En toda elección es común enfocarse más en la oferta política que en la demanda. Es más fácil y divertido hablar de Donald Trump, Emanuel Macron y Boris Johnson que de los votantes que estos candidatos intentan seducir. México no es una excepción y muchos de los análisis de la elección presidencial que tendrá lugar el 1 de julio se centran en las ventajas y desventajas de Ricardo Anaya, Andrés Manuel López Obrador y José Antonio Meade.

El problema con esta perspectiva es que es incompleta. Para que un proyecto político tenga éxito no sólo alguien lo tiene que ofrecer, sino también debe existir una demanda por dicho proyecto. Además, lo que parece ser más relevante para explicar los sorprendentes resultados que hemos visto una y otra vez en elecciones recientes es el lado de la demanda. El Frente Nacional en Francia siempre ha estado presente, participando en siete de las ocho elecciones presidenciales desde su creación en 1972. En Estados Unidos, a lo largo de sus más de 200 años de historia electoral, hemos visto múltiples candidatos no tradicionales, varios de ellos de corte populista y muchos con propuestas nativistas. En el Reino Unido siempre ha estado presente la “pequeña Inglaterra”, cuestionando y retando a la más cosmopolita. Dada la constancia de estas ofertas, lo que hay que explicar es cómo el Frente Nacional logra prácticamente duplicar sus votos al pasar de 5.5 millones en 2002 a 10.6 en la elección presidencial del año pasado; cómo un candidato tan improbable como Trump no sólo primero captura la candidatura del Partido Republicano, sino que luego llega a la Casa Blanca; y por qué los británicos que parecían ya inmersos en el proyecto europeo votan a favor de Brexit. Sin duda Trump, Le Pen y Johnson algo de crédito merecen, pero lo que explica estos fenómenos electorales tiene que ver más con la demanda política que con la oferta, con lo que hay allá fuera, con cambios en lo que los votantes sienten, piensan y esperan de sus políticos.

Al hablar de la demanda lo primero a señalar son las enormes similitudes entre todos estos casos y varios más como el español, el austriaco y el italiano, por nombrar tan sólo algunos. Parecería que algo está pasando en prácticamente todas las democracias liberales de Occidente que está generando resultados sorpresivos. Incluso en los sistemas más consolidados y estables que parecían ser inmunes al fenómeno, como el alemán, hemos visto elecciones inusuales.1 Y dado que México es también una democracia liberal de Occidente vale la pena preguntar si algo así podría pasar aquí también en 2018 y si ese “algo” tiene que ver con lo que está allá fuera, con la demanda política.

Es posible identificar cuatro características principales de la demanda política hoy en México y todas ellas tendrán un impacto en la elección presidencial del 1 de julio. En primer lugar, un intenso hartazgo ciudadano. En segundo lugar, una clara receptividad a la narrativa populista. En tercer lugar, una larga y compleja lista de temas sustantivos relevantes para los votantes. Y, en cuarto lugar, una enorme volatilidad del voto.


Ilustraciones: Víctor Solís

Hartazgo ciudadano

Un indudable elemento del ambiente político entre los votantes es el nivel de hartazgo ciudadano, tanto por lo que pasa como por lo que no pasa en el país. Se trata de un hartazgo generalizado y no puntual, por más que cada quien tiene quejas específicas. Si bien este ambiente puede tener raíces históricas, es sobre todo producto de la acumulación de escándalos durante los últimos cuatro años, así como de la reacción del gobierno ante estos sucesos. La lista es larga y variada, abarcando desde la Casa Blanca hasta el espionaje de activistas y periodistas, pasando por la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa, las aparentes ejecuciones extrajudiciales de Tlatlaya y el descubrimiento de múltiples redes de corrupción. Es decir, tenemos los ciudadanos muchas y muy buenas razones para estar hartos.

