Mario Conde, el ex policía cubano, inicia una nueva investigación porque un viejo conocido, gay, ha sido víctima de un robo a manos de su amante joven que, entre otras cosas, sustrajo una añeja virgen negra. La historia se vuelve laberíntica, como buen thriller, se producen asesinatos, aparecen los barrios desastrados en donde desemboca la migración del oriente de la Isla, las residencias y antros de los nuevos ricos, los traficantes de obras de arte, la policía y por supuesto los amigos del ex policía, alguno de los cuales quiere dejar el país para conocer Miami. Pero lo que importa en esta nota es que Conde está a punto de llegar a los 60 años y los cumplirá en las últimas páginas. (Leonardo Padura, La transparencia del tiempo, Tusquets, 2018.)


Ilustración: Jonathan Rosas

La edad no es un dato más. Presagia “la obscena llegada de la vejez” que se anuncia tanto en las dolencias físicas como en las espirituales. “Rodillas, cin- tura y hombros oxidados; hígado envuelto en grasa; pene cada vez más perezoso” son las advertencias irrecusables de que el tiempo no ha pasado en vano. Y “sueños, proyectos, deseos mitigados o para siempre extraviados”, dan cuenta de una realidad incontrovertible: la vida que escapa. Conde hace cuentas y cree que en el mejor de los casos ya transcurrieron tres cuartas partes del “tiempo máximo” y que lo que resta no será mejor que lo vivido. No puede serlo porque el desgaste, las enfermedades, la decadencia, pueden ser y comúnmente son las estaciones previas a la vejez: “una condición horripilante” que pone a tiro de piedra “una amenaza insobornable: la cercanía… de la muerte”.

Esa “bandera roja” que es la muerte puede estar cerca o relativamente lejos, pero es visible como no lo era antes. Su presencia es permanente y no hay fórmula para eludirla. ¡Tanto tiene Conde aún por hacer, tantos pendientes, tantas lecturas en la lista, que sabe ahora con certeza que no cumplirá! Y mientras, todo se encuentra más bien desgastado: “trabajo, amistad, amor”, lo cual produce “un estado de espíritu cada vez más marcado por la tristeza y la melancolía”. Incluso volver los ojos al pasado, a las “nostalgias remotas, casi extraviadas” ya no produce la satisfacción armónica de hace apenas unos años; ahora las mismas imágenes se presentan “perfumadas con el olor turbio y a la vez amable del pasado”. Una mezcla que depende de qué tantos gramos aporta a la combinación cada uno de los elementos.

No resulta claro qué preocupa más a Conde: si la muerte o la decrepitud. Creo que lo segundo. Lo primero es obligado, lo segundo no. Y la forma de llegar a la muerte es quizá más relevante que el desenlace mismo. El tránsito por “el último sendero” debería ser medianamente digno porque “lo demás será silencio”, pero no hay garantía alguna de que así sea. Mientras, como el personaje del mismo libro que lleva de España a Cuba a la virgen, parece que el detective sabe que ha pasado de la inocencia a la culpa, de la ignorancia al conocimiento, lo que supone el movimiento de la paz hacia la muerte.

En ese trance la propia memoria hace de las suyas. No es moldeable al gusto, aparece con diversas modalidades a su antojo y con desvergüenza recuerda “las quimeras irrealizadas… algunas de ellas ya definitivamente irrealizables”. Ese corte de caja es un elemento definitivo del estado de ánimo. No más esperanzas vanas, no más pasiones juveniles. Incluso la nostalgia se vuelve agria.

Es junto a los viejos amigos donde Conde se siente mejor. Han compartido la vida en las buenas, las regulares y las malas, pero sobre todo son capaces de recrear “recuerdos y nostalgias colectivas”; de acercarse al ayer con un código común que los hermana. Han forjado una cofradía, una sociedad que de alguna manera los defiende del exterior y del paso del tiempo, pero carecen ya del aliento esperanzado de su juventud y adultez. Son capaces de compartir las pérdidas por los “seres idos” y de aceitar una y otra vez los resortes de la solidaridad entre ellos. Algo es algo… y resulta mucho.

La edad se presenta como un agravio. El gusto y el placer por el alcohol se transforman en crudas agresivas y dolientes; los sueños han resultado pesadillas y la apuesta por un futuro mejor ha naufragado. Un “estado de ánimo derrotista” parece presidir un largo desfile de frustraciones, pérdidas y abandonos. Conde debe enfrentar “el bendito horror a la vejez” y lo hace aferrado a las rutinas aprendidas, a los amores y amistades conocidos. Son los sobrevivientes convertidos en eficientes asideros.

El transcurso del tiempo todo lo aniquila y hay que tener construido un refugio. Y Conde, aunque “exhausto del lado físico y del emocional”, vive sus días con su mujer y sus amigos.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Cartas a una joven desencantada con la democracia.