental que me dio Francisco Carmona Nenclares fue el marxismo. Gracias a él supe que “la vergüenza es el primer sentimiento revolucionario”. Con él entendí qué era la lucha de clases y lloré leyendo sobre el asesinato de Rosa Luxemburgo. Me asumí de izquierda. Sus enseñanzas fueron para mí como si se descorriera un velo que no me permitía ver la realidad.

Al año siguiente entró a nuestro salón un muchacho mucho mayor que todos nosotros, que venía de estudiar en Londres y Berlín, y requería hacer la prepa para poder entrar a la UNAM. Era trotskista y pronto empezó a debatir con Carmona en la clase de doctrinas filosóficas. Aunque Carmona se desesperaba con el excesivo radicalismo de Juan David, yo me enamoré de él. Y de ser una alumna de 10 pasé ese año de panzazo con 6. Abandoné el intercambio de libros y las largas charlas. Y decepcioné a mi maestro Carmona.

Cuando murió, el 26 de junio de 1979, días después apareció una nota en Proceso donde me enteré que había sido secretario de la revista Leviatán antes de la guerra civil y colaborador de Ortega y Gasset en la Revista de Occidente. Durante la guerra ocupó la dirección del periódico Claridad, el segundo en importancia del Partido Socialista; fue también secretario de la embajada del gobierno republicano español en París. Entonces me puse a investigar más. Supe así que combinaba las clases matutinas en mi prepa con las de filosofía que impartía por la tarde en la UNAM, y que fue columnista en la página editorial de aquel Excélsior.

La nota en Proceso decía que con su muerte la lucha por la República española había perdido a uno de sus ideólogos. Cuando leí su perfil, revaloré su figura y me sorprendió la paciencia con que nos trató, a esa punta de jóvenes chiquiados en una escuela particular. También me conmovió su recuerdo de cuando llegó a México, en 1940. Frente al agente de migración el maestro Carmona le enseñó sus documentos y el guardia le espetó: “¿Sus papeles? ¿Y para qué quiere sus papeles si está usted en su casa?”. Siempre hizo explícito su agradecimiento con México. Hoy entiendo lo mucho que le debo y lamento que no haya visto cómo fructificaron en mí sus enseñanzas.

 

Marta Lamas
Antropóloga. Directora de la revista Debate Feminista y profesora-investigadora del Programa Universitario de Estudios de Género de la UNAM. Acaba de publicar Fulgor de la noche. El comercio sexual en las calles de la Ciudad de México.

 

2 comentarios en “Carmona

  1. Me resulta extraña por lo menos la manera en que fui educado: desde la más temprana infancia mi madre me inculcó que debería buscar maestros y nunca me señaló o se refirió a los que usan el pizarrón, de tal suerte que sin darme cuenta de una forma apasionada pero inconsciente dediqué décadas de mi vida a esa búsqueda y los encontré frente al pizarrón o extramuros y me sometí a su magisterio pero siempre alzado, apasionado, conversé con locos, abrazé amigos mucho mayores que yo y no faltó la sacerdotisa. Un buen día me descubrí sexagenario y comprendí que había llegado al hombre mayor de edad indefinible que soñé en sueños diurnos y nocturnos.

  2. “Y eternamente consagré mi corazón a la tierra grave y doliente y le juré que la amaría”. “Amo los datos concretos de la vida, el sol, la hierba, no sé a dónde me llevará todo esto”. “Para mi el mundo está lleno de voces silenciosas que me esfuerzo por leer como los labios de un paralítico”. In memorian para Sergio mi amigo, mi maestro, mi hermano y para todos que se cruzaron en mi camino y acaso sin saberlo pusieron sobre mis débiles hombros un duro fardo; para la maestra que me regaló mi primer libro y me enseñó las primeras letras. Y así abrazé mi destino y descubrí que a los verdaderos maestros los envuelve un halo.