Además, el total de estos escándalos es más que la suma de las partes. Es decir, no se trata de acontecimientos discretos que no se acumulan, sino que van sumando y de forma geométrica, por lo que el crecimiento del hartazgo también ha sido exponencial. Lo que en parte explica esta dinámica es el hecho de que hay un hilo conductor que los une. Todos ellos muestran la enorme fragilidad del Estado de derecho, la falta de transparencia y rendición de cuentas y la baja capacidad de nuestra burocracia. Es decir, juntos retratan la debilidad de los tres pilares que, según expertos, se necesitan para dar el salto a la modernidad.2

Cabe destacar el rol de los medios en este proceso. No sólo amplifican la percepción de que las cosas van lento pero mal, sino que le ofrecen al ciudadano un nivel de información respecto a lo ocurrido nunca antes visto. Conocemos a detalle cada uno de estos casos, si bien hay dudas y huecos en las narrativas. Vimos el túnel del Chapo y su moto en rieles, así como al mismísimo Chapo en su celda y después la celda vacía. Seguimos de cerca las complejas operaciones financieras y el uso de empresas fantasmas con las cuales se desviaron recursos públicos multimillonarios, si bien su destino final es un misterio por más que aparecen ranchos por aquí y cuentas por allá. Tenemos una narrativa precisa de lo ocurrido la noche del 26 y la madrugada del 27 de septiembre de 2014 en Iguala. Vimos todos las escalofriantes fotos de Tlatlaya. Como resultado de todo ello la corrupción, la violencia, la impunidad dejan de ser una estadística, una abstracción para convertirse en historias que nos retratan, que retratan a México.

Ante estos sucesos el problema es doble. Por un lado, el solo hecho que ocurran cosas dolorosas y trágicas genera un serio problema anímico entre la población. Pero por el otro, las reacciones de la autoridad ante lo ocurrido muy seguido empeoran la situación. Lo que sobre todo legitima un sistema, no es tanto el que evite que sucedan cosas malas, sino que cuando ocurren reacciona bien. Es decir, se detectan actos de corrupción, se investigan y, si hay evidencia suficiente que apunte a la presunta responsabilidad de alguna persona, se le procesa y, de ser culpable, se le castiga conforme a la ley. El ver al “sistema” funcionar de esta forma es lo que le da legitimidad, pero al ver lo contrario, al ser la impunidad lo que destaca, se pierde legitimidad y surge la sensación de que el sistema está roto o incluso que el problema es el sistema. Si bien la reacción de la autoridad ante las crisis y escándalos no fue siempre mala o igual de mala, en general la sensación es que en el mejor de los casos su respuesta fue incompleta y en el peor una farsa.

Este hartazgo que hay allá fuera tiene por lo menos tres implicaciones a nivel electoral que no se excluyen, pero tampoco necesariamente todas van juntas. En primer lugar, dada su intensidad, el descontento provoca que se le pongan adjetivos al cambio que muchos sienten es obligatorio. La gente exige un “cambio de fondo”, un “cambio verdadero”, un “cambio radical”, una “sacudida”. A diferencia de la típica disyuntiva entre cambio y continuidad de toda elección, lo que vemos más bien son discusiones sobre qué tan radical debe ser el cambio. De todo ello se deriva un voto antisistémico en un sector del electorado que cada vez es mayor.

Cabe señalar la ambigüedad de muchas de estas posturas y los inevitables debates que esconden. Cada quien entiende lo que quiere y muy seguido algo distinto al hablar de la necesidad de una “sacudida” y varios se quedan atrapados en la metáfora sin entrar en los detalles. Asimismo, qué exactamente es el “sistema” que hay que sacudir y qué del sistema necesita una zarandeada también está en disputa. No obstante, el ánimo de muchos es a favor de algo más que alternancia en el poder. Para muchos 2018 tiene que ser un punto de inflexión como lo fue 2000, si bien para otros el cambio radical es necesario precisamente porque 2000 no cambió nada o no cambió las cosas lo suficiente.

Al mismo tiempo, el nivel de hartazgo y la demanda que éste genera a favor de algún tipo de cambio radical provoca miedo en otros. Se trata no sólo de posturas que defienden un cierto modelo de desarrollo y ven en el “cambio radical” un riesgo de perder el rumbo, sino también de personas que, deseando algún tipo de ruptura, dudan de la solidez de las instituciones para aguantar una sacudida. Asimismo, hay quienes quieren cambio, pero sólo confían en el cambio gradual como el único cambio sostenible y real a largo plazo.

Una segunda implicación del hartazgo tiene que ver con “la elite”. La acumulación de escándalos, según muchos, refleja que el sistema no funciona y ello los lleva a culpar y rechazar a quien lo opera, la “elite”. Cuando pasa lo que pasa y no pasa nada, sin duda parte del problema son “las instituciones” y “la cultura”, pero para muchos algo de responsabilidad tienen las personas que encabezan esas instituciones o no cuestionan la cultura. Su falta de voluntad en el mejor de los casos y su complicidad en el peor, los hace parte del problema.

