“Dos conceptos de libertad” de Isaiah Berlin es el ensayo de historia de las ideas más conocido, citado y comentado del siglo XX. En 2018 este célebre texto cumple 60 años de haber sido impartido como conferencia y publicado enseguida. La visión que no pocos liberales, sobre todo anglosajones y latinoamericanos, han difundido sobre este ensayo ha sido tan elogiosa que en este aniversario me parece mucho más fructífero dejar los elogios de lado y adoptar un enfoque crítico sobre este célebre texto.


Ilustraciones: Jonathan Rosas

Como expuse hace un par de años en esta misma revista, existe una tendencia entre los liberales en Estados Unidos y América Latina a circunscribir al liberalismo a una genealogía aparentemente incuestionable que va del último cuarto del siglo XVIII a las postrimerías del siglo XX. Esta genealogía está conformada por 10 estrellas rutilantes: Smith, Madison, Jefferson, Constant, Tocqueville, Stuart Mill, Von Mises, Von Hayek, Popper y Berlin. La tradición liberal occidental es mucho más rica, variada y heterogénea de lo que este listado sugiere y la supuesta homogeneidad entre los 10 autores citados es bastante discutible. En estas líneas intentaré mostrar que incluso quien puede ser considerado el pope de este liberalismo “clásico” en el siglo XX, Isaiah Berlin (1909-1997), embona en esta genealogía con no pocas dificultades. En un segundo momento haré una serie de señalamientos sobre “Dos conceptos de libertad” que ponen en evidencia algunas de las aristas y de las tensiones que recorren este largo ensayo de parte a parte.1

A fuerza de repetirnos que Berlin fue un liberal “clásico” u “ortodoxo” del siglo XX, se nos olvida que eso no sólo no es cierto, sino que, como veremos enseguida, su liberalismo es un liberalismo sui generis. Aunque sólo sea por su defensa decidida del pluralismo, catalogar a Berlin de liberal “clásico” sin más es una caracterización un tanto apresurada.2 Él mismo afirmó en varias ocasiones que no existe una conexión necesaria entre pluralismo y liberalismo. Además, un pluralismo radical como el suyo tiene que chocar tarde o temprano con la prioridad absoluta que el liberalismo otorga a la libertad. El liberalismo de Berlin no coloca a los contextos culturales específicos de cada hombre al margen o entre paréntesis, sino que les concede un lugar privilegiado en su manera de entender al ser humano. En este sentido, la vertiente judía de Berlin es imprescindible para entender esta necesidad perentoria de pertenecer a un grupo que, nolens volens, va más allá del individuo aislado y de su libertad individual.

Una lectura de “Dos conceptos de libertad” que ignore el resto de los numerosos ensayos de Berlin podría llevarnos en esta dirección, pero en la medida en que conocemos el conjunto de su obra me parece claro que estamos ante un liberalismo muy peculiar. De hecho, como lo hacen notar algunos analistas de su obra, el “situacionismo” de Berlin lo acerca por momentos a posturas de índole comunitarista, que tanto aborrecen los sedicentes liberales “clásicos”.

Cabe aclarar que Berlin propugna y defiende la tolerancia, pues se trata de una desembocadura natural de un pluralismo moderado. La cuestión aquí es que tarde o temprano esta tolerancia entra en tensión con cualquier perspectiva que privilegie la pertenencia a un determinado grupo. A este respecto, la impronta romántica en Berlin, sobre todo de autores como Vico y Herder, es otra fuente de tensión con el liberalismo. La afirmación de que cada forma de vida, que cada cultura, tiene un valor intrínseco que nadie puede jerarquizar es un planteamiento de raigambre antiliberal y puede tener consecuencias antiliberales. En relación con esto, la desmedida admiración de Berlin por los románticos tiene sobre su pensamiento político más consecuencias de las que sus epígonos reconocen, además de que determina en gran medida su simplista contraposición “ilustrados” vs. “románticos”.

