Me ahogo en mi total egocentrismo;
mas no puedo pensar de otra manera:
que todo morirá cuando yo muera,
que al acabarme empezará el abismo.
¡Qué importa que la vida continúe!
Con mi muerte terminará el universo…

 

En 1990 yo tenía 23 años y era asiduo de la ciudad de Guadalajara, donde vivía el señor Ángel de la Cruz, declamador de poesía y maestro de la vida y sus secretos. Solía pasar mis vacaciones de verano en esa ciudad, donde pude conocer a otras figuras de la cultura tapatía como Juan José Arreola, cuyo centenario también celebramos este año, y a Blas Galindo, autor de Sones de mariachi y Canciones de Jalisco, entre otras composiciones musicales. El año anterior yo había iniciado una maestría en letras hispánicas en la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA), y mientras me dedicaba a analizar la obra de Cortázar, Borges, Rulfo y Asturias me era difícil olvidar a los poetas del mundo hispano que había asimilado —mejor dicho, memorizado— durante largas e intensas sesiones con el señor Ángel, quien nunca soltaba su vaso de ron Castillo mientras fumaba innumerables Faros y, con la paciencia de un santo terrestre, me hacía repetir una y otra vez los poemas que formaban parte de su repertorio y que eran, a su vez, reflejo de su alma. Sor Juana Inés de la Cruz, Federico García Lorca, León Felipe, Miguel Hernández y Amado Nervo eran algunos de los poetas cuyos versos, siempre rimados, más lo apasionaban. Entre los autores para mí desconocidos, como Ángela Figuera Aymerich, José Zacarías Taillet y Carlos Rivas Larrauri, el que más poder ejercía en mi imaginación fue, sin lugar a dudas, Guadalupe Amor, que se distinguía, entre otras cosas, por ser una leyenda viva que en aquel entonces se quedaba en los numerosos hoteles de la Zona Rosa, donde rondaba como una especie de “reina honoraria sin sueldo”, como la bautizó su querido amigo Jaime Chávez, y que a veces ofrecía recitales poéticos que eran a su vez las primeras obras de performance en México y a las que asistía un público formidable y muy entusiasta.

Cuando en el verano de 1990 don Ángel supo que yo planeaba un viaje a la Ciudad de México para hacer algunas investigaciones sobre el México colonial, se le ocurrió que sería el momento perfecto para que yo conociera en carne y hueso a la “Undécima Musa”, “dueña de la tinta americana”. Como el joven entusiasta que era, acepté dichoso el encargo, que se presentó como una especie de reto, y después de una curiosa búsqueda que me llevó por hoteles, restaurantes, librerías, bares y joyerías, por fin la pude localizar en el hotel General Prim, ubicado en la esquina de la calle del mismo nombre y Versalles, en la colonia Juárez, barrio una vez elegante y donde, hace 100 años, el 30 de mayo, 1918, nació Guadalupe Teresa Amor Schmidtlein. El producto de mi búsqueda poética se sintetiza en una procesión de descubrimientos, sobresaltos, aprensiones, y el reconocimiento de estar frente a un genio artístico, aunque a veces, muchas veces, su comportamiento me sorprendía y no siempre para bien. Pero esa era la Pita en su última encarnación, un ser enigmático, retraído, obsesivo, compulsivo, muchas veces ofensivo. Sin embargo, hallarme frente a este monstruo de la poesía era para mí, a mi corta edad, una experiencia cuyo primer impacto nunca me ha abandonado y que persistiría con la misma fuerza de asombro hasta su muerte en mayo de 2000.

En la década de los noventa muchos conocían a la Pita que rondaba la Zona Rosa pegando bastonazos (o paraguazos, dependiendo de la temporada) a los transeúntes; la que siempre colocaba un “pesca-guapos” en su frente; la de la flor marchita ensartada en su corto cabello color caoba; la que usaba unos lentes de “fondo de botella” que agrandaban sus ojos, resaltados por un asombroso maquillaje de colores. Si bien en aquel entonces Pita seguía conservando algo de su antigua fama, esto se debía sobre todo al estrafalario personaje que ella misma había construido, personaje que, según algunos, se había devorado a la poeta Guadalupe Amor. Como estudiante de la literatura del siglo de oro español, yo no entendía esta extraña fijación en su persona en detrimento de su gran obra lírica, casi abandonada y olvidada, repleta de imágenes espirituales —a veces místicas— y un ritmo musical perfecto, que hacía eco de las grandes estrofas de su estirpe literaria española: Garcilaso, Lope de Vega, Calderón de la Barca y, en México, sor Juana Inés de la Cruz.