Al igual que con la idea de sacudida hay ambigüedad al hablar de la “elite”. No hay una consenso respecto a quién es y no es parte de ella, si bien la mayoría incluiría a la partidocracia. Muchos también señalarían a los medios de comunicación tradicionales y otros implicarían a la tecnocracia. No se trata de ofrecer definiciones académicas, pero en este ambiente, para conectar con los votantes, es probable que uno tenga que darle contenido al concepto de elite, señalando a los responsables, poniéndoles nombre y apellido, así como contraponiéndolos de forma explícita o implícita a “los buenos”, los ciudadanos, el pueblo, los que no militan en ningún partido, etcétera.

La tercera implicación del hartazgo es que el ambiente se vuelve uno más emocional que racional. En este contexto es necesario escuchar las quejas y, sobre todo, mostrar empatía para poder conectar con la gente. La capacidad de ponerse en los zapatos del votante se vuelve importante. Hay que primero conectar a nivel emocional para después poder convencer con argumentos. Si en condiciones normales los eventos de campaña son para que la gente vaya a ver al candidato, en esta elección dichos eventos deberían ser para que el candidato vaya a ver a la gente.

Al mismo tiempo, en un ambiente más emocional que racional es importante reconocer que se incrementa un riesgo siempre presente en toda democracia, el de la demagogia entendida como la manipulación de las emociones. El problema es que la forma más eficaz de limitar y controlar una pasión es a través de otra.3 Es por eso que vemos a candidatos vendiendo esperanza o promoviendo el miedo, exagerando y sin gran sustento racional en ambos casos.

Además de emociones y argumentos técnicos pesará el razonamiento moral en esta elección. Los escándalos de los últimos años parecen haber detonado una potente reacción ciudadana que bien podría apuntar hacia los inicios de una “revolución moral”.4 La corrupción, la violación de derechos humanos, la violencia, el crimen organizado, la impunidad, todos son temas con los que hemos convivido durante décadas. Sin embargo, lo que al parecer está ocurriendo es que lo que en el pasado se aceptaba y toleraba ahora provoca un fuerte rechazo. Lo importante a destacar es que este “ya basta” parece ser más una postura moral que emocional o técnica. En ese sentido, la pregunta es si alguien podrá articular un discurso moral con credibilidad que conecte con la ciudadanía y le permita liderar esta incipiente revolución moral.

En suma, dado el hartazgo ciudadano, la gran incógnita es si alguien, algún candidato, podrá canalizar el voto del hartazgo a su favor, si se fragmentará entre varios contendientes o incluso el desencanto es tal que la gente no votará.

Demanda por populismo

Un segundo elemento que caracteriza la demanda política hoy en México es una mayor receptividad a la narrativa populista. Lo que explica esta demanda por populismo es la sensación de que el sistema no está funcionando y lo que a su vez provoca esta percepción son un conjunto de variables coyunturales.5

Una primera variable tiene que ver con la gobernabilidad, la percepción de que el Estado no está dando o no puede dar lo básico: seguridad, salud, crecimiento, empleo, educación, etcétera. Esta baja gobernabilidad genera frustración, provoca el desprestigio de expertos y políticos tradicionales, y es vista como un obstáculo al desarrollo deseado.

La corrupción sistémica es un segundo factor. No se trata de casos aislados de corrupción, sino de la percepción de que el problema es “sistémico”. Es decir, el sistema no sólo no detecta, investiga y castiga actos de corrupción, sino que incluso bien podría estar incentivando dicho comportamiento.

Otro elemento que le otorga credibilidad a la narrativa populista es la presencia de una elite política que es percibida como insensible y/o indiferente a las preocupaciones de la gente. Una elite política que no parece enterarse de lo que ocurre o adopta una postura arrogante ante los acontecimientos.

Una variable más que detona demanda por populismo tiene que ver con la creciente brecha entre representantes y representados. Los ciudadanos sienten que ninguno de los partidos en el Congreso habla por ellos, transmite sus preocupaciones, representa sus intereses e incluso, en ocasiones, pueden adoptar posturas que van en contra de ellos.

La debilidad de los partidos en lo individual y el sistema de partidos en su conjunto es otro factor relevante. En una democracia representativa quien debe mediar entre una sociedad plural y el sistema son los partidos, tanto al formar gobiernos como al integrar una oposición legítima. Ningún partido pretende representar a todo el pueblo, sino que cada uno promueve lo que una parte del pueblo quiere, reconociendo como legítimos los intereses de las otras partes. El populismo se fortalece donde esta mediación deja de operar, donde los sistemas de partidos son débiles. 

