El letrero en la reja advierte “Chien méchant”, y el perro definitivamente es méchant. Cada vez que ella pasa por ahí el perro se lanza contra la reja, aullando de deseo por alcanzarla y hacerla pedazos. Es un perro grande, un perro en serio, un tipo de pastor alemán o de Rottweiler (no sabe mucho de razas). Desde esos ojos amarillos, siente el odio más puro brillar sobre ella.

Después, cuando deja atrás la casa con el chien méchant, ella rumia sobre ese odio. Sabe que no es personal: quienquiera que se acerque a la reja, quienquiera que pase por ahí caminando o en bici, estará en el polo receptor de esa rabia. Pero ¿qué tan profundamente se sentirá ese odio? ¿Será como una corriente eléctrica que se enciende cuando se percibe un objeto y se apaga cuando el objeto se desvanece al doblar la esquina? ¿Los espasmos de odio seguirán agitando al perro cuando está otra vez solo, o será que la rabia se calma de pronto, y que el perro regresa a un estado de tranquilidad?

Ella pasa en bici frente a la casa dos veces al día entre semana, una de camino al hospital donde trabaja, la otra después de terminar su turno. Como sus recorridos son tan regulares, el perro sabe cuándo esperarla: incluso antes de que aparezca en su campo de visión él está en la reja, jadeando con ganas. Como la casa está en una pendiente, su camino de las mañanas, de subida, es lento; en las noches, afortunadamente, logra pasar rápido.

Puede que no sepa nada de razas, pero tiene una muy buena idea de la satisfacción que el perro obtiene de sus encuentros. Es la satisfacción de dominarla, la satisfacción de ser temido.


Ilustración: Belén García Monroy

El perro es un macho sin castrar, por lo que puede ver. No tiene idea si él sabe que ella es una hembra, si para sus ojos un ser humano debe pertenecer a algún género, que corresponde al género de los perros, y por lo tanto si él siente dos tipos de satisfacción al mismo tiempo —la satisfacción de una bestia dominando a otra, la satisfacción de un macho dominando a una hembra.

¿Cómo puede saber el perro que ella le teme a pesar de su máscara de indiferencia? La respuesta: porque desprende el olor del miedo, porque no lo puede ocultar. Cada vez que el perro se abalanza sobre ella, un escalofrío le recorre la espalda y una pulsación de olor sale de su piel, un olor que el perro detecta de inmediato. Ese tufillo de miedo proveniente del ser que está al otro lado de la reja lo lleva a un éxtasis de rabia.

Ella le teme, y él lo sabe. Dos veces al día puede esperar ese momento con ansias: el paso de este ser que le teme, que no puede esconder su miedo, que desprende el aroma del miedo como una puta desprende el aroma del sexo.

Ella ha leído a san Agustín. San Agustín dice que la evidencia más clara de que somos criaturas caídas reside en el hecho de que no podemos controlar las reacciones de nuestro propio cuerpo. Específicamente, un hombre es incapaz de controlar los movimientos de su miembro viril. Ese miembro se comporta como si estuviese poseído por una voluntad propia; quizá incluso se comporta como si estuviese poseído por una voluntad ajena.

Ella piensa en san Agustín al tiempo que llega al pie de la colina en donde descansa la casa, la casa con el perro. ¿Será capaz de controlarse esta vez? ¿Tendrá la fuerza de voluntad necesaria para evitar despedir el humillante aroma del miedo? Y cada vez que escucha en la garganta del perro el gruñido grave que bien podría ser un gruñido de rabia o de lujuria, cada vez que siente el golpe seco de su cuerpo contra la reja, ella obtiene su respuesta: Hoy no.