Fue con la intención de enderezar este entuerto que me dediqué durante varios años a indagar sobre la obra literaria de Guadalupe Amor, que tuvo su momento de esplendor en los años cuarenta y cincuenta con la publicación de libros como Polvo (1949) y Décimas a Dios (1953). Mis investigaciones me llevaron de regreso a mi ahora alma mater, a los archivos hemerográficos de UCLA, donde, poco a poco, gracias al Diccionario de escritores mexicanos de Aurora M. Ocampo, pude localizar una gran cantidad de artículos periodísticos dedicados a la poeta y su obra: entrevistas, reseñas, reportajes, perfiles, análisis, etcétera. Eran puras alabanzas. Asombro absoluto. Un genio endiablado. Otra Santa Teresa de Jesús. Poco a poco empecé a asimilar todo este material para luego —imitando tal vez el trabajo de su sobrina Elena Poniatowska Amor, quien también resguardaba mucho material y no pocos recuerdos de su tía Pita— ordenarlo e interpretarlo. El resultado fue mi biografía literaria, Guadalupe Amor: la undécima musa, publicada por vez primera en 1995 por la Editorial Diana, gracias al “atrevimiento” de mi editor, Fausto Rosales Ortiz, que pudo ver más allá de la “Pita pordiosera”, de la “abuelita de Batman” de la “loca de la Zona Rosa”, de la que no era “ni sombra de lo que fue”. Su primera edición pronto se agotó y al año se hizo otra, y después otras más. Creo que a los dos nos sorprendió el éxito del libro, tal vez más a mí que a mis 25 años era requerido en programas con estrellas como Daniela Romo, Ofelia Guilmáin y Jacobo Zabludovsky y enviado a la calle de Hegel en Polanco para entregarle un ejemplar a la Doña, María Félix, que había llamado a la editorial porque quería ver el libro. Cuando le pregunté a Fausto si no lo podía comprar en Sanborns, me informó severamente que iría yo para dejárselo en sus manos. ¡Qué inconciencia la mía! Lástima que cuando llegué la señora se acababa de ir a Cuernavaca y aunque le dejé una nota con mi teléfono nunca me llamó.

No sé tampoco si Pita leyó alguna vez mi libro. Una vez le pregunté al respecto y me dijo que todavía no porque en ese momento le servía como cuña para su mesita de noche: “Mike, es que baila, se mueve, se cae el teléfono…”. Yo no me ofendí. Al contrario, di gracias a un poder superior por el hecho de que no se había enfurecido por algún detalle del libro, a pesar de mis mejores intenciones, y que por ello quisiera “hacerme pinole”. A casi 30 años de mi encuentro inicial con “[la que] Shakespeare llamó genial, Lope de Vega, infinita”, celebro el hecho de que, en múltiples formas, la vida y obra de Guadalupe Amor, al igual que la de su personaje Pita, haya renacido, como el ave fénix que es. Para mi enorme agrado noto un renovado interés en su poesía de parte de jóvenes lectores y, obviamente, una fascinación con su multifacético personaje, que ha sido reimaginado por actores, dramaturgos, ensayistas y, por supuesto, lectores de poesía. Esperemos que los próximos 100 años le brinden a Pita un lugar aún más destacado en la gran constelación de escritoras mexicanas, en particular, entre sus compañeras de “medio siglo” como Amparo Dávila, Enriqueta Ochoa, Margarita Michelena, Rosario Castellanos o Inés Arredondo.

 


Ilustración: Gonzalo Tassier

Soy una majadera, Mike
¡pero una majadera genial!

La noche antes de regresar a Estados Unidos con el material para mi libro, Pita me acusó —indirectamente, lo admito— de haberle robado su valiosísima medalla de la virgen de Guadalupe. Ese día llegué a su casa sobre las ocho de la noche cargando una bolsa de Aurrerá, colmada de refrescos, chocolates, jugo de naranja y un collar para su querido gato, entre otras cosas que Pita me había encargado. Al llegar, el portero (“criado” en el léxico pitiano) me informó que aún no había llegado la señora. Para pasar el tiempo fui al café de chinos frente a su casa, donde estuvimos días atrás cuando Pita le pidió a un amigo mutuo que me besara. Él se “chiveó” diciendo que le encantaría pero no quería hacer un escándalo. Finalmente dejó de insistir y pudimos comer en relativa paz, aunque Pita estaba indignada porque recordaba que el dueño le había gritado “¡cabrona!” un par de días antes. “¡Maldito chino ojos jalados, lo voy a correr del país”, fueron las palabras que repitió una y otra vez mientras comíamos.

Aquel día esperé que apareciera Pita mientras sorbía un café con leche pensando en todo lo que había vivido con esta increíble señora. Desde la primera vez que la conocí —una noche inolvidable en el hotel Prim— hasta este momento, ejercía sobre mí una especie de poder especial. Si bien podía ser encantadora, brillante y cosmopolita, también podía ser diabólica, cruel, infantil y monstruosa. Siempre noté que ella poseía algo que no pertenece a este mundo, un poder para encantar que utilizaba (y con el que explotaba) a la gente, sin agraviar a los presentes. Sentí que nuestra relación estaba por desgastarse, ya que nadie (al menos nadie a quien yo hubiera conocido) podía aguantar su amistad por mucho tiempo. Exigía demasiado, pero al mismo tiempo lo que a mí me dio —a un joven estudiante de otro país— no podría pagarse jamás.