Otra variable que detona posturas populistas entre la población es el “desencanto democrático”. Este desencanto puede ser el resultado no sólo de fracasos específicos, sino también producto de las “promesas rotas de la democracia”.6 Si bien la democracia tiene un lado procesal y empírico, también tiene una dimensión prescriptiva. Opera como un ideal que hace referencia a la autonomía como valor clave, es decir, a la libertad como producto de gobernarse a sí mismo. La democracia, en ese sentido, es vista como un arreglo que nos permite, de forma colectiva, controlar nuestro propio destino. Sin embargo, se trata de un ideal que en cierto sentido es imposible de lograr. Esta dimensión prescriptiva es lo que hace de la democracia algo profundamente atractivo, pero también es lo que tarde o temprano genera desencanto, ya que la realidad invariablemente deja mucho que desear.7

Finalmente la desigualdad crónica, una baja movilidad social, opera según muchos como evidencia contundente de que el sistema está sesgado a favor de una elite.

Dada esta lista de variables que detonan demanda por populismo, la pregunta es si aplican hoy en México y queda claro que sí. Por lo que toca a la gobernabilidad, como resultado de la acumulación de crisis y escándalos, cualquier gota ya derrama el vaso. Como resultado de la falta de credibilidad y legitimidad el gobierno no tiene margen de maniobra para reducir el nivel del agua en el vaso y evitar futuros derrames. Y como resultado del elevado nivel de hartazgo pareciera que cualquier gota puede ser aprovechada por quien quiera que el vaso se derrame. Esta realidad es la que retratan las encuestas al señalar que 84% de la población piensa que los problemas rebasan al presidente.

La corrupción sistémica la vemos reflejada no sólo en los múltiples escándalos exhibidos y mapeados por la prensa y ONGs, sino también en la impunidad que prevalece ante estas revelaciones. En este contexto, no nos debe sorprender que México aparezca como uno de los países más corruptos del mundo y esté empeorando, según el Índice de Percepción de la Corrupción 2017 publicado por Transparencia Internacional, donde ocupamos la posición 135 de 180 países evaluados.

La insensibilidad política se manifiesta en declaraciones como las del socavón, estilos de vida lujosos de algunos políticos que son difíciles de explicar y más de justificar, y declaraciones como la de que con seis mil pesos mensuales una familia puede aspirar a una vivienda, coche y pagar colegiaturas.

La crisis de representación la vemos en la baja confianza que se tiene del Senado y la Cámara de Diputados, a los que los ciudadanos les otorgan una calificación de 4.8 y 4.6 sobre 10 respectivamente, por debajo del promedio de las principales instituciones del país que es de 5.9, de por sí un promedio bajo.

El desdibujamiento ideológico y programático de los partidos, los intensos pleitos internos sin sustancia, la facilidad con que políticos saltan de uno a otro, todo ello habla de la crisis de los partidos y la vemos reflejada no sólo en la pésima opinión que la gente tiene de ellos, sino también en la pérdida de identidad partidista.

El desencanto democrático lo captura las mediciones de Latinobarómetro donde en 2017 se registró un nivel de satisfacción con la democracia de 18%, el segundo nivel más bajo desde que inició el estudio en 1995, año de severa crisis, y muy por debajo del promedio de América Latina hoy de 32%.

Finalmente, la enorme desigualdad es evidente al constatar los datos de concentración de la riqueza, como por ejemplo el que al 1% más rico le corresponde el 21% del ingreso total o que los cuatro principales millonarios mexicanos tienen una riqueza equivalente a entre 8% y 9% del PIB.

Todo lo anterior hace más probable que la realidad sea vista a través de lentes populistas. Es decir, ante estos hechos el argumento de que una pequeña elite controla un sistema sesgado a su favor y en contra de los intereses de la mayoría se vuelve más creíble. Sin embargo, en una democracia el pueblo manda y la forma de ejercer ese control es votando por un candidato antisistémico.

La relevancia electoral de esta mayor credibilidad del populismo es doble. Por un lado, ante una clara demanda, la oferta populista se vuelve más eficaz, por lo que es probable que veamos múltiples ofertas como sucedió en la elección francesa de 2016, donde hubo una oferta populista de extrema derecha en Le Pen; una oferta populista de extrema izquierda por parte de Mélenchon; y una oferta populista del centro encarnada por Macron.