Cabe mencionar otros dos aspectos del liberalismo de Berlin que hacen de él un liberal sui generis. El primero es que no cree en el progreso histórico y tampoco piensa que el mundo tenga una meta universal o prefijada. Es cierto que Berlin hace depender el destino humano de las decisiones individuales de cada quien, pero su distanciamiento respecto a una noción de progreso (en sentido fuerte) lo aleja, una vez más, de un liberalismo que pudiéramos denominar “clásico”. El segundo aspecto que complica la inclusión de Berlin dentro del liberalismo “ortodoxo” es su manera de concebir los derechos humanos. Para él, no se trata de una serie de derechos naturales, sino de un conjunto de principios que permiten la convivencia y que garantizan la existencia de una sociedad “decente” (un término que Berlin usa con frecuencia y cuyo significado da por sentado). Su postura a este respecto es una posición historicista desde la cual es difícil defender los derechos humanos tal como se hace en este siglo XXI.

Como concluye Joaquín Abellán en uno de los mejores libros que se han publicado en español sobre la obra de Berlin, la libertad negativa que plantea taxativamente como un valor superior en “Dos conceptos de libertad” termina siendo un valor entre otros desde una perspectiva pluralista radical como la suya. “Esta radicalidad obliga a Berlin a matizar la conexión entre pluralismo y liberalismo, porque se pregunta con la misma radicalidad si la forma de vida liberal es la mejor para todos los hombres o si ha de ser considerada como una forma de vida entre otras muchas”.3

Paso ahora a “Dos conceptos de libertad”. Comienzo por la cuestión de la originalidad. Entre los estudiosos del pensamiento político es bien sabido que la inspiración directa de “Dos conceptos de libertad” es la conferencia que impartió Benjamin Constant en el Ateneo Real de París en 1819. Esta alocución, titulada “De la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos”, es la base de la dicotomía berliniana entre libertad negativa y libertad positiva. La libertad de los antiguos correspondería a la libertad positiva (la capacidad de los individuos para participar políticamente, para autodeterminarse) y la libertad de los modernos a la negativa (que el individuo esté libre de cualquier tipo de interferencia, que sea él quien decida su vida sin ningún tipo de coacción). Por supuesto, la diferencia de casi siglo y medio entre un texto y otro implica un número considerable de variaciones en los presupuestos, las connotaciones y las consecuencias. Sin embargo, la idea central del texto de Berlin está en Constant. Cito al primero y su manera (bastante parcial por cierto) de presentar y referir su texto-fuente: “Nadie percibió mejor el conflicto entre estos dos tipos de libertad, o lo expresó con mayor claridad, que Benjamin Constant. Apuntó éste a que la transferencia mediante un alzamiento coronado por el éxito de la autoridad ilimitada, comúnmente llamada soberanía, de unas manos a otras no aumenta la libertad, sino que tan sólo desplaza la carga de la esclavitud”.4

En el único párrafo que Berlin dedica expresamente a la conferencia de Constant dentro de su ensayo equipara a la libertad de los modernos con la libertad negativa, elogia la perspicacia de Constant por haberse dado cuenta que el principal problema para quienes desean esa libertad no es quién ostenta la autoridad, sino si esta autoridad es ilimitada, e insiste en la idea de que la opresión puede provenir de un hombre, de un grupo o del pueblo en su conjunto. Todo esto es cierto, pero como veremos, Constant dice mucho más que eso en su célebre alocución.

En las primeras páginas de “Dos conceptos de libertad” nos topamos con un ejemplo más de la costumbre, muy berliniana, de plantear una capacidad tremendamente transformadora de la realidad sociopolítica por parte de los pensadores o, más concretamente, de las ideas. En el caso que nos ocupa, Berlin recurre a Heine y a su advertencia de no subestimar el poder de las ideas, pues los conceptos filosóficos engendrados en el sosiego del despacho de un profesor “pueden destruir una civilización”. Enseguida, Berlin parte de la Crítica de la razón pura de Kant y alude a Rousseau, Robespierre, Fichte y Schelling. Para Berlin, esos cuatro nombres, junto con algunos “fanáticos seguidores alemanes” de los dos últimos, le bastan para desembocar en el totalitarismo del siglo XX y afirmar con rotundidad: “Los hechos no han desmentido esta predicción [la de Heine]”.5 En realidad, como los mejores historiadores intelectuales de Occidente lo tienen claro desde hace décadas, los “hechos” responden a linajes intelectuales de manera mucho menos clara de lo que plantea Berlin.