A las nueve pedí la cuenta y regresé a la gran reja del Edificio Vizcaya. Según el portero, acababa de llegar. Por lo tanto, todavía estaría subiendo lentamente los peldaños (130 por cuenta suya) a la azotea, donde tenía un minúsculo departamento. La alcancé: iba acompañada de un joven amigo que le ayudaba. Al llegar a su departamento, el amigo se despidió rápidamente y nos quedamos solos. “La cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar…”, cantaba Pita con una voz notablemente cansada. “Es que me cansa mucho salir, Mike, ya estoy amolada. Voy a descansar un ratito para recargar mis pilas”. Mientras Pita dormitaba en su sofá yo la observé. Había envejecido notablemente desde la primera vez que la conocí. Sus pies hinchados y coloreados contrastaban con sus piernas que conservaban cierto brillo y forma. Sus manos, enjoyadas como siempre, parecían garras diminutas siempre apretadas, probablemente una reacción involuntaria para proteger sus sortijas.

Cuando despertó, empezó a quitarse todos sus collares: más de 50. No había llegado ni al tercero cuando se dio cuenta que estaba totalmente atrapada en una telaraña de cuentas, pendientes y cadenas de todo tipo. Seguía tratando de quitárselos uno por uno pero sólo logró enredarse más y más, a tal grado que se asustó y acabó pidiendo mi auxilio. Me acerqué con mucha cautela e, inclinándome con cuidado excesivo, intenté quitárselos. Pita se impacientó y me siseó: “Me estás ahorcando… hazlo con más cuidado”. Desesperada, gritó: “¡Quítate, no sirves para nada!”. Un poco indignado le expliqué que no acostumbraba ponerme collares, así que me perdonara. Insinué que me permitiera sentarme a su lado, en el sofá, para intentarlo con más cuidado. Se enfureció: “¿Sentarte junto a mí? ¡Qué ocurrencia…! Déjame, déjame ya”. Y en efecto, la observé, no sin cierto gusto malvado, enmarañarse más y más hasta que, por fin, pudo quitárselos. Luego me pidió que le ordenara sus anillos. Ella se quitaba las más de 40 sortijas de diverso tipo y valor y me las colocaba hasta llenar mis manos. Fui a su cuarto llevando las joyas como si fueran las de la reina Isabel, y las guardé en una silla de madera donde solía dejarlas. Tenía que hacerlo rápido. Si me tardaba demasiado Pita me gritaba “¿Ya…? ¿Ya las dejaste Mike?”. Después de los anillos, las pulseras, y después de las pulseras, los collares, que tenía amontonados a su lado en el sofá. Ese era el orden para guardar sus joyas.

Al terminar Pita se dirigió a su cuarto para inspeccionar mi trabajo. Todo estuvo bien, hasta que se dio cuenta que faltaba “la joya más valiosa de todas, mi medalla de la virgen de Guadalupe. Es mi pieza más fina. ¡Si no la encuentro me muero! Vale más de 30 millones”.

—¿De los nuevos o los viejos? —le pregunté con sorna. Nervioso, la busqué por todas partes. Como no la pude encontrar, Pita empezó a insistir: —¿Dónde está, Mike? Te la di en tus manos.

—Si me la diste en mis manos tiene que estar aquí —respondí.

—Te la di en tus manos. ¿Dónde está? —después de un prolongado interrogatorio le dije que iba a pedirle ayuda a su amigo Carlos.

—Absolutamente no —respondió—, este asunto es entre tú y yo. Si no la encontramos tendré que llamar a la policía —desesperado, le informé que la buscaría en el pasillo de la escalera. “Apúrate”, fue su respuesta cortante.

Pensando en la creciente posibilidad de que llamara a la policía, acusándome de ladrón y quién sabe de qué más, salí de su recámara. Recogí mis pertenencias y me fui. En la calle paré un taxi. Rumbo a mi hotel, me di cuenta que no era capaz de hacerle semejante “majadería”. A medio camino le dije al taxista que regresáramos a Bucareli. Al bajar del taxi escuché la voz resonante de Pita: “¡Mike! ¡Ven Mike…! ¡La acabo de encontrar…! ¡Estaba perdida en mi escote!”. Le pagué al taxista y me dirigí a la escalera. Mientras subía, Pita continuaba gritando: “¡Ven Mike… que la acabo de encontrar, estaba en mi escote, junto a mi seno izquierdo!”.

Me quedé con ella hasta las tres de la madrugada esperando que terminara los 20 dibujos que me quería regalar como premio de consolación. Cuando terminó, nos despedimos con el acostumbrado beso de aire y la dejé en su sala, dibujando zorros, brujas y búhos mientras en la azotea, en el cielo infinito, relucía su universo de astros y cometas, décimas y sonetos.

 

Michael K. Schuessler
Profesor-investigador de la UAM-Cuajimalpa. Autor, entre otros libros, de Perdidos en la traducción: cinco extranjeros ilustres en el México del siglo XX.

Este texto reúne fragmentos del libro Pita Amor: la undécima musa, Aguilar, 2018.