Pero por otro lado, este mismo potencial del populismo genera, en un cierto sector, miedo a la posibilidad de su victoria. Es importante reconocer que, dada la historia de México o una cierta interpretación de esa historia, los ejemplos concretos de populismo a nivel regional —Trump al norte y Maduro al sur—, así como la fragilidad institucional en México, este miedo no es abstracto ni sólo producto de un rechazo filosófico, y menos algo gratuito.

Ante este doble impacto la pregunta es si la esperanza que genera el populismo en unos le ganará al miedo que produce en otros. Pero gane quien gane, queda claro que una elección en la que el discurso populista vende polarizará a la sociedad. El problema de fondo aquí no es tanto los pleitos que ello provoque durante el proceso electoral, sino qué tanto esta polarización afectará la gobernabilidad a partir del 2 de julio y el 1 de diciembre.

Complejidad de la agenda temática

Un tercer elemento de la demanda política tiene que ver con la complejidad de la agenda temática, la larga lista y enorme variedad de temas que parecen ser todos relevantes en esta elección.

Para empezar, están los temas de siempre, presentes en toda contienda y relacionados a los retos del desarrollo. Tres décadas de un crecimiento mediocre, una desigualdad que persiste, una pobreza que se mantiene a niveles inaceptables, cuestionamientos técnicos a paradigmas que en el pasado generaron consenso, todo ello vuelve a poner sobre la mesa una serie de debates fundamentales sobre cómo lograr un mayor crecimiento que sea sostenido, sustentable y equitativo. Y ahora, a la lista de los típicos temas de política económica, se añaden retos nuevos como el del Estado de derecho y la calidad de la educación.

Pero además de esta agenda del desarrollo, el hartazgo ciudadano ha generado una larga lista de temas puntuales como la corrupción, la violencia, la impunidad y la violación de derechos humanos que se vuelven centrales para la elección. Si bien estos retos siempre han estado presentes, adquieren hoy una mayor relevancia por varias razones. Para empezar, su prominencia es producto de las crisis y escándalos de los últimos años. Su mayor peso político también tiene que ver con una postura moral distinta, ya señalada, que muchos ciudadanos parecen estar adoptando frente a estos temas. Pero, sobre todo, la relevancia de esta agenda del hartazgo es resultado del hecho, también ya subrayado, de que cada tema muestra distintas dimensiones de la fragilidad del Estado de derecho.

Finalmente, como resultado tanto del hartazgo ciudadano como de la demanda por populismo encontramos una serie de temas relacionados con el “sistema” y su viabilidad. Estos debates van más allá de las discusiones sobre modelos de desarrollo al centrarse en los principios fundamentales, usos y costumbres que sustentan cualquier modelo. Son altercados más emocionales que racionales y no es fácil clasificar ideológicamente las diferentes perspectivas, ni de ellas fluyen políticas públicas específicas.8

¿Qué implicaciones electorales tiene esta compleja agenda? Para los candidatos el reto es lograr armar una plataforma que conecte los distintos temas. Por más que se puedan enfocar en una agenda tendrán que tener una postura sobre todas ellas. Se requiere gran capacidad para lograr esta narrativa de forma coherente, pero sobre todo se necesita credibilidad de cara a la ciudadanía.

En cuanto al electorado, se multiplican las posibles estrategias para definir el voto. Hay quien se centrará en una de las agendas o en un tema específico, como por ejemplo la violencia. Incluso, uno podría llegar a escoger diferentes candidatos para las distintas agendas. Si la pregunta es quién le puede dar una sacudida al sistema, la conclusión para muchos sería Morena. Pero si el objetivo es combatir la corrupción, bajo el supuesto de que Morena los perdona a todos y el PRI no persigue a nadie, uno optaría por el Frente. Y si la meta es la estabilidad macroeconómica uno podría argumentar que el PRI es el bueno.

Al mismo tiempo, muchos emitirán su voto pensando en las cuatro agendas de forma simultánea. En este caso la complejidad estriba en que en cada una de ellas bien podría operar un “órgano” distinto. En el caso de la agenda de siempre, es la “cabeza” la que decide. En cuanto a la agenda del hartazgo, el “corazón” se expresa. Por lo que toca a la meta agenda, la “tripa” dicta. Y en la agenda Trump los tres órganos están involucrados. El reto no es trivial, ya que no es fácil combinar cabeza, corazón y tripa.