Nuestro autor afirma que si no entendemos los temas dominantes de nuestro mundo, no entenderemos nuestras propias actitudes y actividades; enseguida escribe: “El tema más importante es la guerra abierta que libran dos sistemas de ideas”.6 Es así como Berlin nos coloca de lleno dentro del contexto histórico-político fuera del cual es imposible entender “Dos conceptos de libertad”: la Guerra Fría. Afirmar que este ensayo es un “manifiesto anticomunista” propio de dicha guerra le puede parecer una exageración a algunos (aunque haya sido nada menos que Leo Strauss quien hizo esta afirmación), pero de lo que no cabe dudar es que las exageraciones, tergiversaciones y omisiones del texto se explican en gran medida por ese contexto.

De entrada, llama la atención la manera en que Berlin concibe su tradición liberal: “Creo que lo que atormenta hoy la conciencia de los liberales occidentales no es que la libertad que buscan los hombres difiera en relación con sus condiciones sociales o económicas, sino que la mayoría que la posee la haya conseguido explotando o, al menos, dando la espalda a la gran mayoría que no la disfruta”.7 La conciencia a la que se refiere Berlin nunca ha “atormentado” a los liberales. De hecho, una de las características distintivas de muchas de las diversas corrientes que conforman al liberalismo occidental (incluyendo por supuesto al denominado liberalismo “clásico”) es que la desigualdad social y económica no se cuenta entre sus preocupaciones centrales, pues se le considera una consecuencia natural de la prioridad de la libertad individual.

Otro aspecto que llama la atención del modo en que Berlin presenta las dos libertades es la superioridad absoluta de la libertad negativa sobre la libertad positiva. La decadencia de la primera significaría “la muerte de una civilización, de toda una concepción ética”.8 La segunda, en cambio, “dentro del gran debate ideológico que domina nuestro mundo”, representa a veces “poco más que un disfraz que esconde la más brutal tiranía”.9 Para Berlin, la doctrina positiva de la emancipación por la razón, de donde según él deriva la libertad positiva, “se encuentra en el corazón mismo de los credos nacionalistas, comunistas, autoritarios o totalitarios de nuestros días” y termina llevando de manera inexorable a “un Estado autoritario, obediente a las directrices de una elite de guardianes platónicos”.10

Fiel a su hábito de establecer filiaciones directas entre pensadores y movimientos ideológicos separados por siglos de historia, Berlin establece una línea directa que va de Spinoza al totalitarismo del siglo XX pasando por Locke, Montesquieu, Kant y Burke. Según Berlin, el común denominador de todos estos autores (“y de muchos estudiosos con anterioridad y de jacobinos y comunistas posteriormente”) es que plantean una serie de fines racionales para el hombre que, llueve o truene, tienen que coincidir con lo que ellos consideran su verdadera naturaleza. Este planteamiento no sólo es compartido, según nuestro autor, por los cinco autores mencionados, sino también por muchos más; entre ellos, Rousseau, Hegel, Comte, Bradley, Bosanquet y Green. En la interpretación berliniana todos los autores referidos plantean una emancipación forzada para todos esos mortales que son incapaces de saber lo que realmente necesitan. El resultado final, como cabía esperar, es la tiranía. Con secuencias de este tipo no sorprende que en algún momento sea el propio Berlin quien se pregunte cómo fue posible que el individualismo kantiano se transformara en una doctrina “puramente totalitaria”.11 La respuesta se la dejamos a cada uno de los lectores.