El chien méchant está encerrado en un jardín donde no crece nada más que la maleza. Un día ella se baja de la bicicleta, se recarga contra el muro de la casa, toca la puerta, espera y espera, mientras que a unos metros el perro se echa para atrás y luego se lanza contra la reja. Son las ocho de la mañana, una hora poco habitual para venir a tocar en la puerta. No obstante, al último la puerta se abre levemente. Ella adivina una cara bajo la tenue luz, el rostro de una mujer mayor de facciones delgadas y cabello gris suelto. “Buenos días”, dice ella en su francés no tan malo. “¿Puedo hablar con usted un momento?”.

La puerta se abre más. Ella entra a una estancia escasamente amueblada donde en ese momento un hombre mayor de cárdigan rojo está sentado a la mesa con un tazón frente a él. Ella lo saluda; él asiente pero no se levanta.

“Siento molestarlos tan temprano”, dice ella. “Yo paso en mi bici frente a su casa dos veces al día, y cada vez —sin duda lo han escuchado— su perro está esperando para saludarme”.

Silencio.

“Esto lleva ya algunos meses. Me pregunto si no ha llegado el momento de un cambio. ¿Estarían ustedes dispuestos a presentarme a su perro, para que se pueda familiarizar conmigo, para que le demuestre que no soy un enemigo, que no pretendo hacer nada malo?”.

La pareja intercambia miradas. El aire del cuarto no se mueve, como si nadie hubiera abierto una ventana en años.

“Es un buen perro”, dice la mujer. “Un chien de garde”, un perro guardián.

Por la expresión ella entiende que no habrá presentación, no habrá familiarización con el chien de garde; entiende que porque a esta mujer le conviene tratarla como a un enemigo, ella seguirá siendo un enemigo.

“Cada vez que paso por su casa, su perro entra en un estado de furia”, dice ella. “No me cabe duda de que él siente que su deber es odiarme, pero yo me siento conmocionada por este odio hacia mí, conmocionada y aterrorizada. Cada vez que paso por su casa atravieso por una experiencia humillante. Resulta humillante sentirse tan asustada. Ser incapaz de resistirlo. Ser incapaz de ponerle un alto al miedo”.

La pareja la mira impasible.

“Este es un camino público”, dice. “Tengo derecho a no sentirme aterrorizada en la vía pública, a no ser humillada. Está en su poder el cambiar esto”.

“Es nuestro camino”, dice la mujer. “Nosotros no la invitamos aquí. Puede tomar otro camino”.

El hombre habla por primera vez. “¿Quién es usted? ¿Con qué derecho viene a decirnos cómo debemos comportarnos?”.

Está a punto de darle su respuesta, pero él no está interesado. “Váyase”, dice. “¡Váyase, váyase, váyase!”.

El puño de su cárdigan se está descosiendo; los hilos se meten en la taza de café mientras agita su mano para echarla fuera. Ella piensa en avisarle, pero no lo hace. Se repliega sin decir una palabra; la puerta se cierra detrás de ella.

El perro se avienta contra la reja. Un día, dice el perro, esta reja cederá. Un día, dice el perro, te voy a despedazar.

Aunque está temblando, aunque puede sentir cómo la oleada de miedo sale de su cuerpo y bate el aire, de la forma más tranquila posible encara al perro y habla, usando palabras humanas. “¡Vete al infierno!”, dice. Luego monta su bicicleta y se dirige colina arriba.

 

J.M. Coetzee
Premio Nobel de Literatura 2003. De entre su vasta obra destacan, entre otras, las novelas Desgracia, Esperando a los bárbaros y Vida y obra de Michael K.

Traducción de César Blanco.

Copyright by J.M.Coetzee, 2017. Derechos reservados. 

Este relato aparecerá en la colección Seven Moral Tales, coeditada por El Hilo De Ariadna y Penguin Random House Grupo Editorial.

Publicado con autorización de Peter Lampack Agency, Inc.

 

2 comentarios en “El perro

  1. Al fin un texto de Coetzee, entre tanta mala política les aprecio el cuento.

  2. Gracias por compartir este texto que sin duda asemeja mucho el sentimiento que mi hijo de 9 años siente con el perro del vecino, voy a sugerirle…