En suma, si bien toda elección, por definición, genera incertidumbre, en este caso la agenda temática que está presente en 2018 provoca una incertidumbre mayor y cualitativamente distinta. En particular, la lógica del voto bien puede ser diferente a la que se da en situaciones más “normales”. Sobre todo el voto útil podría seguir una dinámica menos pragmática y más emocional.

Volatilidad del voto

La cuarta y última característica básica de la demanda política rumbo a las elecciones del 1 de julio es una mayor volatilidad del voto. Varios factores explican este fenómeno.

La pérdida de identidad partidista durante los últimos años es una primera variable. No se trata de militancia partidista, sino de la simpatía que los ciudadanos suelen mostrar por uno u otro partido. Ante la típica pregunta “¿Con qué partido político se identifica usted?”, cada vez más la respuesta es “¡Con ninguno! Yo soy independiente…”. Al perder identidad partidista desaparece un atajo clave que tienen las personas para decidir a qué candidato apoyar, por lo que el voto se vuelve más volátil, así como más difícil para los partidos de movilizar y controlar.

Un segundo factor es la fragmentación. En años recientes el voto se ha dividido entre cada vez más partidos. Si en el pasado los tres grandotes juntos representaban a más de 90% del electorado, hoy llegan alrededor de 60%. Y si bien en las elecciones del 1 de julio habrá tres alianzas que agrupan a todos los partidos, no necesariamente sus liderazgos políticos pueden asegurar que entregarán los votos de sus simpatizantes a la alianza, ya que éstas generan incomodidad entre algunos militantes y simpatizantes de uno u otro partido.

Otro elemento que explica la volatilidad es la complejidad de la agenda temática. Dado que varios de los temas no son claramente ideológicos, como por ejemplo el tema de la sacudida, es posible que algunas personas voten al margen de su ideario tradicional como sucedió en Estados Unidos en 2016. Además, hay temas puntuales de la mayor importancia como la corrupción que también podrían llevar a las personas a alinearse con otro partido o coalición distinta a sus preferencias pasadas.

La presencia de candidatos independientes también está detrás de la mayor volatilidad. Por ser la primera elección en la que participarán, no hay historia para tratar de predecir el comportamiento de sus votantes. Las dos preguntas clave son cuántos votos se llevan y a quién se los quitan. Asimismo, es probable que alguno de ellos pueda tratar, en su momento, de traspasar su electorado a uno de los tres principales candidatos, pero no queda claro qué tan transferibles sean estos votos. La intuición es que poco, al tratarse de votos más bien independientes y al no contar estos candidatos con una estructura que genere disciplina y permita controlarlos. Pero más allá de los votos es probable que los independientes jueguen un rol disruptivo, por ejemplo en los debates, pero no sabemos qué impacto pueda tener este papel en el desempeño de los tres candidatos de partidos.

Otro factor que probablemente provoque volatilidad es la enorme cantidad de información a la que tiene acceso el electorado. Sin duda ello es algo positivo, pero también es un reto procesar esta información y más si no existen atajos como el de la identidad partidista. Además, está el problema de que habrá muchas noticias falsas y, dada la cantidad de información, será más difícil filtrarlas.

La creciente relevancia de las redes sociales también genera volatilidad. Claramente ya jugaron un papel de la mayor importancia en las precampañas y su importancia sólo aumentará en los meses que siguen. Pero al ser esta la primera elección presidencial en la que esta variable esté presente, no sabemos bien a bien qué impacto tendrá.

La probable mayor participación de jóvenes es otro elemento a tomar en cuenta. Dada la naturaleza de esta elección y la presencia de redes sociales, todo parece indicar que en este proceso los votantes de entre 18 y 28 van a votar más de lo normal y muchos lo harán por primera vez. Sin embargo, en el fondo no sabemos si lo harán y, si participan, no queda del todo claro por quién votarán.

Otro factor que genera volatilidad es un contexto regional y global complejo. En particular lo que Trump diga, haga o tuitee, pero también lo que ocurra en Venezuela, la forma en que evolucione el escándalo regional de Odebrecht y muchos temas más generan un ambiente que no puede ser ignorado ni por los candidatos ni por el electorado.