No es cierto que todos los defensores de la libertad positiva plantean lo que Berlin denomina “una solución definitiva” y sugerir que cualquier defensa de la libertad positiva implica la creencia en dicha solución raya en el delirio. Algo diré al final sobre los “tiranos inquisidores despiadados” (Berlin dixit) que supuestamente son el culmen de los creyentes aludidos, todos los cuales atentan contra “las sagradas fronteras de la vida privada” de cada individuo. Más adelante, nuestro autor completa la genealogía del supuesto perfeccionismo humano que se tiene que alcanzar a cualquier precio con los philosophes del siglo XVIII y con “sus herederos tecnocráticos de nuestros días”. Una vez más, tenemos una larga, nítida y sugerente línea transhistórica. Casi para terminar, el maniqueísmo de Berlin se revela en toda su magnitud: “El pluralismo, que implica ‘libertad negativa’, me parece un ideal más verdadero y más humano que los fines de aquellos que buscan en las grandes estructuras disciplinarias y autoritarias el ideal del autocontrol ‘positivo’ de las clases, de los pueblos o de la entera humanidad”.12

El carácter marcadamente ideológico del texto de Berlin es claro. Sin embargo, lo que más llama mi atención son dos cosas. La primera es que la figura de Josef Stalin transpire por muchas de las páginas del texto, pero que su nombre no aparezca una sola vez. La segunda es cuestionar en cierto sentido la conferencia de Constant como la fuente de “Dos conceptos de libertad”, más allá de la distinción (que no dicotomía) entre las dos libertades. Me explico citando textualmente a Constant.

Las conclusiones del pensador y político suizo es que no podemos renunciar a la libertad “positiva” (que él denomina libertad política) porque eso sería “edificar en la arena un edificio sin cimientos”, que dicha libertad es “el medio más eficaz y más enérgico que nos ha dado el cielo para perfeccionarnos”, que “engrandece el espíritu”, que “ennoblece los pensamientos de los ciudadanos” y que, por si fuera poco, establece entre los hombres “una especie de igualdad intelectual que constituye la gloria y el poder de un pueblo”. Es cierto que en algún momento Berlin afirma que la libertad positiva anima a los “movimientos públicos más poderosos y más justos en sentido moral de nuestro tiempo”, pero enseguida reafirma el vínculo supuestamente indisoluble que existe entre esa libertad y la creencia en “una fórmula única mediante la cual se pueden realizar de forma armónica todos los fines del hombre”.13 Es éste un vínculo espurio que desnaturaliza a la libertad positiva.

Casi para terminar su alocución, Constant elogia con vehemencia el efecto nivelador, el civismo y el patriotismo que se derivan del ejercicio de la libertad positiva. Su conclusión sobre la complementariedad de las dos libertades es tan nítida que no requiere añadidos de ningún tipo: “Lejos pues, señores, de renunciar a ninguna de las dos clases de libertad de las que he hablado; es necesario, como he demostrado, aprender a combinar la una con la otra”.14

 

Roberto Breña
Profesor-investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México.


1 Uso la reciente edición de Alianza Editorial (2014), que comprende las páginas 55-141 del libro Dos conceptos de libertad…, el editor es Ángel Rivero. Su introducción, que emplea con frecuencia el tono escasamente crítico al que estamos acostumbrados cuando se trata de Berlin, comprende las páginas 9-47.

2 En los siguientes cuatro párrafos retomo ideas y pasajes de una reseña que escribí hace tiempo del libro Isaiah Berlin: la mirada despierta de la historia, Pablo Badillo O’Farrell y Enrique Bocardo Crespo (eds.), Madrid, Tecnos, 1999, que fue publicada en España por la Revista de Estudios Políticos (n. 109, 2000) y en México por Foro Internacional (n. 163, 2001).

3 “Isaiah Berlin y Max Weber: más allá del liberalismo”, en La mirada despierta de la historia, pp. 147-148.

4 “Dos conceptos de libertad”, pp. 126-127.

5 Ibíd., p. 57.

6 Ibíd., p. 59.

7 Ibíd., p. 65.

8 Ibíd., p. 73.

9 Ibíd., p. 75.

10 Ibíd., pp. 96 y 109.

11 Ibíd., p. 109.

12 Ibíd., p. 139.

13 Ibíd., pp. 135 y 136.

14 Las citas de “La libertad de los antiguos…” en Escritos políticos, María Luisa Sánchez Mejía (ed.), Madrid, CEC, 1989, pp. 283-285. Cabe apuntar que mucho antes de impartir la conferencia que nos ocupa, concretamente en 1806, Constant hizo planteamientos muy parecidos en el capítulo III del libro XVII de su obra cumbre, los Principes de politique, París, Hachette, 1997, pp. 388-394.