El 30 de septiembre de 2005, el periódico danés Jyllands-Posten publicó una serie de doce caricaturas representando a Mahoma. La comunidad musulmana de Dinamarca, herida, salió inmediatamente a la calle a protestar, para exigir que el periódico pidiese disculpas. Hubo movimientos diplomáticos, los dibujantes recibieron amenazas. Cuatro meses más tarde, en defensa de la libertad la prensa europea decidió reproducir las caricaturas: las protestas se multiplicaron en todo el mundo islámico, hubo embajadas europeas asaltadas en Irán, Pakistán, Indonesia, al menos ciento cuarenta muertos.

El episodio ha servido para alimentar elevadas discusiones sobre la libertad, la dignidad, la cultura, porque es una historia es muy atractiva. Salvo que acaso no sucedió eso, no así. Los colectivos son cómodos, pero resultan engañosos: la comunidad musulmana, el Islam, Occidente, no son nada. Fantasmas. Imaginados para hacer política.


Ilustración: Estelí Meza

En los años sesenta Dinamarca recibió con entusiasmo trabajadores invitados de la periferia. Y a partir de los ochenta, refugiados políticos, perseguidos por la revolución islámica de Irán, también de Egipto, Turquía, Siria. En los márgenes, con el Partido del Progreso, el Partido del Pueblo Danés, de Pia Kjaersgaard, a fines de los noventa la inmigración comenzó a ser tema de campaña electoral —en particular, la inmigración musulmana. No es fácil ponerle números al miedo. Para el 2005 había en Dinamarca, con cinco millones de habitantes, alrededor de 180,000 migrantes o descendientes de migrantes de países de mayoría islámica; de esos, practicantes entre el 10 y el 20 por ciento, o sea, unas veinte mil personas. A los demás se les incluye en la misma categoría porque se supone que participan de una cultura islámica. Y contra eso se definen los valores daneses.

No es fácil tampoco identificar a sus líderes espirituales, ni saber qué influencia puedan tener. Los fieles escogen su mezquita básicamente por su origen nacional, para poder oír los sermones en turco, urdu, en farsi o árabe marroquí. Hay varios cientos de imanes, casi todos extranjeros, llegados por invitación, mediante acuerdos internacionales. Algunos hay islamistas, bastantes que tienen como motivo básico la denuncia de Occidente, la inmoralidad de Occidente, todos se preocupan sobre todo de que sus fieles se mantengan unidos, como comunidad islámica, frente a una civilización hostil. Entre los más activos entonces: Raed Hlayhel, enemigo feroz de la indecencia de las mujeres que se maquillan, que no se cubren, Ahmed Akkari, en Aarhus, y Ahmed Abu Laban.

Abu Laban era palestino, formado en Egipto, perseguido como simpatizante de los Hermanos Musulmanes. En Copenhague había recibido a varios líderes de organizaciones islamistas, al jeque ciego Omar Abdel-Rahman, responsable del primer atentado contra el WTC. Y llevaba varios años, desde 2003, intentando hacerse con el monopolio de la representación de los musulmanes en Dinamarca. Después de cualquier incidente, con cualquier motivo, insistía en el mismo tema: la comunidad musulmana necesitaba tener un portavoz reconocido, alguien capaz de hablar en su nombre, negociar con las autoridades, representar sus intereses (y se ofrecía para ello, como dirigente de la Sociedad islámica de Dinamarca).

Eran años complicados, los primeros del siglo. Estaban muy cerca los atentados de Nueva York, Madrid, Londres, el asesinato de Theo van Gogh. En Dinamarca menudeaban pequeños incidentes: ilustradores, periodistas, traductores amenazados, un profesor universitario gravemente apaleado por leer versículos del Corán en clase. El gobierno de Lars Rasmunssen intentó crear espacios de diálogo con los imanes. Todos se quejaban siempre de que el Islam no era bastante reconocido, que no se le respetaba. En ese contexto, el Jyllands-Posten se propuso denunciar el clima de violencia, el miedo de los artistas, los escritores, periodistas, para referirse al Islam, y pidió a un grupo de dibujantes una caricatura representando a Mahoma. Sólo respondieron doce, y sólo tres de ellos hicieron en realidad una caricatura de Mahoma.

Inmediatamente, Hlayhel, Akkari y Abu Laban formaron un Comité Europeo para la defensa del profeta: distribuyeron masivamente las caricaturas, escribieron al periódico para exigir una disculpa, también al gobierno danés, pidieron el apoyo del cuerpo diplomático, viajaron a Turquía, Líbano, Sudán, Egipto, hicieron un llamamiento al mundo musulmán para limpiar el honor del profeta. A la manifestación en Copenhague, el 14 de octubre, asistieron alrededor de 3,000 personas —o sea, una representación no muy lucida de la airada comunidad islámica de Dinamarca. Pero daba para primeras planas. La Conferencia Islámica, hablando por el Islam, aprovechó la ocasión para denunciar la campaña danesa de difamación, y para advertir del riesgo de que los jóvenes musulmanes europeos pudieran reaccionar con violencia.

Unos pocos diarios europeos, dieciséis exactamente, reprodujeron entonces las caricaturas —no todas. La ira del Islam por la ofensa contra el profeta tuvo en todas partes color local: en Serbia se quemaron banderas europeas, en Pakistán se protestó contra el presidente Musharraf, en Egipto contra Mubarak, en Nigeria hubo asesinatos de cristianos, en Irán sobre todo se gritó contra Israel, y se quemaron las embajadas bajo la mirada comprensiva de la policía. No faltaron quienes pidieran un diálogo nada menos que entre el Islam y Occidente.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.


Nota editorial: Ofrecemos una disculpa al autor por no haber incluido a tiempo algunas correcciones que él realizó a su texto antes del cierre de la versión impresa.