Finalmente, es probable que tengamos una mayor participación el 1 de julio a la registrada en las dos últimas elecciones presidenciales. Una vez más, esto es algo bueno ya que, por un lado, habla del interés ciudadano en la contienda y, por el otro, le dará al proceso y al ganador una mayor legitimidad. Al mismo tiempo, el que gente que en general no vota lo haga hace más volátil la elección.

¿Qué implicaciones electorales tiene esta mayor volatilidad? Para empezar, se vuelve un proceso más difícil de interpretar y hace de la contienda una, en principio, más abierta; hay un camino a Los Pinos para casi todos. Pero, sobre todo, el reto es para los candidatos. Dado que el voto duro no sólo ha disminuido, sino que también es menos duro, es importante conectar y convencer a todos los votantes, incluyendo a los fieles. Además, en un contexto de volatilidad y menor lealtad hacia los partidos los errores que puedan cometer los candidatos se vuelven aún más costosos.

 

La foto que tenemos hoy al inicio de la contienda electoral muestra al candidato de Morena, Andrés Manuel López Obrador, como el claro puntero en las encuestas, mientras que modelos como el de Oraculus le dan hoy más de 99% de probabilidades de ganar. Lo que explica esta foto es precisamente la naturaleza de la demanda política que hay hoy en México. Los principales elementos que la caracterizan embonan mejor con la oferta de López Obrador. Hoy por hoy el candidato de Morena está mejor posicionado para canalizar buena parte del hartazgo. López Obrador cuenta con un discurso populista más consistente y creíble. La compleja agenda temática es también más afín a su discurso, sobre todo los temas relacionados con el la necesidad de una sacudida, así como los detonados por el hartazgo. Además, dado el mediocre desempeño de la economía durante décadas, también logra cierta credibilidad en la agenda del desarrollo. En cuanto a la volatilidad, dada la importancia de mostrar empatía y conectar con el votante en este contexto, López Obrador también parecería tener ventaja aquí.

En contraste, el abanderado del PRI, José Antonio Meade, al ser el candidato de la triple continuidad —continuidad del proyecto de Peña Nieto; continuidad del PRI; y continuidad del sistema— es el peor posicionado para canalizar el hartazgo, el menos capaz de desarrollar un discurso populista por más que se le venda como el “tecnócrata del pueblo”, y enfrenta serias dificultades para desarrollar los temas dentro de las agendas existenciales y del hartazgo. El único elemento de la demanda con el que podría conectar es el miedo y no alcanza en la actual coyuntura.

Por lo que toca al candidato del Frente, Ricardo Anaya, hoy por hoy no sabemos bien a bien qué es y qué quiere el Frente, por lo que no sorprende que no esté conectando del todo con la demanda que hay allá fuera, aunque esta indefinición parece ser suficiente para colocarlo en segundo lugar.

Si bien esta es la foto hoy, las elecciones son una película y lo que importa es lo que pasa a lo largo de ella. Al mismo tiempo, dado lo mucho que la demanda es afín al proyecto de López Obrador, es posible argumentar que el candidato de Morena no pierde esta elección. Si no gana, será porque alguien le gana, por lo que la pregunta es quién le puede ganar y cómo. Y una vez más, dada la naturaleza de la demanda, la única forma de ganarle es compitiendo directamente con él en su territorio, tratando de arrebatarle banderas, temas y posturas, así como los votos asociados a ellas. Es decir, se necesita canalizar el voto del hartazgo adoptando una postura lo suficientemente antisistémica: desarrollar un discurso con rasgos populistas, si bien con un contenido distinto al que ofrece López Obrador; elaborar propuestas sobre los diferentes temas que no sólo sean creíbles, sino que tengan un tinte izquierdista, así como un tono moral. En resumidas cuentas, se trata de ofrecer una alternativa de cambio real y profundo que genere esperanza. Queda claro que el candidato que puede hacer esto es Anaya del Frente.

En suma, si lo que explica la foto hoy es la demanda política, lo que ocurra a lo largo de la película que determinará quién es el ganador, tiene que ver más con cómo las ofertas de los distintos candidatos evolucionarán y tratarán de conectar más y mejor con la demanda. Y esta película aún no empieza.

 

Javier Tello Díaz
Analista político.


1 Cada caso tiene, por supuesto, sus particularidades y hay importantes diferencias que no se deben minimizar. No obstante, el fenómeno sí parece ser uno occidental.

2 Según el politólogo Francis Fukuyama, los tres pilares que se necesitan para “llegar a Dinamarca”, símbolo y realidad de la modernidad deseada son: la transparencia y rendición de cuentas; una burocracia capaz y eficaz; y un sólido Estado de derecho. Fukuyama, F., Political Order and Political Deacay.

3 Cf. Hirschman, A., Las pasiones y los intereses.

4 La frase, utilizada por Héctor Aguilar Camín en varios editoriales para el caso de México, es de el filósofo angloganés, Kwame Anthony Appiah, quien desarrolla este argumento en The Honor Code: How Moral Revolutions Happen.

5 La lista de variables que aparecen a continuación es una compilada de múltiples fuentes, entre ellas Mudde, C. y Rovira, C., Populism. A Very Short Introduction, y Muller, J.W., What is Populism?

6 La frase es de Norberto Bobbio, pero el fenómeno ha sido estudiado por múltiples autores.

7 El desencanto también pude tener un lado empírico. Además de baja gobernabilidad, corrupción, violencia, etcétera, la globalización, el libre comercio y la migración, bien pueden, en la coyuntura, acentuar la sensación, entre ciertos sectores, de falta de control.

8 Cabe señalar que si bien las tres agendas anteriores son las más relevantes, hay una cuarta producto de la llegada de Trump a la Casa Blanca

 

6 comentarios en “Rumbo al 1 de julio: La demanda política

  1. Un muy buen análisis coyuntural y un punto de vista novedoso.
    No obstante, los problemas de la sociedad mexicana son añejos:
    Impunidad, Corrupción, Pobreza, Desigualdad, Violencia, Uso faccioso de las instituciones impartidoras de justicia. Fraudes electorales. Utilización ilegal de los recursos públicos.
    Y una muy importante: La falta de vergüenza de los altos funcionarios al ser agarrados en la estafa maestra y con la masa en la mano.

  2. Ha escrito con más frecuencia Javier Tello en nexos lo cual, en serio, se lo agradezco bastante. Cada artículo que ha publicado él en Nexos lo he leído y disfrutado muchísimo. Y tampoco dejó de admirarlo cada lunes en Es la hora de opinar. Autoridad moral, elocuencia, carisma y sobre todo preparación es lo que convierte a Javier Tello en un excelente analista político, realmente hace su chamba. He elogiado a Tello de todas las maneras posibles. Hay ocasiones en las que ya nomás digo: Tello es un chingón.

  3. Es un buen trabajo pero se peca de pragmatismo y la verdad de valores eticos, casi nos dice a los que no votan por Obrador, que hay que parecerse a el y despues hacer las mismas fregaderas de siempre. Es una conclusion poco etica y de consultor de empresas. Subsetiman en serio al electorado, recomendando una trampa en todo el sentido de la palabra. Si Mead o Anaya se lo compran, a ver como le hacen para verse “populistas”, uno de ellos vive en Atlanta con una humilde carreta politica y a Mead no cree que le intererse tirar por la borda su capital intelectual y de servidor publico para parecerse a AMLO, para empezar tendria que ser de Tabasco por ejemplo y haber estudiado en la UNAM, el no lo niega es de cdmx y del ITAM.

  4. A diferencia de sus colegas en la Hora de Opinar, Tello se destaca como un verdadero ANALISTA. Metódico, ordenado, serio, preparado (es el único que lleva apuntes). Mientras que el resto del “equipo” todo lo llevan en su cabeza, pareciera que es innecesaria una guía cuando hay una ruta común: “todos contra ya sabes quién”. Se trata de denostar cualquier desliz. Ahora, por ejemplo, se le recrimina a AMLO su lenguaje violento y políticamente incorrecto porque llama a la plutocracia “minoría rapaz” cuando a él lo han llamado loco, demagogo, esquizofrénico, peligro para México, etc.
    Javier Tello excelente analista-comentarista en sus participaciones televisivas, mejor en sus artículos escritos.

  5. RS un análisis interesante aunque me parece sesgado, de nuevo la denostación del populismo como analogía de pueblo que compra todo lo que le venden, Sr Tello los votantes no solo tenemos preferencias electorales por moral, también por economía, basta ver que los recursos del país en lugar de ser aprovechados para lograr un mejor nivel de vida, son vendidos, lo que si es moral es ver que existen personas que no comen, no tienen oportunidad de trabajar ni de ir a la escuela o de ser atendidos dignamente en un centro de salud y si ud considera que solo se vota por moralbentonces significa que hay dignidad, inteligencia e información, no haga análisis pensando en las personas como una masa informe a la que cualquiera moldea.